viernes, 22 de mayo de 2026

OPINIONES SOBRE LA REALIDAD POLITICA EN EL PERU

 LA INQUISICIÓN DEL SIGLO XXI:

EL TERRUQUEO

Por: Jorge Luis Choque

Perú: 22/05/2026

E

n la arena política contemporánea, la palabra ha dejado de ser instrumento de persuasión para convertirse en arma de aniquilación simbólica. Lo que en el Perú denominamos "terruqueo" no es un exabrupto de ignorancia ni un fenómeno aislado: es una táctica política sofisticada, diseñada para blindar el privilegio económico y deslegitimar cualquier intento de cuestionar el orden establecido.

El “terruqueo” opera como estrategia de cercamiento ideológico. Consiste en asignar etiquetas de "terrorista", "comunista" o "rojo" a cualquier actor que represente obstáculo para los intereses de las élites. Como bien señalan Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en su anatomía sobre la degradación democrática (How Democracies Die, 2018): "El objetivo no es solo ganar un debate, sino deshumanizar o desautorizar a quienes protestan para reducir el costo político de reprimirlos".[1]

Esta inquisición mediática oculta una paradoja cínica que el periodista René Gastelumendi ha denominado la "derecha roja". Mientras los sectores conservadores agitan el fantasma del comunismo para aterrar al electorado, sus representantes en el Congreso —Fuerza Popular, Avanza País y Renovación Popular— actúan bajo la misma lógica destructiva que dicen combatir. En una alianza contra natura con bancadas de izquierda radical, han dinamitado la institucionalidad financiera del país.

La eficacia del “terruqueo” reside en su capacidad para actuar como cortina de humo: mientras el ciudadano común se distrae odiando al "enemigo rojo", esta coalición del gasto aprueba leyes técnicamente inviables que generan un forado económico de S/ 37.000 millones anuales. Es el populismo más rancio disfrazado de patriotismo.

Como advierte el Consejo Fiscal en 2026, el "modelo" que juran proteger está siendo asesinado desde adentro por sus supuestos guardianes, quienes ignoran sistemáticamente las advertencias técnicas del MEF para priorizar el cálculo político y el reparto de bonos.[2]

Cuando una demanda básica —agua, justicia ambiental o derechos laborales— es etiquetada como "amenaza subversiva", el foco de la discusión pública se desplaza de la justicia social hacia la seguridad nacional. Bajo esta premisa, el Estado justifica el uso desproporcionado de la fuerza.

Lo irónico es que esta misma "derecha roja" que “terruquea” al sindicalista o al campesino es la que, ha destruido la meritocracia; ha debilitado el mercado de capitales; y, ha disparado la deuda pública hacia proyecciones alarmantes del 70% del PBI para 2036.

El Perú no es el único laboratorio de esta táctica. Como explica la politóloga Wendy Brown, existe una tendencia global de las derechas radicales para convertir el desacuerdo democrático en problema de "orden público"[3]. Como revelan la historia de la inteligencia y los archivos desclasificados, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos ha estructurado, financiado y legitimado el motejar a opositores como "comunistas" como una pieza central de su estrategia anticomunista regional. No se trata de un debate ideológico altruista, sino de una guerra psicológica diseñada para inclinar procesos políticos hacia líderes funcionales a Washington y, fundamentalmente, a los intereses del gran poder económico nacional e internacional.

Aunque hoy parezca absurdo acusar a Haya de la Torre o a Belaunde de comunistas, la difamación histórica justificó persecuciones feroces. A Haya lo tildaron de "subversivo" y a su partido de "agente moscovita" para avalar su exilio y el fusilamiento de 5,000 apristas en Trujillo [4]. A Belaúnde lo llamaron "comunista" por plantear la reforma agraria, bajo el cínico eslogan odriísta: "Exdictador militar sí, Belaúnde comunista no" [5].

La advertencia de que "seremos como Venezuela" es el guion de una farsa. El verdadero peligro no es una doctrina externa, sino una clase política que utiliza el miedo moral para saquear el futuro.

El “terruqueo” no es el escudo de la democracia: es su verdugo. Es una herramienta de distracción masiva para que el país acepte con resignación un Congreso que nos cuesta más de S/ 1,700 millones al año mientras asfixia el crecimiento nacional.

Para estos "salvadores del sistema", ser tildado de “rojo” o “comunista” parece ser un estigma mucho más imperdonable que poseer un prontuario de corrupto, acosador o traidor confeso. Es lamentable su escala de valores: cuestionar sus prebendas es un sacrilegio, mientras que ser un clasista, sexista o un incompetente oportunista se reduce a un simple "error de gestión" que se purifica en el Tribunal Constitucional, cuando no en el Congreso.

La historia no la escriben los que insultan ni los que legislan en beneficio de sus prebendas bajo el disfraz de la libertad. La historia la escriben los pueblos que se atreven a caminar con dignidad, desenmascarando a quienes, en nombre de salvar el sistema, terminan por destruirlo.

Referencias:

[1] Levitsky & Ziblatt, How Democracies Die (2018)[1]

[2] Consejo Fiscal, 2026[2]

[3] Wendy Brown, politóloga[3]

[4] Persecución a Haya de la Torre y el APRA[4]

[5] Campaña odriísta 1962-1963 contra Belaúnde[5]

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