viernes, 10 de julio de 2015

NARRADORES PUNEÑOS: AUGUSTO VERA BEJAR

Augusto Vera Béjar*
Tomado de su libro “PUNEÑOS, CAROLINOS Y CABALLEROS”.
Ed AUVER, Arequipa agosto 1995

Gran parte de nuestro tiempo libre, durante la edad escolar, transcurrió en el "Piquete", nombre con que se conocía a un enorme terreno baldío, totalmente cercado por colosales muros de piedra labrada, y que servía para múltiples usos de la comunidad puneña.
Augusto Vera Béjar
Para nosotros los escolares, estaba muy claro que se trataba, en realidad, de los cimientos formidables de alguna gigantesca obra inconclusa, lo cual se advertía porque en ciertas zonas de su gran extensión descansaban, cuidadosamente ordenadas, una gran cantidad de aquellas piedras listas para ser utilizadas.
El Piquete era tan grande que, según nuestros cálculos infantiles, podía albergar dos o tres campos reglamentarios de fútbol. Su límite por el lado este, donde se levantaban los muros más altos, era la avenida El Sol, entonces en plena etapa de construcción. La elevación de las paredes en esta parte, compensaba el declive natural del terreno hacia el lago Titicaca. Aunque existía una entrada por la zona oeste, casi nadie la utilizaba pues lo natural era salvar el cerco, cuya altura oscilaba aproximadamente entre el metro y el metro ochenta, simplemente por donde uno llegaba.
Un campo de fútbol, establecido de manera espontánea, estaba reservado para los mayores y muchos otros, más pequeños, para los niños. En el Piquete había lugar para todos: se hacía volar cometas con el auxilio de la brisa lacustre y se practicaba gran variedad de deportes. En ocasiones servía también para el entrenamiento de los reclutas o "movilizables" del ejército, recién pelados al rape.
La antigüedad del Piquete era un misterio. Habíamos leído que en 1946, durante la dirección del Dr. Juan Francisco Franco, los alumnos del Colegio Nacional San Carlos habían organizado una huelga motivando el receso de las labores escolares. Sin embargo, maestros preocupados y alumnos deseosos de estudiar, habían acordado reunirse y realizar las clases en tan descampado lugar.
Cuando nosotros empezamos a frecuentar el Piquete, encontramos que en aquel recinto todos eran realmente iguales, nadie tenía su lugar reservado ni existían clases sociales; bastaba solicitarlo para ser incluido en cualquiera de las "machadas", nombre que recibían los interminables partidos de fútbol que se organizaban por doquier.
Algunas zonas del Piquete permanecían durante el año secas y polvorientas, pero al llegar la temporada de lluvias, que coincidía con la finalización del año escolar y la navidad, todo se ponía verde y se llenaba de abundante pasto silvestre. Se formaban entonces algunas charcas pobladas por sapos y otros habitantes de la humedad que competían con los humanos por la posesión de aquel lugar. Las parejas de enamorados encontraban rincones discretos para su intimidad y el bullicio de niños y jóvenes convertía el páramo en un ambiente lleno de vida y actividad. Los amigos nos reuníamos allí generalmente por las tardes y, de esta forma, el Piquete ocupaba un lugar muy importante en la vida de la ciudad.
¡Cuánto aire puro respiraron nuestros pulmones! ¡Cuánto paisaje se adhirió a nuestras retinas! ¡Cuán cerca del lago Titicaca y del cielo azul discurrió nuestra vida infantil! ¡Cómo gozamos nuestra niñez en el inolvidable "Piquete" de la edad infantil! Las más grandes lecciones de libertad y democracia, de ausencia de fronteras humanas, de amistad, humanismo y convivencia pacífica las recibimos en aquel inmenso y acogedor ambiente de los años cincuenta y tantos.
Los primeros en compartir el Piquete con Serapio fueron, naturalmente, sus hermanos; poco a poco, sin embargo, cada uno buscó instintivamente amigos y compañeros de su propia edad.
Durante un tiempo fue amigo inseparable de Pedro Alberto, un muchacho que escondía detrás de su apariencia hosca y huraña, una fina sensibilidad artística. Su actitud retraída no era precisamente una buena carta de presentación para hacer amigos, pero el común interés por el arte hizo que naciera entre ellos una gran amistad. A los quince años, era Pedro un consumado dibujante; pintaba óleos y acuarelas que hacían la envidia de los demás. Su amistad con Serapio se plasmó, de manera tangible, en un primoroso banderín que confeccionó con su nombre y sus tres "chifladuras" de aquella época. Torero, aviador y basketbolista pintados al óleo sobre seda roja fue el regalo que le hizo en prueba de su gran amistad. Además, un cuaderno dividido en dos sectores llamados "ricos" y "monstruos", en el que cada día dibujaba a lápiz las bellas facciones de algún ser ideal o los esperpentos más horrorosos que podían brotar de su imaginación. Sus creaciones eran inacabables, y a cada momento estaba Serapio mostrando a los admirados compañeros la gran cantidad de personajes que poseía. El prestigio de Pedro creció muchísimo con estas hazañas y ganó con ello muchos amigos, aunque ganarlos no era su especialidad. Sus dibujos causaron algún contratiempo solamente en una oportunidad, cuando en la sección "monstruos" incluyó a un compañero de clase a quien apodaban "El Muerto"; éste aparecía saliendo de una tumba cuya lápida mostraba claramente el nombre del difunto y el infaltable "Requiescat in pace!" (R.I.P.).
Por su parte, Serapio le invitaba durante el receso de medio día a escuchar sus interpretaciones en el piano de la casa o cantaba, acompañándose de la guitarra, las canciones románticas que Pedro prefería. Hasta cantó una vez "a capella" durante su visita a la casa los padres de su gran amigo, en Juliaca.
En los últimos años de la secundaria, Serapio se integró a un grupo que formó con 'Toco", "Ángel" (con "g", como le gustaba aclarar), "Macetas" y "Totora". Los dos primeros, uno o dos años mayores que los demás, eran amigos que había heredado de su hermano mayor. De Toco le impresionó, desde el principio, su sólida formación moral: era incapaz de mentir o causar daño deliberado a alguien, aunque al momento de los golpes se tornaba temible pese a su corta estatura. La casa de Toco era vecina de la hermana de Serapio, ya casada, y una vez que éste lo visitó, luego de una operación que le practicaron, tuvieron oportunidad de conocerse mejor y allí quedó sellada su amistad. Ángel era un poco más reservado, pero con cualidades similares a las de Toco. Le molestaba que alguien escribiera su nombre con "j" y cuando ello sucedía aclaraba a gritos: "¡Ángel con "g"!" En una oportunidad, un profesor novato, que lo había observado charlando en clase, le pidió que le diera su nombre, a lo que él contestó, con la fuerza de la costumbre y la estridencia habitual: "¡Ángel con "g"!", ganándose la expulsión inmediata de la clase.
Como en los antiguos clanes, en el grupo tenía cada uno su especialidad, lo que permitía un perfecto balance y consecuente equilibrio de poderes, además de evitar las rivalidades internas. La fuerza la ponía "Macetas", quien hacía honor a su apodo, derivado de "maceteado", con que se conoce al individuo muy fornido y de cuerpo sólido y macizo. La experiencia y serenidad estaba representada por "Toco" y Ángel, quienes fueron los primeros en obtener su boleta de inscripción militar, lo que les daba carta de ciudadanía. "Totora", excelente cantor, y el propio Serapio, le proporcionaban la alegría al grupo. Frecuentemente se reunían en el Piquete para practicar algún deporte o simplemente para dedicarse a conversar, tendidos sobre el pasto.
Algo que les unía mucho era el gran amor que le profesaban a su Colegio y que les hacía cantar, a veces, el "huayño carolino" que habían aprendido de sus compañeros mayores y cuyas letras, mezcla de machismo y arrogancia, entonaban con fruición:
Salgan muchachas a sus balcones / que el carolino ya va a pasar, / ya va a pasar; / robando siempre los corazones / con su cristina de militar.
Si el carolino te habla de amores / en el momento dile que si, / dile que si; / que el carolino sabe tener / su sol cincuenta pa' su mujer.
Si el ambrosiano te habla de amores / en el momento dile que no, / dile que no; / que el ambrosiano sabe tener / sus medias sucias pa su mujer
Qué lejos estaban de saber, mientras cantaban a viva voz por las calles puneñas, que por efecto de las políticas económicas, el sol cincuenta de aquellos años sufriría tantas devaluaciones que seguramente hicieron im­practicable, por algún tiempo, el "huayño carolino". Lo que sí se mantuvo, con toda seguridad, es el natural disgusto de los "ambrosianos", alumnos del colegio particular San Ambrosio, conducido por religiosos.
El grupo formado por los cinco muchachos era muy unido y orgulloso, lo que les ganó la enemistad gratuita de otro "clan" formado, ése si, por miembros de una sola familia. Los roces y escaramuzas eran cada vez más frecuentes y la pelea parecía inevitable. En aquellos tiempos todavía se zanjaban algunas diferencias estudiantiles a puño limpio bajo la simple invitación de "chócala para la salida". 
"El Piquete" en 1940 aproximadamente. Escenario de mil historias

La cita se cumplía inexorablemente al finalizar el horario de clases, pues nadie osaba eludir tan honorable compromiso. Las peleas eran limpias, si es que alguna vez pueden serlas, y el que usaba malas artes se ganaba el repudio general.
Como tenía que ser, en algún momento se produjo el desafío. Las diferencias entre ambos clanes serían allanadas el día sábado a las nueve en punto de la mañana, en el Piquete. Durante toda la semana prepararon cuidadosamente la estrategia; a Serapio le tocó dar cuenta del más hablador, y por eso menos peligroso, del grupo rival. Se sintió muy contento del papel que se le había asignado.
Por fin llegó el día señalado y se presentaron puntualmente al Piquete que se encontraba todavía, a esas horas de la mañana, casi desierto. No contaban, sin embargo, con la sorpresa que les habían preparado sus rivales. Dos nuevos miembros conformaban el grupo: un bravucón y un conocido futbolista de primera división, ambos mucho mayores y experimentados que ellos. Antes de que pudieran protestar, se puso en pie el futbolero, que no entendía de razones ni buenas maneras, y farfulló ominosamente:
— ¡Basta de palabrería!, ¡un buen par de soplamocos y esto se termina rapidito!
No estaban dispuestos a ser engañados tan fácilmente. Sin embargo, comprendiendo que tenían las de perder, y habiendo agotado todos los recursos verbales para hacerles ver su falta de palabra, tuvieron que aceptar su última propuesta: la pelea se realizaría en combate singular, "uno contra uno", y cada bando escogería a su representante. El otro clan señaló al intruso pelotero y el grupo de Serapio a su adalid, el "Macetas".
Pese a la diferencia de edad, peso y experiencia, "Macetas" no se amilanó y poco a poco impuso su fuerza y velocidad. Cuando los demás vieron su causa perdida, decidieron intervenir recibiendo del grupo una soberana paliza.
El camino de regreso lo hicieron estrechamente abrazados los cinco, llevando al "Macetas", que presentaba algunas magulladuras, al centro. Pese a las heridas, y a la sangre que manchaba su ropa, se sentían todos muy orgullosos de lo que habían logrado y, sobre todo, de mantener su honor a salvo.
Cuando terminaron el colegio, Macetas abrazó la carrera militar ingresando a la Escuela de Oficiales; Totora se hizo profesor y se quedó en Puno; Ángel se decidió por la Economía en Lima, mientras Toco y Serapio se fueron al Cusco a postular a la Universidad y allí permanecieron juntos un par de años hasta que el padre de éste lo recogió y lo llevó personalmente a Arequipa.
Algún tiempo después, Serapio trató de visitar el "Piquete", pero en el lugar de lo que había sido su paraíso infantil encontró, en cambio, la construcción del moderno Hospital General "Manuel Núñez Butrón", inaugurado en 1965.
—¡Es el progreso!— se dijo sin mucha convicción, y se alejó rápidamente de allí.
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AUGUSTO VERA BEJAR (Arequipa, 1945)
Reconocido músico y director de orquesta, ha recorrido mundo en sus cincuenta años de vida Fundador de varios grupos musicales, fue también director de la Orquesta Sinfónica de Arequipa entre 1988 y 1989. Su amplia labor cultural, y los más de 500 conciertos dirigidos en el Perú y en varios países extranjeros, fueron valorados por el Concejo Provincial de Arequipa en 1989, mediante la condecoración de la Medalla de Plata de la ciudad. Tocado por la necesidad vital de escribir, colabora desde hace 20 años, con los diarios de Arequipa en aspectos relacionados con la música y el arte en general. Destacan los artículos dedicados al folklore musical puneño, tema que conoce a profundidad por haber estado ligado, desde su infancia, a la música lacustre. Gusta de escribir narraciones en forma de crónica, y aunque él mismo no se considera un literato, en 1987 obtuvo el segundo puesto en el Concurso de Cuento organizado por el diario "Correo"' de Arequipa. Profesor de Educación Musical en todos los niveles de educación peruana, es autor de diversas obras, entre ellas el Himno Oficial de la Universidad Católica "Santa Maria" de Arequipa, compuesto en la época de estudiante de la Facultad de Economía de dicha universidad. Además, Augusto Vera ha trabajado incansablemente por difundir la música en nuestra tierra, lo que lo llevó a formar el afamado grupo de música renacentista "Goethe" y la estudiantina de cuerdas "Da Capo". Actualmente es profesor principal y coordinador en el colegio Peruano - Alemán "Max Uhle", en donde ha volcado su pasión por la docencia y la música entre sus alumnos.
"Puneños, carolinos y Caballeros", es el relato de hechos reales, o imaginarios, que se ambientan en el Puno de la década de los sesenta. Sus personajes actúan con naturalidad, mostrando las costumbres cotidianas de la ciudad de Puno y la vida estudiantil en el tradicional Colegio Nacional San Carlos, en el que el autor realizó sus estudios secundarios.

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1 comentario:

Reynaldo Ballon Medina dijo...

No conocía esta faceta de Augusto Vera Bejar, ya que solíamos encontrarnos por la Música, en especial cuando hizo su libro Tesis del vals arequipeño E INCLUYO 12 VALSES DE mi padre BENIGNO BALLON FARFAN
Ahora quiero conversar sobre la Sinfónica de la U. San Pablo, espero tus lineas a mi correo rballon2009@hotmail.com