miércoles, 14 de octubre de 2015

HISTORIA :CONDE LEMOS EN PUNO

¿QUÉ PASÓ EL SÁBADO 12 DE OCTUBRE DE 1668 EN PUNO?

Correo Puno. 12 de Octubre del 2015 - De las abultadas crónicas de la historia colonial de Perú, una de las páginas más resaltantes es la visita del Conde de Lemos a las minas de plata del “Lago Embrujado o Laykakota”, que se ubica en las cercanías donde hoy se levanta Puno.
Por esos años, Puno vivía momentos difíciles de luchas intestinas entre vascongados y andaluces por ambiciones de riqueza fácil o tenencia de las ricas minas de plata.
Enterado de estos hechos, el virrey don Pedro Fernández Castro, XI Conde de Lemos, XIX virrey de Perú, se dispone a viajar al lugar de los acontecimientos para pacificarla definitivamente.
Salcedo. Los hechos ocurridos en Puno desde el 3 de agosto de 1668, tienen como protagonistas a José Salcedo Álvarez, dueño de las viejas minas de Laykakota, el que es acusado por el virrey de conspirar contra el rey. Salcedo después de una inútil y dramática lucha por demostrar su inocencia, es condenado a muerte en la plaza de la nueva “Villa de San Carlos” llamado así en honor al rey Carlos II y consagrado a “San Carlos de Borromeo”.
La mañana sangrienta del sábado 12 de octubre de 1668, don Pedro Fernández Castro, XI conde de Lemos, XIX virrey del Perú, asistido por sus consejeros don Diego Messia y don Diego León Pinedo, los oidores don Bartolomé Salazar, don Fernando de Velas, don Pedro Gonzáles de Guemes y don Bernardo Iturriaga, ordena a los juzgadores, don Diego de Baeza Fiscal de la Causa y don Pedro García de Ovalle, juez de la causa, quienes amparados por los testigos de cargo Don Juan Vargas y Don Diego de Cisneros, juzguen públicamente al reo José Salcedo Álvarez al que defenderían, don Lorenzo de Baregua y don Francisco Manuel de Villena.
El reo, frente a toda la comitiva virreinal, es acusado por el fiscal de ser responsable del delito de alta traición a la corona y atentar contra la paz del reino y que por la declaración de testigos y lectura de documentos concluye que el acusado es responsable de los delitos de promover disturbios, robos y muertes en el asiento minero de San Luis del Alba.
Después de un severo interrogatorio y negar los cargos el acusado, los juzgadores llaman a su primer testigo, don Juan Vargas, que días antes había sido privado de su libertad y obligado a firmar documentos que incriminen José Salcedo. Frente a la Cruz que presidía el acto, negó los cargos firmados, denunciando que fueron arrancados a viva fuerza de tortura.
Pese a esta afirmación, los miembros del tribunal, ordenaron a que el testigo sea despojado de sus ropas, para que bajo tortura sobre el burro confiese a fuerza lo que ellos querían y escucharla de su propia voz.
Después de un largo sufrimiento e invocando el nombre de la madre de Cristo, entregó su alma a Dios negando las acusaciones contra Salcedo.
Testigo. A la muerte de don Juan Vargas, sin tener una acusación incriminatoria de su primer testigo, los juzgadores convocaron a Diego Centeno como testigo ante este Tribunal, el que al igual que el primero empezó negando todos los cargos contra José Salcedo. Coléricos los miembros del tribunal, ordenan despojarlo de sus ropas para que siga el mismo camino que el primero, horrorizado y temeroso a su cercana muerte ante tal tortura, a gritos y pidiendo clemencia al virrey, acusó con falso testimonio a José Salcedo.
Amparados en esta acusación, el ilustre tribunal sentenció a muerte a don José Salcedo Álvarez por los delitos de alta traición a la Corona Real de España. Fue llevado por la plaza pública y las calles acostumbradas del pueblo de la Concepción y San Carlos rumbo a Ocapata, en el que se construiría una horca de tres palos y donde sería colgado hasta que muera, luego se le cortará la cabeza para ser puesta sobre picota en la plaza pública como escarmiento.
Confiscación. Se ordenó derribar las casas de Salcedo, confiscar todos sus bienes, derribar las mil casas del pueblo de San Luis del Alba y sembrarla de sal en señal de maldecido.
Cuenta la historia, que consumado el hecho la madrugada del domingo 13 de octubre de 1668, don Pedro Fernández Castro, XI Conde de Lemos, XIX Virrey del Perú, se retiró de Puno hacia el Cusco dejando un sabor amargo de descontento en los pobladores de la nueva “Villa de San Carlos”.
Se ordenó confiscar todos los bienes de los salcedo, por ese entonces poderosos de esta tierra.
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