lunes, 4 de mayo de 2015

POR LAS LIBERTADES RELIGIOSAS EN EL PERU

Escribe: Omar Aramayo*
Hace cien años se proclamaron las libertades religiosas en el Perú, Manuel Z Camacho, un campesino de platería, fue su abanderado; él creía que la educación y el adventismo permitirían desarrollar a su pueblo, sacarlo de la profunda estagnación a la que había sido arrojada por siglos, el obispo Ampuero fue a buscarlo a la escuelita de Uta Wilaya y lo azotó hasta cansarse, él le dijo que de la misma manera habían azotado a Cristo por razón de sus ideas. En los años noventa llegaron adventistas de todo el mundo a celebrar un aniversario del inicio de los trabajos de Z Camacho y coincidentemente de las libertades religiosas a nivel global; en las pampas de platería de la noche a la mañana se levantó una inmensa ciudad de carpas, los adventistas pernoctaron durante una semana y de esa manera se avivó la memoria de Camacho, que de adventista al final de sus días pasó a las filas de Mariátegui y de Churata, es decir al indigenismo y al socialismo.
Cualquiera podría pensar que con Manuel Z Camacho se conquistó la libertad religiosa en el Perú en toda su dimensión, no es así. Solamente se abrieron las puertas del país a religiones occidentales, algunas de ellas parásitas y abominables. No ha existido en un país colonizado y dependiente como el nuestro, el nervio para reconocer la conciencia y la religiosidad nacional, no obstante el trabajo de un movimiento vigoroso como el indigenismo en la segunda, tercera y cuarta décadas del siglo XX. Espíritus extraordinarios como Julio c Tello o José Carlos Mariátegui no plantearon el problema en toda su dimensión, aunque Tello lo vislumbrara en su libro Wirakocha, la existencia de la religión andina, raigal, profunda, nutrida de misterio y de verdad.
En los censos nacionales a nadie le preguntan ¿Usted participa de la religión andina? Todas tienen cabida menos la nuestra. A nadie le preguntan ¿Usted cree en la Pachamama? ¿Usted paga a la tierra? ¿Usted celebra al Ekeko el 3 mayo de todos los años, le compra casitas, títulos? ¿Le confía su suerte? ¿Usted visita las Warinjas? ¿Usted toma Ayahuasca para resolver sus problemas de salud física y espiritual? No. Porque para el Estado, para el ministerio de educación, para el de cultura, eso es mera superstición; y se debe, como dije a nuestra mentalidad colonizada, que debe mantenerse colonizada como parte de un estado que obedece a intereses ajenos, por eso somos devotos de religiones concebidas en los Estados Unidos o en Europa, en el Perú no hay religiones para ellos sinosupersticiones. Por eso en nuestro himno nacional nos rendimos ante “el Dios de Jacob”
El amable lector recordará la tercer parte de la película El Padrino de Mario Puzo, donde un cardenal que luego es ordenado Papa conduce al padrino al jardín, extrae un canto rodado de la pileta, rompe la pequeña piedra en un borde de la fuente, se la muestra y le dice: la religión cristiana es como esta pequeña piedra, cientos de años ha estado sumergida dentro del agua, está mojada por fuera pero está seca por dentro, así son los cristianos en Europa, por dentro siguen sin mojarse como la piedra, son paganos. Si el cristianismo tiene una residencia de tres siglos en el Perú, no pretendamos ser más papistas que el Papa; en cambio durante milenios ha cultivado una religiosidad ligada a las fuerzas de la naturaleza, a lo espontáneo, a nuestro medio, a las fábulas y sueños de nuestros mayores. Nadie puede pedir la renuncia de las creencias personales como lo quizo la santa inquisición en los siglos XVI y XVII, y como suscribió el visitador Areche en mayo de 1781 en la sentencia de descuartizamiento de José Gabriel Túpac Amaru, pero sí podemos exigir la liberación de la conciencia a través de la sinceridad de la gente, que diga yo sí creo en el Ekeko, yo si rindo culto a la Pachamama. Los viajes a la Huarinjas y las tomas Ayahuasca son secretos de familia mal guardados; y la superstición y el comercio insano se mezcla con una demanda espiritual que podría estar supervisada por el ministerio de salud y el de cultura, pero obviamente al servicio de nuestra cultura, aunque eso sea pedirles mucho ya que no hay competencia cultural al respecto.
Feria de Alasitas
Cada tres de mayo el pueblo de Puno acude hasta la avenida Floral a reencontrarse consigo mismo, cargado de sus anhelo de prosperidad, con la esperanza de un día generoso para todos, con el sueño de conseguir en este año, sí, tiene que ser este año, lo que se ha demorado en las comisuaras de las dificultades que nunca faltan. Acude con emoción a depositar sus deseos en manos del Ekeko, lleva sus carritos y sus casas para que una mano privilegiada por el Ekeko, por los Apus, por la Pachamama, por Dios, los challe, los brinde, y su fuerza espiritual haga posible esos afanes. A ello, los científico sociales aculturados y muchas veces alienados le llaman religiosidad popular, en oposición a una religiosidad de élite, porque no llegan a concebir ni a entender que este corpus ideológico es lo que dejaron los extirpadores de idolatrías, las ruinas, que la cúspide ideológica de una cultura originaria es la religiosidad y el arte, en base a ella sus habitantes establecen su actividad cotidiana, su proceso histórico, y por cierto su visión de mundo que es el ojo de Dios que alumbra su despertar día y noche, el yo colectivo.
A partir de esa terrible circunstancia histórica la ignorancia cosecha cada vez mejor, por eso en la televisión el señor Ekeko, Tata Ekeko, es un bufón que anima los comerciales de la televisión, un personaje pintoresco, deshabitado de su personalidad espiritual, de quien echa mano cualquier productora o productor de publicidad, no harían lo mismo con Cristo o con Buda, menos con Mahoma, a riego de desatar guerras santas. Ningún respeto hay para el señor Ekeko, anuncia loterías, eventos folklóricos, cerveza, entidades financieras, como el más silvestre llamador de transporte urbano en la esquina de una calle sin nombre. Así estamos.
Por otra parte, la feria de Alasitas podría convertirse en un gran atractivo de comunión espiritual con el mundo, en una fiesta mística, cuán identificado podría sentirse un visitante extranjero con esta particular forma de creer, de sentir, de religarse con el mundo, con la verdadera magia de los Andes, con el corazón vivo de su fe. Para eso el alcalde de Puno, tendrían que renunciar al clientelismo al cual se han sometido, es decir, convertirla en lo que verdaderamente es, en una feria de miniaturas y cerámica, en lo que fue hace muchos años, al comienzo del tiempo, y que ha sido traicionado para convertirla en una feria de plásticos y trapos baratos. Por una vez en la vida ¿podría apostar el alcalde Puno por el espíritu ancestral de los aymaras? El problema es que se ha desvirtuado la feria y las vendedoras de plástico han hallado una oportunidad de recurseo sin comprender la trascendencia ritual del comercio.
Alguna vez vi calzado en miniatura con acabado impresionante, botas de diablo para dama. Carretillas y moto taxis de hojalata, perfectos. Cuadros de arte moderno con piezas reloj, impresionante. Cocinillas a kerosene, pequeñas teteras de cobre, de gran acabado. De ropa, ni qué decir, la finura misma. Y el toro de Pucará, noble, señorial, pero no el de molde, el gran Toro hijo del Amaru y toda la cerámica de esos quechuas trashumantes. Desgraciadamente carecemos de un museo de arte popular que recoja esas piezas. En el Instituto Americano de Arte algo han dejado, la obra del inmortal Eladio Orcoapaza, el gran alfarero creador de la cerámica grotesca, estilo del cual se allegan con felicidad los artesanos del Cusco, gran Eladio, maestro de maestros, que fue visto por tan pocos.
Feliz día señor Ekeko, dese abasto para cumplir con la gente que va a pedirle con tanta devoción.
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* OMAR RAMAYO es colaborador permanente de PUNO CULTURA Y DESARROLLO



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