sábado, 8 de noviembre de 2014

TESTIMONIO DE SÍ MISMO

MOSHÓ
Guillermo, llegó a mi casa-taller. Vivo fuera de Puno Centro, en la urbanización “Ciudad Jardín”. Me solicita una entrevista, no suelo conceder, pero el vínculo de amistad exige gratitud y le agradezco. La ley de agradar no exceda hablar de mí mismo.
Soy Moshó, padre de dos hijos y una hermosa esposa. Un ciudadano como todos, como usted, respetado y querido por su trayectoria. Pero algo me diferencia y es ser artista – pintor, es decir, ciudadano de mundo, o como el mundo mismo, compuesto de enigmas que, a fin de cuentas eso mismo es usted. Un enigma como yo ¿oh sabe usted quién es?  Bueno, nunca me hice problema de esto. Simplemente me dejé llevar por la vida, por la “vida artística conducida”  y esta empezó en el año 1951. Cuando hice un dibujo sorprendente – para mí – por primera vez. A decir verdad, fue un plagio de un dibujo de la revista “lo mejor”, colección de mi padre.
Mientras yo vivía en mi mundo mágico y apasionante, me llevan a una casa muy grande y lleno de niños, era la escuela 861; en las carpetas y sobre hojas los niños trazaban palitos y yo hacía monigotes. Un señor de terno y corbata veía lo que dibujaba. Más tarde a él le miré conversar con mi padre, hablaban algo así: “aprender a escribir”. Sin tener idea de lo que significaba eso. Para mí, escribir era dibujar. No sé en que momento en alguna parte de mi mente de niño, había decidido ser dibujante y, entonces, el resto de mi existencia se acomodó a eso.
UN NOMBRE PRESTADO
Estoy de siete años de edad, me veo dibujando sobre las veredas de las calles de Ayaviri, hay alguien que viene mirando esos dibujos y llega a mí. No era uno, sino un anciano que portaba en brazos a un niño. ¿Quieres aprender a dibujar y pintar más bonito? Me dice el centenario. Al instante, el niño pide bajar de brazos de él y se pone a dibujar diagramas maravillosos y extraños sobre la vereda, ¿Dónde has aprendido a dibujar eso? Allí en la escuela cerca al cerro contesta el niño. La magia del arte hermana, esa es su esencia. Y así me veo con ellos fuera de la ciudad y después, frente a una escuela de cristal. Dentro hay niños, me hago alumno y noto algo raro en ellos; todos son igualitos y parecía en edad.
El profesor era el anciano que me llevó. No recuerdo cuanto tiempo fui alumno.
Un día el maestro me entrega un objeto cuadrado de arcilla y señalando dice: “tenla en cuidado, es tu premio. Su contenido lo usuras toda la vida”.
Un día, descubrí que esa tablilla contenía 18 nombres “MOSHÓ”, uno de ellos lo tomé prestado para firmar cientos de dibujos y pinturas, obras que usted de alguna manera ya debe tenerla.
No es necesario justificar mi existencia de pintor rodeado de enigmas, solo quizás tenga algo de ver más allá de lo debido.

La existencia del ser humano es un enigma.

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