viernes, 20 de febrero de 2026

ENFOQUES SOBRE LA CRISIS POLITICA PERUANA

 EL FUJIMORISMO Y LA DICTADURA DEL CAOS

Por: Jorge Luis Choque

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20/02/20526

a actual crisis de gobernabilidad en el Perú no es un hecho casual ni una simple racha de mala suerte institucional; es el resultado de un diseño deliberado para el asalto al poder. Desde 2016, el país ha sido testigo de una inestabilidad sin precedentes, sumando ocho presidentes en apenas una década. Esta erosión democrática tiene un rostro claro: el del fujimorismo y sus aliados estratégicos, quienes han transformado el Congreso en una trinchera de sabotaje. Utilizando la Constitución de 1993 —herencia autoritaria del régimen de Alberto Fujimori— como un arma de captura institucional, han normalizado el uso de la "vacancia por incapacidad moral" para derrocar mandatarios y capturar instituciones a su antojo.

El papel de Fuerza Popular, bajo el mando de Keiko Fujimori, ha sido el de un agente de parálisis nacional. Tras perder sucesivas elecciones presidenciales, el fujimorismo optó por gobernar desde la sombra del Legislativo, bloqueando reformas y forzando la caída de presidentes como Pedro Pablo Kuczynski y Martín Vizcarra. Esta "dictadura parlamentaria" ha convertido los mecanismos de control, como la cuestión de confianza, en herramientas de extorsión política. El objetivo nunca fue el bienestar del ciudadano, sino la protección de un núcleo partidario que sobrevive gracias a la polarización y al caos, impidiendo cualquier intento de consenso progresista o estabilidad mínima.

A este escenario de sabotaje se han sumado, con una voracidad espeluznante, los "traficantes del poder" encarnados en figuras que representan a la minería informal y la criminalidad (extorsionadores y el narcotráfico). Estas organizaciones, que funcionan más como empresas de intereses privados que como partidos políticos, han formado alianzas espurias con el fujimorismo para repartirse el Estado como un botín. No poseen ideología ni proyecto de país; su única meta es acumular prebendas, blindarse ante procesos judiciales y favorecer economías ilegales. Han sido el soporte logístico que ha permitido que el Congreso sea hoy la institución más desprestigiada del país, con apenas un 8% de aprobación.

Las consecuencias de este festín de impunidad son devastadoras para el peruano de a pie. Mientras las élites políticas se enredan en juegos de vacancias y repartijas, la economía peruana ha perdido su potencial de crecimiento, cayendo de tasas del 5% a apenas un lánguido 2% anual. La inestabilidad ha frenado la inversión extranjera y ha condenado a más del 60% de la fuerza laboral a la informalidad. El fujimorismo y sus socios han demostrado un profundo desprecio por las necesidades básicas de la población, priorizando una agenda de control institucional que solo genera desconfianza y desesperanza en el sistema democrático.

La degradación ha llegado a tal punto que la sucesión presidencial se ha vuelto una farsa de interinatos. Personajes como Dina Boluarte, José Jerí y ahora José María Balcázar son solo rostros de paso en un sistema capturado por hilos sombríos. La caída de Pedro Castillo no fue el fin de la crisis, sino el inicio de una nueva etapa donde las bandas políticas se disputan la presa estatal ante la mirada atónita de una ciudadanía agotada. El "eterno retorno del fujimorismo" ha creado una democracia vaciada de poder real, donde el Ejecutivo es vulnerable y el Legislativo es un mercado de lobistas donde se oferta los recursos y el destino del país.

En ese sentido, es necesario tener presente que el enemigo de la democracia no es solo la fragmentación, sino este conglomerado corrupto y pragmático que hoy controla las reglas del juego. No habrá estabilidad mientras se mantenga el diseño constitucional fujimorista que facilita el golpe parlamentario y mientras los partidos sigan siendo vientres de alquiler para intereses oscuros. Si el Perú no despierta y sanciona políticamente a estos traficantes del poder en las urnas del 2026, la pesadilla de la ingobernabilidad seguirá devorando el futuro de las próximas generaciones. Votar en blanco o viciar en el sufragio es una falsa salida que solo fortalece a quienes pretendemos expulsar: Elige bien. <->

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