miércoles, 5 de diciembre de 2018

UNA TRADICION DE RICARDO PALMA

EL JUSTICIA MAYOR DE LAYCACOTA
Ricardo Palma
TRADICIONES PERUANAS
I
E
n una serena tarde de marzo del año del Señor de 1665 hallábase reunida a la puerta de su choza una familia de indios. Componíase ésta de una an­ciana que se decía descendiente del gran general Ollantay, dos hijas, Carmen y Teresa, y un mancebo llamado Tomás.
La choza estaba situada a la falda del cerro de Laycacota. Ella con quince o veinte más consti­tuían lo que se llama una aldea de cien habitantes.
Mientras las muchachas se entretenían en hi­lar, la madre contaba al hijo, por la milésima vez, la tradición de su familia. Esta no es un secreto, y bien puedo darla a conocer a mis lectores, que la hallarán relatada con extensos y curiosos por­menores en el importante libro que con el título Anales del Cuzco, publicó mi ilustrado amigo y compañero de Congreso don Pío Benigno Mesa. He aquí la tradición sobre Ollantay:
Bajo el imperio del Inca Pachacútec, noveno so­berano del Cuzco, era Ollantay, curaca de Ollantaytambo, el generalísimo de los ejércitos. Aman­te correspondido de una de las ñustas o infantas, solicitó de Pachacútec, y como recompensa a im­portantes servicios, que le acordase la mano de la joven. Rechazada su pretensión por el orgulloso monarca, cuya sangre, según las leyes del impe­rio, no podía mezclarse con la de una familia que no descendiese directamente de Manco Cápac, el enamorado cacique desapareció una noche del Cusco, robándose a su querida Cusicoyllor.

Durante cinco años fue imposible al Inca vencer al rebelde vasallo, que se mantuvo en armas en las fortalezas de Ollantaytambo, cuyas ruinas son hoy la admiración del viajero. Pero Rumiñahui, otro de los generales de Pachacútec, en secreta entrevista con su rey, le convenció de que, más que a la fuerza, era preciso recurrir a la maña y a la traición para su­jetar a Ollantay. El plan acordado fue poner preso a Rumiñahui, con el pretexto de que había violado el santuario de las vírgenes del Sol. Según lo pactado, se le degradó y azotó en la plaza pública, para que, envilecido así, huyese del Cusco y fuese a ofrecer sus servicios a Ollantay, que viendo en él una ilustre víc­tima a la vez que un general de prestigio, no podría menos que dispensarle entera confianza. Todo se realizó como inicuamente estaba previsto, y la forta­leza fue entregada por el infame Rumiñahui, man­dando el Inca decapitar a los prisioneros1.
Un leal capitán salvó a Cusicoyllor y su tierna hija Imasúmac, y se estableció con ellas en la fal­da del Laycacota, y en el sitio donde en 1669 de­bía erigirse la villa de San Carlos de Puno.
Concluía la anciana de referir a su hijo esta tradición, cuando se presentó ante ella un hom­bre apoyado en un bastón, cubierto el cuerpo con un largo poncho de bayeta y la cabeza por un an­cho y viejo sombrero de fieltro. El extranjero era un joven de veinticinco años, y a pesar de la ruin­dad de su traje, su porte era distinguido, su ros­tro varonil y simpático y su palabra graciosa y cortesana.
Dijo que era andaluz, y que su desventura lo traía a tal punto, que se hallaba sin pan ni hogar Los vástagos de la hija de Pachacútec le acordaron de buen grado la hospitalidad que demandaba.
Así transcurrieron pocos meses. La familia se ocupaba en la cría de ganado y en el comercio de lanas, sirviéndola el huésped muy útilmente. Pe­ro la verdad era que el ‘joven español se sentía apasionado de Carmen, la mayor de las hijas de la anciana, y que ella no se daba por ofendida con ser objeto de las amorosas ansias del mancebo.
Como el platonismo, en punto a terrenales afec­tos, no es eterno, llegó un día en que el galán, can­sado de conversar con las estrellas en la soledad de sus noches, se espontaneó con la madre, y ésta, que había aprendido a estimar al español, le dijo:
-      Mi Carmen te llevará en dote una riqueza digna de la descendiente de emperadores.
El novio no dio por el momento importancia a la frase; pero tres días después de realizado el matrimonio, la anciana lo hizo levantarse de ma­drugada y lo condujo a una bocamina, diciéndole:
-      Aquí tienes la dote de tu esposa.
La hasta entonces ignorada, y después famosí­sima mina de Laycacota, fue desde ese día propie­dad de don José Salcedo, que tal era el nombre del afortunado andaluz.
II
La opulencia de la mina y la generosidad de Sal­cedo y de su hermano don Gaspar atrajeron, en breve, gran número de aventureros a Laycacota.
Oigamos a un historiador: “Había allí plata pu­ra, y metales, cuyo beneficio dejaba tantos marcos como pesaba el cajón. En ciertos días se sacaron centenares de miles de pesos”.
Estas aseveraciones parecían fabulosas si to­dos los historiadores no estuviesen uniformes en ellas.
Cuando algún español, principalmente anda­luz o castellano, solicitaba un socorro de Salcedo, éste le regalaba lo que pudiese sacar de la mina en determinado número de horas. El obsequio im­portaba casi siempre por lo menos el valor de una barra, que representaba dos mil pesos,
Pronto los catalanes, gallegos y vizcaínos que residían en el mineral entraron en disensiones con los andaluces, castellanos y criollos favoreci­dos por los Salcedo. Se dieron batallas sangrien­tas con variado éxito, hasta que el virrey don Die­go de Benavides, conde de Santisteban, encomen­dó al obispo de Arequipa, fray Juan de Almoguera, la pacificación del mineral. Los partidarios de los Salcedo derrotaron a las tropas del obispo, li­brando malherido el corregidor Peredo.
En estos combates, hallándose los de Salcedo escasos de plomo, fundieron balas de plata. No se dirá que no mataban lujosamente.
Así las cosas, aconteció en Lima la muerte del de Santisteban, y la Real Audiencia asumió el poder. El gobernador que ésta nombró para Laycacota, viéndose sin fuerzas para hacer respetar su autori­dad, entregó el mando a don José Salcedo, que lo aceptó bajo el título de justicia mayor. La Audien­cia se declaró impotente y contemporizó con Salce­do, el cual, recelando nuevos ataques de los vascongados, levantó y artilló una fortaleza en el cerro.
En verdad que la Audiencia tenía por entonces mucho grave de qué ocuparse con los disturbios que promovía en Chile el gobernador Meneses, y con la tremenda y vasta conspiración del Inca Bohorques, descubierta en Lima casi al estallar y que condujo al caudillo y sus tenientes al cadalso.
El orden se había por completo restablecido en Laycacota, y todos los vecinos estaban contentos del buen gobierno y caballerosidad del justicia mayor.
Pero en 1667 la Audiencia tuvo que reconocer al nuevo virrey llegado de España.
Era éste el conde de Lemos, mozo de treinta y tres años, a quien, según los historiadores, sólo faltaba sotana para ser completo jesuíta. En cerca de cinco años de mando, brilló poco como adminis­trador. Sus empresas se limitaron a enviar, aun­que sin éxito, una fuerte escuadra en persecución del bucanero Morgan, que había incendiado Pana­má, y a apresar en las costas de Chile a Enrique Clerk. Un año después de su destrucción por los bucaneros (1670), la antigua Panamá, fundada en 1518, se trasladó al lugar donde hoy se encuentra. Dos voraces incendios, uno en febrero de 1737 y otro en marzo de 1756, convirtieron en cenizas dos terceras partes de los edificios, entre los que algu­nos debieron ser monumentales, a juzgar por las ruinas que aún llaman la atención del viajero.
El virrey conde de Lemos se distinguió única­mente por su devoción. Con frecuencia se le veía barriendo el piso de la iglesia de los Desampara­dos, tocando en ella el órgano, y haciendo el oficio de cantor en la solemne misa dominical, dándose­le tres pepinillos de las murmuraciones de la no­bleza, que juzgaba tales actos indignos de un grande de España.
Dispuso este virrey, bajo pena de cárcel y mul­ta, que nadie pintase cruz en sitio donde pudiera ser pisada; que todos se arrodillasen al toque de oraciones; y escogió para padrino de confirmación de uno de sus hijos al cocinero del convento de San Francisco, que era un negro con un jeme de jeta y fama de santidad.
Por cada individuo de los que ajusticiaba, man­daba celebrar treinta misas; y consagró, por lo menos, seis horas diarias al rezo del oficio parvo y del rosario, confesando y comulgando todas las mañanas y concurriendo al jubileo y a cuanta fiesta o distribución religiosa se le anunciara.
Jamás se han visto en Lima procesiones tan espléndidas como las de entonces; y Lorente, en su Historia, trae la descripción de una en que se trasladó desde palacio a los Desamparados, dan­do largo rodeo, una imagen de María que el virrey había hecho traer expresamente desde Zaragoza. Arco hubo en esa fiesta cuyo valor se estimó en más de doscientos mil pesos: tal era la profusión de alhajas y piezas de oro y plata que lo adorna­ban. La calle de Mercaderes lució por pavimento barras de plata que representaban más de dos millones de ducados. ¡Viva el lujo y quien lo trujo!
Lo qaue queda de San Luis de Alva
El fanático don Pedro Antonio de Castro y Andrade, conde de Lemos, marqués de Sarria y de Gátiva y duque de Taurifanco, que cifraba su orgullo en descender de San Francisco de Borja, y que, a es­tar en sus manos, como él decía, habría fundado en cada calle de Lima un colegio de jesuitas, apenas fue proclamado en Lima como representante de Carlos II el Hechizado, se dirigió a Puno con gran aparato de fuerza y aprehendió a Salcedo.
El justicia contaba con poderosos elementos para resistir; pero no quiso hacerse reo de rebel­día a su rey y señor natural.
El virrey, según muchos historiadores, lo con­dujo preso, tratándolo durante la marcha con ex­tremado rigor. En breve tiempo quedó concluida la causa, sentenciando Salcedo a muerte y confis­cando sus bienes en provecho del real tesoro.
Como hemos dicho, los jesuitas dominaban al virrey. Jesuita era su confesor, el padre Castillo, y jesuitas sus secretarios. Las crónicas de aquellos tiempos acusan a los hijos de Loyola de haber con­tribuido eficazmente al trágico fin del rico minero, que había prestado no pocos servicios a la causa de la corona y enviado a España algunos millones por el quinto de los provechos de la mina.
Cuando leyeron a Salcedo la sentencia, propu­so al virrey que le permitiese apelar a España, y que por el tiempo que transcurriese desde la sali­da del navío hasta su regreso con la resolución de la corte de Madrid, lo obsequiaría diariamente con una barra de plata.
Y téngase en cuenta no sólo que cada barra de plata se valorizaba en dos mil duros, sino que el viaje del Callao a Cádiz no era realizable en me­nos de seis meses.
La tentación era poderosa y el conde de Lemos vaciló.
Pero los jesuitas le hicieron presente que mejor partido sacaría ejecutando a Salcedo y confiscán­dole sus bienes.
El que más influyó en el ánimo de su excelen­cia fue el padre Francisco del Castillo, jesuita pe­ruano que está en olor de santidad, el cual era pa­drino de bautismo de don Salvador Fernández de Castro, marqués de Almuña2 e hijo del virrey.
Salcedo fue ejecutado en el sitio llamado Orca-Pata, a poca distancia de Puno.
Cuando la esposa de Salcedo supo el terrible de­senlace del proceso, convocó a sus deudos y les dijo: “Mis riquezas han traído mi desdicha. Los que las codician han dado muerte afrentosa al hom­bre que Dios me deparó por compañero. Mirad có­mo le vengáis”.
Tres días después la mina de Laycacota había dado en agua, y su entrada fue cubierta con pe­ñas, sin que hasta hoy haya podido descubrirse el sitio donde ella existió.
Los parientes de la mujer de Salcedo inunda­ron la mina, haciendo estéril para los asesinos del justicia mayor el crimen a que la codicia los arrastrara.
Carmen, la desolada viuda, había desapareci­do, y es fama que se sepultó viva en uno de los co­rredores de la mina.
Muchos sostienen que la mina de Salcedo era la que hoy se conoce con el nombre del Manto. Es­te es un error que debemos rectificar. La codicia­da mina de Salcedo estaba entre los cerros Layca­cota y Cancharani.
El virrey, conde de Lemos, en cuyo período de mando tuvo lugar la canonización de Santa Rosa, murió en diciembre de 1673, y su corazón fue en­terrado bajo el altar mayor de la iglesia de los De­samparados.
Las armas de este virrey eran, por Castro, un sol de oro sobre gules.
En cuanto a los descendientes de los hermanos Salcedo, alcanzaron bajo el reinado de Felipe V la rehabilitación de su nombre y el título de mar­qués de Villarrica para el jefe de la familia.
______________________
1.  Sobre este argumento, el cura de tinta, don Antonio Valdez, escribió por los años de 1780 un drama en lengua quechua, el cual se representó en presencia del rebelde Inca Túpac Amaru.- Tschudi, Markham, Nadal, Ba­rranca y muchos americanistas se empeñaron en sostener que el drama Ollanta había sido compuesto en los tiempos incásicos, y que era, por con­siguiente, un monumento literario anterior a la conquista. Traducido en verso por un poeta peruano Constantino Carrasco, publicó el autor de es­tas Tradiciones un ligero juicio crítico, en el que se atrevió a apuntar (ale­gando muy al correr de la pluma varias razones en apoyo de su opinión) que el Ollanta era ni más ni menos que comedia española, de las de capa y espada, escrita en voces quechuas; y que, aunque lo diga Garcilaso, que no pocos embustes estampó en los Comentarios Reales, los antiguos perua­nos estuvieron muy lejos de cultivar la literatura dramática. Tanto osamos escribir, y se nos vino la casa a cuestas... Hasta de mal patriota nos acusó un quechuista; y un señor Pacheco Zegarra, entre otros cultos piropos, nos llamó ignorante y charlatán. Con razones de ese fuste, nos dimos por con­vencido de que habíamos estampado un disparate de a folio. Pero en 1881 el literato argentino don Bartolomé Mitre, en un serio y extenso estudio, con gran acopio de pruebas y con sesuda argumentación, puso en transparencia la filiación, genuinamente española, del drama Ollanta en su forma, en su fondo y hasta en sus elementos lingüísticos.
2.  No existe ese título en España.

No hay comentarios:

Publicar un comentario