jueves, 4 de junio de 2026

PROCESO ELECCIONARIO EN EL PERU: ENFOQUES ANALITICOS DE COYUNTURA

 7 DE JUNIO:

EL DEBER NO TIENE PRECIO

Por: Jorge Luis Choque

C

ada 7 de junio, el aparato oficial del Estado se viste de gala. Políticos con procesos abiertos por corrupción, autoridades cuestionadas y altos mandos militares se acomodan los fajines y las medallas ante las cámaras. Con el rostro impostado, recitan discursos solemnes frente al monumento de Francisco Bolognesi. Sin embargo, detrás de la fanfarria y el protocolo, se esconde la manifestación más pura de lo que la academia y la Real Academia Española definen como patrioterismo: un alarde vacío, superficial y una exaltación superflua que oculta una absoluta falta de compromiso real con el país.

Como bien advertía el filósofo Voltaire: “Todos los sobornos se amparan en la patria”. En el Perú contemporáneo, los mismos sectores que debilitan las instituciones y saquean las arcas públicas utilizan los símbolos patrios como un escudo de impunidad. Se envuelven en la bandera no por amor al suelo, sino, en palabras del columnista Carlos Gómez Gil, como un “patriotismo de pacotilla” que sirve para criminalizar al que piensa distinto, crispar a la sociedad y convertir la identidad nacional en un campo de batalla.

Para comprender la hipocresía de la clase dirigente actual, es imperativo mirar hacia el pasado. En mayo de 1880, la guarnición peruana en Arica se encontraba en un estado de abandono absoluto: hombres mal alimentados y con escasas municiones. No fue una fatalidad del destino, sino el resultado de un cálculo político nefasto.

Tras dar un golpe de Estado a finales de 1879, el dictador Nicolás de Piérola priorizó sus recelos partidarios por encima de la defensa nacional. Los historiadores Rubén Vargas Ugarte y Mariano Felipe Paz Soldán coinciden en señalar que Piérola dejó intencionalmente en el abandono al Ejército del Sur, considerándolo un enemigo político leal al depuesto presidente Mariano Ignacio Prado. Impensable para el dictador enviar ayuda; prefirió, como señala la crónica histórica, dejarlos morir a manos del ejército rival.

El desgarrador telegrama enviado por el coronel resuena hoy como un grito atrapado en el tiempo: “Apure, Leiva. Todavía es posible hacer mayor estrago en enemigo victorioso. Arica no se rinde y resistirá hasta el sacrificio”. Pero los 3,000 hombres del coronel Segundo Leiva jamás llegó. La orden venía de Palacio de Gobierno (Piérola). Se envió a Bolognesi y a sus hombres a la muerte con engaños y con una gran ceremonia popular desde el Callao, un desfile pomposo que solo sirvió para maquillar la negligencia de los gobernantes.

El propio Bolognesi plasmó esta indignación en la célebre carta a su esposa el 22 de mayo de 1880, donde desnudó con estremecedora actualidad la miseria de la élite de la época. En ella, desnudó la miseria de la élite de la época con una claridad que estremece por su actualidad: “Dios va a decidir este drama en que los políticos que fugaron y los que asaltaron el poder tienen la misma responsabilidad, unos y otros han dictado con su incapaz conducta, la sentencia que nos aplicará el enemigo”.

Bolognesi no solo enfrentaba las armas del adversario; enfrentaba la corrupción y la deserción moral de su propia dirigencia. Su decisión de cumplir sus “deberes sagrados... hasta quemar el último cartucho” fue una lección de dignidad frente a la podredumbre alta y oficial. Su grandeza se sella con un mandato ético inalcanzable para los políticos de hoy: “Nunca reclames nada para que no crean que mi deber tuvo precio”.

Frente a la farsa, emerge el patriotismo genuino. Maurizio Viroli lo define como aquel que “combate la tiranía, el despótico, la opresión y la corrupción”, basándose en la solidaridad social y el sentido de pertenencia. Ese afecto real no está en los discursos del Congreso, sino en la resistencia diaria de los humildes pobladores, trabajadores independientes y emprendedores que sacan adelante al país con honestidad.

Las madres de las ollas comunes, los agricultores, los microempresarios y quienes madrugan en el transporte público encarnan hoy el espíritu del Morro de Arica. Ellos sostienen la nación a pesar de sufrir un abandono sistémico en salud, seguridad y educación que guarda un paralelismo trágico con la guarnición de 1880. El ciudadano de a pie es el Bolognesi moderno, resistiendo con escasos recursos en su propio peñasco cotidiano.

Como escribió Jorge Luis Borges: “Nadie es patria porque lo somos todos”. La patria no le pertenece a una cúpula que la saquea de lunes a sábado y le rinde homenajes hipócritas los domingos; es el esfuerzo de su gente honrada. El mejor homenaje a Bolognesi no es recitar su frase de memoria, sino ejercer una ciudadanía con la honestidad intransigente de quien sabe que la dignidad no tiene precio. <+>

 

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