EL FUJIMORISMO Y LA DICTADURA DEL CAOS
Por: Jorge Luis
Choque
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L |
20/02/20526
a actual crisis de gobernabilidad en el Perú no es un hecho casual ni
una simple racha de mala suerte institucional; es el resultado de un diseño
deliberado para el asalto al poder. Desde 2016, el país ha sido testigo de una
inestabilidad sin precedentes, sumando ocho presidentes en apenas una década.
Esta erosión democrática tiene un rostro claro: el del fujimorismo y sus
aliados estratégicos, quienes han transformado el Congreso en una trinchera de
sabotaje. Utilizando la Constitución de 1993 —herencia autoritaria del régimen
de Alberto Fujimori— como un arma de captura institucional, han normalizado el
uso de la "vacancia por incapacidad moral" para derrocar mandatarios
y capturar instituciones a su antojo.
A este escenario de sabotaje se han sumado, con una voracidad
espeluznante, los "traficantes del poder" encarnados en figuras que representan
a la minería informal y la criminalidad (extorsionadores y el narcotráfico).
Estas organizaciones, que funcionan más como empresas de intereses privados que
como partidos políticos, han formado alianzas espurias con el fujimorismo para
repartirse el Estado como un botín. No poseen ideología ni proyecto de país; su
única meta es acumular prebendas, blindarse ante procesos judiciales y
favorecer economías ilegales. Han sido el soporte logístico que ha permitido
que el Congreso sea hoy la institución más desprestigiada del país, con apenas
un 8% de aprobación.
Las consecuencias de este festín de impunidad son devastadoras para el
peruano de a pie. Mientras las élites políticas se enredan en juegos de
vacancias y repartijas, la economía peruana ha perdido su potencial de
crecimiento, cayendo de tasas del 5% a apenas un lánguido 2% anual. La
inestabilidad ha frenado la inversión extranjera y ha condenado a más del 60%
de la fuerza laboral a la informalidad. El fujimorismo y sus socios han
demostrado un profundo desprecio por las necesidades básicas de la población,
priorizando una agenda de control institucional que solo genera desconfianza y
desesperanza en el sistema democrático.
La degradación ha llegado a tal punto que la sucesión presidencial se ha vuelto una farsa de interinatos. Personajes como Dina Boluarte, José Jerí y ahora José María Balcázar son solo rostros de paso en un sistema capturado por hilos sombríos. La caída de Pedro Castillo no fue el fin de la crisis, sino el inicio de una nueva etapa donde las bandas políticas se disputan la presa estatal ante la mirada atónita de una ciudadanía agotada. El "eterno retorno del fujimorismo" ha creado una democracia vaciada de poder real, donde el Ejecutivo es vulnerable y el Legislativo es un mercado de lobistas donde se oferta los recursos y el destino del país.En ese sentido, es necesario tener presente que el enemigo de la democracia no es solo la fragmentación, sino este conglomerado corrupto y pragmático que hoy controla las reglas del juego. No habrá estabilidad mientras se mantenga el diseño constitucional fujimorista que facilita el golpe parlamentario y mientras los partidos sigan siendo vientres de alquiler para intereses oscuros. Si el Perú no despierta y sanciona políticamente a estos traficantes del poder en las urnas del 2026, la pesadilla de la ingobernabilidad seguirá devorando el futuro de las próximas generaciones. Votar en blanco o viciar en el sufragio es una falsa salida que solo fortalece a quienes pretendemos expulsar: Elige bien. <->


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