RACISMO EN EL PERÚ
Por: Moisés Suxo Yapuchura
Introducción
La
historia de la migración interna en el Perú es también la historia de la lucha
por el reconocimiento. Miles de personas de origen andino, muchas de ellas
hablantes de lenguas originarias como el aimara o el quechua, migraron a las
ciudades en busca de mejores condiciones de vida. Pero lo que encontraron fue,
muchas veces, un país que no los reconocía como parte legítima de su identidad
nacional.
Este
artículo presenta y analiza dos testimonios de abuelos migrantes aimaras:
Jacobo, quien vivió la experiencia migratoria en la década de 1950, y Pablo,
cuya experiencia es de la década de 1960. A través de sus voces, podemos
comprender no solo los efectos del racismo estructural, sino también la
evolución de las formas de resistencia y afirmación identitaria en el Perú.
Jacobo
en su testimonio señaló que “En esos años, 1956, hablar de aimara era un
poquito vergonzoso a veces porque también el trato era un poco diferente, que
tú vienes es como cualquier cosa, que serrano, entonces te evitas, ya no
aceptas. Muchas veces los paisanos se pasan, dicen yo soy arequipeño, soy de
Tacna, así hacían esos, se avergonzaban... Antes era arrinconado, marginado,
había marginalidad, por ejemplo, en Lima, los huarochiranos en La Parada cuando
entré a trabajar en los negocios: ¡serranos! ¡llamas!, decían.”
Este
testimonio revela una época marcada por el racismo abierto y estructural entres
los propios migrantes. Jacobo experimenta la discriminación lingüística,
geográfica y étnica. El solo hecho de hablar aimara, o ser identificado como
"serrano", era motivo de burla y marginación. La respuesta de muchos
migrantes fue ocultar su origen, adoptando identidades regionales más aceptadas
por la sociedad limeña.
Por
otro lado, Pablo dijo que “Con los compañeros de trabajo éramos como amigos.
Como somos ya grupo, entonces ya, un mes, un mes así por ahí no más he
trabajado yo en el campo (jardinería), después a la oficina. Sí, así he
trabajado yo. Ya, ahí, entonces, de ahí he salido ya. No, no, no he tenido
ningún problema.” Prosiguió: “En el trabajo me encontraba con personas de
Cajamarca, Huancayo, Cerro de Pasco... Cada uno con su propia forma de ser.
Algunos no sabían quién fue Atahualpa, otros no conocían Puno, ni Huancho, ni
Huancané. Yo sí les decía: ‘Soy puneño, de cerca de Bolivia’. Y ya, así nos
conocíamos, nos entendíamos hablando castellano.”
El
relato de Pablo representa una realidad distinta y más integradora. Aunque
persisten las diferencias culturales y geográficas entre migrantes, no hay una
experiencia directa de discriminación. Pablo afirma su identidad puneña con
orgullo, y señala una convivencia más horizontal en el entorno laboral limeño.
2. Análisis
comparativo
2.1. Migración como
choque cultural
Ambos
testimonios reflejan la experiencia común de la migración interna en el Perú.
Personas de los Andes, hablantes de lenguas originarias como el aimara, se
trasladan a Lima en busca de trabajo. Sin embargo, al llegar, se enfrentan a
una sociedad urbana que no los reconoce y muchas veces los discrimina.
•
Pablo, aunque en un tiempo después, 1960, también experimenta esa diversidad,
pero desde una perspectiva más integradora.
Ambos
casos revelan cómo la migración reconfigura las relaciones sociales y pone en
tensión las identidades regionales, lingüísticas e históricas.
2.2. Identidad: de
la vergüenza al orgullo
•
Jacobo muestra cómo el racismo obligaba a los migrantes a negar su identidad
para sobrevivir. Hablar aimara era motivo de burla, y muchos fingían ser de
otras regiones más aceptadas. Su experiencia está marcada por vergüenza,
ocultamiento y exclusión.
• Pablo, en cambio, representa un contexto donde hay más apertura. Aun cuando existe desconocimiento cultural, él afirma con orgullo su identidad puneña. Rechaza el silencio y defiende su origen andino sin conflictos aparentes.
Mientras que en el pasado la identidad andina era algo que debía ocultarse para evitar la exclusión, en el testimonio de Pablo se muestra como un orgullo cultural, aunque siga siendo una minoría frente al predominio del castellano y la cultura costeña. Esto habla de un cambio de paradigma generacional, aunque no necesariamente de la desaparición del racismo.
2.3. Lengua y
memoria como fronteras
La
lengua aimara aparece en los dos casos como un marcador identitario importante.
Mientras que para Jacobo el aimara lo marginaba, para Pablo, el castellano es
la lengua común entre migrantes, aunque ello implique cierta pérdida del
aimara.
Ambos
coinciden en que los migrantes llegan con referencias geográficas e históricas
distintas, lo que genera desconexión. No todos conocen figuras como Atahualpa,
ni ubican Puno o Huancané. Esto deja en evidencia que el Perú sigue siendo un
país fragmentado culturalmente, donde las regiones aún no se reconocen entre
sí. La migración interna hace visibles esas diferencias, forzando a los sujetos
a redefinirse y posicionarse culturalmente.
2.4. Relaciones
laborales: de la hostilidad al compañerismo
•
Jacobo denuncia violencia verbal directa, estigmatización
("¡serrano!", "¡llama!"), y una ciudad hostil hacia los
migrantes.
•
Pablo, en contraste, destaca la amistad y la convivencia en el trabajo:
"con los compañeros éramos como amigos", dice, y enfatiza que no tuvo
ningún problema en su entorno laboral. Incluso experimentó movilidad, pasando
de la jardinería a la oficina.
Esto
podría mostrar una transformación en las relaciones laborales y sociales entre
migrantes en la ciudad: de una lógica de discriminación excluyente (Jacobo) a
una de coexistencia y cierta integración (Pablo). Sin embargo, también puede
ser que las formas de racismo hayan mutado, volviéndose más sutiles o menos
explícitas.
Los
testimonios de Jacobo y Pablo no solo nos cuentan sus vidas, sino que también
nos permiten pensar en el Perú como una sociedad profundamente marcada por el
racismo, la desigualdad y la lucha por el reconocimiento.
Jacobo
representa una época de marginación abierta, donde los migrantes eran empujados
a ocultar su cultura. Pablo, en cambio, muestra un momento de mayor afirmación,
donde se puede decir con orgullo "soy puneño", aunque el
desconocimiento entre peruanos persista.
Ambas
voces revelan que la migración interna no es solo un fenómeno económico, sino
también una historia emocional, cultural y política, que sigue vigente.
4. Llamado a la
acción
¡Nunca
más vergüenza por ser quienes somos!
“Antes
era arrinconado, marginado... Ahora digo con orgullo: soy puneño.”
Los
testimonios de Jacobo y Pablo son una memoria viva del racismo y la
resistencia. Hoy, te invitamos a construir una sociedad plural, intercultural y
distinta.
¿Qué
podemos hacer?
•
Valorar todas las culturas del Perú —no solo las dominantes.
•
Denunciar el racismo y la exclusión, en cualquier forma.
•
Educar en interculturalidad desde las escuelas, medios y familias.
•
Escuchar a los migrantes, no como "otros", sino como parte de
“nosotros”.
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Referencia
Suxo
Yapuchura, Moisés: RAÍCES AIMARAS EN LIMA. DOS HISTORIAS DE VIDA/ LIMA MARKANA
AYMARA SAPHINAKA: PAYA JAKAÑA SARNAQÄWI. (En prensa).
Moisés Suxo Yapuchura, es magister en Planificación y
gestión de la educación intercultural bilingüe por la Universidad Mayor de San
Simón de Bolivia. Egresado de Antropología de la Pontificia Universidad
Católica del Perú.




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