PERÚ: ELECCIONES
AL FILO DE LA NAVAJA
Renzo
Gómez Vega
Diario EL PAIS, may25
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E |
n su novela Al
filo de la navaja, publicada en 1944, William Somerset Maugham retrató el
drama interior de un individuo desalentado por el derrumbe del mundo en que
vivía. El momento en que debió optar entre quedar atrapado en un pasado que ya
no existía o saltar hacia un futuro imprevisible quedó grabado en el título de
la obra. Dicha imagen pasó luego al uso coloquial para describir esa situación
límite e inevitable frente a la que solo resta decidir, sin saber a ciencia
cierta cuál será el resultado.
La escena política peruana de estos días muestra un dilema parecido. La primera vuelta electoral del pasado 12 de abril dejó unas elecciones empañadas por dificultades organizativas, retrasos, desánimo y hasta denuncias de fraude. Tras la borrasca electoral, la situación parece haber vuelto a la normalidad. Pero no a la normalidad de un clima de estabilidad democrática capaz de procesar unos comicios difíciles. Ocurre más bien lo contrario. Lo habitual en el Perú no es la vigencia de las instituciones y las reglas de juego democráticas, sino una crisis política permanente, acompañada de inestabilidad al límite y deterioro acelerado. Ese cóctel pone en riesgo hasta lo elemental. El funcionamiento mínimo de un régimen político basado en la legitimidad de la alternancia electoral, por ejemplo.
La segunda vuelta del próximo 7 de junio, zanjará
unas elecciones sujetas a las reglas de juego impuestas por el Congreso, como
parte de un pacto de mutuas conveniencias entre agrupaciones políticas
coludidas para mantener el control del poder. El principal beneficiario es
Fuerza Popular, agrupación heredera de la dictadura que encabezó Alberto
Fujimori durante la década final del siglo pasado. Debido al modo de
distribución de escaños, el fujimorismo obtendrá mayoría relativa tanto en
diputados como en senadores. La novedad será la reinstalación de una cámara
alta tres décadas y media después de haber sido suprimida por la autocracia
fujimorista. Pero el nuevo senado no responde al objetivo de incrementar la
representatividad, sino más bien al interés del fujimorismo y sus aliados para
ganar cupos laborales y concentrar influencia política. Será un superpoder
mediante el cual el Legislativo buscará seguir controlando a un Ejecutivo
maniatado.
El telón de fondo es una crisis de representación
endémica que ha derruido en gran medida el tejido de mediación política. La
recuperación democrática de este siglo no cuajó en la instalación de un nuevo
sistema de partidos. Estos terminaron reemplazados por redes políticas de
distinto tamaño y orientación ideológica: redes obedientes al mandato de dueños
y caudillos que resultan ser hábiles empresarios políticos empeñados en ganar
poder y otros beneficios. Los partidos programáticos del pasado simplemente
brillan por su ausencia.
La elección presidencial se definirá entre dos
candidaturas contrapuestas que, en conjunto, acaban de conseguir menos del 30%
del total de votos válidos en la primera vuelta. Keiko Fujimori, convertida
luego de un conflicto intestino con su hermano en única dueña de la herencia
electoral del exdictador, por cuarta vez consecutiva busca llegar a la
presidencia. En realidad, controla muchas cosas desde 2016, cuando obtuvo 73
escaños parlamentarios de un total de 130, pasando a ejercer un poder
desmesurado que desató una tremenda inestabilidad presidencial sin visos de
acabar pronto. Perú exhibe el triste récord de haber tenido nueve presidentes
en la última década, con solo dos elegidos directamente en las urnas. El manejo
mafioso del actual Congreso muestra la cara inversa del fin del
presidencialismo que caracterizó al Estado peruano desde su creación
republicana, a inicios del siglo XIX.
La campaña fujimorista se basó en la promesa de
recuperar el orden. En un país asolado por la criminalidad, la informalidad y
la pérdida de confianza, dicho mensaje capitalizó la memoria de eficacia y mano
dura vinculada a la imagen de Alberto Fujimori. Pero ese cóctel discursivo
busca ocultar el legado de corrupción, autoritarismo y violaciones a los
derechos humanos que dejó su régimen. Con su discurso del orden, Keiko Fujimori
ha asegurado el pase a la segunda vuelta, junto al control de la primera de las
minorías electorales actualmente existentes en la política peruana. En medio de
la extrema fragmentación política, reflejada en 35 candidaturas presidenciales,
el fujimorismo ha podido rearticularse y reaparecer con cierto aparato y
presencia territorial. Sin embargo, también sigue generando fuerte oposición y
rechazo, los cuales resultarán decisivos en la segunda vuelta.
La opción opuesta la encarna Roberto Sánchez,
actual congresista de izquierda y exministro durante el gobierno de Pedro
Castillo. Su candidatura proviene de la alianza pragmática de varios grupos de
izquierda y nacionalistas interesados en alcanzar alguna cuota de poder.
Jalando a su favor el respaldo popular que Castillo obtuvo en los comicios de
2021, consiguió irrumpir como sorpresa electoral, sacudiendo el tinglado
político en el último tramo de la primera vuelta. Con buen cálculo electoral,
Sánchez impulsa su campaña llevando el sombrero típico que Castillo exhibió en
la elección anterior, ofreciendo liberarlo e impulsar un cambio de rumbo
estructural en el país. Esto le permitió captar el voto provinciano, rural y
campesino, en lo que ha sido visto como una repetición de los resultados
electorales de 2021. Pero dicho voto no es una simple réplica de los resultados
obtenidos anteriormente por Castillo.
El gobierno castillista fue una exhibición de
falta de rumbo, ineficacia e improvisación, que debió enfrentar, además, la
arremetida del Congreso. El triste corolario ocurrió el 7 de diciembre de 2022,
cuando Castillo decretó un golpe de Estado que nadie obedeció, regalando a sus
opositores del Congreso el motivo perfecto para destituirlo y enviarlo a la
cárcel. Posteriormente, a pesar del descrédito de su gobierno, Castillo pasó a
convertirse en una víctima, una suerte de mito movilizador que, desde los ojos
de sus votantes, tiene que ser reivindicado en las urnas. El factor que explica
esto se halla en la avalancha del pacto congresal que defenestró a Castillo,
así como en el nefasto gobierno de quien fuera su exvicepresidenta y sucesora,
Dina Boluarte. Prestándose a ser la herramienta de los enemigos de Castillo,
Boluarte asumió la presidencia sin imaginar que ello desataría un estallido
social de protestas en exigencia de su renuncia. La respuesta fue una represión
estatal brutal causante de medio centenar de muertos, la gran mayoría de origen
provinciano e indígena.
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| Roberto Sánchez |
El mayor perdedor de la primera vuelta ha sido
Rafael López Aliaga, exalcalde de Lima y candidato de extrema derecha, a quien
Sánchez superó por poco más de 20 000 votos. Tras denunciar un presunto fraude,
López Aliaga cuestionó a los organismos electorales y promovió movilizaciones
para obligarlos a anular los comicios o realizar elecciones complementarias,
donde se presentaron dificultades para instalar las mesas de votación. Su
rabieta incluyó, además, la exigencia de anular el voto de centros poblados
alejados de Lima, mayoritariamente rurales e indígenas. Esto evidencia el
racismo y clasismo de la nueva derecha peruana, con el respaldo de parte de la
élite empresarial y mediática, alarmada por los resultados de las urnas.
Puestas así las cosas la campaña de segunda vuelta recién parece activarse, faltando apenas dos semanas para los comicios. La interrogante que plantea el desempeño político ya conocido de Keiko Fujimori es hasta qué punto, y de qué forma, buscará concentrar el poder y dar nuevo impulso al modelo de desarrollo neoliberal autocrático legado por su padre. En el caso de Roberto Sánchez, la gran pregunta es si podrá llevar adelante sus promesas de cambio de ese modelo, sacudiéndose de sus antecedentes políticos pragmáticos e inescrupulosos, para asumir la representación de un bloque popular y de izquierda suficientemente amplio. Lo que queda de la democracia peruana parece sucumbir frente a dicho dilema. La polarización en las urnas, otra vez, refleja la encrucijada de unas elecciones situadas al filo de la navaja, entre el riesgo de la regresión al pasado autoritario o el simple salto al vacío. <->


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