lunes, 26 de enero de 2026

ALFREDO CURAZZI Y LA IDENTIDAD DE UNA NACION TRIESTATAL

 NO SOY PERUANO NI BOLIVIANO,

SOY AIMARA

Por: Antonio Muñoz Monge

Mientras conversamos con el memorioso maestro Alfredo Curazzi, le comentamos que nos sorprendía la precisión de los datos, el recuerdo de fechas, de números y, sobre todo, la pulcritud y el orden de sus escritos que mostraban una hermosa y muy cuidada letra. "Letra de imprenta", le dijimos y él nos dijo: "Yo aprendí a escribir con el sistema del método Palmer en una escuela evangélica de La Paz en Bolivia”.

"Parte de su infancia la vivió usted en Bolivia, estudió ahí", le comentamos, "¿llegó en algún momento a identificarse o a sentirse boliviano?".

Se puso de pie, dio unos pasos en la pequeña habitación, se dirigió a la pizarra, tomó una tiza y dibujó el Lago Titicaca con la facilidad habitual de quien conoce muy bien lo que está haciendo. Volteó a mirarnos, solo para ver si estábamos ahí y soltó una frase contundente: "No soy peruano ni boliviano, soy aimara". Luego agregó: "Bolívar cortó con su sable imaginariamente el Lago Titicaca en dos, lo que originó odio entre los aimaras del Altiplano". Nos preguntamos en voz baja, casi inaudible: "¿Titi..., caca?". "Caca, no: Qaqa", nos corrigió la pronunciación y nos aclaró el significado: "Titi es gato montés plateado, como las aguas del Lago; Qaqa significa algún objeto que perdió el color original por exponerse mucho al sol, al viento, a la lluvia; por ejemplo una prenda gastada, ajada, arrugada por el uso.

El Lago Titicaca, color azul plateado, es el felino que se está lanzando sobre su presa. Es una Paqarina, un lugar sagrado, un lugar de origen mítico de muchos pueblos andinos, por eso le rendían culto y le dejaban ofrendas. De las aguas de ese lago salieron Manco Cápac y Mama Ocllo para fundar el Imperio Inca".

"No soy peruano ni boliviano, soy aimara", nos ha repetido varias veces en las conversaciones que hemos sostenido él. Quizás nos estamos acostumbrando a frases parecidas que escuchamos y dejamos pasar, acaso por la inercia con la que convivimos diariamente, sin detenernos a reflexionar en el espectro de significados que pueden tener. Casi siempre, somos ligeros en nuestras apreciaciones y no pensamos en su sentido, en lo serio y grave del sentido, en la profundidad de las expresiones, pero no podemos soslayar estas palabras del maestro. No son una frase gratuita, antojadiza y ocurrente. Las dice un hombre cuajado ante la vida, las dice un profesor, un músico las dice un peruano.

El sentido de estas palabras es muy doloroso y muy fuerte. ¡Cuántos ciudadanos del Perú podrían hacerlas y sentirlas suyas! ¡Cuántos miles, millones, no se sienten peruanos en lo más íntimo de sus existencias! ¿Por qué? ¿Qué ha pasado en nuestra historia? ¿Qué nos ha pasado como país? La realidad nos golpea en el rostro y nos da la certidumbre de que seguimos fraccionados. y, cómo no, cuando el maestro Curazzi nos dice: "No soy peruano ni boliviano, soy aimara”.

¿Qué tono de voz tuvieron, tienen o tendrán, estas palabras? ¿Qué intención? ¿Por qué nos las dijo? ¿Nos las dijo a manera de advertencia, de señuelo o de observación, para no olvidarnos de ellas? Y nuestras interrogantes tampoco son ociosas, tienen necesidad de una respuesta. Si hemos escuchado al maestro decir repetidas veces: "No soy peruano ni boliviano, soy aimara", entonces, ¿dónde está el pueblo aimara? Sabemos por historia y geografía que el pueblo aimara está en el Altiplano, en la meseta del Collao, en el departamento de Puno, en las islas del Lago Titicaca y en el hermano país de Bolivia.

Las palabras de Alfredo Curazzi no son palabras que aparecieron en el momento, obligadas por la circunstancia, sino que siguen sonando en nuestra conciencia y nos siguen acompañando a través de nuestras innumerables conversaciones.

Y descubrimos que el espíritu de esas palabras dolorosas y sentidas, está en todos los momentos de su vida. Su pueblo, su infancia, su adolescencia, su familia, sus estudios, sus trabajos, toda su existencia tiene ese amargo sabor que puede ser resentimiento u olvido, pero también paciencia, espera y comprensión. Creemos que esas palabras tienen también un sentido más amplio, desgarradoramente más profundo.

Son un credo, un auto de afirmación de su yo, de su identidad espiritual y de su quehacer cotidiano. Para seguir afirmándose, no puede dejar en ningún momento esa presencia que es un soporte o un ancla de sobrevivencia; es un grito en su propia casa que muchas veces la encuentra vacía, ajena, lejana, ocupada por otras gentes. Sin embargo, no es una voz individual, aislada, subjetiva y caprichosa; ya lo dijimos, es la voz de una raza, de una sangre, de una cultura, de un tiempo.

En otro momento manifestó: "Soy aimara, como tantos seres de origen incierto. Nos mataron, acribillaron a fuego, pólvora, cuchillo y metralla, pero no sangrábamos y nos enterraron sin nuestros restos. Los nuestros nos buscaron, llegaron a los lugares de nuestro fin; no encontraron nuestros cuerpos, pero sí sangraban nuestras sombras a través de forados ocasionados por las armas a la altura del corazón”.

"Maestro", le decimos, "por favor, podría explicarnos. ¿cómo es eso de que les enterraron sin sus restos?".

 "Así es, amigo", nos respondió seguro y calmo:

"Soy aimara de origen incierto, yo estoy muerto, me enterraron sin mis restos, solo encontraron mi sombra en cada escalera. Significa que los aimara, hace siglos fuimos eliminados, ignorados, olvidados, pero, estamos vivos aún, diferenciándonos de muchos 'vivos' muertos que padecen de los males no curables: la mentira, el ocio, el descanso, el odio y la inacción. Sin embargo, nos obligan a trabajar con látigo y decretos en la mano. Constatamos que ellos, los herederos de no hacer nada, están muertos desde hace siglos".

Hizo un espacio entre él y nosotros, una distancia, hasta dar la impresión de que nos hablaba desde otro lugar. Y agregó:

"El aimara es un espíritu que tiene miles de años, pero muchas veces nos han enterrado y nos siguen marginando, ignorando, matándonos todos los días y sus noches hasta hoy; pero seguimos viviendo. Entierran sombras nada más, entierran oscuridad; nunca podrán enterrar nuestro espíritu, nuestra palabra, nuestras leyes y costumbres".

Son palabras que las escuchamos y las sentimos casi físicamente, son algo más que palabras, y las preguntas se lanzan ahora, innumerables, contra nuestra conciencia.

Le pedimos que nos explicara qué significa "solo encontraron mi sombra en cada escalera." "Sí, claro, más adelante, con todo gusto", nos contesta. Y descubrimos una sonrisa que nos quiere decir algo más.

No insistimos, esperamos que nos lo explique cuando crea conveniente. <+>

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