LA BOMBA DE FUJIMORI
César Hildebrandt
En HILDEBRANDT EN SUS TRECE Nº 795, 28AGO26
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ujimori (Alberto) entendió la psicología del peruano
promedio, la interpretó y la llevó a los extremos. Esa fue la masa crítica con
la que hizo la bomba que nos devastó.
Y la gente aplaudió. Salieron a decir, con vocecitas, que estaba muy bien lo
que se había hecho y que el Perú estaba primero y por encima de los quejosos
formalistas que lloraban porque el imperio de la ley era asunto del pasado. Y
salieron a advertir, con vozarrones, que la política no regresaría del
exilio, que los partidos habían sido enterrados, que la prensa debía tratar al
caudillo con el debido respeto. La gente aplaudió más todavía. Y la prensa, en
general, mostró su comprensión y activó sus pandillas de editorialistas para encontrar
aún más razones que justificaran la escombrera en que se había convertido la
crisis. Una luz general de neón se encendía en las noches. Todo tenía un halo
espectral.
Fujimori, que había tenido un negocio de
vulcanización de llantas, entendió perfectamente que la temperatura ideal de los
peruanos es la de la ebullición. Y para esos hervores, nada mejor que crear
grandes enemigos, monstruos de cola grande, amenazas escamadas. En el anime del
chino de la yuca, Godzilla fue el Congreso, la oposición, la prensa que no se
le rendía.
La bomba lo hizo todo. En esa Hiroshima
institucional del 5 de abril de 1992, los peruanos que habían perdido la
democracia se saludaban como zombis y en harapos. No sabían dónde sentarse ni
qué comerían al día siguiente, pero la explosión los había librado de las
lentitudes de la democracia, el aburrimiento de las discusiones, las formalidades
horribles de la política. Ahora sí tendrían al almirante Yamamoto enfilando
hacia el futuro.
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| Chillico: El amor en tiempos del SPA |
El Perú se tragó todos los sapos de la mata
atlántica brasileña y pidió más. El gran sapo gobernante estaba feliz. Porque a
Alberto Fujimori no lo sacó que hiciera de la Fuerza Armada un club de
miserables en busca de compras coimeras. No lo hizo caer que adquiriera en el
SIN las televisiones de las Bozzo y los Winter. No le causó ni siquiera un
tropezón que arrasara con los derechos sindicales, que negociara a precio vil
las 240 empresas del Estado de las que nos desprendimos, que condecorara a los
Colina, que mantuviera a Montesinos cuando ya se sabía que era un ladrón, que
concentrara el poder como si de un shogunato se tratara.
No. A Fujimori (Alberto) lo sacó un casette de
video. Fujimori murió políticamente de VHS.
¿Murió? ¡Borren eso! Ahora está en Palacio aquella
hija que vio a su mami hecha añicos y le dio la espalda. Aquella hija que el
peruano tragasapos ha reivindicado en nombre del olvido y en homenaje
santarrosino a la mortificación. La señora cuyo amigo íntimo ha jurado que no
parará hasta vemos quebrados y en prisión. Sí, hablo de ese compadrito porteño salido del tango Cambalache. <>


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