sábado, 25 de abril de 2026

OPINION: ENFOQUES SOBRE LA REALIDAD POLITICA EN EL PERU

 NEOFASCISMO:

EL VERDADERO ROSTRO DEL RACISMO EN EL PERÚ

Por: Jorge Luis Choque

Perú: 24/04/2026

E

n el Perú, la democracia no es un ejercicio de soberanía, sino una máscara de conveniencia. Se ajusta con cinismo durante los meses de campaña, cuando los candidatos de la oligarquía bajan a las plazas a mendigar el voto que luego despreciarán. Pero esa máscara se cae apenas los resultados electorales favorecen a quienes la élite limeña y los partidos de derecha consideran "intrusos". Detrás de la retórica de la "meritocracia" y la "preparación técnica", no hay un afán académico, sino un odio atávico: un racismo estructural que ningunea al hombre del ande, a la mujer campesina y al provinciano, sindicándolos como el "lastre" que impide un progreso que solo beneficia a unos pocos.

Este comportamiento fascista no sería posible sin la complicidad de los medios de comunicación masivos centralizados en Lima. Convertidos en voceros de la ultraderecha, estos medios alientan y protegen prácticas discriminatorias bajo el disfraz de "opinión pública". La derecha peruana ha perfeccionado un mecanismo de defensa perverso: cuando el ciudadano de a pie, el comunero o el dirigente rural reclama un espacio de notoriedad, el ataque es sistemático y televisado.

Cualquier asomo de reivindicación social es bautizado como "rojo", "zurdo" o, el calificativo final para deshumanizar al adversario: "terrorista". Este "terruqueo" no es más que una actualización del desprecio colonial. Como bien señala la socióloga Nury García a propósito de los ataques contra Brígida Curo: "el castigo es más rápido y cargado de desprecio cuando se es mujer, del sur e indígena". El sistema tolera al corrupto con maestría, pero desprecia a la lideresa con trayectoria comunal.

Este fenómeno no es una anomalía local, sino el eco de una corriente neofascista global que pretende capturar el poder mediante la exclusión. Personajes como Donald Trump, Javier Milei y las posturas ultranacionalistas de Benjamín Netanyahu (primer ministro Israelí) representan los rostros de una derecha que utiliza el miedo al "otro" para consolidar su hegemonía.

Según el análisis de Lawrence Britt y diversos informes de la ONU, el neofascismo contemporáneo ha "edulcorado" su retórica, pero mantiene su esencia: Se justifica la desigualdad mediante narrativas neoconservadoras (xenofobia y racismo); Se prioriza una "seguridad" punitiva sobre la dignidad humana (Desprecio por los Derechos Humanos); En Europa es el inmigrante; en el Perú es el "indio" o el "provinciano" que se atreve a cuestionar el statu quo.

Para entender esta dinámica, Gramsci definió el fascismo como una "revolución pasiva" donde la burguesía instrumentaliza a las masas para evitar cambios estructurales. Hoy, esa élite manipula a sectores desclasados contra el campo y la ciudad, cumpliendo la advertencia de Trotsky: el fascismo explota la miseria popular para destruir sus propias organizaciones. En el Perú, esto se traduce en captar el voto rural con hipocresía para luego, desde el Congreso y los medios, aplastar cualquier asomo de soberanía popular.

En el Perú, el racismo opera bajo una hipocresía que todo lo absuelve o lo condena según la casta. Se perdona la vulgaridad y la incapacidad de un Rafael López Aliaga porque pertenece al círculo del poder y el color de piel, pero se despliega un ensañamiento por el acento, el origen y el nivel educativo de un indígena. El lema subyacente de esta élite es tan cínico como vigente, es mejor los “choros” conocidos (delincuentes de cuello blanco) que los “cholos” en el poder.

Como bien apunta Eland Vera, la verdadera "preparación" para gobernar no es solo un título universitario; es la capacidad de liderar voluntades y el sentido ético de trabajar por la justicia. El neofascismo peruano, alimentado por colectivos como "Con mis hijos no te metas", vincula el fundamentalismo religioso con el racismo para blindar jerarquías donde Lima domina a las regiones y lo blanco se impone sobre lo andino.

Mientras la derecha trate al provinciano como un enemigo que silenciar o doblegar, nuestra democracia será una farsa. El cuestionamiento a su “preparación” no es rigor académico; es racismo disfrazado de meritocracia: hay un profundo, cobarde y violento miedo a que el Perú Real finalmente tome las riendas de su propio destino y desmonte, de una vez por todas, el banquete de la oligarquía. <+>

 

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