miércoles, 18 de febrero de 2015

MIGUEL GUTARRA IN MEMORIAM

Gustavo Miguel Ángel
Escribe: Jaime Hernán Cornejo-Roselló Dianderas
Hablar sobre la muerte nos enmudece de estupor por el impacto que genera su sorpresiva e indeseada presencia dejando demolidos y mudos a todos cuantos se topan con ella, sean eventuales circunstantes o participantes directos de la infausta cita con la parca cuando esta se lleva a un ser querido.
Así sea de día o de noche el silencio elocuente y sobrecogedor invade toda tertulia, porque la muerte invencible y triunfante evidencia los inflexibles resultados de su trabajo indiscriminado para agobiarnos y atemorizarnos. En muchos casos nuestras lágrimas silenciosas brotan incontenibles y a borbotones sin que palien la tristeza.  Y sucede también con las lágrimas de los amigos. Todos sienten y nada se puede hacer ni cambiar. ¿Quién se enfrenta a ella? Si alguien lo hace será para lanzar imprecaciones aisladas y episódicas que no le hacen mella a la muerte que se transfigura con formas masculinas o femeninas, dependiendo cómo la viste o desnuda la cultura que la prohíja o teme.
Las anteriores reflexiones surgen ante la repentina desaparición física de Gustavo Miguel Ángel Gutarra Rivadeneira, destacado integrante de APAFIT y amigo entrañable de varias incursiones artísticas que a lo largo de casi medio siglo de viajes y presentaciones, de estrenos y avant premier, vivimos luciendo la vitalidad, la belleza y picardía de las danzas puneñas en escenarios patrios o circunvecinos. Fue el más conspicuo danzarín de Machu Tussoj por la musicalidad que imprimía a sus sentaderas. Danzamos y nos alegramos durante décadas. Él, para pena de muchos, de muchísimos puneños, falleció la noche del lunes 16 de febrero llevándose en su retina y su piel  el aroma festivo de las fiestas febrerianas y catando la antesala del carnaval puneño, tan pródigo en alegrías y danzas bucólicas representativas de todos los lugares habitados y particularizados que cuenta nuestra región. ¿Dónde no hay danza carnavalesca? En todo lugar puneño se canta y danza y se agradece a la Madre Tierra por su fertilidad y, eso lo sabía Miguel que rendía tributo generoso a los frutos y productos que la naturaleza distribuye, prodiga a diferentes pueblos y culturas a los que por lo que les da les define sus modos de vida, sus penas y alegrías.
Hombre de carácter fuerte y temperamental Gustavo Miguel Ángel tenía una fortaleza y vitalidad poco común desde que fue brigadier general en la Gran Unidad Escolar San Carlos y le gustaba la actividad física como a ninguno al tiempo que manifestaba su inclinación por la buena mesa y el degustar de la comida abundante. Era como el Pantagruel rabelesiano capaz de comerse un cordero entero y beberse una damajuana de vino sin mostrar señales de agotamiento. Y en esa misma proporción, de desmesura e inmensidad, amaba a sus hijos con un cariño tal que inclusive renunciaba a sus comodidades personales para alcanzárselas a sus tres hijos, una bella niña y dos niños traviesos que hoy los tres son puneños de bien y como adultos han formado familia.
Ese hombre fuerte con el que resolvíamos con soltura e ingenio los geniogramas del Diario El Comercio, mientras decantábamos un vino o nos preparábamos para preparar suculentos menjunjes al estilo romano de Lúculo o Heliogábalo, no admitía tratamiento ni remedio alguno para enfrentar o conjurar cualquier dolencia que padecía. Al final de estos años del siglo XXI, por esa su pertinacia y aún sabiendo que el mal que arrastraba eran de grave pronóstico, no aceptó remedios ni medicación e, impetuoso y tenaz como era, se fue apagando de a pocos, pero siempre con lucidez, pese a que en los últimos años parecía que ambulaba en los escenarios de la soledad.
A él el mejor homenaje que se le puede tributar es que todos los que le conocimos depositemos en nuestra memoria la fuerza de su carácter sabiendo que su vida fue plena de estoicismo y de reciedumbre al no claudicar en sus convicciones y enfrentarse con las armas solas de su carácter a una enfermedad que a muchos los hubiera llevado rápidamente al camposanto aun aceptando tratamiento, internamiento hospitalario, bioquímica y quimioterapia. Miguel Gutarra era Miguel Gutarra intransferible, generoso, cariñoso y renegón como pocos.  
¿Qué nos queda a los que quedamos? Esperar ilusionados el tiempo del reencuentro para desde lejos en las alturas siderales más inopinadas y en lontananza donde el firmamento son estrellas luminiscentes, danzar un Tucumanos bravío y alegre con Rigoberto Zea Delgado el “Conde de Esquilache”, con Alfredo Delgado Barreda “Periscopio” con César Beltrán Cáceres “Corcho” y con Castor Cuentas Cuentas, despertar a los manes, con el restallante sonido de las tremolantes banderas del Carnaval de Arapa y decir desde el firmamento que con nosotros y en nosotros vive el universo andino, para luego cambiarnos de Pandilleros Puneños y danzar y danzar, cantar y cantar ad infinitum, porque la vida eterna, para ser eterna debe alimentarse con el cantar y el danzar, con el olor y el sabor del puneñismo.

Miguel, hasta más tarde.
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