viernes, 2 de enero de 2026

DANZAS DEL PUNO PROFUNDO

 EL ACHACHI

DE LA VIRGEN DE LAS MERCEDES

La danza autóctona de Vilquechico, que expresa sátira, resistencia y memoria colectiva, data de los tiempos del virreinato.

Por: Darwin Arturo Bautista Bendita

En: revista BRISAS, diciembre 22025

E

n el corazón del altiplano peruano, donde el viento sopla con fuerza y la tierra guarda memorias ancestrales, en el cual los “trajes de luces” mestizos suelen acaparar la atención mediática y los escenarios principales, aún persisten expresiones culturales que sostienen, con firmeza, la memoria histórica de los pueblos. Una de ellas es la de Mercedes Achachi, danza emblemática del distrito de Vilquechico, que combina sátira, crítica social e identidad comunitaria. Lejos de ser una simple representación festiva, esta danza constituye un acto de resistencia cultural en un contexto donde las manifestaciones autóctonas compiten cada vez más por los espacios que tradicionalmente les pertenecieron. Esta danza, que podría parecer simplemente festiva a ojos desprevenidos, encierra, en realidad, una profunda carga histórica de resistencia cultural y crítica social que se remonta a la época colonial.

La sátira como arma de memoria colectiva

La danza Mercedes Achachi se sostiene sobre un cimiento esencial: la sátira como vehículo de denuncia. Su origen se remonta a la época colonial, cuando la población andina debió convivir con autoridades españolas. La danza representa la figura del “gamonal” o terrateniente español durante la colonia. El término “achachi”, que en aimara se refiere a los ancianos o personas mayores, es utilizado aquí de manera irónica para caricaturizar a estos personajes que, lejos de merecer respeto, representaban la opresión y el abuso contra las poblaciones indígenas.

Los danzantes, caracterizados con máscaras que exageran los rasgos europeos y vestidos con ropas que imitan burlonamente a los antiguos colonizadores, desarrollan una coreografía que pone en evidencia la arrogancia, la soberbia y los modales despóticos de los gamonales. Cada movimiento, cada gesto, representa a estos personajes abusivos con movimientos exagerados, pesados, toscos, casi torpes, que buscan subrayar ridículamente la forma en que estos “señores” ejercían su autoridad. Cada paso en la danza es una denuncia corporal que transforma el dolor histórico en expresión artística.

Vigencia en el ciclo ritual y en la vida social

A diferencia de algunas expresiones culturales que han quedado confinadas a museos o libros, la danza Mercedes Achachi vive y dialoga con la comunidad. Cada 23 y 24 de septiembre, en las faldas del Apu Chuncara, suenan las melodías, durante la Festividad de la Virgen de las Mercedes. Esto revela la profunda capacidad andina para fusionar tradiciones impuestas con expresiones propias. La danza, de esencia crítica e indígena, se vuelve parte de una celebración católica, demostrando que las comunidades no solo adoptaron la religión extranjera, sino que la reinterpretaron desde su propio universo simbólico.

El crecimiento reciente de la danza también es significativo. Por primera vez, participó en el Concurso de Danzas Originarias en la Festividad Virgen de la Candelaria 2025 en Puno, uno de los escenarios más importantes del folclore peruano. Esta incursión no fue improvisada; implicó meses de preparación, ensayos continuos desde diciembre y la participación unificada de todos los centros poblados y parcialidades del distrito de Vilquechico. Este esfuerzo colectivo evidencia que la danza no es solo un legado cultural, sino un proyecto comunitario de enorme valor social.

Vestuario y Música: El Lenguaje de la crítica

La crítica social que encarna la danza Mercedes Achachi se expresa también a través de una indumentaria cuidadosamente elaborada. Las máscaras de rostros arrugados, con pelucas blancas, exageran la figura del “viejo español”, mientras que el saco oscuro, la camisa blanca, espejos, los pantalones rayados o floreados, los chicotes y los chalecos coloridos presentan una estética que mezcla burla, irreverencia y simbolismo. Todo ello construye un personaje grotesco que expone la ridiculez del colonizador y su aparente autoridad. En este juego visual y simbólico participan también los “Puli-pulis”, músicos que, con pinquillos, bombos y tarolas, ejecutan con maestría por los músicos de la comunidad, establece el ritmo burlón de la danza. Sus melodías, que podrían escucharse como simples tonadas festivas, encierran en realidad la memoria sonora de la resistencia. Cada nota es un recordatorio de que, a pesar de la dominación, la cultura andina mantuvo vivas sus expresiones artísticas y las utilizó como arma de supervivencia identitaria.

Entre el reconocimiento y la lucha por la permanencia


Hoy la danza Mercedes Achachi se encuentra en una etapa decisiva. La población impulsa activamente su declaratoria como Patrimonio Cultural de la Nación, un reconocimiento que otorgaría respaldo institucional para su preservación. Su riqueza estética, máscaras con rasgos europeos, pelucas blancas, vestimentas coloridas y movimientos satírico y su profundidad histórica, la convierten en una expresión de enorme valor antropológico. Además, su música, interpretada con pinquillos, tambores y taro - las, refleja el sonido ancestral del altiplano, un sonido que hoy co - rre el riesgo de volverse eco sino se garantiza su continuidad en las futuras generaciones.

Los Mercedes Achachis y los Pulipulis representan la tenacidad de las raíces originarias. Proteger esta danza implica más que organizar concursos o presentaciones; significa, sobre todo, integrar su enseñanza en las escuelas, pro - mover talleres dirigidos a niños y adolescentes, incentivar la investigación cultural y asegurar que las instituciones locales y nacionales se comprometan con su preservación. La responsabilidad también recae en las familias, que deben transmitir no solo los pasos y la vestimenta, sino el sentido crítico profundo que la danza.

Un legado que baila hacia el mañana

Mercedes Achachi es mucho más que una danza; es un tesoro cultural que hoy resiste al olvido. Es una memoria viva de la historia, un espejo de la identidad aimara. En sus pasos desgarbados y sus máscaras burlonas, lleva inscrita una historia de resistencia y resiliencia. Es un recordatorio de que la cultura no es solo celebración, sino también crítica y reflexión. En un mundo globalizado, donde las tradiciones locales enfrentan presiones homogeneizadoras, el que los “achachis” sigan bailando cada 24 de septiembre y ahora también en los grandes escenarios de la región de Puno, es un acto de afirmación cultural profundamente cultural.

Apoyar su declaratoria como Patrimonio Cultural de la Nación no es solo un acto de justicia histórica con el distrito de Vilquechico. Es una inversión en la diversidad cultural del Perú. Mercedes Achachi nos enseña que, a veces, para sanar las heridas del pasado y enfrentar los desafíos del presente, no basta con contarlo: hay que bailarlo, con ironía, con color y con la inquebrantable fuerza de una comunidad que se niega a ser olvidada. Si la danza Mercedes Achachi desaparece, se apagará una de las danzas más autóctonas del altiplano; si la protegemos, seguirá siendo el reflejo orgulloso de un pueblo que resiste al olvido.

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