jueves, 27 de abril de 2017

13 AÑOS DESPUÉS DEL ASESINATO DEL ALCALDE DE ILAVE

EL SEPELIO MASIVO DE UN SOLITARIO
Escribe: David Hidalgo.  UTERO.PE
(Esta crónica fue originalmente publicada en el diario El Comercio)
Hace 13 años, el alcalde de un pueblo en el extremo sur del Perú fue sacrificado en plena plaza por una turba incontrolable que lo acusaba de corrupción. Las imágenes enviadas por los corresponsales mostraban una violencia que estremecía.
De inmediato viajé a cubrir el caso junto a Dante Piaggio, uno de los fotógrafos reporteros más capos que conozco. No sabíamos mucho del lugar, ni el nivel de riesgo que suponía esa cobertura, y no era poco. Al día siguiente publiqué esta historia que ahora comparto, en especial para la generación de las redes sociales que acaso no tiene idea del hecho. El título fue “El sepelio masivo de un solitario” y empezaba así:

Mientras una lastimera multitud conducía el féretro hacia la iglesia de San Juan, uno no podía dejar de preguntarse cómo este hombre pudo morir tan solo. La noche anterior un video de su suplicio lo mostró en un absoluto desamparo, descalzo, sin camisa, abandonado a la furia de un gentío colérico que se envileció con él.
Sentado al fin en un portal de la plaza donde se decidió su muerte, la suya era la imagen del extravío. Nadie acudió en su ayuda, nadie lo consoló en la desgracia. Ni siquiera los que se compadecieron de su suerte en ese camino al calvario pudieron aliviar sus dolores con gestos compasivos: alguien quiso alcanzarle una botella de agua y estuvo a punto de recibir la misma condena por parte de los verdugos.
Si a la hora de la muerte cada hombre se somete al momento cumbre de su soledad, Cirilo Robles, el 
Robles informa al pueblo sobre su gestión
días antes de su muerte
alcalde ejecutado por su propio pueblo, debió sentir que su último día de vida era una muerte dilatada. El entierro de ayer tuvo la paradoja de atraer a toda la gente que no pudo salvarlo. “Estamos contigo”, le gritaron en cada una de las estaciones lánguidas que siguió el ataúd. Pero el cadáver siguió su camino.
Por la mañana, la casa de Robles fue un escenario de lamentaciones aimaras. La madre del alcalde, Silveria Callomamani, despotricaba en su idioma contra los asesinos de su hijo.
“Ya lo mataron, ¿por qué no se lo comen ahora?”, repetía, según la manera que tenía para decir que había sido un sacrificio salvaje, propio de bestias hambrientas.
SANDOVAL, Teniente Alcalde autor mediato del crimen
A su lado estaba la mujer que había peleado por la vida del alcalde hasta el final, Marina Cutipa, la viuda.
Todos los presentes saben que acudió a una autoridad tras otra pidiendo que salvaran a su esposo y que no encontró respuesta. Dos días después de la tragedia ella ya no tiene fuerzas para pedir otra cosa. Permanece callada en una silla cercana a la puerta, aturdida, hasta que una conocida de la familia atraviesa la puerta y ella se prende a una última esperanza perdida:
“¿Por qué no me lo escondiste en tu casa? ¿Por qué no me lo protegiste?”, reclama sin rabia. La respuesta es un gemido. 
Marcha fúnebre
En el transcurso del día el cadáver hará un recorrido griego antes de llegar a su nicho. La primera estación es el auditorio de la Universidad del Altiplano, donde Cirilo Robles estudió Sociología antes de convertirse en catedrático. Es aquí donde empieza a sospecharse las proporciones que alcanzará su recuerdo.
Un desbordado colega compara su martirio con el de Cristo. Otro compañero de trabajo lee en la tragedia una muestra de “una crisis de país, de Estado, de sociedad, cultura, política. Pero tú estuviste al centro y nos has marcado el camino”. En las plateas guarda silencio la primera multitud que acompañará la soledad del ataúd. Alumnos, colegas, familiares, autoridades universitarias y curiosos. Una escolta unánime, pero tardía.
Los captores de Robles e su casa,
escriben en la pared con la sangre de éste

"Cirilo Adios". (Antes de llevarlo a la Plaza)
Pronto el féretro bailotea sobre un séquito creciente. Salen de todos lados y se unen a la marcha. Hay gente que se escapa de los colegios, de las bodegas, de las casas y los depósitos mayoristas. Hay rostros respetuosos en las ventanas y las azoteas, en las esquinas, en los autos que pasan cerca.
“¿Quién lo mató?”, pregunta un hombre.
“¡Sandoval!”, responde la masa.
“¿Quién lo vengará?”.
“¡El pueblo!”.
Queda claro que las soledades no siempre son transmisibles. Pocas horas después, el teniente alcalde, Alberto Sandoval, sería propuesto por una mayoría ilaveña para ocupar el sillón del difunto.
El cuerpo de Cirilo Robles es paseado por toda la ciudad. Sus deudos aceptan un breve homenaje del municipio, pero lo hacen pasar de largo el Palacio de Justicia. Tampoco pasa por el hospital, donde reposa el que hasta pocas horas atrás era el segundo cadáver de esta tragedia.
Los sobrevivientes
Desde la sala donde se recupera, el regidor Juan Mamani lamenta no estar al lado de su alcalde. Apenas puede caminar, las rajaduras en su cabeza y los moretones que oscurecen sus brazos y piernas lo tienen postrado, pero hasta cierto punto es un alivio: horas antes corrió la noticia de que su cuerpo carbonizado estaba tirado en algún paraje cerca de Ilave. Una versión incluso afirmaba que lo habían inmolado vivo.
“Mis manos me salvaron -dice- Mamani. Si no me hubieran destrozado la cabeza”.
Tras casi siete horas de suplicio fue entregado a las autoridades de la zona media, que lo conocían y respetaron su vida. Sus hermanas y hermanos tuvieron que suplicar a ese consejo que para que fuese liberado y ahora está aquí, recordando el último momento en que vio a Robles, agónico, antes de ser separados. Afuera, el verdadero cadáver recibe los homenajes póstumos.
El escenario del asesinato
Una sala más allá, el regidor Arnaldo Chambilla se recupera de peores golpes.
“Pensé que nos iban a matar, pero les lloré que no, por mis tres hijos”, afirma.
Sus captores, de la zona alta de Ilave, querían llevarlo a la comunidad de López, pero el alcalde de ese lugar se opuso y pidió que curaran sus heridas. Horas después era entregado con un acta de por medio en que constaba que seguía con vida. Nunca vio al alcalde. Y tampoco puede despedir su cuerpo.
Nicho sin paz
El ataúd entra al cementerio de Puno casi flotando en una corriente de rabia. Los acompañantes culpan a la gente de Ilave de asesinar a Robles. Un orador trata de separar asesinos de pobladores y es abucheado. Otro habla de una conspiración mafiosa y recibe aplausos.
“Mi esposo no era un ladrón. Era el alcalde. Quien se siente en su sillón es el asesino”, grita la viuda a la gente y provoca un bramido unánime.
Entre las lápidas casi se percibe esa sombra que separa una muerte común de un asesinato. Minutos después, el cajón es depositado en su nicho. La banda de músicos lo despide con una morenada.
Cuando todo parece terminado, alguien reconoce a un poblador de Ilave y lo delata. Otra mujer lo acusa de ser asistente del sospechoso teniente alcalde.
Marina Vda. de Robles
“¡Agárrenlo!”, se oye decir a varias voces.
El hombre es víctima de la desesperación. Lo agarran al borde de una lápida. Lo patean, lo puñetean. Un joven coge una piedra para lapidarlo. Las mujeres gritan:

“Tranquilidad, nosotros no somos asesinos”.
Pronto se sabe que Nicanor Alanoca es solo un auxiliar en un colegio de Puno y no tuvo que ver con el asesinato de Robles. La calma parece volver, pero quién sabe.

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