viernes, 17 de julio de 2026

HISTORIA DEL PERU. EPOCA DE LA EMANCIPACION

 LA INDEPENDENCIA DEL PERÚ 

Y LA PROMESA INCUMPLIDA (PARTE I)

Por: Jorge Luis Choque

C

ada 28 de julio, el Perú celebra su independencia con desfiles, discursos y gestos solemnes que suelen insistir en una épica patriótica difícil de sostener frente a la realidad nacional. Más que una simple conmemoración, la fecha debería invitar a una reflexión incómoda: ¿qué significó realmente la independencia para la mayoría de peruanos y peruanas?, ¿hasta qué punto la emancipación política se tradujo en justicia social, ciudadanía efectiva y desarrollo compartido? En esa tensión entre memoria oficial y experiencia histórica se juega una parte decisiva de nuestro presente.

Jorge Basadre entendió el Perú como una nación marcada por una promesa inconclusa: la de construir una vida republicana fundada en la dignidad, la justicia y la integración de sus diversos pueblos. Esa “promesa de la vida peruana” no puede leerse como una frase ceremonial, sino como un desafío histórico todavía pendiente. A más de dos siglos de la independencia, el problema no consiste solo en recordar la gesta emancipadora, sino en reconocer que la república no logró convertir ese acto fundacional en un proyecto de igualdad real. La independencia fue, en gran medida, un cambio de soberanía sin una transformación profunda de las estructuras sociales heredadas.

Desde una perspectiva crítica, Heraclio Bonilla y Karen Spalding plantearon que la independencia del Perú no significó una ruptura total con el orden colonial, sino el tránsito hacia nuevas formas de subordinación económica. En su interpretación, la separación política respecto de España coexistió con una inserción dependiente en un mercado internacional dominado por Gran Bretaña. Esta tesis sigue siendo útil porque cuestiona la narrativa heroica que presenta la independencia como una victoria completa y autogenerada. En realidad, el nuevo orden republicano nació con fragilidades estructurales, sin resolver la desigualdad ni construir un Estado capaz de integrar a la mayoría de la población.

Pablo Macera llevó esa crítica a un plano social más incisivo. Para él, la independencia fue un proceso inconcluso, limitado por la incapacidad de la élite criolla para articular una alianza amplia con mestizos, indígenas y sectores populares. Su mirada desmonta la idea de una nación nacida de una voluntad colectiva homogénea. Lo que aparece, más bien, es una sociedad fragmentada, donde las élites proclamaron la libertad sin democratizarla. La independencia política no eliminó las jerarquías coloniales; simplemente las reacomodó bajo nuevas legitimidades.

Basadre, por su parte, ofrece una vía complementaria, menos severa en el diagnóstico, pero igualmente exigente en el fondo. Su reflexión sobre el mestizaje y la formación histórica del Perú permite entender que la nación no puede fundarse en el culto exclusivo a próceres, batallas o símbolos vacíos. La peruanidad se construye en el encuentro, muchas veces conflictivo, entre criollos, mestizos e indígenas, y solo puede consolidarse si reconoce esa pluralidad sin convertirla en folklore. El problema del falso nacionalismo es precisamente ese: exaltar una patria abstracta mientras se excluye a los ciudadanos reales de sus beneficios.

A ello se suma una dimensión material que no puede ignorarse. Alfonso W. Quiroz mostró que incluso la administración de la deuda interna en el siglo XIX estuvo marcada por redes de poder que capturaron recursos públicos para beneficio privado. Su trabajo evidencia que la república temprana no solo heredó desigualdades coloniales, sino también prácticas de corrupción y captura del Estado que distorsionaron el desarrollo nacional. Esto es fundamental para pensar la independencia no como un punto de llegada, sino como el inicio de una disputa por el uso del Estado, la distribución de la riqueza y el sentido mismo de lo público.

María Parado de Bellido
Desde esta perspectiva, el patrioterismo resulta insuficiente. Celebrar la independencia sin examinar sus deudas históricas equivale a confundir memoria con autoelogio. El nacionalismo superficial repite consignas sobre grandeza patria, pero evita hablar de exclusión, desigualdad, racismo estructural, centralismo y corrupción. Un país no se fortalece por negar sus fracturas, sino por enfrentarlas con lucidez. La mejor manera de honrar la independencia no es con retórica vacía, sino con ciudadanía activa y responsabilidad colectiva.

Por ello, el aniversario patrio debería servir para renovar un compromiso ciudadano por encausar el desarrollo del Perú. Ese compromiso implica exigir instituciones transparentes, educación pública de calidad, respeto por la legalidad y una ética pública orientada al bien común. También supone superar la indiferencia y asumir que el destino nacional no depende solo de gobernantes o caudillos, sino de la participación informada y vigilante de la sociedad. La independencia, en ese sentido, sigue siendo una tarea inconclusa: no basta haber roto con el dominio colonial si no logramos construir una república justa, inclusiva y eficaz.

El Perú no necesita más ceremonias de exaltación vacía, sino una conciencia histórica madura. Necesita menos patrioterismo y más ciudadanía; menos mitos inmóviles y más responsabilidad pública. Solo así la promesa incumplida de la independencia podrá convertirse, por fin, en un proyecto nacional digno de ese nombre. <>

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