EL ACHACHI
DE LA VIRGEN DE LAS MERCEDES
La danza autóctona de Vilquechico,
que expresa sátira, resistencia y memoria colectiva, data de los tiempos del
virreinato.
Por: Darwin Arturo Bautista Bendita
En: revista BRISAS, diciembre 22025
|
E |
n el corazón del altiplano peruano, donde el viento sopla
con fuerza y la tierra guarda memorias ancestrales, en el cual los “trajes de luces”
mestizos suelen acaparar la atención mediática y los escenarios principales,
aún persisten expresiones culturales que sostienen, con firmeza, la memoria
histórica de los pueblos. Una de ellas es la de Mercedes Achachi, danza
emblemática del distrito de Vilquechico, que combina sátira, crítica social e identidad
comunitaria. Lejos de ser una simple representación festiva, esta danza
constituye un acto de resistencia cultural en un contexto donde las manifestaciones
autóctonas compiten cada vez más por los espacios que tradicionalmente les
pertenecieron. Esta danza, que podría parecer simplemente festiva a ojos
desprevenidos, encierra, en realidad, una profunda carga histórica de
resistencia cultural y crítica social que se remonta a la época colonial.
La danza Mercedes Achachi se sostiene sobre un cimiento esencial:
la sátira como vehículo de denuncia. Su origen se remonta a la época colonial, cuando
la población andina debió convivir con autoridades españolas. La danza
representa la figura del “gamonal” o terrateniente español durante la colonia.
El término “achachi”, que en aimara se refiere a los ancianos o
personas mayores, es utilizado aquí de manera irónica para caricaturizar a
estos personajes que, lejos de merecer respeto, representaban la opresión y el
abuso contra las poblaciones indígenas.
Los
danzantes, caracterizados con máscaras que exageran los rasgos europeos y
vestidos con ropas que imitan burlonamente a los antiguos colonizadores,
desarrollan una coreografía que pone en evidencia la arrogancia, la soberbia y
los modales despóticos de los gamonales. Cada movimiento, cada gesto,
representa a estos personajes abusivos con movimientos exagerados, pesados,
toscos, casi torpes, que buscan subrayar ridículamente la forma en que estos
“señores” ejercían su autoridad. Cada paso en la danza es una denuncia corporal
que transforma el dolor histórico en expresión artística.
Vigencia
en el ciclo ritual y en la vida social
A
diferencia de algunas expresiones culturales que han quedado confinadas a
museos o libros, la danza Mercedes Achachi vive y dialoga con la comunidad.
Cada 23 y 24 de septiembre, en las faldas del Apu Chuncara, suenan las
melodías, durante la Festividad de la Virgen de las Mercedes. Esto revela la
profunda capacidad andina para fusionar tradiciones impuestas con expresiones
propias. La danza, de esencia crítica e indígena, se vuelve parte de una
celebración católica, demostrando que las comunidades no solo adoptaron la
religión extranjera, sino que la reinterpretaron desde su propio universo
simbólico.
El
crecimiento reciente de la danza también es significativo. Por primera vez,
participó en el Concurso de Danzas Originarias en la Festividad Virgen de la
Candelaria 2025 en Puno, uno de los escenarios más importantes del folclore
peruano. Esta incursión no fue improvisada; implicó meses de preparación,
ensayos continuos desde diciembre y la participación unificada de todos los
centros poblados y parcialidades del distrito de Vilquechico. Este esfuerzo
colectivo evidencia que la danza no es solo un legado cultural, sino un
proyecto comunitario de enorme valor social.
Vestuario y Música: El Lenguaje de la crítica
La
crítica social que encarna la danza Mercedes Achachi se expresa también a
través de una indumentaria cuidadosamente elaborada. Las máscaras de rostros
arrugados, con pelucas blancas, exageran la figura del “viejo español”,
mientras que el saco oscuro, la camisa blanca, espejos, los pantalones rayados
o floreados, los chicotes y los chalecos coloridos presentan una estética que
mezcla burla, irreverencia y simbolismo. Todo ello construye un personaje
grotesco que expone la ridiculez del colonizador y su aparente autoridad. En
este juego visual y simbólico participan también los “Puli-pulis”, músicos que,
con pinquillos, bombos y tarolas, ejecutan con maestría por los músicos de la
comunidad, establece el ritmo burlón de la danza. Sus melodías, que podrían
escucharse como simples tonadas festivas, encierran en realidad la memoria
sonora de la resistencia. Cada nota es un recordatorio de que, a pesar de la
dominación, la cultura andina mantuvo vivas sus expresiones artísticas y las
utilizó como arma de supervivencia identitaria.
Entre el
reconocimiento y la lucha por la permanencia
Hoy
la danza Mercedes Achachi se encuentra en una etapa decisiva. La población
impulsa activamente su declaratoria como Patrimonio Cultural de la Nación, un
reconocimiento que otorgaría respaldo institucional para su preservación. Su
riqueza estética, máscaras con rasgos europeos, pelucas blancas, vestimentas
coloridas y movimientos satírico y su profundidad histórica, la convierten en
una expresión de enorme valor antropológico. Además, su música, interpretada con
pinquillos, tambores y taro - las, refleja el sonido ancestral del altiplano,
un sonido que hoy co - rre el riesgo de volverse eco sino se garantiza su
continuidad en las futuras generaciones.
Los
Mercedes Achachis y los Pulipulis representan la tenacidad de las raíces
originarias. Proteger esta danza implica más que organizar concursos o
presentaciones; significa, sobre todo, integrar su enseñanza en las escuelas,
pro - mover talleres dirigidos a niños y adolescentes, incentivar la investigación
cultural y asegurar que las instituciones locales y nacionales se comprometan
con su preservación. La responsabilidad también recae en las familias, que
deben transmitir no solo los pasos y la vestimenta, sino el sentido crítico
profundo que la danza.
Un legado que baila hacia el mañana
Mercedes
Achachi es mucho más que una danza; es un tesoro cultural que hoy resiste al
olvido. Es una memoria viva de la historia, un espejo de la identidad aimara.
En sus pasos desgarbados y sus máscaras burlonas, lleva inscrita una historia
de resistencia y resiliencia. Es un recordatorio de que la cultura no es solo
celebración, sino también crítica y reflexión. En un mundo globalizado, donde
las tradiciones locales enfrentan presiones homogeneizadoras, el que los
“achachis” sigan bailando cada 24 de septiembre y ahora también en los grandes
escenarios de la región de Puno, es un acto de afirmación cultural profundamente
cultural.
Apoyar
su declaratoria como Patrimonio Cultural de la Nación no es solo un acto de
justicia histórica con el distrito de Vilquechico. Es una inversión en la diversidad
cultural del Perú. Mercedes Achachi nos enseña que, a veces, para sanar las
heridas del pasado y enfrentar los desafíos del presente, no basta con
contarlo: hay que bailarlo, con ironía, con color y con la inquebrantable
fuerza de una comunidad que se niega a ser olvidada. Si la danza Mercedes
Achachi desaparece, se apagará una de las danzas más autóctonas del altiplano;
si la protegemos, seguirá siendo el reflejo orgulloso de un pueblo que resiste
al olvido. ▒



No hay comentarios:
Publicar un comentario