jueves, 9 de enero de 2020

PARA LA HISTORIA DEL PERU


REVELACION DE UNO DE LOS CORONELES DE LA REVOLUCION
GALLEGOS: ASI FUE EL GOLPE DEL 68
Publicado en la revista “OIGA”, mayo de 1980 

Gral. Enrique Gallegos Venero
Este relato, que publica OIGA 78 como primicia abso­luta, fue redactado por el ge­neral Gallegos a los pocos me­ses de instalado el gobierno revolucionario —el original lle­va fecha 7 de Julio de 1969— y sólo hizo de él cuatro co­pias, alguna de las cuales sir­vió sin duda de “inspiración" a uno de los historiadores de la revolución peruana para aderezar su propia versión de los hechos.
El General Gallegos, militar retirado y gerente renuncian­te de una empresa financie­ra, dolido por el calificativo de “maffioso" que le endilgó un periodista con el que in­genuamente se confidenció y fastidiado por la publicación parcial de su narración sobre la toma de Palacio en 1968, nos recibió en su modesta ca­sa de la Urbanización Jardín —“mi único bien"— y nos en­tregó este texto junto a otro escrito suyo: la “Operación Presidente" del 18 de Julio de 1962.


Y hay algo sorprendente­mente curioso en los dos re­latos: muchos de los oficiales que intervienen en el desalo­jo del doctor Manuel Prado en 1962 son los mismos, con grado superior, que sacan de Palacio al presidente Belaúnde. Parecen ser militares con marcada inquietud política, pues se les encuentra en la ejecución de la Reforma Agra­ria en el Cusco en 1963, refor­ma experimental de la que también es cronista el gene­ral Gallegos.
En esa época —Julio de 1962— con el rango de coman­dante, Gallegos acompaña al coronel Gonzalo Briceño en la “Operación Presidente" y, luego que el coronel revesti­do de granadas sale en una camioneta con el presidente Prado rumbo al Callao, él to­ma el control de Palacio.
Esa camioneta que llevó a Prado prisionero era vieja y desvencijada, muy distinta al flamante vehículo que se ha­bía programado para la "ope­ración" y que quedó en pana en el Cuartel de la División Blindada, por culpa de una ráfaga de metralla que acci­dentalmente la acribilló, es­tando en el timón el capitán Justo Jara y el comandante Gallegos a su lado. Otros de los acompañantes del coronel Briceño, que habían bajado con él para entrevistarse con el coronel Oscar Vargas Prie­to, eran el capitán Clifford Casas, el teniente Ormachea y el subteniente Palacios Ackerman. Esa flamante camione­ta que se iniciaba con tan ma­la fortuna, protagonizó un año después un terrible accidente en el que murió el periodista Arellano y dejó mal herido al coronel Briceño.
Pero más que los inciden­tes del comandante Gallegos con el doctor Elías Aparicio, el ministro de Gobierno que exigió y logró acompañar al doctor Prado a su prisión del “Grau” en la rada chalaca, o con el doctor Guerinoni y el señor Corvetto, director de Gobierno y prefecto de Lima, respectivamente —los dos úni­cos detenidos entre los mu­chos asistentes ese día a la captura de Prado—, a los lec­tores les interesará conocer cómo se gestó el golpe del 3 de Octubre de 1968 contra el régimen belaundísta.
Este relato, naturalmente, corresponde al sentir y al pen­samiento del general Gallegos en ese entonces, algo distintos a su posición actual, de claro rechazo a la línea comunista adoptada por algunos de sus camaradas de esos años.
“La verdad es que nos me­timos en camisa de once va­ras y caímos en un trapiche donde las ruedas del capitalis­mo y él comunismo nos tri­turaron".
Leamos al general Enrique Gallegos. Del texto apenas he­mos eliminado algunos pasa­jes adjetivos y algunas califi­caciones inconvenientes para dar mayor fluidez al relato y evitar innecesarias tensiones. Los subtítulos son nuestros.
LOS paseantes curiosos veían aquel domingo 21 de abril, iluminado el Ministerio de Guerra por la noche y muchos automóvi­les oficiales estacionados.
Dentro se desarrollaba des­de las 9 de la mañana una reunión de los Comandantes Generales del Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea, con sus Jefes de Estado Ma­yor y Directores de Inteli­gencia y Operaciones.
Las salas llenas de humo, las mesas repletas de pape­les y los Oficiales en camisa conversando animadamente en una camaradería tan ex­traordinaria que sin los uni­formes se podría decir que todos eran de un solo Insti­tuto.
La causa de aquel inusi­tado trabajo dominical, era la preparación de un Comu­nicado y de una exposición de los Comandantes Gene­rales a los Oficiales de sus respectivas fuerzas, que de­bería realizarse simultánea­mente a las 16 horas del lu­nes 22, para explicar las me­didas acordadas por la Fuer­za Armada, en relación a las declaraciones insultantes que había vertido el diputa­do Cubas Vinatea, como miembro de la Comisión In­vestigadora del Contraban­do.

Los Comandantes Genera­les acordaron respaldar a sus Ministros y rechazar las expresiones del político de la Democracia Cristiana contra la Fuerza Ar­mada.
El General de División Juan Velasco Alvarado salió a respirar aire puro un momento al corredor que estaba en la penumbra. Allí lo encontré y un diálogo se en­tabló, la voz preocupada Comandante General del Ejército dijo: “Si esto sigue así quizás tengamos un Gabinete Militar o incluso habría que tomar las riendas del Gobierno". En efecto, todos los Comandantes Generales y los altos Jefes asistentes se encontraban preocupados con la situación. A la devaluación que sacudió el país en setiembre de 1967 y cuyos desastrosos efectos se estaban sintiendo, venía ahora el escándalo del Con­trabando que remeció la opinión pública y a ello se agregaba la interminable dis­cusión del Presupuesto, aprobado a la hora undécima y desfinanciado, tal como el Servicio de Inteligencia del Ejército había podido comprobar. Los últimos años del Gobierno del señor Belaúnde, eran cada vez más, sombríos, el país se endeu­daba más y más, la pérdida de autoridad era general, la corrupción administrativa campeaba y los políticos vis­lumbrando ya las elecciones no pensaban sino en cómo reunir candidatos, cómo agrupar partidos, cómo des­truir a sus adversarios, sin importarles, salvo muy ra­ras excepciones, el destino del país ni la suerte del pue­blo, del que sólo se acorda­ban para dorar sus discur­sos.
"Mi General, si existe esa posibilidad, deberíamos ya estar trazando los lineamien­tos de un Plan de Gobierno y de objetivos por alcanzar, ya que una vez en el Minis­terio o en el poder, no habrá ni tiempo ni tranquili­dad para hacerlo".
Me permití hacer aquélla sugerencia, pues como to­dos los Oficiales que traba­jamos en Inteligencia, mis preocupaciones en los últi­mos años, sólo en parte eran de tipio castrense. Pues­tos a diario en contacto con los problemas del país, vi­víamos el drama de la Re­forma Agraria mediatizada lanzando Notas de Inteligen­cia que llevaran la voz del Ejército al Consejo de Mi­nistros y en igual forma nos preocupaba el problema universitario, la estabilidad monetaria, la industrializa­ción del país y todos los problemas políticos, econó­micos y sociales con los que tomábamos contacto a dia­rio, en nuestra función de ser los ojos y oídos del Co­mando, la antena que capte las vibraciones y comunique a tiempo los peligros.
Los ojos del General Velasco brillaron en la penum­bra y sólo salió de su gar­ganta un carraspeo aproba­torio, pero ya el Comandan­te General del Ejército ha­bía tomado en aquel instante una decisión: disponer de un Plan aunque nunca fue­ra necesario.
Los acontecimientos que siguieron llenaban los titu­lares de los diarios. Confe­rencias de los 3 Ministros de la Fuerza Armada con los periodistas, en aquella oca­sión en que el General de División Julio Doig manifes­tó que "Hemos borrado la palabra Veto del Dicciona­rio Militar".
Momentos antes, en ese mismo auditorio del Minis­terio de Guerra y ante otro público, se había producido otra escena tensa. El Gene­ral de División José Rodrí­guez Razzeto, en presencia de todos los Generales y Co­roneles de la guarnición de LIMA, había declarado su disconformidad con las dis­posiciones adoptadas por el Comando, sin su conoci­miento.
El Diputado Cubas Vinatea, por su parte, dio expli­caciones y aclaraciones y los presidentes de las Cáma­ras Legislativas igualmente, con lo cual la tensión bajó y sólo quedaron flotando aquellas palabras referentes al veto y que fueran aquella misma noche del lunes 22 de abril recibidas con júbi­lo increíble en el local del APRA, donde los "compañe­ros" se abrazaron y grita­ron v luego cantaron la Marsellesa.
El 25 de abril, el General Ve lasco nos mandó llamar al Coronel Leónidas Rodrí­guez Figueroa, Sub Director de Inteligencia, al Coronel Oscar Molina Palocchia, 2do Sub Director de Inteligencia y a mí, a su despacho. Lue­go de conversar brevemen­te nos dijo que deberíamos estructurar los lineamientos de un Plan de Gobierno, pa­ra el caso de que fuera ne­cesario, recalcándonos que esperaba que no tuviéramos que ponerlo en práctica y que debía tener el carácter de Estrictamente Secreto.
EL PRIMER BORRADOR DEL PLAN INCA
Leónidas y yo hemos tra­bajado muchos años identificados en grado máximo en nuestros pensamientos e ideales, colocados por coin­cidencia en puestos en los que cada vez más, teníamos contacto con los problemas nacionales. Más que amigos, hermanos, nunca tuvimos discrepancias de fondo y realmente, para aquella ta­rea, no perderíamos el tiem­po en discusiones ya que ambos pensábamos lo mis­mo. Igual sucedía con el Crl. Oscar Molina, amigo sincero, brillante Oficial, de ideas idénticas a las nues­tras, agregaba al equipo su conocimiento de la Revolu­ción Argentina, que viviera en Buenos Aires como Agre­gado Militar y muchos de cuyos entretelones conocía bien. El Crl. Molina tenía que dividir su atención a sus funciones de Sub Direc­tor y al planeamiento de la Conferencia de Comandan­tes Generales a desarrollarse en Río de Janeiro. Decidi­mos pues, robar tiempo al tiempo y trabajar de noche. Sugerí que aquel plan llevara el nombre de "INCA" y nos pusimos a diseñar un esquema de su contenido, agrupando por campos de ac­tividad, el enunciado de los problemas.
A nadie podía llamar la atención que el Sub Direc­tor de inteligencia y el Je­fe del Servicio de Inteligen­cia cerraran la puerta por horas y sólo acudieran al llamado del General Cavero, Director de Inteligencia, a quien habíamos explicado a grandes rasgos la tarea re­cibida.
A veces en la Sub Direc­ción de Inteligencia, otras veces en casa, los proble­mas y sus posibles solucio­nes aparecían enunciados, desprendiéndose de objeti­vos que era necesario alcan­zar por campos.
El Plan, por supuesto muy general, tenía sin embargo un sello muy definido: el Nacionalismo y como ambi­ciosas metas, el logro de las cinco reformas básicas, in­dispensables al despegue: la Reforma Agraria, la Refor­ma de la Empresa, la Refor­ma Tributaria, la Reforma del Crédito y la Reforma de la Administración Pública. Sobre estos temas no sólo habíamos leído mucho en los últimos años, sino que como parte de nuestras tareas manteníamos contacto y relaciones de amistad con profesionales de prestigio, con quienes en reuniones, comidas y charlas habíamos discutido muchas veces las soluciones por adoptar, y aunque de ninguna manera pretendíamos conocer a fon­do la técnica de estos com­plejos problemas, teníamos sí, como el Comando del Ejército, ideas claras de los objetivos para lograr el bien de las mayorías del pueblo peruano.
No era posible utilizar nin­gún empleado mecanógrafo y por otro lado necesitába­mos presentar un trabajo digno de que el Comandan­te General del Ejército lo lea, así pues, la máquina de escribir eléctrica nos hizo trabajar renegando más de una vez, porque su sensibi­lidad era tal que si se ajus­taba una tecla un décimo de segundo más, se malograba el trabajo v teníamos que cambiar de página. Los papeles borradores una vez copiados eran incinerados en el cesto y a veces tosía­mos con el humo.
Después de mucho leer y corregir, agregar y mejorar las expresiones, por fin lle­gó el día que el Primer Pro­yecto del Plan INCA, en original y copia, estuvo listo para llevarlo al General Velasco. Era el jueves 16 de mayo de 1968.
El General Velasco nos agradeció, dijo que le dejára­mos el trabajo y nos despe­dimos.
El 20 de mayo, el General Velasco nos volvió a citar por la tarde en su despacho. Estaba presente el General Roberto Dianderas Ch., Jefe del Estado Mayor General del Ejército, delante de él sacó el Plan INCA y le dijo: “Este es el Plan del que te hablé, ojalá que no sea nunca necesario usarlo, pero conviene que lo tengamos como una previsión". El Ge­neral Dianderas recibió el legajo y en forma displicen­te lo ojeó, sin mayor aten­ción y fijando su vista en un párrafo dijo: 'Aquí está demás este punto y coma" y luego devolviendo el Plan dijo: "Bueno, muy bien" y con su rostro inexpresivo se despidió y salió del despa­cho.
El General Velasco nos di­jo que como lineamientos de un Plan de Gobierno estaba bien, que era necesario de­sarrollar el Plan y comple­tarlo con un Plan Militar, un Plan Sicológico, un Plan Económico y precisar las primeras medidas por adop­tar en caso necesario, con lo cual el Plan quedaría completo y podría guardarse. Nos dijo también que no era conveniente que existan dos ejemplares, que de in­mediato incineráramos la copia y que cambiáramos las páginas correspondien­tes a la Directiva, borrando nuestros nombres, ya que era inconveniente que figuraran nombres allí. 



Le manifestamos con fran­queza que este trabajo quisiéramos hacerlo con alguien más, no sólo por la falta de tiempo sino por su comple­jidad, le sugerimos que el Coronel Fernández Maldonado, Sub Director de Per­sonal, entre al equipo y pa­ra el Plan Económico el Crl. José Bailetti Me Kee, Sub Director de Economía, así como el Crl. Raúl Meneses Arata, Jefe del Grupo de Co­ordinación del EMGE; el Ge­neral Velasco aprobó nues­tra petición y dispuso igual­mente que como cubierta usáramos la formulación de una Apreciación de Inteli­gencia.
ALMUERZO EN "EL CORTIJO”
La mañana del martes 21 de mayo el Crl. Eduardo Se­gura Gutiérrez, Sub-Jefe del Servicio de Inteligencia Na­cional, me llamó por teléfo­no y me dijo que tenía ur­gencia de hablar conmigo y convendría que el Crl. Ro­dríguez esté presente. Así pues invité a los dos a al­morzar en “El Cortijo” y allí, sentados en una mesa apartada, nos contó la larga conversación que había te­nido la noche anterior con el General Morales Bermúdez, Ministro de Hacienda.
Jorge Fernández Maldonado
Nos dijo que el General Morales le había mostrado documentos y le había ex­plicado que la situación era grave, el presupuesto había sido aprobado en el Parla­mento con ingresos “infla­dos” en más de 2,000 millo­nes de soles y en los gastos, igualmente, no se habían ajustado a la realidad, dando lugar a que existiera un déficit de más de 5,000 millo­nes. Que no aceptando más impuestos ni medidas de emergencia, sería inevitable una nueva devaluación y que él no tenía apoyo en el Consejo de Ministros; que había expuesto crudamente la situación, había demos­trado con cifras y cuadros la gravedad del momento, pero ni el Presidente ni sus Ministros daban signos de reaccionar y que si él se pre­sentaba al Parlamento co­rría el riesgo de una censu­ra, que afectaría el presti­gio de la Fuerza Armada.
El Crl. Segura abundó en cifras y datos que había anotado, y nosotros nos apre­suramos a copiarlos. Una vez terminado el almuerzo nos fuimos comentando que era indispensable que el Co­mando del Ejército cono­ciera aquello. Así pues estu­vimos trabajando toda la tarde en espera de que el Gral. Dianderas nos reciba y cuando nos hizo llamar a las cinco y media de la tarde, le manifestamos que, como era largo lo que teníamos que exponerle y era necesa­rio que lo supiera el Gral. Velasco, le pedimos que nos llevara a su oficina, y así fue.
Tanto el Grl. Velasco co­mo el Grl. Dianderas escu­charon preocupados nuestro relato y luego hicieron pre­guntas y reflexiones, pero algo que les llamó la aten­ción fue la falta de apoyo del Gabinete y en particular de los Ministros Militares al General Morales, toda vez que al nombrarlo se había prometido apoyarlo, pero la precipitada entrega de las famosas cartas de Trajman a la Comisión Investigadora del Contrabando, había producido un enfriamiento en las relaciones de los Minis­tros Militares con el Grl. Morales Bermúdez.
Salimos a las ocho de la noche del despacho del Ge­neral Velasco, sin saber que tres horas después el Ge­neral Morales presentaba su renuncia al Dr. Ferrero Rebagliati en una carta en la que señalaba sin ambages la situación económica y las razones por las que se veía obligado a renunciar. Esta renuncia precipitó luego la caída del Gabinete Ferrero, que perdió la confianza del partido aprista, el que des­de el Parlamento pretendía dirigir el país y lo venía logrando.
EXPOSICION DEL GENERAL MORALES BERMUDEZ Y EL GABINETE “CONVERSADO”
El General Velasco orde­nó que el Grl. Morales Ber­múdez hiciera una exposición de la situación hacendaria del país y la tarde del 23 de mayo, el Grl. Velasco, el Grl. Dianderas, el Grl. Sánchez Salazar, y los Coro­neles Fernández Maldonado, Bailetti, Meneses, Molina y yo, escuchamos en la sala de sesiones del Comandante General del Ejército una ex­posición clara y completa que no sólo dejó preocupa­do al Grl. Velasco, sino que sirvió para esclarecer varios aspectos de la política del señor Belaúnde.
El desarrollo del Plan IN­CA continuó por las tardes y las noches. Distribuimos el trabajo de modo que el Crl. Bailetti esbozaba el Plan Económico, el Crl. Me­neses el Plan Militar, el Crl. Fernández Maldonado el Plan Sicológico, el Crl. Ro­dríguez y yo las medidas más urgentes por adoptar antes, y después de la captura del poder. El Crl. Molina continuó desarrollando el campo sociológico del Plan INCA.
El trabajo se iba coordi­nando, interviniendo todos en la discusión cuando un miembro del Equipo pre­sentaba el avance de su trabajo; así se logró tener un Plan Militar a nivel nacio­nal, un Plan Económico, un Plan Sicológico y un conjun­to de medidas y previsiones de primera urgencia. Siem­pre pensábamos que el de­sarrollo integral del Plan tendría que ser hecho si la situación seguía deteriorán­dose, por un equipo conjun­to de Oficiales de la Fuerza Armada e incluso tendría­mos que recurrir a asesores civiles de absoluta confian­za.
La crisis producida por la renuncia de todo el Gabinete Ferrero, se logró superar el 29 de mayo al conformarse el Gabinete presidido por el Dr. Oswaldo Hercelles. Esa noche, mientras se desarrollaba una recepción en la casa del Agregado Militar de Argentina, me tocó a mí comunicar al General Velasco, que el Presidente había llamado al General Dianderas para que se haga cargo de la Cartera de Guerra.
El Gabinete Hercelles, lla­mado el Gabinete “conversa­do" había logrado la apro­bación del APRA y logró que el Parlamento le diera “poderes especiales" por 60 días así como que respalda­ra el conjunto de medidas que el Ministro de Hacien­da, Manuel Ulloa, presentó para solucionar la crisis fis­cal y refinanciara la deuda externa.
Desde ese momento se hi­zo patente la maniobra del PAP de acercamiento al Go­bierno, con miras de inte­grar una alianza de ambos partidos; en esta forma se materializaba el vuelco de las agrupaciones políticas, ya que la UNO se dividió y un grupo pasó a colaborar con el PAP, mientras que Ac­ción Popular también llegó a dividirse ya que el contu­bernio con el PAP y el in­cumplimiento del programa del partido había causado descontento en gran parte de los adherentes, agrupán­dolos alrededor del Ing. Ed­gardo Seoane Corrales, quien se convirtió en el líder de la facción disidente.
Las apresuradas medidas del Gabinete Hercelles de­volvieron la calma y aleja­ron el peligro de una segun­da devaluación, apaciguándose los ánimos. El Crl. Ro­dríguez viajó a Estados Unidos en comisión así como el Crl. Molina que se fue a Río de Janeiro obligándonos es­tos viajes a acelerar el trabajo y presentarlo el 19 de junio al Grl. Velasco quien nos dijo que lo guardaría y que nos olvidáramos de él, ya que parecía que felizmen­te se alejaba el peligro de una nueva devaluación, con su secuela de trastornos po­líticos y sociales.
REVISION DEL PLAN
El Grl. Velasco había de­cidido que los Comandantes Generales de la SRM y las Grandes Unidades de LIMA revisen el Plan INCA, elabo­rado por nosotros, y que las modificaciones se hicieran en conjunto.
Para que exista una justi­ficación a las reuniones de Generales y Coroneles fuera del Cuartel General del Ejército, se dictó una dispo­sición para revisar los pla­nes de Defensa Interior del Territorio y se nombró una Comisión integrada por el Grl. Alberto Maldonado Yañez, CG de la SRM; el Grl. Alfredo Arrisueño Cornejo, CG de la DB; el Grl. Edgar­do Mercado Jarrín, CG. del CIMP; el Crl. Rafael Hoyos Rubio, Jefe del Destacamen­to de Fuerzas Especiales; y los Coroneles Jorge Fernán­dez Maldonado, Leónidas Rodríguez Figueroa y Enri­que Gallegos Venero.
Los integrantes de esta Comisión fuimos citados a la Comandancia General de la SRM el día 24 de julio, luego el día 27 de julio. En ambas reuniones se discutió las hipótesis en las cuales debería ponerse en ejecu­ción el Plan y se estableció una metodología para el planeamiento, pero no se hizo modificaciones al Plan inicial, discutiéndose sí, las principales medidas de ca­rácter económico.
Los tres Coroneles que habíamos iniciado la elabo­ración del Plan INCA, insis­timos en que, por encima del cualquier otra consideración si el Plan se ponía en ejecución y la Fuerza Arma­da llegaba al Poder, debía darse prioridad al cambio sustancial de estructuras, como la mejor forma de lu­char contra el comunismo, garantizar nuestro despegue hacia el desarrollo y bene­ficiar a los millones de cam­pesinos y obreros peruanos; insistimos igualmente en que, por ningún motivo de­bía tomarse la bandera del anti-aprismo o el anti-comunismo sino la de la revolu­ción y del cambio sustan­cial.
Además de las dos reunio­nes en conjunto, la Comi­sión se dividió en Equipos para revisar los distintos aspectos del Plan y a mí me tocó con el Grl. Arrisueño y el Crl. Hoyos, el Plan Mili­tar y para revisarlo y com­pletarlo nos reunimos en ca­sa del Grl. Arrisueño la tar­de y la noche del 24 de ju­lio, definiendo que, además del Plan Militar a nivel Na­cional, que misionaba al Ejército, la Marina y la Avia­ción, a las Regiones Milita­res y las Reservas Estraté­gicas, era indispensable que posteriormente se estructu­re un Plan para la Guarni­ción de LIMA y otro parti­cular para los elementos encargados de tomar Palacio de Gobierno y el Palacio Le­gislativo en caso de ejecu­tarse el Plan.
Una vez hecha esta revi­sión ligera del Plan y sus Anexos, los Generales se en­cargaron de hacer llegar al General Velasco las obser­vaciones y recomendaciones, quien las guardó, no volviéndose a reunir esta Co­misión porque no sólo la si­tuación fiscal había mejora­do momentáneamente con las medidas del Gabinete Hercelles sino que todo ha­cía prever que por fin se daría decisión definitiva al problema de La Brea y Pariñas, y que el Presidente Belaúnde aprovecharía su último mensaje al Congreso para anunciar la anhelada solución que al subir al po­der había prometido reali­zar en noventa días.
EL PROBLEMA DEL PETROLEO: DIVERGENCIA EN EL ALTO MANDO
El Servicio de Inteligen­cia del Ejército comenzó, en los primeros días de agosto, a tener informacio­nes de que la solución dada al petróleo y anunciada al país por el Presidente el 28 de julio en el Congreso, te­nía una serie de aspectos contrarios a los intereses del Perú. Parecía increíble: aquel 28 de julio todos ha­bíamos recibido con alboro­zo la solución esperada tan­tos años y que a primera vista reparaba por lo me­nos en parte los vejámenes y despojos que la IPC había realizado contra la Nación durante 50 años. La voz del Senador Cornejo Chávez fue de las primeras en enjuiciar aquel arreglo como lesivo a los intereses de! país, aunque los detalles no eran aún conocidos. Las informacio­nes obtenidas no permitían aún a la Dirección de Inteli­gencia tener una idea clara, pero el Crl. Rodríguez se sentía preocupado e intuía que había algo que no esta­ba bien, por lo cual tomó contacto con el Grl. Maldo­nado, delegado de la Fuerza Armada en el Directorio de la Empresa Petrolera Fis­cal y le pidió que hiciera todo por averiguar la ver­dad.
Mientras tanto, se anun­ciaba que la EPF tomaría a su cargo los pozos petrole­ros de La Brea y Pariñas y los días pasaban sin que se tenga informaciones preci­sas, ya que todos los arre­glos y negociaciones se rea­lizaban en la mayor reserva, pero sí se conocía que se es­taban preparando contratos de operación y de venta.
El Grl. Alberto Maldonado Yáñez logró obtener una copia fotostática de un Me­morándum suscrito el 25 de julio y que contenía varios puntos. El documento no contenía firma ni indicación de su origen, pero tan pron­to lo tuvo en su poder el Grl. Arturo Cavero, Director de Inteligencia, se le some­tió a análisis.
La indignación que nos causaba a los Oficiales de Inteligencia aquellos hechos, no era compartida ni por el Ministro de Guerra General Dianderas, ni por el Jefe de Estado Mayor General Sánchez Salazar. Sólo el Gene­ral Velasco vivía cada día más preocupado y alarma­do y se interesaba vivamen­te en las informaciones que la Dirección de Inteligencia le hacía llegar.
El problema del petróleo comenzó a ocupar la aten­ción de todos. El Senador Héctor Cornejo Chávez y el Diputado Mario Villarán ya habían denunciado en sus respectivas Cámaras la gra­ve amenaza que representa­ba la solución dada al pro­blema de La Brea y Pariñas para la soberanía y el futu­ro de la Nación y habían solicitado que se pronuncie la Fuerza Armada. El diario “El Comercio" igualmente comenzó a publicar las du­das existentes sobre el Acta de Talara, y los Decretos re­ferentes a concesiones, am­pliación de la refinería, etc., se venían publicando en “El Peruano". Augusto Zimmerman que estaba dando los últimos toques a su libro “La Guerra Secreta del Pe­tróleo", el Dr. Alfonso Benavides Correa, el General de División (r) Augusto Ro­dríguez Martínez y todos aquellos que habían luchado en una forma u otra por la reivindicación de La Brea y Pariñas comenzaron a demostrar su seria preocupa­ción, y ante las informaciones que la Dirección de In­teligencia le hacía llegar, el Grl. Velasco dispuso que el Estado Mayor General del Ejército haga un estudio y emita sus conclusiones y re­comendaciones. El Grl. Div. Alejandro Sánchez Salazar, Jefe del EMGE presidió un Equipo de Generales Direc­tores para realizar el estu­dio. El General Sánchez es­taba influenciado de ante­ mano en el asunto del pe­tróleo, para él la solución dada por el Gobierno era la mejor y los que estaban lanzando protestas contra ella eran “unos comunistas descontentos de todo", corno me dijo un día en que co­menté unas expresiones del Dr. Benavides Correa. El Grl. Sánchez Salazar influen­ciado en su criterio, dirigió la elaboración del estudio llegando a la conclusión de que era un asunto que no era anticonstitucional ni afectaba la soberanía nacio­nal y por consiguiente la Fuerza Armada no tenía ingerencia en él.
El General Velasco, que conocía las ideas de su Je­fe de Estado Mayor y con el deseo de tener más ele­mentos de juicio, dispuso que el Grl. Ernesto Montagne Sánchez, Inspector General del Ejército, presidiera otra Comisión y que sobre el mismo tema haga un es­tudio. Las conclusiones de este estudio fueron totalmente opuestas a las de la Comisión que presidía el Grl. Div. Sánchez Salazar, por lo cual el General Velas­co las hizo suyas.
Las cordiales relaciones que habían mantenido el Comandante General del Ejército y su Jefe de Estado Mayor, comenzaron así a resquebrajarse, a raíz del nombramiento de la Comi­sión del Grl. Montagne.
Los estudios de ambas Co­misiones quedaron en poder del General Velasco y en ese momento, dichos trabajos eran desconocidos para no­sotros, sólo sabíamos que el Grl. Cavero, Director de Inteligencia, estaba trabajan­do en las tardes en la ofici­na del Jefe de Estado Mayor.

COMIDA DEL GENERAL CAVERO CON DOS INGENIEROS 
El Crl. Eduardo Segura Gutiérrez, Sub-Jefe del SIN, compartía nuestras angus­tias y preocupaciones y se veía obligado a darnos informaciones sin conocimiento de su Jefe, el Grl. Linares, quien no sólo era ami­go y compañero de colegio del arquitecto Belaúnde, si­no que estaba de acuerdo con la solución dada al tras­cendental problema del pe­tróleo. El Crl. Segura nos ¡nvitó el 3 de setiembre al Crl. Rodríguez y a mí a un almuerzo con el Ing. Villanueva, funcionario de la EPF. Durante el almuerzo nos hizo un análisis técnico del Acta de Talara y nos de­mostró que era no sólo lesi­va a los intereses del país sino que era entreguista y atentaba contra la Defensa Nacional puesto que impo­sibilitaba en el futuro el de­sarrollo de la industria pe­troquímica y anulaba por completo a la EPF.
Informamos al Grl. Cavero de las conclusiones a que llegamos en el almuerzo con el Ing. Villanueva y como éste prometió llevar en la próxima reunión al Ing. Gue­rra quien acababa de llegar de LOS ORGANOS, el Grl. Cavero aceptó ir a comer con los dos ingenieros y el 5 de setiembre en la casa del Crl. Rodríguez, charlamos hasta la una de la mañana. El Grl. Cavero salió comple­tamente convencido de que la solución dada al asunto del petróleo era lesiva, cosa que nos alegró sobremane­ra ya que él había formado parte de la Comisión que trabajó con el Grl. Sánchez Salazar cuyas conclusiones marginaban el problema del petróleo.
De inmediato se elaboró una Nota de Inteligencia que llegó a poder del Grl. Velasco, demostrando que la solución dada al petróleo era lesiva a los intereses del Perú, a su dignidad y soberanía.
Los acontecimientos se de­sarrollaron luego en cadena. Salió a la venta el libro de Zimmerman, causando im­pacto; desde el 6 de setiem­bre el Directorio de la EPF, presidido por el Ing. Loret de Mola, abrió una polémi­ca con el Ministro de Fo­mento, Carriquirí, culminan­do el 10 con la denuncia de la pérdida de la página 11 en el contrato de operación entre la IPC y la EPF.

EN UN PEQUEÑO DEPARTAMENTO EN MIRAFLORES
A comienzos de setiembre ordené que el Servicio de Inteligencia del Ejército al­quilara un departamento donde reunirse y trabajar, ya que tenía sospecha de que vigilaba nuestros movimientos y como nos reu­níamos todas las noches el Crl. Jorge Fernández Maídonado, el Crl. Leónidas Rodrí­juez,  no convenía ha­cerlo en nuestros domicilios.
Por fin dispusimos de una habitación en un edificio de departamentos de Miraflores y alrededor de una mesa rústica nos reuníamos para continuar el trabajo. Nunca ingresábamos juntos, hablá­bamos en voz baja y jamás dejamos borradores ni documentos en la habitación, en la que nosotros mismos hacíamos limpieza de las numerosas colillas de ciga­rrillos y de las tasas de ca­fé que preparábamos.
En nuestro refugio de Mi­raflores nos reuníamos no­che tras noche, esperando que llegue nuestro nexo con el Comando del Ejército: el Grl. Maldonado, quien nos traía las informaciones de alto nivel en su calidad de representante del CCFA en el Directorio de la EPF y además nos contaba sus en­trevistas con el General Velasco.
Como no alcanzaba el tiempo trabajando sólo por las noches, acordamos que el Crl. Fernández Maldona­do y yo trabajáramos algu­nas tardes, pero el Grl. Sán­chez Salazar lo mandó un día llamar y como le dije­ron que estaba trabajando en la Segunda Región Mili­tar entró en sospechas y tu­ve que quedarme solo las tardes que podía trabajar, pues como Jefe del SIE te­nía mucha mayor libertad.
A medida que el Plan IN­CA y sus Anexos iba com­pletándose y detallándose, sentíamos cada vez más en­tusiasmo y satisfacción de estar contribuyendo a crear las bases de un plan de go­bierno realmente nacionalis­ta, que realizara por fin las transformaciones sustancia­les indispensables para que las grandes masas de nues­tro pueblo salgan de la mi­seria y la ignorancia. Éramos conscientes de que só­lo un Gobierno fuerte, que no dependa del Parlamento, podría realizar ese anhelo, ya que la historia demostra­ba que las mejores intencio­nes se habían siempre ahogado en las interminables peroratas de los parlamen­tarios, la mayoría de los cuales obedecen ciegamente consignadas de partidos, los que a su vez sirven los in­tereses de los sempiternos amos del Perú, los terrate­nientes, los capitalistas, los banqueros, los grandes in­versionistas extranjeros y últimamente los grandes in­dustriales.
Sabíamos que el General Velasco era un hombre de carácter y muy nacionalis­ta; él estaba encarnando en ese momento la lucha por el petróleo, teníamos fe en él, lo seguiríamos sin titu­beos ni vacilaciones mien­tras siguiera representando el símbolo de nuestros idea­les más puros y estábamos seguros de que no nos de­fraudaría.
Teníamos igualmente fe en los Generales que lo acom­pañaban, los conocíamos, sa­bíamos desde Cadetes que eran hombres capaces, deci­didos, honestos y con pro­fundo amor a la Patria e igualmente, teníamos fe en todos los miembros de la Fuerza Armada, en todos nuestros superiores, camaradas y subordinados, que aunque no conocían el Plan ni nuestros proyectos, está­bamos seguros de que ellos tenían también el mismo amor al Perú, el mismo ideal de justicia social, de grandeza y dignidad para nues­tra Patria, ellos vestían tam­bién el uniforme y habían jurado dedicar su vida al bien del Perú y a la defensa de su suelo, su bandera y sus riquezas; nosotros pues no éramos sino unos privi­legiados, que en nombre de todos ellos teníamos la suer­te de ser autores y colabo­radores del nacimiento de una nueva era de la histo­ria del Perú, de una nueva ideología nacionalista, de un verdadero salto en el proce­so histórico de la Nación, así pues, los desvelos y sacri­ficios de perder nuestras horas de descanso, estaban ampliamente recompensados; por ello, siempre trabajamos con la sonrisa en los labios, con el chiste o la anécdota que matizara el trabajo o disipar la fatiga.
Una noche preguntamos al Grl. Maldonado sobre los comandos de provincias y nos dijo que se podía con­tar con el Grl. Angel Valdivia, CG de la TRN y el Grl. Armando Artola Azcárate, CG de la DC, pero que esta­ba seguro de que no ten­dríamos problemas, corro­borando lo que pensábamos nosotros.

LOS PLANES DE OPERACIONES “HUAYNA” Y “COYA”
El 16 de setiembre fui ci­tado con el Crl. Hoyos a ca­sa del Grl. Alfredo Arrisue­ño por la tarde; dejé mi au­tomóvil a dos cuadras de distancia y acudí de civil. En una amplia habitación de la azotea, revisamos el Plan Militar y dijo el Grl. que de inmediato diseñára­mos el Plan de Operaciones para la captura de Palacio. Dibujé de inmediato un cro­quis ya que tuve la suerte de participar el 18 de julio de 1962 en la toma de Pala­cio y conocía que en los só­tanos estaban los cuarteles de la Guardia Civil, que exis­tían rejas que a las ocho de la noche se cerraban y que­daban completamente aisla­dos los accesos al interior, y conocía a grandes rasgos los compartimientos princi­pales de la planta baja.
Después que diseñamos un plan simple, que preveía ro­dear las 4 esquinas con blin­dados y ocupar el Edificio Palacio, que domina la azo­tea, ingresar por la puerta del Patio principal que guar­da la Guardia Republicana y en caso de que no se nos franquee la entrada, rompe­ríamos la puerta cochera con un ataque AMX, por su silueta baja, y entraríamos directamente a la residen­cia. El General Arisueño me dijo que tomara yo el co­mando de las fuerzas que capture Palacio, cosa que acepté sin vacilar, pero acor­dándome que el Crl. Hoyos era el Jefe de las Fuerzas Especiales y que a mí me sucedió en 1962, en que sien­do Jefe del BJ 19 se quiso inicialmente mantenerme al margen, le hice la siguiente sugerencia: Era necesario un Equipo de Captura sólo de Oficiales, que ingrese y lo­gre la salida del Presidente, yo me ofrecí a comandar ese Equipo y que el Crl. Hoyos siguiera comandando el Des­tacamento de Fuerzas que diera seguridad al Equipo de Captura, sugerencia que fue aceptada tanto por el Grl. Arrisueñó como por el Crl. Hoyos.
Con esos lineamientos for­mulamos más tarde el Plan de Operaciones “HUAYNA” para el conjunto de accio­nes en la guarnición de LI­MA y la captura del Congre­so; Radio Nacional, etc., y el Plan de Operaciones “CO­YA” que detallaba las accio­nes para la captura del Pa­lacio de Gobierno.

VELASCO NO VIAJA A RIO
El 20 de setiembre sucedie­ron diversos acontecimien­tos de importancia, por la mañana temprano viajó a Río de Janeiro el Grl. Div. Ernesto Montagne para asis­tir a la Conferencia de Comandantes Generales de Ejércitos Americanos. El Grl. Div. Velasco que debió via­jar presidiendo nuestra de­legación, no lo hizo, mante­niendo en reserva hasta el último momento su decisión, ya que sabía confidencial­mente que si viajaba, aprovecharían su alejamiento para cambiarlo y quitarle así el Comando del Ejército. Los Oficiales que acudimos al Aeropuerto pudimos ver cómo los periodistas rodea­ron al Grl. Velasco y uno de ellos le preguntó qué opina­ba de las declaraciones que en nombre de la Fuerza Ar­mada había formulado el Ministro de Aeronáutica Grl. Gagliardi, manifestando que “en el asunto del petróleo no tenía injerencia la Fuer­za Armada". El Grl. Velasco respondió que el Ministro de Aeronáutica no podía ha­blar en nombre de la Fuer­za Armada ya que ello co­rrespondía al Comando Con­junto de la Fuerza Armada, publicándose estas declara­ciones en todos los diarios al día siguiente con gran revuelo.
Ese día también, el Ing. Edgardo Seoane dirigió por televisión un mensaje al país en el cual exigía que se anule todos los acuerdos con la IPC, en abierta rebeldía con lo que había avalado el Partido Acción Popular. Es­ta intervención causó gran revuelo y dio como resultado la ruptura del partido Acción Popular. El arquitecto Belaúnde dispuso que reorganizara el Partido y nombró al Dr. Becerra de la Flor Presidente de la Co­misión Reorganizadora, expulsando a los rebeldes y produciéndose una pugna de las dos facciones de Acción Popular por la ocupación del local de la Avenida Ni­colás de Piérola, abundan­do los pugilatos y las mu­tuas acusaciones. El clima político se deterioraba rápi­damente obligándonos a acelerar nuestro trabajo.



tarde se inició la for­mulación del Estatuto de la Revolución, documento fun­damental y que para orgu­llo nuestro, al ser revisado por los Generales no sufrió alteraciones. El Estatuto de la Revolución Argentina es totalmente diferente y es ló­gico que así sea, pues cada movimiento responde a un medio distinto, a una reali­dad y una situación diferen­te e incluso a motivaciones propias de cada país. Por ello, pese a tener a mano los documentos de la Revolu­ción Argentina, sólo nos sir­vió para hacer una crítica de ellos.
El Crl. Hoyos asistía igual­mente desde mediados de setiembre y a veces tenía­mos en el departamento a los Generales Arrisueño y Mercado además del Grl. Maldonado que asistía con mavor frecuencia.
Nuestro entusiasmo nos llevó en más de una opor­tunidad a sugerir que no es­peremos tanto y que de una vez se produzca el movi­miento revolucionario. Igual­mente reclamábamos el bus­car otros Oficiales que nos ayuden y contribuyan a crear la conciencia revolu­cionaria, pero se nos dijo que teníamos que esperar forzosamente el regreso del Grl. Montagne de Río y que por el momento, siguiéra­mos manteniendo el absolu­to secreto entre nosotros.

EL GENERAL SANCHEZ SALAZAR ENTRA EN SOSPECHA
El domingo 22 de setiem­bre el Grl. Sánchez Salazar nos citó a su casa al Crl. Ro­dríguez y a mí, pero nos atendió por separado e igual­mente citó al Grl. Mercado y trató de hacernos hablar, utilizando en forma alterna­da el halago y la amenaza, En lo que a mí respecta me dijo que sabía que estába­mos complotando cosa que negué rotundamente. Me dijo que el Servicio de Inteli­gencia no servía para nada, que por qué no averiguaba quiénes estaban complotan­do, que debía averiguar qué Generales eran los compro­metidos, contestándole yo que el SIE se ocupaba de informar sobre el enemigo y no podía vigilar a los Ge­nerales. En resumen, el Grl. Sánchez no sacó nada en claro de las entrevistas de aquel domingo, pero sí nos dio la convicción de que es­taba vigilante y que en ca­so de saber algo, nos aplas­taría sin vacilar.
El lunes 23 de setiembre por la tarde, se presentó en mi oficina del SIE el Coronel FAP Humberto Obradovich, viejo amigo de los tiempos de Cadete, quien me hizo cerrar la puerta de la oficina y luego dijo: "¿Qué están esperando ustedes para sacarlo «a Belaúnde? Todos los Oficiales de la FAP estamos con el General Velasco". Yo me quedé sosteniendo su mirada sin decir nada. El continuó diciéndome que en la Base de Las Palmas los Oficiales ya no podían seguir soportando al Ministro que tenían y que en el asunto del petróleo era necesario parar el entreguismo del Gobierno y que él me ofrecía de inmediato todo el personal de Oficia­les y Sub-Oficiales, así como los aviones de la Base. Yo no revelé absolutamente na­da y me limité a decirle que no sabía nada, pero que va­ya a hablar al Grl. Velasco, de noche, de civil y dejando su automóvil lejos. Me pro­metió hacerlo y en los días que siguieron continuó sus visitas, llevando el alentador apoyo de la FAP, que al pa­recer contaba entre sus Ofi­ciales con miembros decidi­dos, una opinión unánime y una gran cohesión, con excepción de algunos Genera­les.
El 29 de setiembre llegó de Río de Janeiro el Grl. Montagne y supimos que esa misma noche tuvo una reunión con el General Velasco y los demás Generales.
Era domingo y el Grl. Maldonado llegó cerca de las 12 de la noche y nos contó que era necesario terminar to­dos los planes pues en una reunión que se realizaría al día siguiente se fijaría la fe­cha de la toma de Palacio.
Nos autorizó igualmente para que a partir del día si­guiente llamáramos a los Coroneles Leoncio Pérez Tenaud, Pedro Richter Prada y Miguel de la Flor Valle, de quienes respondíamos unánimemente y así fue que en un ambiente alborozado la noche del lunes 30 el Equipo de 7 Coroneles se pu­so a trabajar después de ha­ber puesto en antecedentes a los nuevos integrantes, que con gran entusiasmo to­maron sus tareas.
El Grl. Maldonado revisó minuciosamente aquella no­che con el Grl. Arrisueño los Planes "HUAYNA" y "CO­YA" y ordenó que el Crl. de la Flor hiciera los Planes del CIMP para el patrullaje de balnearios y la neutraliza­ción del Ministerio de Go­bierno y Policía, mientras que el Crl. Richter se ocu­paría de la División Blinda­da cuyo Jefe de Estado Ma­yor era el Crl. Alfredo Be­laúnde, primo del Presiden­te y, por consiguiente, debe­ría ser relevado.
El Plan "COYA" especificaba en forma terminante que no se daría a conocer ningún nombre de los par­ticipantes, que no se haría fuego por ningún motivo contra la persona del Arq. Belaúnde, que se evitaría todo vejamen innecesario contra los miembros de la Casa Militar y Ministros de la Fuerza Armada que pu­dieran encontrarse en Pala­cio. Se preveía igualmente que en caso de recibirse fuego se respondería tratan­do de causar el menor daño posible con las armas de los blindados y que era indis­pensable actuar por sorpre­sa, cosa que obligó a pensar en un Plan de Informacio­nes, adicional, que correría a cargo del Servicio de Inteligencia del Ejército.
Aquella noche pues, las máquinas de escribir traba­jaron hasta la una y media de la madrugada y la habi­tación se saturó con el humo de los cigarrillos doble­mente.

UN MARINO Y UN PIP
El Gabinete Hercelles que había perdido la con­fianza del PAP, fue reempla­zado y el nuevo Gabinete “parchado" juraría el 2 de octubre. La noche del mar­tes 1°, nos encontrábamos trabajando cuando llegaron los tres Generales y nos co­municaron que el día 3 en la madrugada sería la toma de Palacio a las 2 y 30 de la madrugada.
Después de la euforia, de los abrazos, y la alegría na­tural de saber que por fin teníamos tan cerca la fecha tan esperada, estuvimos co­ordinando los últimos deta­lles.
Manifestamos que era ne­cesario contar con la Mari­na y en igual forma buscar el apoyo de la Policía de In­vestigaciones. El Crl. Rodrí­guez y yo nos ofrecimos pa­ra ir a los domicilios del Contralmirante Guillermo de las Casas y del Inspector General Superior de la PIP, Hércules Marthans Garro, y cuando la reunión terminó a la una de la mañana sali­mos en busca del teléfono. Una fina llovizna mojaba las calles silenciosas y los minutos corrían al encuen­tro de aquella hora en la que se iniciaría una nueva era en la historia del Perú.
Hicimos levantar de la ca­ma al Sr. Marthans, con el que teníamos una sincera amistad desde hacía años, y tal como esperábamos nos ofreció su apoyo incondicio­nal y desde su domicilio lla­mo al Contralmirante de las Casas y a las dos de la ma­ñana nos dirigimos los tres a su casa.
El Contralmirante de las Casas, Director de Inteligen­cia Naval, había guardado en las relaciones de trabajo de Inteligencia, una especial cordialidad con el Ejército y era amigo de los tres.

Después de un brindis con whisky, nos escuchó y nos dijo que ya algo sabía por indiscreción del teléfono de larga distancia que él con­trolaba y que estaba com­pletamente de acuerdo con la revolución y que si bien podía garantizar que la Ma­rina no haría fuego contra el Ejército, no podía garan­tizar que su Institución esté desde el primer momento con nosotros, que sería ne­cesario esperar que las guar­niciones de Arequipa y Piura se plieguen v que para evitar que la Base Naval pueda tomar cualquier acti­tud contraria él se dirigiría allí. También le pedimos que nos proporcione un Equipo que tan pronto captu­remos la Central de Teléfo­nos la opere y corte las corte las comunicaciones de Palacio, cosa que prometió hacer.
Después de otro whisky y unos cordiales abrazos sali­mos, eran las 3 de la madru­gada del 2 de octubre, me despedí del Crl. Rodríguez deseándonos buena suerte, ya que en las próximas 24 horas tendríamos tanto que hacer, que no podríamos ya reunirnos.
LOS ULTIMOS PREPARATIVOS
Por la mañana desarrollé en forma absolutamente nor­mal mis actividades en mi oficina del Servicio de Inte­ligencia e hice una relación detallada de cosas pequeñas por hacer. Nadie sospechaba nada, todo se desarrolla­ba como un día cualquiera del año y en Palacio de Go­bierno se llevó a cabo la ju­ramentación del nuevo Ga­binete, presidido por el se­ñor Mujica Gallo.
Por la tarde dispuse que se desengrasaran siete pis­tolas ametralladoras UZI y se abastecieran dos caceri­nas por arma; también or­dené que todos los vehícu­los con radio del Servicio fueran revisados, que se no­tifique a los choferes que se realizaría una operación esa noche y no salieran a la ca­lle. Ninguno de estos prepa­rativos podían despertar sos­pechas. Luego llamé a los Mayores Gonzalo de la Ro­cha Brito y Martín Martínez Garay, excelentes Oficiales que trabajaban en el Depar­tamento de Búsqueda y les dije que esa noche los ne­cesitaba y que citaran ade­más a mi domicilio, a las ocho, al Mayor Justo Jara Ugarte, alumno de la Escue­la de Guerra; a las ocho y quince, al Mayor Cliffor Casas Elias, de la Escuela de Comandos; a las ocho y treinta, al Capitán Alfredo Palacios Ackerman de la Es­cuela de Inteligencia y a las ocho y cuarenticinco al Ca­pitán Reynaldo Ormachea Pacheco de la Escuela de In­teligencia. Escogí a estos 0ficiales comandos porque los conocía, sabía que de ante­mano que aceptarían acom­pañarme y que cumplirían la misión sin vacilaciones. En el pasado yo había sido su Jefe y sabía que me guar­daban una gran estimación.
Ordené al Comandante Mi­guel Boggino del Carpió, que reúna a las dos los Oficiales de su Departamento de Bús­queda, con excepción de los Mayores de la Rocha y Mar­tínez y le expliqué que era necesario establecer un sis­tema de vigilancia y alerta alrededor de Palacio de Go­bierno, en forma disimula­da y comunicar por radio los movimientos que se ob­servaran entre las 23 horas y las 0230. El Comandante Boggino fue el primer Ofi­cial a quien le revelé que la Fuerza Armada tomaría el poder dentro de pocas ho­ras, y tal como lo esperaba el Comandante Boggino no sólo expresó una gran satis­facción sino que me agra­deció que le diera la opor­tunidad de intervenir direc­tamente en aquel aconteci­miento.
A medida que los Oficia­les citados a mi domicilio llegaban, les expresaba bre­vemente que la Fuerza Ar­mada capturaría el poder, que disponíamos de un Plan de Gobierno que realizaría las reformas sustanciales que tanto se requería, y que reivindicaríamos nuestro pe­tróleo. Ninguno de ellos pes­tañeó; aceptaron de inmedia­to formar parte del Equipo de Captura y los cité a las doce de la noche en la Di­visión Blindada, con unifor­me de paseo, debiendo cir­cular sin gorra ni polaca en el automóvil, a fin de no llamar la atención. A la mis­ma hora se instalaría en el CIMP el Cuartel General Re­volucionario.
Hasta aquel momento sólo los Jefes de las Unidades y los Comandos conocían la decisión adoptada. Tampo­co nuestros familiares cono­cían nada; acostumbrados al trabajo intenso, tal vez sospechaban algo pero no co­nocían nada concreto y me­nos que aquella noche se realizaría un acontecimien­to histórico y trascendental en el que participaríamos directamente.

LOS TANQUES ENCIENDEN LOS MOTORES Y COMIENZAN A ANDAR
Cuando recorría en mi au­tomóvil las frías y solitarias calles y pasé por la Plaza de Armas, pensaba en los acontecimientos que se reali­zarían dentro de pocas ho­ras; las radios trasmitían sus habituales programas y nadie sospechaba nada. Pren­dí mi radioteléfono del ve­hículo y escuché los men­sajes en código que indica­ban SIN NOVEDAD en la red de vigilancia de Palacio.
El Grl. Arrisueño me reci­bió cordial y sereno. En la sala de Operaciones el Crl. Richter iniciaba su exposi­ción del Plan a los Oficiales de la División Blindada; des­pués de las últimas coordinaciones me despedí del Ge­neral y fui al Cuartel del Batallón de Comandos 19, que fuera mi Batallón.
En la oficina del Jefe es­taban todos los Oficiales, con sus uniformes de com­bate. Abrazos, apretones de mano, rostros familiares, miradas de alegría, los “hom­bres sin miedo", los Comandos del Ejército, se apiña­ban a mi alrededor. Salió el Crl. Hoyos de su habitación, terminando de vestirse. Lla­mé a los integrantes del Equipo de Captura a mi lado y luego hice traer una piza­rra. Dibujé un croquis de Palacio, luego hice que se lea pausadamente el Plan de Operaciones “COYA", identificando a los Jefes de los diversos destacamentos y asegurándome que supieran bien su misión. 
El Comandante Jorge Montesinos Mendoza, Director de la Escuela de Comandos, me pidió que lo lleve en el Equipo de Captura. Yo ha­bía decidido —quizás por­que el número 7 siempre me ha gustado— que fuéramos sólo siete el Equipo de Cap­tura, pero tanto insistió que acepté que me acompañara.
Luego, mientras los “Co­mandos" salían a tomar el mando de sus Unidades y los motores de los vehículos blindados comenzaron a re­tumbar en el patio del Cuar­tel, expliqué a mi Equipo que, a mi modo de ver, sólo existían dos posibilidades: la primera era aquella en la cual, al ver rodeado Palacio y habiéndose intimado su rendición, abrirían las puer­tas para que ingresemos los Oficiales del Equipo de Cap­tura para exigir que el Pre­sidente salga, y que éste acepte acompañarnos fuera de Palacio.
La otra posibilidad era aquella en la cual, pese a la intimación de rendición y la presencia de los tanques, las puertas permanezcan ce­rradas y tengamos que rom­per la puerta cochera del lado derecho mediante un tanque AMX ingresando al patio y luego a la residen­cia, haciendo fuego si éra­mos atacados y luego, una vez en presencia del arqui­tecto Belaúnde, lo sacára­mos cargado si era necesa­rio. No existía a mi mane­ra de ver otra alternativa. Lo que sí creí necesario re­calcar era que la rapidez era lo esencial, puesto que los Ministros de la Fuerza Armada, los Comandantes Generales de la Marina y la Aviación, los Jefes del Es­tado Mayor de los tres Ins­titutos, en particular el Grl. Sánchez Salazar, y el Jefe del Servicio de Inteligencia Nacional Grl. Carlos Lina­res, no sólo no conocían na­da, sino que ante una llama­da del Presidente actuarían de inmediato, y como se ha­bía
mantenido un secreto absoluto, podrían causar un caos terrible en muy poco tiempo y aunque no creímos que llegarían a desbaratar la revolución, habría segu­ramente derramamiento de sangre que queríamos evitar a toda costa.
Tomamos pues nuestras metralletas, las cargamos y colocamos “al seguro". El Capitán Ormachea llevaba la pistola de señales para disparar la señal de “misión cumplida" con un cohete verde, y en caso necesario, un cohete rojo indicaría a los blindados que las cosas dentro de Palacio no iban bien.
En la Avenida Eléspuru el ruido de los tanques y el movimiento de tropas re­cordaba una escena de cam­paña, el reloj avanzaba inexorablemente y como de­bía partir a las dos de la mañana el destacamento que capture el Congreso y a las dos y diez el que se diri­giría a Palacio de Gobierno, salimos del cuartel para dirigirnos al carro M-20 que colocado en la columna blin­dada nos llevaría. El ruido ensordecedor de los moto­res no nos permitía hablar, saludábamos con el brazo a los Oficiales que desde sus tanques o jeeps nos mira­ban. En todos los rostros se veía serenidad y decisión.
Teníamos fe y confianza, el último contacto por ra­dio con la red de vigilancia del Comandante Boggino mostraba que habíamos logrado el secreto, faltaba ahora el otro factor de la sorpresa: la rapidez.
La columna de vehículos emprendió la marcha, ya na­da podría detenernos, suce­da lo que suceda, sólo la historia nos juzgaría y está­bamos seguros de que se iniciaba una nueva era, ya que por vez primera en nuestra historia la Fuerza Armada tomaría el poder con objetivos precisos, para llevar a cabo cambios sus­tanciales en beneficio del pueblo peruano. ■ 
 

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