lunes, 1 de junio de 2026

ASUNTOS DE CIENCIA POLITICA

 DEMOCRACIA:

“SE HACE CAMINO AL ANDAR” 1

Por Jorge Rendón Vásquez

L

a democracia es un sistema por el cual los ciudadanos de un Estado–nación, considerados iguales ante la ley, deciden por su voto la forma de gobierno que quieren darse y eligen a quienes habrán de aprobar las leyes y administrar el Estado. Es, según una definición ya clásica, el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo (Abraham Lincoln, Gettysburg, 1863). El pueblo es el conjunto de ciudadanos.

La democracia como noción

La noción de democracia ha sido plasmada en la ley fundamental del Estado o Constitución que todos están obligados a acatar como la condición de su pertenencia al Estado–nación.

La humanidad llegó a esta noción luego de milenios de creer que el poder de mandar en los imperios, reinos, principados y otras circunscripciones territoriales pertenecía a los reyes y a la nobleza por derecho divino, reconocido o santificado por los altos jerarcas de las iglesias. Las leyes y otras disposiciones obligatorias, casi todas arbitrarias, emanaban de estos personajes, y los miembros del gobierno que ellos designaban las hacían cumplir de la manera más brutal, sobre todo cuando las aplicaban a las personas de más baja condición social. Casi todos los habitantes en esos tiempos creían que esa forma de gobierno era normal y que así debía ser, y colaboraban con los reyes, nobles, Iglesia y fuerzas represivas en la aplicación de las decisiones de estos, aunque fueran en su perjuicio.

Llegar a la implantación de las nociones de igualdad de todos ante la ley y de gobierno del pueblo por el pueblo en una parte creciente del pueblo le tomó a la intelectualidad burguesa europea, a la que se ha denominado el Iluminismo, más de doscientos años, luego de lo cual sus partidarios asumieron el poder del Estado y desde allí las aprobaron como leyes. En adelante, el Estado aseguró esta forma de ser social. Hacia fines del siglo XVIII, los países donde esta revolución tenía lugar fueron las colonias inglesas de América del Norte, convertidas en los Estados Unidos, y Francia. A estas nociones se asoció en Francia la vindicta de las clases subyugadas contra los reyes, nobles y sus sujetos que los habían tiranizado, resultante de su odio acumulado durante siglos, que entre 1789 y 1793 hizo rodar más de 50,000 cabezas.

Luego, tras décadas de lucha, práctica y retrocesos en esos y otros Estados, la noción de democracia se generalizó en el mundo.

El funcionamiento de la democracia

Por pequeña que sea la población de un Estado no es posible reunir a sus ciudadanos en asambleas.

Tampoco es posible la nominación directa por los ciudadanos de las personas que quieran los representen. Han surgido para ello los partidos políticos con la función de presentar a los candidatos por los cuales deberán votar los ciudadanos para la conformación de los poderes Legislativo y Ejecutivo y de los gobiernos regionales y municipios.

Deben haber, por lo tanto, ciertos órganos estatales encargados de la identificación y el registro de los ciudadanos, del reconocimiento de los grupos o partidos políticos, de la organización de los comicios y de la solución de las controversias.

Además, en muchos países se ha hecho obligatorio el voto por la necesidad de fundar la dirección del Estado en la voluntad colectiva de los ciudadanos y porque la democracia no solo atribuye derechos sino también obligaciones, y una de las más importantes es la de participar en la conformación de los órganos electivos del Estado.

Sin embargo, en la realidad, la democracia no se comporta tan esquemáticamente. Hay ciertos hechos que la distorsionan, dando lugar a la elección casi cautiva de ciertos candidatos cuyas intenciones difieren de las de sus votantes y, en muchos casos, son inconvenientes o perjudiciales para estos.

Uno de ellos consiste en que la noción de democracia en los ciudadanos no es unívoca. Depende de lo que cada uno crea que ella es y de la manera como considere que él deba o pueda intervenir. Y esto es muy variable: va desde la ausencia de esa noción en numerosos ciudadanos y del impacto de la alienación que les impone ciertas creencias y hábitos hasta un conocimiento teórico y práctico muy completo en algunos. Esto implica que la mayor parte de ellos decide su voto por la obligación de votar y, en gran medida, por la propaganda de los partidos más organizados y con un gran financiamiento.

La realidad histórica demuestra que la mayor parte de ciudadanos, luego de las declaraciones de derechos del fines del siglo XVIII, se fueron sumiendo en el desconocimiento de la democracia, en la indiferencia ante ella y en la impotencia, y dejaron actuar a los grupos que asumieron el poder político o se quedaron en él más allá de los períodos legales, contra las leyes y la voluntad popular o respaldados por las armas del ejército y la policía. Tales fueron los casos emblemáticos de Napoleón Bonaparte, quien se coronó él mismo como emperador en 1804, y de los reyes en Francia en 1815 y 1830, y de los innumerables dictadores de América Latina y otras latitudes.

Los dos momentos de la democracia

En la práctica de la democracia hay dos momentos: el preelectoral y el de la actuación de las personas elegidas.

Los actores del primer momento son los partidos políticos inscritos y los electores.

Los partidos son los titulares de la facultad de seleccionar a los candidatos, inscribirlos en los registros pertinentes y organizar las campañas de propaganda para tratar de convencer a los electores de que voten por ellos. Legalmente, los partidos son conjuntos de ciudadanos que cumplieron los requisitos para obtener la personería política; en nuestro país, acreditar cierto número de afiliados, contar con un número determinado de comités y locales, y tener un ideario o programa y una dirección. En realidad, los partidos son creaciones de algunos grupos de las clases sociales para acceder al poder del Estado y, desde este, aprobar las leyes y otras disposiciones convenientes a los intereses de sus miembros, incluida la corrupción en algunos partidos. Como el costo de su funcionamiento, en organización, empleados, locales, viajes, hoteles, pago de derechos, propaganda y otros, es, por lo general, muy elevado, son los grupos de mayor poder económico los que pueden promoverlos y financiarlos. En cambio, a las clases sociales dependientes o a los grupos salidos de estas o identificados con ellas no les es posible, por lo menos hasta ahora en el Perú, ni siquiera convencer al número de ciudadanos requerido para la inscripción de un partido político y, menos aún, para que cubran el pago de los gastos, con lo cual quedan fuera de la lid electoral. Los electores de las clases sociales de menores recursos con cierta conciencia política lo advierten y optan por otras opciones legalmente posibles que consideran menos malas.

En consecuencia, el primer momento de la democracia se caracteriza por las campañas de propaganda de los partidos políticos para convencer a los electores de que voten por sus candidatos.

Los electores, personas mayores de edad, cumplen la función de elegir a los candidatos que prefieran el día señalado para el acto electoral, momento en el que se expresa su decisión elaborada a partir de ciertas nociones que pueden ir desde un conocimiento profundo de la necesidad del acto electoral y de los candidatos y sus ofertas hasta el desconocimiento de la noción de democracia y de los candidatos y sus propuestas. La experiencia demuestra que la mayor parte de electores adopta su decisión llevada por la alienación y los procedimientos correlativos de manipulación. El resultado es la elección mayoritaria de los candidatos de los partidos representativos de los grupos económicos con mayor poder económico. El caso más aberrante de esta manera de decidir de los electores fue el de Alemania en 1933 que invistió a Adolfo Hitler de la plenitud de poderes del Estado, decisión con la que él y su partido nazi precipitaron al mundo a la Segunda Guerra Mundial y al asesinato de más de seis millones de judíos por las tropas de las SS y del ejército.

En el segundo momento de la democracia, los políticos que asumen la dirección de los órganos del Estado proceden a operar según los intereses de los grupos que los postularon o, desvinculándose de estos, de otros grupos o de sus conveniencias y ventajas personales, puesto que, según la Constitución, ellos representan a la Nación y no hay normas que ciñan ese mandato a los intereses y preferencias de quienes votaron por ellos. En otros términos, los políticos elegidos reciben una autorización para legislar y gobernar como quieran, como si por el voto se les expidiese una carta en blanco y sin la obligación de responder por sus decisiones si transgreden sus compromisos y promesas y las normas constitucionales.

En este momento, los electores pierden totalmente protagonismo. Su opinión queda en su fuero interno y, por lo tanto, carece absolutamente de influencia sobre los gobernantes. La contienda verbal en los órganos colegiados del Estado y en los medios de prensa tiene como actores a los políticos elegidos y a los periodistas, opinólogos y otros personajes que los sirven, que se atacan, malquistan, injurian y defienden: un espectáculo permanente que llena las páginas de los diarios y revistas y los espacios de la TV, y que se vende con los chismes de la farándula, el fútbol y la crónica policial. Tales ataques y contrataques, críticas y diatrivas carecen de efectos legales y, políticamente, solo pueden suscitar curiosidad, asombro, indiferencia y en algunos una opinión que podría manifestarse en su voto en las elecciones siguientes. Como la titularidad de quienes gobiernan procede de los electores, es obvio que los políticos elegidos y sus partidos jamás culpan a estos por haber votado por sus adversarios. Este es un tema tabú que no se toca por una suerte de convenio tácito de los partidos políticos. Por lo tanto, luego de las elecciones, los electores ya son nadie, y solo algunos los imaginan como remotos o fantasmagóricos testigos que declararán por sus votos en el próximo proceso electoral, aunque ya se sabe que en este la manipulación podrá imponer a otros candidatos.

En muchos países subdesarrollados económica y culturalmente a esa manera de ser de la democracia se agregan las transgresiones a la Constitución, disfrazadas con atuendos legales. Por lo demás, siempre les es posible a muchos políticos elegidos convalidar sus ilegalidades, y sobre todo su enriquecimiento ilícito y el de sus parientes y amigos a expensas de los caudales del Estado, puesto que para eso postularon, y valiéndose de los órganos judiciales y electorales proclives a apartarse de la ley y al impulso de abogados fértiles en sofismas.

¿Qué hacer, entonces?

La democracia podría avanzar hacia estadios de mayor conciencia en las mayorías electoras y de perfeccionamiento del mandato recibido por los políticos elegidos. El factor fundamental de la vigencia real de la democracia es la conciencia que de ella tenga la mayor parte de la ciudadanía. Pero para ello deben concurrir varios factores: una educación acendrada y extensa de los niños y adolescentes; una información veraz y ausente de manipulación por los medios de prensa; un sistema de formación profesional compatible con el progreso material e intelectual de nuestra sociedad; una labor pedagógica del Estado, los partidos políticos democráticos y las organizaciones que se creen para este fin sobre el significado y el funcionamiento de la democracia; y una visión más realista en los intelectuales y estudiantes universitarios.

Los programas políticos deberían orientarse a la promoción de la economía, el aumento de la riqueza, la necesidad de dar empleo, una distribución más equitativa del producto, el equilibrio presupuestal, la eliminación de la corrupción, disponer de servicios públicos más extendidos y mejores, incluida una solución rápida y ajustada a las leyes de los conflictos legales, sin lugar para las utopías, sino solo para los cambios que la realidad social requiera.

Addenda

En nuestro país hay una grave anomalía concerniente a los partidos políticos y a los candidatos que ellos presentan. Luego de ser estos elegidos nada obsta para que se aparten del partido al que pertenecen o que desacaten sus disposiciones, no obstante que sin la postulación por ese partido no habrían podido competir, y perdiéndose de vista que son los partidos las agrupaciones con personería política y no sus candidatos. En todo caso, queda entendido que estos se comprometen a promover el ideario y los proyectos de sus partidos en el ejercicio de la función legislativa, ejecutiva, regional o municipal que decidieron a los electores darles su voto. Una exclusión del representante elegido del partido que lo postuló, por renuncia o causa grave legalmente definida, debería implicar su retiro de la función legislativa y su reemplazo por el accesitario declarado. Sería esta una manera de establecer orden y limpieza en el funcionamiento de la democracia en nuestro país.

Además, por la importancia de las funciones electivas, se debería sancionar penalmente a los políticos elegidos que infrinjan la Constitución con sus votos y hechos.

(Comentos, 2/3/2024)

 

1 Del poemario de Antonio Machado Campos de Castilla, Proverbios y cantares (XXIX), 1912.

 Caminante, son tus huellas

el camino y nada más;

Caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

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