ENTRE PIEDRAS CALIENTES Y MEMORIA AYMARA
Moisés Suxo
Yapuchura1
En : https://www.markapacha.com/
Una jornada
familiar en Unicachi donde el horno artesanal no solo cocina alimentos, sino
que preserva identidad y saberes ancestrales.
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a lluvia fina golpeaba la calamina, mientras el
humo de la leña se mezclaba con el olor de la tierra mojada en Unicachi,
comunidad fronteriza de la provincia de Yunguyo, al sur de Puno, a pocos pasos
de Bolivia y a orillas del lago Wiñaymarka2. Allí, el
tiempo parece avanzar más lento que la migración, todavía se encienden hornos
artesanales que no solo cuecen alimentos: mantienen viva la memoria aymara.
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| Manos mayores retiran las piedras del horno artesanal, donde el calor también conserva la memoria aymara. |
El lunes 19 de enero de 2026, cerca de las once de
la mañana, partimos con mi esposa y mis hijos Ajayu, Katari y
Nayra llevando arroz graneado, verduras y otros insumos. Cruzamos la
comunidad desde el sector de Winqalla hasta Patskachi.
El suelo mojado y el cielo gris acompañaban una jornada que prometía calor
humano.
Al llegar, nos saludamos efusivamente en aymara y
castellano. Mi tío, con su sobrero típico, ya había encendido el horno con leña
bajo un cobertizo armado con palos de eucalipto y techo de calamina para
protegernos de la lluvia. Las piedras, apiladas una sobre otra, empezaban a
blanquearse por el fuego. Mi tía Liberata permanecía cerca, con su sombrero, su
pollera y su chal, atenta a cada detalle. Una vecina se sumó al trabajo, porque
en estas tareas nadie cocina solo. Mientras el horno terminaba de calentarse,
conversamos sobre cómo había sido armado y protegido de manera rústica en ese
día lluvioso.
Cuando el horno alcanzó su punto, lo derrumbamos
con palas. Con telas gruesas retiramos las piedras una a una y las acomodamos
sobre una calamina extendida en el suelo. El calor atravesaba la protección y
el choque seco de las piedras marcaba el ritmo del momento. No había órdenes,
solo coordinación: cada quien sabía qué hacer porque el conocimiento ya estaba
en el cuerpo.
En el fondo del horno colocamos papas con cáscara
y, encima, armamos una base de piedras calientes. Mi tío puso en una lata las
truchas partidas y en otra las ch’uqi muntaratanaka4.
Cubrimos todo con bolsas mojadas de azúcar y luego con más piedras calientes.
Después añadimos camotes y otra capa de piedras, sellando el calor, como si la
tierra guardara el alimento para devolverlo transformado.
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Las truchas habían llegado temprano desde el lago Wiñaymarka, compradas a los esposos Roger y Pasisa, del fondo de Qaqawara5, quienes las crían en jaulas. Así, el lago también entraba al horno y a nuestra mesa, aunque no estuviera cerca del patio verde donde estábamos.
Mi tío olvidó tener lista la q’uwa,6 la
hierba que da aroma a los alimentos horneados, pero corrió a la parte alta de
su casa, cortó un manojo del tamaño de un abrazo y lo acomodó alrededor del
horno. Luego pusimos paja seca, mantas, ponchos usados y una bolsa grande
encima, asegurándolo todo con piedras. El horno quedó cubierto, respirando
vapor por dentro durante una hora. En este tramo final también apoyó la tía
Liberata, aunque antes había estado alistando las truchas, papas y camotes.
No había prisa. El horno no entiende de relojes:
entiende de paciencia.
Mientras esperábamos, la tía Liberata nos invitó a
su cocina. Compartimos una sopa típica de Unicachi con fideos, chuño, habas y
productos de la zona. Entre cucharas, conversación y recuerdos, el tiempo se
hizo corto. No era solo un descanso: era otra forma de reunión alrededor del
alimento.
Al volver, destapamos el horno en el mismo orden
en que lo habíamos cubierto. Primero salieron los camotes, luego las latas con
papas y truchas y, finalmente, las papas con cáscara. Al retirar las bolsas
apareció el aroma que llenó el patio: humo, q’uwa, tierra y pescado
mezclados en una cocción precisa, sin apuro.
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| el horno devuelve el alimento transformado |
Mi tío comentó que era apenas la segunda vez que preparaban trucha en el horno artesanal; en una ocasión anterior también lo hicieron con familiares llegados de La Paz. Lo común sigue siendo el asado de cerdo o la pachamanca tradicional. Pero la reflexión fue más profunda: en Unicachi casi no quedan niños. Los hijos migraron a la ciudad. Solo permanecen los adultos mayores, guardianes silenciosos de estos saberes.
Mientras ayudaba a recoger las piedras, comprendí
que ese horno no solo cocina alimentos: cocina historia. Cada piedra sostiene
un conocimiento que puede enfriarse si no hay manos jóvenes que lo hereden. La
jornada no fue solo una degustación; fue un gesto de continuidad cultural
frente al olvido.
Entre lluvia, sol por momentos, humo y piedras
calientes, Unicachi recordó que la tradición no vive en los libros, sino en el
fuego que todavía alguien se anima a encender.
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1 Crónica de Moisés Suxo Yapuchura,
Doctor en Antropología por la Pontificia Universidad Católica del Perú.
2 Pueblo eterno sumergido, según las historias, en el fondo del
lago.
3 Pareja de la tercera edad, cercana a los 80 años.
4 Papas peladas.
5 Nombre del lugar al que llega el agua del Wiñaymarka.
6 Planta conocida como muña.



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