miércoles, 5 de abril de 2017

RELEYENDO PASADOS ESCRITOS

LECTURAS INTERESANTES Nº 751
LIMA PERU            5 ABRIL 2017
CREDO DEL FUJIMORISTA
César Hildebrandt
P
ara ser partidario de Fujimori se necesita venir de Malinche y Felipillo. No sólo eso. Es requisito pensar en estado de apoplejía.
También es importante frecuentar la maldad y salir en procesión muy de morado. O sea que me robo un canal, justifico algunas puñaladas y luego tres avemarias entre inciensos.
Los ancestros del fujimorismo son viejazos y proceden de traiciones fundacionales (las que facilitaron la conquista española), republicanas de primera leche (las que tramaban la restauración mientras hablaban del sacudimiento) y contemporáneas (las que plagan de canalladas mayores y. menores los 184 años de historia oficial).
Ser traidor es, por eso, absolutamente imprescindible para sentirse súbdito fujimorista. Ser traidor de tuétano es, por ejemplo, admitir que Fujimori es japonés cuando lo cita un juzgado por crímenes de lesa humanidad, peruano cuando le da órdenes a Bola de Nieve e hijo de la guayaba cuando está en el limbo de los pasaportes cambiados y los cumpleaños con doble fecha. El verdadero cumpleaños de Fujimori es el 7 de diciembre, el día de Pearl Harbor, la mayor hazaña de su abuelo imaginario Isoroku Yamamoto.
Otra condición, que sólo se contrae rampando por la vida y compitiendo con gusanos negros, es ser indigno. La indignidad de la oligarquía criolla tiene vieja data y atraviesa los peores episodios de nuestra historia (la guerra en la que Chile obtuvo en Lima más colaboracionistas de lo que hubiera creído, la masacre de apristas aplaudida por El Comercio, el yanquismo alfombrado de todos los Odría que en el Perú fueron), pero alcanzó con Fujimori altitudes nubladas de himalayas de mierda.
En el otro extremo está la indignidad harapienta del que se arrodilla ante el mendrugo y besa las manos del dador. Se trata de los extras de los estudios Churubusco, de aquellos a quienes la pobreza les ha robado el alma y sienten que ya no pueden esperar derechos sino caridades e infusiones.
Siendo la indignidad un atributo decisivo, no es el mayor.
Quizás el más eminente sea el de la estupidez, ese estado de gracia que roe parcelas de cerebro, aturde el juicio y convierte a una embolia en el órgano del pensamiento.
Ahora bien, el retraso mental viene muchas veces acompañado de locuacidad, que es como oír a un andaluz hablar de Kant. O sea que Carmen Posada de Zamboa es la pasionaria de Santa Anita y Francisco Tudela el Talleyrand del Cordano (siendo Espichán el Fouché de los Barracones y Larrabure la versión huaralina de la Mamá Grande). Ser estúpido es decir, como decían, que Montesinos era un héroe imprescindible y que la concentración absolutista del poder en manos del Gran Traidor no resentía a la democracia.
Pero a esta lista hay que sumar otros niveles de exigencia. No basta ser indigno, estúpido y traidor. También hay que ser, eventualmente, criminal. Se trate de felonías contables, zarpazos carroñeros a la caja pública o hechos de sangre relativamente multitudinarios, lo importante para el fujimorista es la anuencia con que verá todo ello y el ingenio bestial con el que construirá coartadas del tipo "esos estudiantes de La Cantuta pueden haberse matado entre ellos".

¿Qué más? En cada corazón fujimorista late el linaje taimado de Pu Yi, el chino traidor que se prestó a la trama japonesa de la república de Manchukuo, país inventado por la soldadesca salvaje del imperio nipón tras arrasar Nankín y matar a 300,000 civiles. Estos manchukuanos del Perú están convencidos de que son inferiores y que deben subordinarse a un líder de ultramar que les preste la sangre fría que no llegan a tener, el cinismo que por falta de neuronas sólo atisban empinándose y el orden mental de ese asesino en serie que siempre soñaron ser.

Por eso es que el fujimorismo es anético. O sea que robar no está mal, matar puede estar requetebién, Bola de Nieve es Agustín Lara, Laura Pozo es Marlene Dietrich, Burundanga es ministro de justicia, Martha H. tiene la lengua absuelta, Bernabé es cardenal y la porquería es maná. Hablar de moral con un fujimorista es como tocar el tema de la ninfomanía con una monja de la orden de las Esclavas del Señor (cerrojo en cada celda a las 6 de la tarde). O como hablar de valentía con el mismo Fujimori que se asiló por horas en la embajada del Japón cuando lo del intento de golpe de Estado, renunció por fax, temblaba cuando buscaba a Montesinos para que le dijera dónde estaban las maletas, martirizó a su mujer a punta de soldaduras y habla ahora, protegido por parte de la Yakuza, "del desorden que padece el Perú". Sólo falta que Tarantino se convenza de que allí hay una gran historia y que la divina Urna Thurman pode a Chino Maldito con su espada de verdadera samurai. Que lo pode o que, por lo menos, lo deje varias veces manco.

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