César Hildebrandt
En HILDEBRANDT EN SUS TRECE Nº 785 6JUN
|
H |
e
escuchado a Yehude
Simón, que alguna vez alentó al MRTA desde la más absoluta irresponsabilidad,
hablar de que los nuevos tiempos demandan olvidos y perdones. Era un mensaje que
incitaba a votar por Fuerza Popular en nombre del sosiego y la apertura de
miras. Y lo lanzaba en RPP, que es desde hace décadas la emisora oficial del
fujimorismo.
El gran problema es que
no hay cómo reconciliamos con quienes no quieren al frente iguales sino
súbditos, mandados, vasallos de planilla. Hay una superioridad delirante en los
mensajes de la secta que lidera la señora que dijo en Harvard que no sería como
su padre y que ahora lo pinta como el héroe a seguir: nosotros haremos lo que
otros no pueden, obtendremos lo que los demás ni imaginaron, triunfaremos donde
todos los demás fracasaron.
Pero lo cierto es que
Fujimori arregló la economía con los mismos ajustes que el FMI había exigido a
otros países y que él había jurado que no aplicaría jamás. Las izquierdas lo
apoyaron por eso y fueron recompensadas con la traición. El señor Fujimori
impuso la reforma neoliberal sin anestesia, entronizó la informalidad y el
sálvese quien pueda y malbarateó las empresas públicas. Después gobernó para
los empresarios. Y en cuanto al terrorismo, la captura de Guzmán fue obra de
una policía que llevaba trabajando desde marzo de 1990 y se logró tras un
seguimiento silencioso hecho a espaldas de Montesinos y Fujimori.
Encaminar la economía
significó la entronización de un modelo económico que empequeñeció al
trabajador y lo lanzó al autoempleo. El comienzo del fin del terrorismo le
permitió al patriarca crear una autocracia basada en el éxito de la
pacificación, un régimen que devoró al país entero, malogró sus instituciones,
abolió la separación de poderes y creó un clientelismo mísero que votaba
agradecido por obras que el Estado debía haber hecho décadas atrás.
Es muy difícil dialogar
con quienes creen que les debes la vida, el país, tu futuro. Y cuando crees que
los fujimoristas han cambiado un poco, que un aspecto de la decencia los ha
tentado, que una luz los rozó, entonces los escuchas y te das cuenta: son
iguales o peores que sus predecesores, que ya eran horrendos.
Miki Torres, por
ejemplo, es hijo del abogado servil que inventó eso de “la interpretación
auténtica” para que Fujimori postulara a la ilegítima re-reelección del año
2000. Pero Carlos Torres y Torres Lara, siendo patético, no habría llevado
docenas de rollos de papel higiénico a la Keiko Fujimori encarcelada. Miki superó
a su apá y ahora, después de sus dichos sobre la conjura que terminó con el
gobierno de Castillo, debe tener una relación especialmente intensa con el papel
íntimo.
Alberto Fujimori tenía una poderosa inclinación por la vileza, pero no habría traicionado a sus hermanas Juana y Rosa cuando se supo, gracias a Susana Higuchi, que ambas robaban donaciones llegadas del Japón. Fujimori las defendió tribalmente, del mismo modo que lo habría hecho si alguno de sus hijos hubiese requerido su auxilio. Keiko Fujimori ha ido mucho más allá, como es notorio, y ha demostrado tener la sensibilidad moral de una katana.
He intentado explicarme
al fujimorismo muchas veces y he llegado a esta seguramente poco novedosa
conclusión. Terminando el siglo XX, el Perú sufrió dos experiencias
apocalípticas: la salvaje guerrilla de Sendero, emanación de esa izquierda
idiota que terminaría apoyando a Fujimori, y la megainflación devastadora del
aprismo ladrón del 85 al 90. El Perú, entre las torres derribadas y los coches
bomba y la experiencia de un dinero que nada valía, fue la República de Weimar
andina. Y así como la República de Weimar incubó el nazismo, el Perú azotado de
los 90 estuvo listo para un experimento extremo. Eso fue el fujimorismo, que propuso
purgas y venenos, extirpaciones y mutilaciones, regímenes de excepción para un
país hecho pedazos. Admitámoslo: algunas medidas radicales surgieron de las
condiciones en que nos hallábamos, del drama que vivíamos. Por eso fueron
aplaudidas y recibidas con esperanza.
La desgracia es que
cuando dejamos el abismo, Fujimori decidió que la concentración de poder que
había solicitado para enfrentar la crisis debía continuar. Y no sólo prosiguió,
sino que se acentuó. Lo que estaba destinado a salvar al paciente moribundo se
convirtió en tratamiento crónico. Y fue así que llegamos a la prensa comprada,
al poder judicial esclavizado, a la Fiscalía manejada como banda armada, al
Congreso como mesa de partes, a los militares como jefes de compras
pestilentes, al Tribunal Constitucional amordazado. Así fue como llegarnos a la
salita del SIN, a los hijos de Fujimori estudiando con dinero negro salido del
presupuesto, a la prensa chicha y a la televisión de Laura Bozzo.
Por todo esto, no votar
por Keiko Fujimori será este domingo un gesto de dignidad. Los peruanos hemos
cometido muchos errores a lo largo de nuestra historia, pero premiar con la
presidencia a la hija del hombre que vomitó sobre el honor de este país es
demasiado. Y abrirle la puerta de Palacio a la señora que ya controla el
Congreso, la Junta Nacional de Justicia, el Tribunal Constitucional, la
Fiscalía de la Nación y la Defensoría del Pueblo sería un suicidio
multitudinario. El fujimorismo se convirtió en mafia con el dinero del
presupuesto general de la república. Decirle NO a una mafia que quiere
doblegamos otra vez es puro instinto de sobrevivencia. <+>


No hay comentarios:
Publicar un comentario