sábado, 1 de agosto de 2026

GOBIERNO FUJIMORISTA: AFIRMANDO LA DEPENDENCIA

 EL ESCUDO DE LA SUMISIÓN,

LA SOBERANÍA PERUANA EN SUBASTA

Por: Jorge Luis Choque

E

l anuncio de la electa presidenta Keiko Fujimori de adherir al Perú al denominado “Escudo de las Américas” no es un acto de pragmatismo diplomático, sino una claudicación histórica. Bajo el viejo y gastado ropaje de la "cooperación en seguridad", la nueva administración pretende hipotecar la soberanía de un país libre y poner en juego nuestros recursos naturales. Pedir que el ejército de los Estados Unidos venga a garantizar nuestra seguridad interna es la confesión más humillante que un gobernante pueda hacer: es admitir, ante el mundo, que hemos dejado de creer en nuestras propias fuerzas y en la capacidad de quienes juraron defender esta tierra.

Esta claudicación representa una verdadera vergüenza nacional. Rebaja la dignidad de todo un pueblo para suplir con bayonetas extranjeras la negligencia y la corrupción de la clase política que nos gobierna. No nos equivoquemos: aquí no hay falta de valor en nuestros militares, lo que hay es una alarmante falta de decoro y patriotismo en nuestras élites de poder. Permitir que fuerzas militares extranjeras pisen nuestra patria para "poner orden" es escupir a la historia, a la bandera y a cada soldado peruano que entregó su vida por la independencia. Es la flagrante derrota de un gobierno que prefiere depender de afuera antes que sanear y fortalecer sus propias instituciones.

Para entender la gravedad del asunto, desnudemos la retórica oficial. El "Escudo de las Américas" es una iniciativa de seguridad hemisférica impulsada por la administración Trump en este 2026. Aunque el discurso público lo venda como una plataforma coordinada contra el narcotráfico y la migración irregular, su objetivo político central es descarnadamente geopolítico: reforzar la influencia de Washington en el hemisferio occidental mediante una arquitectura militar alineada con su estrategia de “América Primero”. No busca protegernos; busca contener de forma agresiva la presencia comercial y política de potencias rivales como China en la región. Como bien señalaba el pensador crítico Noam Chomsky, la pretensión hegemónica de EE. UU. en América Latina opera históricamente como una forma de dominación política y militar, legitimada por discursos de seguridad y lucha antidrogas, pero orientada en realidad a preservar el control de sus zonas de influencia. "América Latina ha conservado su primacía en la planeación global de Estados Unidos", advertía Chomsky, recordando que, para el imperio, si Washington no puede controlar su entorno cercano, no puede esperar dominar el resto del mundo.

Y es que, en la geopolítica del siglo XXI, la seguridad no es más que la vanguardia de la captura económica. El Perú no es cualquier territorio: es una de las joyas de la corona en la carrera global por la transición energética y los recursos del futuro. Consolidado como el segundo productor mundial de cobre y poseedor de una cartera minera que supera los 64,000 millones de dólares distribuidos en 67 megaproyectos estratégicos, nuestro subsuelo rebosa de los "minerales críticos" que la industria tecnológica y militar norteamericana necesita con urgencia. A esto se suma nuestra colosal ventaja energética: el gas natural de Camisea y las millonarias reservas prospectivas de hidrocarburos que definen nuestra competitividad, junto al enorme potencial de la Amazonía. Al abrirle la puerta al "Escudo", Fujimori no solo entrega el control de nuestras fronteras; expone nuestra riqueza mineral, nuestro gas y nuestra biodiversidad a la tutela de un socio extranjero que históricamente ha confundido cooperación con expropiación comercial.

La historia y la dignidad latinoamericana ya han respondido con firmeza a este tipo de arrogancia imperial. Voces continentales de diversas corrientes han rechazado históricamente esta tutela. En su momento, desde la diplomacia regional se denunció que "América Latina y el Caribe no es patio trasero ni siquiera delantero de nadie; somos Estados soberanos y las riquezas naturales pertenecen a nuestros pueblos". Asimismo, líderes de la región han advertido con claridad que los tiempos en que Washington reprimía pueblos y saqueaba recursos bajo el pretexto de la seguridad han terminado: "Defenderemos nuestros recursos naturales como nuestra vida y nuestra dignidad". Incluso desde sectores moderados, como el ex canciller chileno Heraldo Muñoz ante pretensiones similares en el pasado, se ha calificado de "arrogante" la visión de quienes asumen que el continente sigue siendo un feudo norteamericano.

La decisión de Keiko Fujimori de someter al Perú a este "escudo" protector no nos hará más seguros; nos hará más dependientes, más vulnerables y menos dueños de nuestro propio destino. Un país que entrega el monopolio de su seguridad a una potencia extranjera pierde el derecho a llamarse soberano. El verdadero escudo del Perú debe ser la solidez de sus instituciones, la limpieza de su política y el desarrollo autogestionado de sus recursos, nunca la genuflexión ante los intereses estratégicos de un imperio. <>

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