viernes, 3 de octubre de 2014

HILDEBRANDT: EL ROBO EN EL PERU


LECTURAS INTERESANTES Nº 631
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LIMA PERU            3 OCTUBRE 2014

EXITO DEL ROBO
César Hildebrandt en “HILDEBRANDT EN SUS TRECE” N° 220 3OCT14 p. 11
Será inevitable. Lima volverá a manos del equipo que es considera­do eficaz "aunque robe". Es el pragmatismo en versión patológica.
Es la resignación degenerada. Es una manera ruin de ser estoico. Una vertiente de la involución.
¿Es casualidad?
No. Es herencia. Nos viene del choreo virreinal, cuando los veleros que partían del Callao declaraban cargas menores para pagar tasas abreviadas. Nos viene del robo re­publicano y ancestral de la llamada "consolidación", Comunicore gigantesco que José Rufino Echenique perpetró para favorecer a un amplio círculo de pendejos. Esos fueron los que cobraron al Estado los sacrificios que no habían hecho en la guerra de la independencia a la que muchos de ellos se opusieron. Y no lo olvidemos: Echenique tuvo como asesor a Barto­lomé Herrera, uno de los fundado­res del conservadurismo eclesial del Perú. De lejos viene.
Con la consolidación nos farrea­mos buena parte de la plata del gua­no, nuestra excrementicia riqueza de exportación malversada y secuestra­da, al final, por firmas extranjeras que habían hecho adelantos finan­cieros que se tornaron impagables. Piérola estuvo metido en esto. Y fue la corrupción ferrocarrilera de Balta la que nos llevó al desarme y a la im­potencia en el conflicto de 1879.
Se robó siempre. Rateros de ma­chete en mano se encargarían de la explotación del caucho y saqueado­res del mar se ocuparían de la pesca de anchoveta y de su industria hari­nera.
El libro "Historia de la corrupción en el Perú", de Alfonso Quiroz, debe­ría ser texto escolar obligatorio. Así los niños del futuro quizá entiendan que en el Perú el robo está asociado al Estado, a la empresa privada, al ciudadano común, a los municipios, al llano y a las cimas. Y entenderán que la honestidad ha sido siempre hostilizada por la maldita llamada "cultura criolla", una filosofía de arrabal que rinde pleitesía a nuestra supuesta viveza.
No es viveza, es ratería. Y nos hemos acostumbrado a ella. La hemos alentado reeligiendo a presidentes notoriamente ladrones y sintiendo nostalgia por reducidores que hicieron del Estado un feudo personal.
Se roba con el peso de las merca­derías, con el cómputo de las horas extras, con los diezmos de las obras públicas, con las megacoimas de la infraestructura entregada en con­cesiones, con la venta de las em­presas públicas, con la leche de los programas sociales, con la "modernización" del Estadio Nacional, con el pericoteo denunciado gracias a los petroaudios. Y los ladrones cunden y tienen admiradores. Nos roban los a bancos, los almacenes, los seguros y hasta los policías.
Y el Estado ladrón nos roba con sus impuestos gordos y sus prestaciones lánguidas. Y, por extensión, casi por afán metafórico, los medios de comunicación nos roban las noticias que importan, los robos mayores que suceden en los altos círculos. Y las televisión nos roba lo poco de decencia que nos puede quedar después de tanta esquilma.
El acomodo social y antropológico al robo ha llegado al permisivo ministerio público y a la siempre sospechosa judicatura. Era el golpe final que la cultura del despojo necesitaba para instaurar el clima de impunidad que hoy vivimos. ¿Qué hacen los rateros prominentes? Persisten en lo suyo, a veces candidatean, muchas veces triunfan. ¿Cuál es la lección para el gran público? Que la honradez puede irse al tacho. Que ser ladrón no causa perjuicio alguno…Que la palabra reputación ha dejado de existir. Que el sentido del honor murió en una covacha judicial. Que somos un país primitivo.
Por eso, qué chistoso resulta que ahora algunos muestren su asombro por lo que estamos a punto de elegir. Es el Perú profundo, compañero.  
 
 

                                  

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