viernes, 8 de julio de 2016

ANÁLISIS DE LA COYUNTURA PERUANA

LECTURAS INTERESANTES Nº 706
LIMA PERU                  7JULIO 2016
PAÍS DELIRANTE
César Hildebrandt
Tomado de HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 307 p. 12
Me apasiona el Perú.
Es un país de­lirante.
Aquí todo pa­rece ser inverso, transverso, real maravilloso.
Aquí Remedios, la bella, hija de algún Arcadio, sería ministra de algo, volando entre las sábanas y dejando la huella de su olor hembruno.
Aquí los reos son líderes políti­cos, los peajes se hacen para atracar a la gente, las refinerías viejas se re­mozan con un presupuesto que ser­viría para hacer una nueva (y esto que no somos productores impor­tantes de petróleo).
Aquí Aureliano Buendía sería de la PCM y el coronel que no tenía quien le escribiera sí recibiría su pensión porque ya habría aceitado a alguien.
No aburre el Perú. Divierte a la mala. La política cabe en una página policial, la palabra vergüenza su­fre destierro eterno, la riqueza suele tener rabo de paja, el plagio es un género literario.
Pienso en Suiza y bostezo. Qué triste debe ser vivir en un país reglado. Y en Europa, en general, no me digan: podrán irse los ingleses, podrá España encharcarse en sus derechas, podrá Grecia gemir en el cepo de la austeridad, podrán los refugiados acosar las fronteras, pero al final todo habrá de normali­zarse. Allá ellos que se pierden esta atmósfera electrizada, este cabaret abierto las 24 horas al día que es el Perú.

Mi país es un teatro grande porque aquí la impostura manda. Detrás de cada facha­da hay un misterio y toda cara tiene una colección de másca­ras que la sustituyen. Y debajo del discurso está el susurro que lo contradice y entre las líneas de aquel pronunciamiento pue­de leerse, perfectamente, algún conflicto de intereses.
Todos sabemos que Macera algu­na vez dijo que el Perú era un burdel, algo que Baldomero Cáceres corrigió diciendo que el símil no era atinado porque esos respetables estable­cimientos estaban regidos por el orden. Jorge Basadre fue el historiador balsá­mico que, paternal­mente, nos ocultó un montón de cosas. Ni siquiera el gran Ba­sadre pudo decirnos la verdad. Lo hizo supuestamente para no herirnos, por amor a la patria, de pura compasión bi­color. ¿Hizo bien? No, por supuesto. Por eso sus nueve tomos de historia republicana pasan en puntas de pie por la infamia de algunos episodios claves y tienen la apariencia de par­tes oficiales censurados.
González Prada debió escribir la Historia del Perú. Pero a él le daba por la poesía y allí están "Minúsculas" y "Exóticas" para demostrarnos que en esa materia no le fue del todo bien. ¡Y Mariátegui se murió tan joven!
Nos aterra la verdad. Y la pren­sa, contaminada de intereses fenicios, comparte ese te­rror. Por eso somos el país más inmóvil de América Latina, el más satisfecho en su catalepsia y el más dispuesto a re­incidir en los errores del pasado que casi se jacta de no conocer.
Recibo muchos correos de gente que me agradece lo que esta revista dedica en cada edición a recordar la guerra del salitre y el guano. Me hace feliz pensar que contribuimos con un grano de arena a levantar el verdadero mapa del pasado perua­no. Porque el Perú lo que necesita es una vasta Comisión de la Verdad, un reconocimiento de nuestras in­numerables miserias, de nuestras anchas cobardías, de nuestras bien ganadas decepciones.
Me he pasado es­tos últimos años leyendo libros en torno a la guerra que nos mutiló y humi­lló. Y lo que puedo decir después de tantas páginas es que asco es palabra ridícula para definir lo que se siente cuando uno se en­cuentra, cara a cara, con los per­sonajes que el idiotismo nacional tuvo la osadía de venerar (Piérola, por ejemplo).
Para volver al comienzo: no abu­rre el Perú. Pero te deja exhausto.


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