domingo, 29 de mayo de 2016

MARTIN VIZCARRA Y EL ALTIPLANO

Omar Aramayo
Conozco Pasto Grande, he caminado por esas pampas que se extienden en las estribaciones de la cordillera occidental, la que viene de Chile; hacia el lado del Lago. Las recorrí en los años 90, cuando ya se había suscitado la gran catástrofe ecológica suscitada por la extracción de aguas de un gran bofedal, término que puede ser sustituido sin eficacia por la palabra humedal.
Un bofedal es un colchón de agua, natural, trabajado hace miles de años por los antiguos peruanos, diez mil o más. En él se domesticaron los camélidos sudamericanos, y es la base de la pirámide de la cultura peruana. En esos bofedales llamas y alpacas se hicieron dependientes del ser humano, y ello fue registrado pictográficamente en los abrigos de la cordillera, pero ante todo en la cultura diaria del campesino que maneja con sabiduría a tan delicados y productivos animales.
Los secos valles de la costa y el crecimiento de sus ciudades en los años ochenta, hizo que sus autoridades y dirigentes voltearan los ojos hacia la cordillera, allí estaba el agua, y sin pensarlo mucho compraron terrenos de los ingenuos campesinos del vasto distrito de Acora. La coyuntura les vino como anillo al dedo, porque al poco tiempo llegó el ensayo de la regionalización. Para mantener la mayoría en el consejo regional, mi amigo Romeo Paca, entonces presidente del flamante Gobierno Regional, concedió una serie de licencias a tacneños y moqueguanos; en relación al agua.

Merced a maniobras burocrático-tintirillescas de la tecnoburocracia moqueguana, Puno perdió
territorio e importantes recursos hídricos.

Y se produjo la gran catástrofe. Secaron el bofedal e impulsaron sus aguas hacia lo que hoy es la represa de Pasto Grande, que surte del líquido elemento a los valles de la costa; se tomaron aguas del río Ilave y otros pequeños afluentes del lago. El Ilave, Wencke o Blanco, poderoso alguna vez, disminuyó notablemente su caudal; se pusieron tubos de metal para captar cualquier gota de lluvia que llegara a la pampa, de modo que Moquegua vive de las inconstancias del clima de esa gran llanura, si llueve tiene agua. Obviamente, el clima de la zona se trastocó con tan terrible alteración, se hizo mucho más fría. Ya he hablado en otras oportunidades de la fragilidad y sostenibilidad de las aguas del Titicaca; y la disminución de las aguas del río afecta notablemente al espejo de agua.
En el proceso murieron veinte mil alpacas. Esa mortandad trajo desolación y migración, y el dinerito que los campesinos de Acora recibieron por la venta de sus terrenos se esfumó en un abrir y cerrar de ojos, en una feria, obviamente no les pagaron grandes fortunas. Ofrecieron reponer las alpacas, lo hicieron con flacos animales de cincuenta soles (sic) mientras facturaban trescientos por cada uno, el negociado fue un escándalo. Recuerdo el nombre de la trabajadora social que tuvo a su cargo la operación, más tarde se dedicó a la política local.
Es un asunto complejo, donde el más importante es el atentado contra el ecosistema del Lago, pero se suscitaron otros, colaterales, como el conflicto provocado por la delimitación entre Moquegua, Tacna y Puno, originado a raíz de este hecho, el agua de Pato Grande, y que tiene más de veinticinco años. Los límites se movieron para legitimar la propiedad de las aguas y desde entonces hay aproximaciones y lejanías para solucionar el problema de las comunidades afectadas.
El problema es tan grave que compromete a las aguas que van al valle de Tambo, que nacen en este gélido páramo; problema, que si los aymaras del sur se propusieran revisar crearían un macro problema regional. Todo esto, se puede resumir en una vieja máxima, desvestir un santo para vestir a otro, sin medir las consecuencias. Eso es lo que hicieron los políticos de la época.
Martín Vizcarra estuvo detrás de este affaire, fue jefe del proyecto especial Pasto Grande y luego presidente del gobierno regional de Moquegua. No sé si compró terrenos en las vastas pampas de Acora para usufructo personal, los campesinos de Acora, dicen que sí.
Desconozco si tiene sentencia firme. Lo que sí sé es el daño inmenso que produjo a la ecología del altiplano y a las comunidades aymaras que viven allí. Pero lo más extraño es que durante más de veinticinco años los rebeldes líderes aymaras y regionales se hayan guardado el problema en catafalcos de grueso silencio, hasta llegar a hoy en que podemos ver el problema con ojos nuevos, aun con la turbidez electoral.
Me llaman a estas horas para decirme que hace días un canal de señal abierta de Lima, estuvo en la zona para saber cuál es la verdad, conversó con alcaldes y gobernadores, recogió documentos fehacientes. También mencionan que finalmente no los transmitirán.

Martín Vizcarra es una persona que ha sufrido mil acusaciones, su designio ha sido atroz, veo los procesos judiciales que han puesto bajo su responsabilidad. Pequeñas raterías posiblemente perpetradas por sus acompañantes. Tal vez hay más. Por lo que debe ser juzgado, más adelante por cierto, con la serenidad de la democracia, es por el gran desastre ecológico de Pasto Grande.

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