DEMOCRACIA:
“SE HACE
CAMINO AL ANDAR” 1
Por Jorge Rendón
Vásquez
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a democracia es un sistema por el cual los
ciudadanos de un Estado–nación, considerados iguales ante la ley, deciden por
su voto la forma de gobierno que quieren darse y eligen a quienes habrán de aprobar
las leyes y administrar el Estado. Es, según una definición ya clásica, el
gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo (Abraham Lincoln, Gettysburg,
1863). El pueblo es el conjunto de ciudadanos.
La democracia como noción
La noción de democracia ha sido plasmada en la
ley fundamental del Estado o Constitución que todos están obligados a acatar
como la condición de su pertenencia al Estado–nación.
La humanidad llegó a esta noción luego de
milenios de creer que el poder de mandar en los imperios, reinos, principados y
otras circunscripciones territoriales pertenecía a los reyes y a la nobleza por
derecho divino, reconocido o santificado por los altos jerarcas de las
iglesias. Las leyes y otras disposiciones obligatorias, casi todas arbitrarias,
emanaban de estos personajes, y los miembros del gobierno que ellos designaban las
hacían cumplir de la manera más brutal, sobre todo cuando las aplicaban a las
personas de más baja condición social. Casi todos los habitantes en esos
tiempos creían que esa forma de gobierno era normal y que así debía ser, y
colaboraban con los reyes, nobles, Iglesia y fuerzas represivas en la
aplicación de las decisiones de estos, aunque fueran en su perjuicio.
Luego, tras décadas de lucha, práctica y
retrocesos en esos y otros Estados, la noción de democracia se generalizó en el
mundo.
El funcionamiento de la democracia
Por pequeña que sea la población de un Estado no
es posible reunir a sus ciudadanos en asambleas.
Tampoco es posible la nominación directa por
los ciudadanos de las personas que quieran los representen. Han surgido para
ello los partidos políticos con la función de presentar a los candidatos por
los cuales deberán votar los ciudadanos para la conformación de los poderes
Legislativo y Ejecutivo y de los gobiernos regionales y municipios.
Deben haber, por lo tanto, ciertos órganos
estatales encargados de la identificación y el registro de los ciudadanos, del
reconocimiento de los grupos o partidos políticos, de la organización de los
comicios y de la solución de las controversias.
Además, en muchos países se ha hecho
obligatorio el voto por la necesidad de fundar la dirección del Estado en la
voluntad colectiva de los ciudadanos y porque la democracia no solo atribuye
derechos sino también obligaciones, y una de las más importantes es la de
participar en la conformación de los órganos electivos del Estado.
Sin embargo, en la realidad, la democracia no
se comporta tan esquemáticamente. Hay ciertos hechos que la distorsionan, dando
lugar a la elección casi cautiva de ciertos candidatos cuyas intenciones
difieren de las de sus votantes y, en muchos casos, son inconvenientes o
perjudiciales para estos.
La realidad histórica demuestra que la mayor
parte de ciudadanos, luego de las declaraciones de derechos del fines del siglo
XVIII, se fueron sumiendo en el desconocimiento de la democracia, en la
indiferencia ante ella y en la impotencia, y dejaron actuar a los grupos que
asumieron el poder político o se quedaron en él más allá de los períodos
legales, contra las leyes y la voluntad popular o respaldados por las armas del
ejército y la policía. Tales fueron los casos emblemáticos de Napoleón
Bonaparte, quien se coronó él mismo como emperador en 1804, y de los reyes en
Francia en 1815 y 1830, y de los innumerables dictadores de América Latina y
otras latitudes.
Los dos momentos de la democracia
En la práctica de la democracia hay dos
momentos: el preelectoral y el de la actuación de las personas elegidas.
Los actores del primer momento son los partidos
políticos inscritos y los electores.
Los partidos son los titulares de la facultad
de seleccionar a los candidatos, inscribirlos en los registros pertinentes y
organizar las campañas de propaganda para tratar de convencer a los electores de
que voten por ellos. Legalmente, los partidos son conjuntos de ciudadanos que
cumplieron los requisitos para obtener la personería política; en nuestro país,
acreditar cierto número de afiliados, contar con un número determinado de
comités y locales, y tener un ideario o programa y una dirección. En realidad,
los partidos son creaciones de algunos grupos de las clases sociales para
acceder al poder del Estado y, desde este, aprobar las leyes y otras
disposiciones convenientes a los intereses de sus miembros, incluida la
corrupción en algunos partidos. Como el costo de su funcionamiento, en
organización, empleados, locales, viajes, hoteles, pago de derechos, propaganda
y otros, es, por lo general, muy elevado, son los grupos de mayor poder
económico los que pueden promoverlos y financiarlos. En cambio, a las clases
sociales dependientes o a los grupos salidos de estas o identificados con ellas
no les es posible, por lo menos hasta ahora en el Perú, ni siquiera convencer
al número de ciudadanos requerido para la inscripción de un partido político y,
menos aún, para que cubran el pago de los gastos, con lo cual quedan fuera de
la lid electoral. Los electores de las clases sociales de menores recursos con
cierta conciencia política lo advierten y optan por otras opciones legalmente
posibles que consideran menos malas.
En consecuencia, el primer momento de la
democracia se caracteriza por las campañas de propaganda de los partidos
políticos para convencer a los electores de que voten por sus candidatos.
Los electores, personas mayores de edad,
cumplen la función de elegir a los candidatos que prefieran el día señalado
para el acto electoral, momento en el que se expresa su decisión elaborada a
partir de ciertas nociones que pueden ir desde un conocimiento profundo de la
necesidad del acto electoral y de los candidatos y sus ofertas hasta el
desconocimiento de la noción de democracia y de los candidatos y sus
propuestas. La experiencia demuestra que la mayor parte de electores adopta su
decisión llevada por la alienación y los procedimientos correlativos de manipulación.
El resultado es la elección mayoritaria de los candidatos de los partidos
representativos de los grupos económicos con mayor poder económico. El caso más
aberrante de esta manera de decidir de los electores fue el de Alemania en 1933
que invistió a Adolfo Hitler de la plenitud de poderes del Estado, decisión con
la que él y su partido nazi precipitaron al mundo a la Segunda Guerra Mundial y
al asesinato de más de seis millones de judíos por las tropas de las SS y del
ejército.
En el segundo momento de la democracia, los políticos que asumen la dirección de los órganos del Estado proceden a operar según los intereses de los grupos que los postularon o, desvinculándose de estos, de otros grupos o de sus conveniencias y ventajas personales, puesto que, según la Constitución, ellos representan a la Nación y no hay normas que ciñan ese mandato a los intereses y preferencias de quienes votaron por ellos. En otros términos, los políticos elegidos reciben una autorización para legislar y gobernar como quieran, como si por el voto se les expidiese una carta en blanco y sin la obligación de responder por sus decisiones si transgreden sus compromisos y promesas y las normas constitucionales.
En este momento, los electores pierden
totalmente protagonismo. Su opinión queda en su fuero interno y, por lo tanto, carece
absolutamente de influencia sobre los gobernantes. La contienda verbal en los
órganos colegiados del Estado y en los medios de prensa tiene como actores a
los políticos elegidos y a los periodistas, opinólogos y otros personajes que
los sirven, que se atacan, malquistan, injurian y defienden: un espectáculo
permanente que llena las páginas de los diarios y revistas y los espacios de la
TV, y que se vende con los chismes de la farándula, el fútbol y la crónica
policial. Tales ataques y contrataques, críticas y diatrivas carecen de efectos
legales y, políticamente, solo pueden suscitar curiosidad, asombro,
indiferencia y en algunos una opinión que podría manifestarse en su voto en las
elecciones siguientes. Como la titularidad de quienes gobiernan procede de los
electores, es obvio que los políticos elegidos y sus partidos jamás culpan a
estos por haber votado por sus adversarios. Este es un tema tabú que no se toca
por una suerte de convenio tácito de los partidos políticos. Por lo tanto, luego
de las elecciones, los electores ya son nadie, y solo algunos los imaginan como
remotos o fantasmagóricos testigos que declararán por sus votos en el próximo
proceso electoral, aunque ya se sabe que en este la manipulación podrá imponer
a otros candidatos.
En muchos países subdesarrollados económica y
culturalmente a esa manera de ser de la democracia se agregan las
transgresiones a la Constitución, disfrazadas con atuendos legales. Por lo
demás, siempre les es posible a muchos políticos elegidos convalidar sus ilegalidades,
y sobre todo su enriquecimiento ilícito y el de sus parientes y amigos a
expensas de los caudales del Estado, puesto que para eso postularon, y valiéndose
de los órganos judiciales y electorales proclives a apartarse de la ley y al
impulso de abogados fértiles en sofismas.
¿Qué hacer, entonces?
La democracia podría avanzar hacia estadios de
mayor conciencia en las mayorías electoras y de perfeccionamiento del mandato
recibido por los políticos elegidos. El factor fundamental de la vigencia real de
la democracia es la conciencia que de ella tenga la mayor parte de la
ciudadanía. Pero para ello deben concurrir varios factores: una educación
acendrada y extensa de los niños y adolescentes; una información veraz y
ausente de manipulación por los medios de prensa; un sistema de formación
profesional compatible con el progreso material e intelectual de nuestra
sociedad; una labor pedagógica del Estado, los partidos políticos democráticos y
las organizaciones que se creen para este fin sobre el significado y el funcionamiento
de la democracia; y una visión más realista en los intelectuales y estudiantes
universitarios.
Los programas políticos deberían orientarse a la promoción de la economía, el aumento de la riqueza, la necesidad de dar empleo, una distribución más equitativa del producto, el equilibrio presupuestal, la eliminación de la corrupción, disponer de servicios públicos más extendidos y mejores, incluida una solución rápida y ajustada a las leyes de los conflictos legales, sin lugar para las utopías, sino solo para los cambios que la realidad social requiera.
Addenda
En nuestro país hay una grave anomalía
concerniente a los partidos políticos y a los candidatos que ellos presentan. Luego
de ser estos elegidos nada obsta para que se aparten del partido al que
pertenecen o que desacaten sus disposiciones, no obstante que sin la
postulación por ese partido no habrían podido competir, y perdiéndose de vista
que son los partidos las agrupaciones con personería política y no sus candidatos.
En todo caso, queda entendido que estos se comprometen a promover el ideario y
los proyectos de sus partidos en el ejercicio de la función legislativa,
ejecutiva, regional o municipal que decidieron a los electores darles su voto.
Una exclusión del representante elegido del partido que lo postuló, por
renuncia o causa grave legalmente definida, debería implicar su retiro de la
función legislativa y su reemplazo por el accesitario declarado. Sería esta una
manera de establecer orden y limpieza en el funcionamiento de la democracia en
nuestro país.
Además, por la importancia de las funciones
electivas, se debería sancionar penalmente a los políticos elegidos que
infrinjan la Constitución con sus votos y hechos.
(Comentos,
2/3/2024)
1 Del
poemario de Antonio Machado Campos de Castilla,
Proverbios y cantares (XXIX), 1912.
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace
el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay
camino
sino estelas en la mar.




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