Omar Aramayo
Conozco Pasto Grande, he caminado por esas
pampas que se extienden en las estribaciones de la cordillera occidental, la
que viene de Chile; hacia el lado del Lago. Las recorrí en los años 90, cuando
ya se había suscitado la gran catástrofe ecológica suscitada por la extracción
de aguas de un gran bofedal, término que puede ser sustituido sin eficacia por
la palabra humedal.
Un bofedal es un colchón de agua, natural,
trabajado hace miles de años por los antiguos peruanos, diez mil o más. En él
se domesticaron los camélidos sudamericanos, y es la base de la pirámide de la
cultura peruana. En esos bofedales llamas y alpacas se hicieron dependientes
del ser humano, y ello fue registrado pictográficamente en los abrigos de la
cordillera, pero ante todo en la cultura diaria del campesino que maneja con
sabiduría a tan delicados y productivos animales.
Los secos valles de la costa y el crecimiento de
sus ciudades en los años ochenta, hizo que sus autoridades y dirigentes
voltearan los ojos hacia la cordillera, allí estaba el agua, y sin pensarlo
mucho compraron terrenos de los ingenuos campesinos del vasto distrito de
Acora. La coyuntura les vino como anillo al dedo, porque al poco tiempo llegó
el ensayo de la regionalización. Para mantener la mayoría en el consejo regional,
mi amigo Romeo Paca, entonces presidente del flamante Gobierno Regional,
concedió una serie de licencias a tacneños y moqueguanos; en relación al agua.
Merced a maniobras burocrático-tintirillescas de la tecnoburocracia moqueguana, Puno perdió territorio e importantes recursos hídricos. |
Y se produjo la gran catástrofe. Secaron el
bofedal e impulsaron sus aguas hacia lo que hoy es la represa de Pasto Grande,
que surte del líquido elemento a los valles de la costa; se tomaron aguas del
río Ilave y otros pequeños afluentes del lago. El Ilave, Wencke o Blanco,
poderoso alguna vez, disminuyó notablemente su caudal; se pusieron tubos de metal
para captar cualquier gota de lluvia que llegara a la pampa, de modo que
Moquegua vive de las inconstancias del clima de esa gran llanura, si llueve
tiene agua. Obviamente, el clima de la zona se trastocó con tan terrible
alteración, se hizo mucho más fría. Ya he hablado en otras oportunidades de la
fragilidad y sostenibilidad de las aguas del Titicaca; y la disminución de las
aguas del río afecta notablemente al espejo de agua.
En el proceso murieron veinte mil alpacas. Esa
mortandad trajo desolación y migración, y el dinerito que los campesinos de
Acora recibieron por la venta de sus terrenos se esfumó en un abrir y cerrar de
ojos, en una feria, obviamente no les pagaron grandes fortunas. Ofrecieron
reponer las alpacas, lo hicieron con flacos animales de cincuenta soles (sic)
mientras facturaban trescientos por cada uno, el negociado fue un escándalo.
Recuerdo el nombre de la trabajadora social que tuvo a su cargo la operación,
más tarde se dedicó a la política local.
Es un asunto complejo, donde el más importante
es el atentado contra el ecosistema del Lago, pero se suscitaron otros,
colaterales, como el conflicto provocado por la delimitación entre Moquegua,
Tacna y Puno, originado a raíz de este hecho, el agua de Pato Grande, y que
tiene más de veinticinco años. Los límites se movieron para legitimar la
propiedad de las aguas y desde entonces hay aproximaciones y lejanías para
solucionar el problema de las comunidades afectadas.
El problema es tan grave que compromete a las
aguas que van al valle de Tambo, que nacen en este gélido páramo; problema, que
si los aymaras del sur se propusieran revisar crearían un macro problema
regional. Todo esto, se puede resumir en una vieja máxima, desvestir un santo
para vestir a otro, sin medir las consecuencias. Eso es lo que hicieron los
políticos de la época.
Martín Vizcarra estuvo detrás de este affaire, fue jefe del proyecto especial Pasto Grande y luego presidente del gobierno regional de Moquegua. No sé si compró terrenos en las vastas pampas de Acora para usufructo personal, los campesinos de Acora, dicen que sí.
Martín Vizcarra estuvo detrás de este affaire, fue jefe del proyecto especial Pasto Grande y luego presidente del gobierno regional de Moquegua. No sé si compró terrenos en las vastas pampas de Acora para usufructo personal, los campesinos de Acora, dicen que sí.
Desconozco si tiene sentencia firme. Lo que sí
sé es el daño inmenso que produjo a la ecología del altiplano y a las
comunidades aymaras que viven allí. Pero lo más extraño es que durante más de
veinticinco años los rebeldes líderes aymaras y regionales se hayan guardado el
problema en catafalcos de grueso silencio, hasta llegar a hoy en que podemos
ver el problema con ojos nuevos, aun con la turbidez electoral.
Me llaman a estas horas para decirme que hace
días un canal de señal abierta de Lima, estuvo en la zona para saber cuál es la
verdad, conversó con alcaldes y gobernadores, recogió documentos fehacientes.
También mencionan que finalmente no los transmitirán.
Martín Vizcarra es una persona que ha sufrido
mil acusaciones, su designio ha sido atroz, veo los procesos judiciales que han
puesto bajo su responsabilidad. Pequeñas raterías posiblemente perpetradas por
sus acompañantes. Tal vez hay más. Por lo que debe ser juzgado, más adelante
por cierto, con la serenidad de la democracia, es por el gran desastre
ecológico de Pasto Grande.
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