¿TIMBA POLÍTICA O
DEBER CIUDADANO?
Por Carmen McEvoy
EL
COMERCIO 12/04/2026
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Perú es un país extraordinario, aunque con hábitos atávicos, entre ellos el de
jugarse, a los dados, su futuro un día sí y el otro también. Ese pasado timbero
incorporado en nuestro ADN político por los señores de la guerra, quienes, vale
recordarlo, diseñaron a balazo limpio pero también mediante ‘fake news’ (la
niebla de la guerra) nuestro caótico modelo electoral, sigue vigente. He
señalado en múltiples ocasiones que el Estado Peruano viene implosionando y, si
no hacemos algo al respecto, la debacle nos espera a la vuelta de la esquina.
Más aún, luego de observar el panorama electoral, con 35 candidatos luego de una retahíla de vacancias
presidenciales exprés, ¿será posible afirmar que nos encontramos al
final de un ciclo político, o esta historia, como los culebrones del escribidor
Pedro Camacho de “La tía Julia y el escribidor”, tiene nuevos ‘cliffhangers’
por padecer? Porque al final, lo que realmente preocupa, y además indigna, es cuánto más puede resistir un
país con un enorme potencial económico, pero con tan escasa ética de parte de
los políticos de pacotilla que nos siguen arrastrando a un abismo eterno.
A diferencia de los que piensan que esta historia de degradación política y moral tiene un lustro, yo opino que es más vieja de lo imaginado. Desde que, a raíz del motín de “Balconcillo” (1823), Mariano José de Arce abandonó el recinto congresal vociferando que la república peruana era “un simulacro” hasta la traición a la guerrilla serrana, que posteriormente fue purgada salvajemente por el ejército realista, pasando por el golpe de Estado y la deportación sin derecho a defensa del presidente La Mar, la traición disfrazada de moralismo ha definido, junto con el robo armado, nuestra insólita historia. Con un Estado como botín, inicialmente transnacional y luego nacionalizado por los ambiciosos herederos peruanos de Simón Bolívar, la apuesta fue clarísima desde un principio. Esta consiste en hacerse de la maquinaria estatal para desde ahí gobernar, con los aliados de turno, mediante la prebenda. El perverso proceso, que fue erosionando una precaria institucionalidad ahora evidentemente socavada desde sus bases, fue escalando hasta llegar a unos límites que pusieron en peligro, incluso, la integridad física del Perú. La tendencia que, con sus obvias mutaciones, se impuso –y aquí nadie se escapa– fue defraudar a los votantes y llenarse los bolsillos con los cómplices de turno. De ahí esa comprensible desafección e incluso fatalismo que reina entre millones de votantes, que ahora toman las elecciones como una suerte de Tinka colectiva.
Hace
más de 30 años, me propuse averiguar si existieron algunos intentos de cambiar
esta suerte de mito de eterno retorno que, desgraciadamente, marca la historia
del Perú, y me encontré con las miles de cartas de la electrizante campaña
electoral de 1871-1872. Días atrás, regresé a los discursos de campaña
pronunciados por Manuel Pardo y encontré una serie de temas que vale la pena
actualizar en vísperas de estas elecciones marcadas, tal como las del siglo XIX
y también las del siglo XX, por la niebla de la guerra, es decir, por el azar y
la confusión. Cabe recordar que el triunfo de la Sociedad Independencia
Electoral, antecedente del Partido Civil, se produjo luego de medio siglo de
hegemonía militar en el poder. Y fue tanta la resistencia a la entrada de
nuevos actores –entre ellos artesanos, profesores universitarios y de escuela,
profesionales medios e incluso militares institucionalistas, unidos junto a la
clase empresarial por la preocupación ante la implosión del Estado guanero– que
el coronel Balta fue asesinado por su guardia pretoriana. Su única falta fue
aceptar que el tiempo del militarismo prebendario había terminado. El pueblo de
Lima, horrorizado ante el crimen en medio del proceso electoral, se movilizó y vengó, a través de
una ejecución pública, a los hermanos Gutiérrez, responsables directos del
magnicidio.
Frente
a la fragilidad intrínseca de un sistema secular definido por una cultura de
guerra, trasladada, junto con un hábil manejo de las comunicaciones, al campo
electoral, me permito compartir un par de ideas de Manuel Pardo. La primera es
que las asociaciones cívicas, tendientes al bien común, deben trascender las
coyunturas electorales. Y la segunda proviene de esta notable cita: “Se acerca el momento en que la
república entera, en el mismo día y en la misma hora, va a expresar su opinión
soberana sobre los destinos del Perú. En el desempeño de este sacerdocio
tened conciencia del poder que os da vuestro derecho, sin olvidar los deberes
que impone con la república del Perú”. De timba a deber. <>

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