lunes, 5 de septiembre de 2016

EL MUNDO PURIKUY MERECE HOMENAJE

LECTURAS INTERESANTES Nº 715
LIMA PERU            5 SETIEMBRE 2016
RESCATAR  A
JUAN BUSTAMANTE
Escribe: Carlos León
Tomado de “HILDEBRANDT EN SUS TRECE” N° 312, 26AGO16, p. 29
Somos un país peleado con nuestra historia. No exagero: en el Perú apenas si tenemos conciencia de nuestro pasado reciente. Sea por traumático, sea por flojera, sea por desidia, nuestros debates públicos son extremadamente coyunturales y suelen no ir más allá de un gobierno.
Por suerte, se acerca el Bicentenario: una excusa para hablar de historia en un país que sueña con haber nacido en 1992.
¿Pero de qué hablamos cuando hablamos de "historia" en el Perú? ¿Cuál es la "historia" que se debate en los medios masivos?
Principalmente, es el siglo XX. No es que sea mucho, pero es: alguna alusión a Leguía, un extemporáneo elogio a Odría, las usuales loas a Belaunde, los insultos a Velasco Alvarado. Y punto. En la esfera pública, poco es lo que se debate sobre el siglo XIX. Sin embargo, varios tenemos una idea sucinta de lo que este significó para el Perú: un fracaso. El mendigo sentado en el banco de oro, el país de las oportunidades perdidas, los caudillos, la prosperidad falaz, la Guerra con Chile, la derrota, el oprobio, la reconstrucción.
Pero nuestro siglo XIX fue mucho más que eso. Mucho más rico, mucho más complejo, con personajes fascinantes que desde lejos nos dan luces sobre el Perú actual.
Pienso en solo uno de ellos: el puneño Juan Bustamante.
Bustamante nació en Puno, en 1808. Fue representante de Lampa en el Congreso, en 1839, aunque con resultados penosos: sus propuestas de ley fueron rechazadas. En "La Batalla por Puno", José Luis Rénique resume unas cuantas de sus "propuestas imposibles: una ley para nominar obispos con participación de la feligresía; escuelas gratuitas en todos los distritos de la nación; una red nacional de caminos; el control de los ascensos en la milicia". La de Bustamante es una agenda liberal porque, precisamente, Bustamante era un puneño liberal, algo que hoy luce extravagante.
Bustamante era un próspero comerciante antes que congresista, y "veía en la revolución mercantil en curso una inapreciable oportunidad de ”regeneración” social" (Rénique dixit). Y antes que comerciante, era indio: "poco o nada saqué de mi padre, oriundo de España". Pero en el Puno lanero del siglo XIX, la voluntad de Juan Bustamante era también imposible: el aumento del comercio no hizo que se viese al indio como un igual, ni como un ciudadano que aspira al progreso a través de sus actividades.
Decepcionado del Congreso, y con dinero, Bustamante se dedicó a viajar. Dio la vuelta al mundo dos veces: en una se tomó tres años, en la otra apenas uno. Conoció Europa, China, India, Rusia, Estados Unidos e Inglaterra. Miraba la fuerza del capitalismo, sus avances tecnológicos y también sus miserias, y se preguntaba si eso podía ser aplicable al Perú, y cómo. Bustamante no era dado a las rebeliones: estuvo en París durante el levantamiento de junio de 1848, y prefirió la victoria de las fuerzas del orden. Orden y disciplina necesitaba también el Perú. Regresó a Puno en 1849.
Apoyó a Ramón Castilla en 1855 contra Rufino Echenique y combatió junto a los hermanos Gálvez, acaso los más insignes liberales de entonces. Con el triunfo, vino también la abolición de la esclavitud y del tributo indígena. Luego fue nuevamente congresista, y vino otra contradicción: ¿qué hacía ese indio puneño dando ejemplos de otros lugares del mundo? Esa fue la intención de Manuel Atanasio Fuentes en su parodia de Bustamante, llamada "Don Burro Andante": una persona con dejo y "olor a llama".
Pasó por varios cargos hasta que en 1867 los indígenas de Puno se movilizaron contra el cobro de "la contribución de indígenas", eliminada en teoría pero vigente en la práctica. Juan Bustamante se volvió su portavoz, y el levantamiento sería conocido como la Rebelión de Huancané. Bustamante buscó generar una corriente positiva a la rebelión en la prensa limeña, y para eso creó la Sociedad Amiga de los Indios. Desde allí pedía el cese de la represión en Puno y llamaba a atender la protesta, que no era "sino un medio pacífico de pedir justicia". El enemigo no eran los blancos, sino "la tributación y los medios empleados para realizarla (...) el despotismo heredado de los conquistadores". La rebelión no era una "sublevación de castas", sino una "legítima defensa". Había pues que integrar al indio, y desoír a las personas que pretenden "poner un muro que separe eternamente a los indios que forman la mayoría del Perú".
Este era el legítimo y sensato pedido de Juan Bustamante. Y perdió.
El 3 de enero de 1868, Bustamante y los líderes de la rebelión de Huancané fueron capturados en la pampa de Urcumuni. Al día siguiente, los líderes indígenas fueron encerrados en una casa a la que se le prendió fuego con ellos dentro. Bustamante fue torturado y decapitado. El siguiente día, 5 de enero, cayó el gobierno de Mariano Ignacio Prado.

La tragedia de Bustamante es penosamente actual, y por eso es importante rescatarlo. En apenas quince meses se cumplirán 150 años de su muerte. Qué mejor excusa*

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