viernes, 5 de junio de 2026

PROCESO ELECCIONARIO EN EL PERU. ENFOQUES DE COYUNTURA POLITICA

DECIRLE NO A UNA MAFIA

César Hildebrandt

En HILDEBRANDT EN SUS TRECE Nº 785 6JUN

H

e escuchado a Yehude Simón, que alguna vez alentó al MRTA desde la más absoluta irresponsabilidad, hablar de que los nuevos tiempos demandan olvidos y perdones. Era un mensaje que incitaba a votar por Fuerza Popular en nombre del sosiego y la aper­tura de miras. Y lo lanzaba en RPP, que es desde hace décadas la emisora oficial del fujimorismo.

El gran problema es que no hay cómo reconciliamos con quienes no quieren al frente iguales sino súbditos, mandados, vasallos de planilla. Hay una superioridad delirante en los mensajes de la secta que lidera la señora que dijo en Harvard que no sería como su padre y que ahora lo pinta como el héroe a seguir: nosotros haremos lo que otros no pueden, obtendremos lo que los demás ni imaginaron, triunfaremos donde todos los demás fracasaron.

Pero lo cierto es que Fujimori arregló la economía con los mismos ajustes que el FMI había exigido a otros países y que él había jurado que no aplicaría jamás. Las izquierdas lo apoyaron por eso y fueron recompensadas con la traición. El señor Fujimori impuso la reforma neoliberal sin anestesia, entronizó la informalidad y el sálvese quien pueda y malbarateó las empresas públicas. Después gobernó para los empresarios. Y en cuanto al terrorismo, la captura de Guzmán fue obra de una policía que llevaba trabajando desde marzo de 1990 y se logró tras un seguimiento silencioso hecho a espaldas de Montesinos y Fujimori.

Encaminar la economía significó la entronización de un modelo económico que empequeñeció al trabajador y lo lanzó al autoempleo. El comienzo del fin del terrorismo le permitió al patriarca crear una autocracia basada en el éxito de la pacificación, un régimen que devoró al país entero, malogró sus instituciones, abolió la separación de po­deres y creó un clientelismo mísero que votaba agradecido por obras que el Estado debía haber hecho décadas atrás.

Es muy difícil dialogar con quienes creen que les debes la vida, el país, tu futuro. Y cuando crees que los fujimoristas han cambiado un poco, que un aspecto de la decencia los ha tentado, que una luz los rozó, entonces los escuchas y te das cuenta: son iguales o peores que sus predecesores, que ya eran horrendos.

Miki Torres, por ejemplo, es hijo del abogado servil que inventó eso de “la interpretación auténtica” para que Fujimori postulara a la ilegítima re-reelección del año 2000. Pero Carlos Torres y Torres Lara, siendo patético, no habría llevado docenas de rollos de papel higiénico a la Keiko Fujimori encarcelada. Miki superó a su apá y ahora, después de sus dichos sobre la conjura que terminó con el gobierno de Castillo, debe tener una relación especialmente intensa con el papel íntimo.

Alberto Fujimori tenía una poderosa inclinación por la vileza, pero no habría traicionado a sus hermanas Juana y Rosa cuando se supo, gracias a Susana Higuchi, que ambas robaban donaciones llegadas del Japón. Fujimori las defendió tribalmente, del mismo modo que lo habría hecho si alguno de sus hijos hubiese requerido su auxilio. Keiko Fujimori ha ido mucho más allá, como es notorio, y ha demostrado tener la sensibilidad moral de una katana.

He intentado explicarme al fujimorismo muchas veces y he llegado a esta seguramente poco novedosa conclusión. Terminando el siglo XX, el Perú sufrió dos experiencias apocalípticas: la salvaje guerrilla de Sendero, emanación de esa izquierda idiota que terminaría apoyando a Fujimori, y la megainflación devastadora del aprismo ladrón del 85 al 90. El Perú, entre las torres derribadas y los coches bomba y la experiencia de un dinero que nada valía, fue la República de Weimar andina. Y así como la República de Weimar incubó el nazismo, el Perú azotado de los 90 estuvo listo para un experimento extremo. Eso fue el fujimorismo, que propuso purgas y venenos, extirpaciones y mutilaciones, regímenes de excepción para un país hecho pedazos. Admitámoslo: algunas medidas radicales surgieron de las condiciones en que nos hallábamos, del drama que vivíamos. Por eso fueron aplaudidas y recibidas con esperanza.

La desgracia es que cuando dejamos el abismo, Fujimori decidió que la concentración de poder que había solicitado para enfrentar la crisis debía continuar. Y no sólo prosiguió, sino que se acentuó. Lo que estaba destinado a salvar al paciente moribundo se convirtió en tratamiento crónico. Y fue así que llegamos a la prensa comprada, al poder judicial esclavizado, a la Fiscalía manejada como banda armada, al Congreso como mesa de partes, a los militares como jefes de compras pestilentes, al Tribunal Constitucional amordazado. Así fue como llegarnos a la salita del SIN, a los hijos de Fujimori estudiando con dinero negro salido del presupuesto, a la prensa chicha y a la televisión de Laura Bozzo.

El fujimorismo nació para la crisis. Por eso creó esta, que nos roe desde el 2016. Por eso vuelve a proponer jueces sin rostro, militares armados en las calles, presos que tengan que ganarse la comida, criminalización de la protesta. Es la vieja fórmula del fascismo: la democracia que yo hice inservible con mis leyes procrimen y la concentración del poder debe ser abolida porque ya no sirve. Es la canallada tautológica.

Por todo esto, no votar por Keiko Fujimori será este domingo un gesto de dignidad. Los peruanos hemos cometido muchos errores a lo largo de nuestra historia, pero premiar con la presidencia a la hija del hombre que vomitó sobre el honor de este país es demasiado. Y abrirle la puerta de Palacio a la señora que ya controla el Congreso, la Junta Nacional de Justicia, el Tribunal Constitucional, la Fiscalía de la Nación y la Defensoría del Pueblo sería un suicidio multitudinario. El fujimorismo se convirtió en mafia con el dinero del presupuesto general de la república. Decirle NO a una mafia que quiere doblegamos otra vez es puro instinto de sobrevivencia. <+>

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