sábado, 16 de mayo de 2020

OPINIÓN. SOBRE LA COYUNTURA


LÁGRIMAS 
SOCIALES
Escribe: Milcíades Ruiz
N
uestro cuerpo llora por alguna razón. Los pobres son los que más lloran porque cargan muchos problemas por culpa ajena como las crisis y pandemias. Los ricos resuelven sus problemas con dinero y entonces casi nunca lloran. Sufrimos muchas desgracias que nos hacen votar lágrimas y reaccionamos positiva o negativamente frente a cada situación, pero a nadie se le ocurriría echarle la culpa a las lágrimas por lo que estamos pasando. Sin embargo, eso ocurre impensadamente.
La pandemia ha extremado la desgracia de los pobres porque ha desembalsado la crisis capitalista que estaba empozando, expandiendo el desempleo. Las víctimas se ven obligadas a evadir la cuarentena, saliendo a las calles como como vendedores ambulantes de toda clase de mercancías, para sobrevivir. Se les reprime y culpa de extender la pandemia. De este modo, los que crean la informalidad por desempleo, salen a combatir lo que crearon.
Así, nadie ve las lágrimas sociales como el desempleo, delincuencia callejera, indigencia y otras, pero si las culpan de todo. La derecha llama a esto, lacra social. Sabemos que no hay llanto sin lágrimas. Ellas brotan de por sí porque nuestro organismo lo emana automáticamente y sobre esto, no hay discusión. Nunca preguntamos de dónde salen tantas lágrimas, porque es obvio que brotan de nuestro organismo. Es subproducto indeseable del mismo.
Siendo así, ¿Cómo no darse cuenta que, lo mismo sucede con una sociedad que sufre tanto como nuestro cuerpo? Vemos las lágrimas salir de los ojos de la gente dolida, pero no vemos las lágrimas que emana el conjunto social. Se ignora que la sociedad funciona como un organismo vivo. Este organismo colectivo también sufre y llora. Se enferma, reacciona, se defiende, tiene fiebre, hambre y sed de justicia.
Sabemos lo que sufre nuestro organismo cuando es maltratado. Pero igualmente, cuando las comunidades sociales son maltratadas, el sufrimiento las agobia. Un cuerpo mal nutrido se refleja en el semblante. La palidez, es indicativo de los males que padece. Tiene dolores, vómitos y emana sangre, cuando la situación es crítica. Eso mismo, sucede con los grupos y clases sociales cuyos aspectos denotan muchas carencias. Vemos la pandemia viral pero no la pandemia del capitalismo que succiona la sangre de los pobres.
Digo todo esto, porque es necesario comprender que los males sociales son consecuencia y no causa. Son lágrimas sociales que salen de por sí, cuando hay sufrimiento. En sociedades como la nuestra, el confinamiento social puede ser lacerante para los grupos sociales más desguarnecidos. Aguantan la cuarentena hasta que se les acaba el oxígeno pecuniario, pero se arriesgan a salir desacatándola, porque no les queda otra opción cuando los hijos piden pan. Esto no sucede con los grupos sociales que tienen reservas de sobra.
¿Quiénes son los que más necesitan salir de la cuarentena con urgencia? Obviamente los que se han quedado sin ingresos. Pero los que tienen el poder dicen no. Saldrán primero los que el gobierno determine. Primero es el capital, segundo es el capital, a los que se subsidia con millones y al último, los que no tienen licencia de trabajo, porque han sido despedidos. Estos solo traen más contagio.
Echarle la culpa de la expansión de la pandemia a la gente que desacata la cuarentena por desesperación, es una canallada que oculta la ineptitud y el fracaso de las autoridades para controlar la pandemia, por medios directos. Todo tiene un límite, y hay una bomba de tiempo que, si explota, no habrá fuerza represiva que detenga el desbande. Las políticas públicas tienen responsables. Si no hay una salida bien calculada, el desborde social arrasará con todo.
La economía globalizada es sistémica. Si hay avería en los conductos principales se sentirá en el resto del sistema interconectado. Pero si por todas partes averiamos nuestros propios ductos debido a la cuarentena, entonces el daño se agranda colapsando el andamiaje global. Este descalabro destroza a los conglomerados sociales más débiles que se desangran rápidamente. Las cuarentenas han sido necesarias en su momento, pero las averías podrían ser más letales si no se maneja apropiadamente la reparación.
Está claro que la pandemia es un producto del orden mundial, que las consecuencias no las están pagando los manejadores de ese orden, sino sus víctimas. Que la crisis no la crearon los dominados sino los dominadores. Entonces, ¿Por qué no señalar directamente a los malhechores? ¿Es que tienen el derecho divino a la impunidad? ¿Es por cobardía? O debemos seguir aceptando el dogma de que, justos paguen por pecadores.
La verdad es que todo se reduce a una cuestión de poder. El que puede, puede. Si Donald Trump premeditadamente ordenó asesinar a un general iraní con ventaja y alevosía, sin que nada le pase por su crimen, es porque no hay poder que impida esa impunidad. Siendo así, no es de esperarse que el mundo cambie después de la pandemia sin autorización del poder mundial.
La dialéctica nos dice que una predominancia cesa cuando la resistencia adquiere capacidad para detenerla, vencerla y anularla. Si queremos un nuevo orden social, no será porque los dominadores lo admitan. Nadie acepta su muerte sin luchar por sobrevivir. Son los dominados los que tienen la obligación de construir un poder con la capacidad de derrotar a los dominadores.
Mientras tanto, hay que trabajar en esta dirección, construyendo ladrillo a ladrillo la fortaleza que necesitamos. No esperar cómodamente a que otros lo hagan por nosotros. No hay alternativa. O lo hacemos ahora, desde donde nos encontremos y como podamos; o perpetuamos nuestra sumisión, que nos denigra vergonzosamente ante nuestra descendencia. Más vale morir luchando que, sin hacer nada. Todos pongamos nuestro grano de arena. Hagamos el esfuerzo por superar nuestra quietud ante la desgracia social.


Lo que tengamos que hacer en la emergencia no es igual a lo que el gobierno dispone. Este, está más interesado en su estabilidad política que en resolver los problemas sociales. Nuestra emergencia particular nos obliga a desarrollar iniciativas distintas, en función a los intereses populares. Los intereses capitalistas buscan superar la crisis sin perjuicio de su codicia. A nosotros corresponde lo contrario. Equidad, para proteger a los indefensos y evitar que las clases privilegiadas trasladen los efectos de la crisis a los más débiles.
Es por nuestro propio bien. La avalancha arrastra a las clases medias hacia el precipicio de la pobreza, y muchos caerán en ella irremediablemente. Caerán junto con la familia y descendencia, que verá truncas sus aspiraciones. Si no tomamos consciencia de esta situación y solo esperamos que pase el temporal para volver a engancharnos, quizá tengamos que vivir y morir arrepentidos vergonzosamente. Lavarse las manos por precauciones antisépticas, sí. Lavarse las manos para ocultar ineptitudes, no.
Salvo mejor parecer.

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