lunes, 17 de febrero de 2014

LO ESCRIBIO BUSTAMANTE Y RIVERO HACE 54 AÑOS

EL ALTIPLANO Y EL LAGO TITIKAKA
Por: José Luis Bustamante y Rivero
Extracto textual de su libro “Una visión del Perú y Elogio de Arequipa”, Talleres Gráficos Villanueva. Lima 1960 pp. 29 a 35.

El Altiplano es el remanso de los Andes. Allí su rebeldía halla sosiego i reposo. Lla­nura tersa i amplia, sin premuras i sin com­plicaciones. Línea recta que se hace superficie en la sedimentación del terreno, que se hace horizonte en la lejanía, que se hace vida en el tallo de la paja brava i que se hace sensación en la simplicidad primitiva del ambiente so­cial. Idílica llanura donde pacen los ganados, en blancas manchas ambulantes, el "ichu" pálido i silvestre, bajo el amparo ritual del pas­tor indígena, que lleva el arco-iris en las rayas polícromas de su poncho i que recoge en su "quena" los gemidos del viento de la puna.
La Meseta del Collao abarca una exten­sísima superficie e incluye en uno de sus ex­tremos al Titicaca, el Lago Sagrado del cual, según la tradición indígena, surgieron Manco Ccapac i Mamma Ocllo, los fundadores del Imperio Incaico. Mui próxima a los cuatro mil metros de altura, presenta esa meseta ca­racterísticas par adojales: es desolada i pro­ductiva, grandiosa i melancólica, monótona e interesante. Sus tierras, de un ocre amarillen­to, dan la impresión de la estepa; pero en ellas prosperan, bajo la mano del agricultor autóctono, la papa, la oca, la cebada, la qui- nua, la cañagua i aun el trigo. Sobre los an­chos llanos, en manadas profusas, las llamas i las alpacas ambulan con cadenciosa displi­cencia, erguidos los largos cuello o colgantes, como hilachas, las hebras lacias de sus lanas sedosas. Recias granizadas azotan la comarca i tormentas furiosas descargan sus centellas sobre la pampa huraña. Diseminadas en ésta, ralean las cabañas indígenas que en su mez­quina pobreza —de barro los muros i los te­chos de paja— tienen un no sé qué de pena amarga i de tragedia humilde. Sólo tras lar­gos recorridos algunos caseríos más poblados animan con el trajín de su comercio rudimen­tario la inmensidad del panorama. En la pla­zuela pública realízanse las transacciones bajo la forma de "ferias" dominicales, donde los colonos exhiben sus animales (reses reta­cas i desmedrados caballejos), i donde las mu­jeres pregonan su mercancía de frutos i de granos bajo pequeños toldos de bayeta. Allí la vida poblana es más bien la excepción, el hábito dominguero, el pretexto de un jolgorio que se repite, como un rito semanal, entre danzas i libaciones de los nativos. De ordina­rio, la existencia del indio se desenvuelve a campo abierto, bajo ese sol de la serranía que quema i no calienta, en el semidormido ve­getar del pastoreo, entre el cariño de las ove­jas i vaquillas, junto al fiel perro lanudo, perdidos los ojos en lo infinito del paisaje i roída el alma por la nostalgia de un pasado que vive solo en las profundidades de la sub- conciencia i que, en su pugna inútil por aflo­rar a la zona del recuerdo, deja una huella doliente de resignada misantropía.
Mas esta es la faz clásica i un poco re­zagada de la vida del Altiplano. Frente a ese ritmo lento de la existencia indígena en cier­tas regiones de la meseta, surge en otras una actividad nueva, ágil, promisora. La cabaña se convierte en estancia. Las pasturas silves­tres, en granjas de cultivo. Cercos i empalizadas, encuadrando la llanura, parecen afanarse en el intento un poco pueril de detener entre sus vallas el desborde del pastizal interminable. Los enclenques ganados criollos reciben la in­yección de sangres fuertes i finas. Nobles ra­zas de vacunos medran en las haciendas, ase­gurando con impulso creciente la próxima autonomía de la industria ganadera. Prósperas fábricas de tejidos surten los mercados nacio­nales de excelentes manufacturas en casimires, mantas i alfombras. Las escuelas-talleres ofi­ciales proporcionan a los niños indígenas una educación progresiva i adecuada a sus pecu­liares condiciones, iniciándolos en los modernos métodos de la agricultura i el artesanado. I el indio de la puna, reconcentrado i hosco, abre los ojos a una luz nueva, ensancha el ámbito de su mirada, dinamiza sus músculos, aprende las excelencias del trabajo inteligente e incor­pora poco a poco a la nacionalidad sus viejas virtudes adormecidas.
EL LAGO TITICACA
En un rincón de la meseta se asienta el Lago Titicaca, verdadero mar interior, de 200 kilómetros de largo por 50 a 60 de ancho i una profundidad que llega hasta a 200 brazas en algunos sitios. Por su altitud, es único en el mundo, pues se encuentra a 3800 metros sobre el nivel del mar. Está alimentado por la afluen­cia de numerosos ríos que convergen hacia él por diversos lados de su perímetro i que for­man una cuenca hidrográfica especial, origina­da por dos ramales de la Cordillera de los An­des. Cruzando diagonalmente su superficie, una línea imaginaria marca la frontera entre el Perú i Bolivia.
La región del Titicaca constituye, sin lu­gar a duda, uno de los parajes más bellos de la América del Sur, i uno de los más intere­santes focos del turismo internacional. Su con­torno, extraordinariamente caprichoso, presen­ta recortes variadísimos que dan lugar a la formación de penínsulas, bahías i estrechos cu­yas reducidas proporciones sugieren la presen­cia de un mundo en miniatura. Las aguas, de un azul profundo, toman a ciertas horas del día un fascinante color de acero. El frío vien­to de la altura, que a menudo suele soplar con reciedumbre, levanta olas pequeñas pero de una rara movilidad, que rizan de escalo­fríos espumosos toda la masa líquida. En las ensenadas interiores, el agua se remansa sobre la suave pendiente de la orilla cubierta de to­torales. Aguas adentro, por en medio del ba­jío de espadañas, se abren canales angostos a lo largo de los cuales discurren las balsas, hechas también de totora, de los indios lugareños. En las inmediaciones del pequeño puer­to de Puno, medio oculta por los macizos ve­getales de la ribera, tiene su emplazamiento una aldea antiquísima de indios "uros", cuyas chozas, construidas encima del lago sobre es­tacas de troncos, recuerdan humanas épocas "primitivas o costumbres aborígenes de remo­tos continentes. Todo es policromía i trans­parencia en este paisaje maravilloso. Hacia el Oriente, la Cordillera Real destaca su es­pléndida hilera de nevados sobre un cielo de añil. Los montes adquieren coloraciones rosáceas i violetas a través de la atmósfera ní­tida. Numerosas islas emergen aquí i allá, lu­ciendo el verde vivo de sus arbolerías en plan­taciones de eucaliptus, regulares i simétricas. I en el estrecho de Tiquina, surcado de ligeras embarcaciones, se alegra el ras del agua con un revoloteo de velas blancas. Sobre la parte occidental de la costa, en la margen peruana, existen lugares donde se conserva reliquias coloniales del más alto valor. Allí están los famosos templos de Juli i de Pomata, verda­deras joyas de la arquitectura española, cuyos muros i techos decoran lienzos i damascos que hablan elocuentemente del arte pictórico i de la suntuosidad de aquellos tiempos. Juli evo­ca, además, la obra civilizadora de los jesuí­tas, que fundaron allí una de las primeras im­prentas de Sud América.

La travesía del Titicaca se hace en có­modos barcos, cuya armadura fué preciso montar en sus propios puertos, transportando la obra muerta pieza por pieza desde el litoral marítimo. El viaje longitudinal dura diez ho­ras desde el puerto peruano de Puno hasta el boliviano de Guaqui. Las costas están sem­bradas de otros pequeños puertos, entre los cuales se hace por los vapores lacustres un intenso comercio de cabotaje.
El Lago cuenta con variadas especies de peces, entre los cuales los más conocidos son el suche i el pejerrey. Los Gobiernos del Perú i Bolivia han emprendido una magnífica obra de cooperación vecinal para el fomento de la piscicultura, mediante la implantación de viveros de truchas, con los cuales viene poblándose el inmenso reservorio lacustre. Esta nueva riqueza ofrece insospechados re­cursos alimenticios a los aborígenes de la re­gión i puede estimular el desarrollo de una industria en gran escala.

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