7 DE JUNIO:
EL DEBER NO TIENE PRECIO
Por: Jorge Luis
Choque
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C |
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7 de junio, el aparato oficial del Estado se viste de gala. Políticos con
procesos abiertos por corrupción, autoridades cuestionadas y altos mandos
militares se acomodan los fajines y las medallas ante las cámaras. Con el
rostro impostado, recitan discursos solemnes frente al monumento de Francisco
Bolognesi. Sin embargo, detrás de la fanfarria y el protocolo, se esconde la
manifestación más pura de lo que la academia y la Real Academia Española
definen como patrioterismo: un alarde vacío, superficial y una exaltación
superflua que oculta una absoluta falta de compromiso real con el país.
Como
bien advertía el filósofo Voltaire: “Todos los sobornos se amparan en la
patria”. En el Perú contemporáneo, los mismos sectores que debilitan las
instituciones y saquean las arcas públicas utilizan los símbolos patrios como
un escudo de impunidad. Se envuelven en la bandera no por amor al suelo, sino,
en palabras del columnista Carlos Gómez Gil, como un “patriotismo de pacotilla”
que sirve para criminalizar al que piensa distinto, crispar a la sociedad y
convertir la identidad nacional en un campo de batalla.
Para
comprender la hipocresía de la clase dirigente actual, es imperativo mirar
hacia el pasado. En mayo de 1880, la guarnición peruana en Arica se encontraba
en un estado de abandono absoluto: hombres mal alimentados y con escasas
municiones. No fue una fatalidad del destino, sino el resultado de un cálculo
político nefasto.
Tras dar un golpe de Estado a finales de 1879, el dictador Nicolás de Piérola priorizó sus recelos partidarios por encima de la defensa nacional. Los historiadores Rubén Vargas Ugarte y Mariano Felipe Paz Soldán coinciden en señalar que Piérola dejó intencionalmente en el abandono al Ejército del Sur, considerándolo un enemigo político leal al depuesto presidente Mariano Ignacio Prado. Impensable para el dictador enviar ayuda; prefirió, como señala la crónica histórica, dejarlos morir a manos del ejército rival.
El
desgarrador telegrama enviado por el coronel resuena hoy como un grito atrapado
en el tiempo: “Apure, Leiva. Todavía es posible hacer mayor estrago en enemigo
victorioso. Arica no se rinde y resistirá hasta el sacrificio”. Pero los 3,000
hombres del coronel Segundo Leiva jamás llegó. La orden venía de Palacio de
Gobierno (Piérola). Se envió a Bolognesi y a sus hombres a la muerte con
engaños y con una gran ceremonia popular desde el Callao, un desfile pomposo
que solo sirvió para maquillar la negligencia de los gobernantes.
El
propio Bolognesi plasmó esta indignación en la célebre carta a su esposa el 22
de mayo de 1880, donde desnudó con estremecedora actualidad la miseria de la
élite de la época. En ella, desnudó la miseria de la élite de la época con una
claridad que estremece por su actualidad: “Dios va a decidir este drama en que
los políticos que fugaron y los que asaltaron el poder tienen la misma
responsabilidad, unos y otros han dictado con su incapaz conducta, la sentencia
que nos aplicará el enemigo”.
Bolognesi
no solo enfrentaba las armas del adversario; enfrentaba la corrupción y la
deserción moral de su propia dirigencia. Su decisión de cumplir sus “deberes
sagrados... hasta quemar el último cartucho” fue una lección de dignidad frente
a la podredumbre alta y oficial. Su grandeza se sella con un mandato ético inalcanzable
para los políticos de hoy: “Nunca reclames nada para que no crean que mi deber
tuvo precio”.
Frente
a la farsa, emerge el patriotismo genuino. Maurizio Viroli lo define como aquel
que “combate la tiranía, el despótico, la opresión y la corrupción”, basándose
en la solidaridad social y el sentido de pertenencia. Ese afecto real no está
en los discursos del Congreso, sino en la resistencia diaria de los humildes
pobladores, trabajadores independientes y emprendedores que sacan adelante al
país con honestidad.
Las
madres de las ollas comunes, los agricultores, los microempresarios y quienes
madrugan en el transporte público encarnan hoy el espíritu del Morro de Arica.
Ellos sostienen la nación a pesar de sufrir un abandono sistémico en salud,
seguridad y educación que guarda un paralelismo trágico con la guarnición de
1880. El ciudadano de a pie es el Bolognesi moderno, resistiendo con escasos
recursos en su propio peñasco cotidiano.
Como
escribió Jorge Luis Borges: “Nadie es patria porque lo somos todos”. La patria
no le pertenece a una cúpula que la saquea de lunes a sábado y le rinde
homenajes hipócritas los domingos; es el esfuerzo de su gente honrada. El mejor
homenaje a Bolognesi no es recitar su frase de memoria, sino ejercer una
ciudadanía con la honestidad intransigente de quien sabe que la dignidad no
tiene precio. <+>
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