jueves, 15 de enero de 2015

EN "MASCARAS EN EL AIRE.CANDELARIA FE Y FUEGO

DANZANTE EN CANDELARIA
Boris Espezúa Salmón
Glosa en prosa poética incluida en su Libro-Álbum MASCARAS EN EL AIRE. CANDELARIA FE Y FUEGO, Puno, 2014. Ed. Gobierno Regional Puno, pp. 55 a 57.

Para entender el grito, debes tener entrañas,
para entender su causa, debes haber oído
las flautas de la niebla.
William Ospina

Un escalofrío de emoción recorre la ciudad. Mientras se afina la versatilidad del aire en sus cadencias y quiebres coreográficos, alrededor de la sangre que trae su luz que sale del subsuelo del corazón, donde la sal de los catafalcos ataban el pensamiento primigenio.
Antes de bailar ofrendo a La Pachamama, hago una cruz de hojas de coca y al oriente soplo el humo del incienso. Beso la cruz del sur y anuncio la palabra de agua, es decir la palabra sagrada.
Soy un danzante que cruza los solsticios, detrás del círculo y del triángulo, de donde el hombre se geometriza. En cada novena hago el juramento de bailar todos los años y desclavar mis alas para hacer arcos de oro en el aire de febrero.24 El novenario en el danzante son los nueve cielos y en cada uno habita un coro de ángeles que presiden el amor y la ventura.
Una manada de caballos blancos cabalga dentro de mi cuerpo, una sola vez al año, trotan en las calles como hijos de los celajes, la hechicería y la magia.
Santiago: El Lago Titikaka, de donde sale la música, es un lugar bullente que conecta los sonidos de la naturaleza y del canto con la palpitación del mundo. El lago está poblado de personajes que cantan, hablan y en su interior se funde el agua, el Pez y el Puma. Deja oír en sus aguas el trino que viene de lo oscuro de la noche al clarear la armonía del día.
Soy la soltura desatada de los huesos, del oído, del gusto y la vista para poseerme en pleno vuelo y hacer volar pájaros multicolores.
Acuarela de Moshó: La virgen y las danzas.
Suelto entonces mis pasos evanescentes, mi perpendicular indecencia por una libertad abierta en el naufragio.
Palpo estas calles sin vértices con todos mis sentidos, sin su mal paso, si con su saltar iracundo y trasegado en el laberinto.
El azar en el aire me devuelve mi lenguaje corporal y mi identidad es desprendida del rígido calendario, ese azar se condice conmigo mismo. Adentro el cuerpo se mira con sus propios ojos, afuera es un fenómeno pleno, desclavado del abismo.
Los suspiros dejan de saltar y son envueltos con burbujas de adrenalina y furor de la herrumbre.
Entonces en el centro de la fiesta el corazón bambolea y se evapora, también las ingles, las aceras, las chapas de las puertas. La cabeza está en otra parte, en algún hueco donde los pies y las manos han salido de la concavidad de la historia, donde se diluye fantasmas y certezas. De la piel para afuera todo es infinito. De la piel para adentro cada uno es único.
¿Comprendes quiénes somos? Un Perú de afuera o dentro de otro Perú. Un país que grotescamente dibuja el color propio de su tierra con todos sus matices.

Un país que debe volver a su primer hablar y a su último danzar y hacer danzar su habla y hacer hablar su cuerpo. Me asomo para verme, alzándome de puntillas sobre mi latido y soy un peruano cubierto de sombras en cuyo torrente sanguíneo llevo miles de estrellas que dan celajes a mi respiración.
Kusillo: Me detengo en esquinas, volteo a los costados, me busco a mí mismo y sin saber que la gente me mira como queriendo paralizarme con las miradas. Soy Kusillo mayor y provengo del Dios Thunupa que también da origen al Ekeko.
Nadie sabe si desde adentro miro desde lejos, la ferocidad de los pesares y la voracidad del deseo es menos que la verdad de la gente que nunca es dicha sino a través de su máscara y su espejo interior.
Somos reproducciones del universo. Vibraciones interiores que ascienden de menor a mayor grado, con la unidad y polaridad del cosmos. El reino de este mundo nunca fue de este mundo, sino de aquello que estaba detrás del velo, detrás de ese espíritu que se llena de plenitud en su festín.
Ahora que lucho por no ser invisibilizado, periférico, ninguneado como sobra o como faltante de un espectro. Ahora ese molar, con el ají de la antigua tierra, es el lúpulo para el nuevo paladar de un país a reconocerse.
Danzo, voy, miro, atajo y hago una, muchas señales de saludo, elevo y sigo mi nariz, a través de la faringe y la laringe, los bronquios y bronquiolos, más hacia dentro y más hacia afuera.
Ingreso al centro, entre la gente y calles murmullantes, con paso fuera y dentro de sí, debajo de los pies sostengo el peso de la fiesta mientras el oxígeno atraviesa los alvéolos de mi sangre.
Un escalofrío de emoción recorre la ciudad.
Yo soy esa ciudad. El pensamiento y el sentimiento son corporales. La emoción no va ni adelante, ni atrás es mi marca corporal.
La música está en el interior y sobre la faz de mi primera edad.
Arranca de sus tambores las ilusiones y sus secretos, levanta la palanca de la energía corpórea que traza líneas paralelas en el oído, en los pies y en el paladar con un parpadeo inconmensurable.
El frío que hace crecer el desamparo, ahora queda mordido por el calor del escalofrío emocional.
El cuerpo gira en los puntos negros que los ojos ven cuando la luz lastima la mirada y la turbulencia del mundo se contrae en la punta de mi nariz.
Todo el universo participa cuando danzamos, la totalidad nos mece. Nosotros también mecemos al universo desde las sílabas lilas de las tardes.
De los dedos de mis manos salen extensivos torbellinos, de los dedos de mis pies, hélices de fuego, que levantan humo rojo, verde y azul.
Vengo desde adentro del hombre dormido. Yo soy el que pinta el humo del color de la danza. Yo soy el achote del entresueño del viento.
Mientras la música en el cuerpo hace una ornamentación colosal, se pulen los sentidos y hay un compás sostenido, una máxima aritmética de elevación.
El hombre al palparse siente el fuego en la piel y miles de cuerpos encienden la emoción desde su lengua muda donde corren los astros.
Santiago: Todo cuerpo en sí ya es una transgresión y una agresión porque se sostiene en la represión que hace fiera al instinto y su expresión mágica, su simbología liberada y plena. Por nosotros fluyen todos los lenguajes.
La música se abomba, la emoción jadea deseos, con un gesto de iré curvo eternizándose en el río de mis ojos.
Danzo para hacer vibrar los átomos solares y lunares en los resabios del fuego que es la iluminación y la conciencia superior. Divido el círculo de ese fuego en cuatro partes y en cada paso aseguro tener la representación de una galaxia.
En el corazón del crepúsculo se danza mejor, cuando nada está en secreto y la mejor luz hace que las formas y las ganas se vuelvan más simbólicas, cuando las figuras de los cuerpos realizan su propia posición sagrada, para asfixiar el tedio.
Las horas de la danza son agujas de tu piel que las expulsas en los altares de los días, haciendo mía tu cruz de quietud, cuando tu exacta coreografía relumbra como el relámpago. Agudizamos los sentidos y vemos en la estrella polar su fuego flamígero, signo del pensamiento libre.
Esta estrella nos hace entrever un mundo más elevado cuando los resortes genéticos de la danza tocan nuestros espíritus, tocan las fibras sagradas del primer hablar de los abuelos, del último balbucear de los Dioses,
y las vicisitudes de las pasiones desatadas donde se pierden con sus dones, son devueltas al agua fría de la matriz andina.
Ser el ala a la ceniza, ser la insurgencia de los orígenes, pez que aletea en la sien y en el circuito de la sangre se arrebata la agilidad de sus glóbulos, entre el vértigo del oxígeno.
Santiago: El cuerpo al danzar se reintegra, al desplegarse como abanico es un tejido de jeroglíficos, de variaciones de ir más allá de lo que plasma o encarna en su realidad corporal. En la Fiesta de la Candelaria el sincretismo se reinventa. Es la extrema expresión de la corporeización, es la sublimación del desequilibrio entre cuerpo y espíritu, absorbiendo el cuerpo hasta el límite místico.
Ser rayo de agua, lloro de fuego y regresar de nuevo al río, para que cruce tu puerta, y podamos
Foto: Guido Serruto
abrirla sin precipitar el sueño. Con la lengua atada hago sortilegios de palabras para que los ojos no claven la mirada dos veces en el vuelo de la libélula.
Chinadiabla: Soy la mitad de la fiesta que hace torcer los ojos, yo solo sé de mis encantos, de mis movimientos, de mi sino. Mis polleras relucen los zafiros de los ensueños girando mi estrella corporal insinuosa, dadivosa desde los huesos a tus latidos, para enredarme en los cabellos de la fiesta y en la cintura de mi amado.
Con denuedo cumplimos con los Dioses, fijando en el vientre un Águila que despliega sus alas, sus ramajes de fuego y una serpiente que susurra a un ritmo que hace fluir un río incontrolable en cuyo centro reposa el sueño de los Dioses. Un nuevo tiempo nacerá al ritmo de las estaciones.
El cuerpo tiene su propia dialéctica y extravío. Tiene su instante infinito. Abre puertas donde brotan Mariposas y desdobla los manantiales y los cielos que el cuerpo traspasa, sacando de sí sus deseos hasta sus propios límites.
En La Festividad de la Candelaria, en medio del fulgor, guardé en mis pupilas cada lucero donde se mecen los trece vientos que son nuestras manos que alcanzan el ocaso. Es la vida que se mira a sí misma. Es la muerte que nos lleva, a partir de nuestros cuerpos, a perfilar otros cuerpos imaginarios, donde se transfigura el rito de la danza, haciendo añicos a la negra luna en todos nuestros sueños.
Un escalofrío de emoción recorre la ciudad. Yo soy esa ciudad.
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NOTA.- En el Introito, el autor explica: “…En este texto está la recreación poética de la fiesta de La Candelaria en palabras e imágenes que danzan en el discurso poético y también en los otros sustratos dancísticos como el color, el fuego, el aire y la memoria, que es demostrado a través de varias voces dialógicas y dialogantes como son el discursó de Santiago que reflexiona a pie de página desde los múltiples escenarios de las danzas y es el turista ilustrado; la voz del Kusillo que viene del orkofiesta, bufón andino que anima todas las danzas; el Ayarachi, danzante mayor vinculado a la cosmogonía andina; la danza vocal del Karabotas, jinete romántico, domeñador de las alturas; el discurso erótico y sensual de la Diablesa y la Chinadiabla que representa n la lujuria suntuosa. Todos cruzan este imaginario poético, visual, aerófono y colectivo que de fiesta encendida tintinean el universo del Titikaka.


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