sábado, 9 de mayo de 2015

OMAR ARMAYO SOBRE ALASITAS

ALASITAS
LA FERIA DE LOS SUEÑOS QUE SE HACEN REALIDAD
Omar Aramayo
Alasitay, invita la mujer aymara sentada de cuclillas desde hace no se sabe cuantos siglos. Alasitay vuelve a repetir con su voz envuelta en un suspiro, el viandante puede o no voltear.
Alasitay paisano, alasitay Werajh'ocha, alasitay señorita. El camino polvoriento se humedece con la voz de esta mujer o varón que de a pocos se convierte en monolito detrás de algún recodo.
Para consagrar la frase y la faena, el pueblo aymara inventó las Alasitas, para redimir y promocionar este trabajo que vale más que los cuatro reales de su diario, de su yantar, para marcar un día, una semana y más, como ocurre en Puno, en el calendario de los sueños.
Porque las Alasitas hace soñar a chicos y grandes. Los niños llegan a esta feria de "juguetes" con la esperanza de llevarse todo, pero como la feria es grande y el bolsillo es chico, es imposible.
Los mayores van a la feria ritual a llevarse en pequeño lo que quisieran tener en grande; un carro, una casa, ropas de fiesta, ropas íntimas, títulos profesionales, zapatos, y cargan con unción con verdadera fe lo que está al alcance de la mano. Muchos compran un Ekeko, patrón de la fiesta, rey inequívoco de los comerciantes, Dios de la alegría y heredero legítimo de los dioses del antiguo Perú.
Para ser rico o medianamente rico o por lo menos satisfacer las necesidades principales, hay que hablar con él, hay que conversar en serio. Nunca estará más atento que en Alasitas, es todo oídos, es un Dios gentil.
Las muchachas solteras le piden marido, las casadas que sus maridos sean eficientes. Los ekekos del antiguo Perú tenían unos falos codiciables, siempre erectos, de muy buena presencia, con truco. Los actuales han sido vestidos, muchas veces de gamuza, terciopelo o simplemente con un poncho de alpaca o merino, sombrero de paño, chalina, y es rodeado con todo lo que necesita una persona, una familia. Es necesario challarlo, brindarle una cervecita o licor fino, sahumarlo, y sobre todo hablarle bonito, el Ekeko es poeta y cantor, le regalan libros de sabiduría, zampoñas y charangos.
Siempre con la boca abierta y los brazos extendidos y una sonrisa ambigua, de alegría e ironía, habla, invoca, a las fuerzas de la naturaleza, las conmina. Habla con el cosmos, el Ekeko es cósmico.
Un Eqkeko bien hecho mira hacia arriba, al cielo, al cosmos; si no es así no lo compre, el artesano que lo fabricó es un zamarro impostor. Es un Dios sideral con los pies puestos en la tierra, no hay Ekek'o en el aire ni en broma, el Ekeko es terrestre.
Su vista está en el nacimiento y desaparición de las constelaciones, pero también en el conteo del dinero que Ud. necesita. Debe llevar un zurriago terciado entre pecho y espalda, representa al relámpago, la luz de la creación, la fuerza fugaz de las grandes creaciones.
El aymara cuando migra lleva a su Ekeko como parte de su equipaje, y todos los años le pone un mazo de chancaca para que endulce al hogar; sus quintales de chuño y de charqui, productos que amparan la migración, sin ellos sería imposible, son alimentos que se pueden conservar; y le amontona de casitas que le permitan comprar casas en diferentes urbanizaciones, que luego alquila; le regala edificios como los de Gamarra o el cono norte. Y le ponen un cigarrito cada martes o cada viernes que consume y deja caer la ceniza blanca, que también es motivo de lectura.
Los cholets, que construyen los nuevos ricos llegados del sur Perú son copia de los chalets que hace muchísimos años construyen los artesanos de Yunguyo. En el Alto de La Paz son un boom, allí la estética aymara y la imitación de los rascacielos neoyorkinos se han hibridado en una armonía kitch.
El Ekeko ama la vida, la abundancia, pero también la fidelidad y la consecuencia. Nadie puede permitirse ser ingrato con él, su culto es durante todo el año, pero en los días de fiesta es a todo dar, hay que regalarle.
Si el Ekeko se le presenta en sueños, será su servidor y lo hará dueño de grandes riquezas, de riquezas maravillosas. Le anunciará la gran oportunidad de su vida, la oportunidad que Ud. no debe desperdiciar de ninguna manera, si no será pobre toda su vida. Si le parece que está triste o lo sueña así, le reclama atención.
Hace 40 años todavía los niños cortaban los botones de los ternos de su padre o de las blusas de mamá, eran la moneda oficial de Alasitas, ahora sólo es recuerdo. Hace 100 años se fabricaban monedas de plomo, especial para esta fiesta, también es recuerdo. La moneda oficial es el dólar, por eso al Ekeko le prenden dólares en la solapa y en todo el cuerpo; el Ekeko piensa en dólares. Es lo más contemporáneo que hay en el Altiplano, supera ciclos históricos, ciclos sociales, por muy dilatados que sean.
Si la felicidad, el bienestar, fueran ideales sinceros de la humanidad, el futuro sería del Ekeko; pero así que así, se abre paso con sus pequeños pies.
El Ekeko es un gran andarín, lo fue desde tiempos remotos, ahora ya recorre el espacio perdido y su fiesta comienza a celebrarse donde alguna vez ya se le había olvidado.
Recientemente presentado en Puno.
Actualmente se celebran ferias de alasitas en Tacna, Moquegua, Arequipa, Lima y allí donde hay migración aymara. En la paz hay feria de alasitas desde la colonia y el personaje está ligado a la revolución de Túpac Katary y el teniente coronel Segurola Marchain, que defendió la Paz cuando el líder aymara intento tomarla.
El Ekeko es una deidad precolombina que se salvo al fuego del Santo oficio. Pachacuti Yamqui Santa cruz, cronista nacido en el valle del colca, explica la vida de Tunupa y las migraciones de la gente del Lago hacia el cusco.
El culto al Ekeko es la reminiscencia de una basta religión en el antiguo Perú. Fuente de inspiración para los productores de bienes materiales, comerciantes, industriales, financistas, pero también para artistas de talla mundial como Gerardo Chávez que ha creado una versión surrealista, tanto como del poeta Enrique Lhin que dejó un libro inconcluso: “El libro Ekeko”.
Edmundo Torres, mascadero puneño, de éxito en España y Alemania, ha realizado bellas mascaras del pequeño hacedor de voluntades celestiales. La miniaturista Yolanda Zirena, ha logrado vestir a una pareja de pulgas, felices bichos, que ingresan a la eternidad de la belleza vestidos como la religión manda. Durante años, mientras vivió en Puno ofició de sacerdotisa en el Instituto Americano de Arte.
En mayo recoge los deseos que brotan de las necesidades más hondas del pueblo.
Su culto, alguna vez escondido, perseguido, renace con frescura natural, vital y permite que el pueblo, por lo menos por algunos días regresa a la ilusión de satisfacer lo que diariamente no le es posible.
La Alasitas es una feria de vindicación del comerciante anónimo que vive y entrega su producción, que esta mas allá del afán puramente mercantil, del cambio y que en esta oportunidad adquiere contornos religiosos, mágicos, del “Yo Dador".


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