lunes, 18 de enero de 2016

VISIÓN CRITICA DEL LAGO Y LUGARES CIRCUNLACUSTRES

VUELTA AL LAGO EN 18 DIAS
Rodrigo Núñez Carvallo
Tomado de “HILDERBRANDT EN SUS TRECE” N° 282 15ENE16 pp. 16, 17
S
iempre tuve una fanta­sía. Ir hasta La Paz en carro, y darme toda la vuelta al lago Titicaca. Conocer la otra orilla. La verdad es que tuve que espe­rar sesenta años para cumplir este sueño. Antes debí ahorrar, comprarme un auto, completar la billetera y reclutar a los acompa­ñantes.
Partí dos días antes de la na­vidad (detesto las fiestas y quería escapar de los compromisos de fin de año). Repostamos en Arequipa y continuamos hacia Puno, aquella pequeña ciudad, cuna de notables poetas y ensayistas. Pero antes tu­vimos que pasar por Juliaca, triste, caótica y escandalosamente sucia. Edificios espantosos con los vidrios tintados de azul, verde y violeta. Calles malolientes, destrozadas y polvorientas, y un tráfico endia­blado. Ninguna planificación. El municipio no tiene recursos, nos cuentan, nadie paga arbitrios, ni baja policía. Nadie estuca las casas para librarse de los impuestos. La informalidad en todo su esplen­dor. Ni el Estado ni el municipio existen. Anarquía total. ¿Después hablar de "El otro sendero" del gordo Hernando De Soto? Falacia completa. Lo que hay en Juliaca no es capitalismo popular sino ley de la selva y degradación humana. Oro ilegal, contrabando y narcotráfico. Talleres clandestinos y calles atibo­rradas de mercados precarios.
El colmo juliaqueño de la informalidad
Demoramos hora y media en cruzar este laberinto. Llegamos al anochecer a Puno. Al fin asoma el lago que refleja la ciudad en sus mansas aguas. Ya en la plaza, re­cuerdo "El pez de oro" de Arturo Peralta, más conocido como Gamaliel Churata. Este libro, a caballo entre la poesía y el ensayo mítico-filosófico, le aporta una dimensión vanguardista al indigenismo. Y es que el lago incita a la contempla­ción, a la reflexión, a la tarea crea­tiva. También pienso en mis padres que vinieron a estas tierras en 1935 y que por recomendación del geó­grafo Emilio Romero conocieron a Alejandro Peralta (hermano de Churata), a Emilio Vásquez, Luis de Rodrigo, Dante Nava, Mateo Jaika y Emilio Armaza.
Y pensar que toda esta brillante generación de intelectuales y artis­tas se debió a un solo hombre, pien­so. José Antonio Encinas se hizo cargo de la escuela 881 de Puno en 1907 y la convirtió en una suerte de Summerhill andina. El maestro renovó los métodos pedagógicos, abolió de las aulas el desprecio al indio, promovió el trabajo creativo y el sentido crítico. Incluso enseñó a los chicos tipografía y a encua­dernar. Pregunto por el local que albergara el colegio y nadie me da razón. La memoria colectiva puneña ha perdido uno de sus hitos más importantes.
El Titicaca es un lago raro. En realidad es una sucesión de lagos colindantes. El Arapa al norte, el propio Titicaca, tanto el mayor como el lago menor, que a través del río Desaguadero se interconectan con el Uri Uri, y el Poopó, hasta que las últimas aguas se eva­poran en el salar de Coipasa. Se trata de un conjunto de cuencas y subcuencas conexas que abarcan toda la meseta del Collao, el Tíbet de América.
Por allí caminó el hombre hace diez mil años persiguiendo guana­cos y vio una naturaleza tan invero­símil que decidió quedarse. Allí se domesticaron los primeros tubér­culos y camélidos. Allí se estableció la lengua aimara, posiblemente ve­nida de más al norte, desplazando al puquina durante la civilización Wari, quinientos años después de Cristo.
¿Falos o amarraderos?
Comenzamos la visita por los pueblos más cercanos. Nos diri­gimos a Chucuito, 18 km al sur de Puno, y lo primero con que nos to­pamos es el enorme "templo de la fertilidad". El Inca Uyo. No le pres­to mucha atención. Me interesan más los pétreos muros exteriores de factura inca. Dentro, 80 falos lí­ricos me parecen una exageración. Luego me entero de que este tem­plo es un gran fraude cometido por sus autoridades municipales en los años cuarenta. Los presuntos penes son las columnas de las casas más antiguas, que se usaban para sos­tener las techumbres, y que fueron cortadas para simular penes. Me pongo a pintar la plaza, tiene un portal interesante. La iglesia renacentista y las calles lucen vacías. Es tiempo de siembra y de aporque porque las lluvias se han retrasado por El Niño. Luego me entero que Chucuito era utilizado como Caja Real en la primera parte de la colonia. Sus yacimientos de mercurio permitían darle ley al oro y la plata extraídos.
Al dia siguiente vamos a Acora, en cuyas laderas hay una bella y enorme iglesia casi en escombros, que abriga un pequeño cementerio. Se llama San Pedro y tiene elementos modéjares. Pero las calaminas afean la vista. Otra sería la paisajística puneña si se volviera al ichu y a la totora. Me pongo a pensar que todos estos pueblos son de indios. Primero los dominicos y después los jesuitas levantaron estos edificios de piedra para extirpar a los dioses andinos. Después pasaron las huestes de Túpac Amaru e incendiaron muchas de ellas. También en estos parajes Bolívar comisionó a Sucre para negociar con Olañeta la partición de Perú y Bolivia. Aquí también se firmó la paz luego de la ruptura de la Confederación Perú-Boliviana de Santa Cruz.
Viene la navidad y es día de feria en Puno. En una esquina de la calle Lampa descubro unos puestos de ceramistas de Pucará. Encuen­tro ceniceros, jarras, ollas vidriadas con el típico verde botella. Pero los toritos y músicos, que hicieran famoso a este pueblo, brillan por su ausencia. Ahora se venden sin decoración alguna, para seguir la moda de pintarlos de colores chi­llones a lo Walt Disney. La devalua­ción del arte y el mal gusto.
Ay punito...punito, que hermoso eres
Por la noche somos invitados por Rosario Vera a pasar la Noche­buena en un quinto piso. A las doce toda la pirotecnia andina ilumina Puno durante tres largas horas. Nos levantamos temprano. Iremos a Moho, sabremos cómo son las orillas orientales del lago. Luego de pasar por una Juliaca somnolienta enrumbamos a Huancané y divisa­mos el lago Arapa entre neblinas. Cuando menos lo pensamos ya es­tamos en Moho, que está de feria. Papas de diverso tipo, morayas y chuño. Sandías para la sed. Plásti­cos, herramientas, chucherías. Me cercioro de que no hay cosa más antiestética que los municipios del altiplano peruano. Proseguimos el camino. Los cerros se cubren de pinos y eucaliptos. Una carretera costanera nos lleva a Suasi y divisamos la isla que funciona como un hotel-enclave. Almorzar allí un menú cuesta 25 dólares. El hotel no tiene ninguna relación con los pueblos vecinos. Los pobladores se quejan de Martha Giraldo, la due­ña y administradora. No me gusta este tipo de inversión turística que fomenta la exclusión, pienso. Una lancha de goma trae la basura de la isla y sabe dios a qué vertedero habrá de ir.
El hambre aprieta, pero no hay sitios para comer en Conima. Pa­samos de pueblo en pueblo bus­cando un restaurante pero no ha­llamos ninguno. Las señoras a las que preguntamos por una pensión sólo hablan aimara. Las bahías y penínsulas se suceden y finalmente llegamos a Tilali, en cuya plaza hay una bien surtida bodega. Atún, pan y harta chatarra ¿Y Bolivia queda lejos? Aquicito nomás, nos dice el dependiente. Tomamos una trocha afirmada y efectivamente la fronte­ra está a cuatro o cinco kilómetros. El puesto policial del Perú está ce­rrado con candado, en la aduana no hay nadie y la valla está abierta. Sigamos. Es 25 de diciembre y el personal debe estar celebrando. En el otro lado pasa lo mismo. No hay nadie en la caseta. Esta zona boli­viana del lago es más seca y menos poblada. Por aquí se realiza el con­trabando de la culebra, nos expli­can. Caravanas de camiones pasan la frontera de noche y depositan su mercadería en vehículos peruanos. Pero hoy está todo tranquilo. La tarde cae, hay que iniciar el regre­so. Llegamos de noche a Puno. Una sopa criolla en el jirón Lima repara las energías tras el largo y fugaz día.
Revisamos el mapa y decidimos conocer la península de Capachica. Pasamos por Coata, referencia obligada de aquella callecita de los barrios altos. Enormes pampas con poco ganado y
Rica merienda comunitaria en Llachon
mamachas en motocicleta. También se ven por doquier motos que llevan una tol­va. Parece que es la mejor forma de acceder al mercado y comuni­carse con Juliaca. Llegamos a Chifron, una hermosa playa que sirve de embarcadero para acceder a Amantani y Taquile. Mientras las islas reciben un turismo perma­nente, las costas que están frente a ellas desfallecen. Los campos están poco cultivados y hay un aire de decadencia que baña sus playas. Falta infraestructura. Los criaderos de truchas mueren de olvido. Es curioso, ya no se ven los caballos de totora que aún existían hace ocho años. Llachón parece un pueblo abandonado. Nadie cultiva más de una peque­ña parcela de autoconsumo. Los precios agrarios son muy bajos. El neoliberalismo así lo requiere, y no es posible la inversión estatal directa en obras productivas. Ello impide corregir las deformaciones del mercado. Lo que sí hay es una política de dádiva y clientelismo. El último día del año, cientos de mujeres del campo hacen cola en la plaza de armas de Puno. Vienen con sus mejores galas a recibir sus aguinaldos de fin de año. Lamentable, se trata de comprar a la gente necesitada con regalos.
Nuestra anfitriona Rosario Vera nos invita al día siguiente a conocer la Universidad del Alti­plano. El campus está muy cerca del lago y allí se atiborran veinte facultades, gimnasios, laborato­rios, locales sin destino y hasta un grifo. Un edificio de quince pisos que aún no está terminado coro­na el centro. Serán laboratorios, dicen, y salas de reunión. Un poco grande nos parece. Pienso que en­viar a sus profesores a universida­des extranjeras a perfeccionarse sería mejor inversión. La irracio­nalidad del gasto, que le dicen.
Nuestro plan es cruzar la fron­tera en carro y llegar para año nue­vo a La Paz. Pasamos por llave y recordamos la trágica muerte del
Ilave en la paz de la madrugada
alcalde Cirilo Robles a manos de una multitud envilecida. Desde en­tonces la leyenda urbana crece. Los ilaveños son violentos y asesinos. Los fiscales encuentran siempre ca­dáveres en la cumbre del Khapía, el apu devorador de hombres, el cerro maldito, el volcán yerto. También refieren que el dirigente indigenista boliviano Felipe Mallku viene fre­cuentemente por aquí, clandesti­namente.
Más al sur está Juli, la tierra donde trabajó Ludovico Bertonio, el estudioso colonial del aimara, que posee cuatro hermosísimas iglesias, una de las cuales está muy deteriorada. Arribamos luego a Pomata con su singular templo de piedra roja. Recuerdo una foto de Carlos Oquendo de Amat en el pórtico de dicha iglesia. El autor de 5 metros de poemas volvía a su tierra allá por 1923.
Fracasamos por la aduana de Desaguadero. Ningún carro pe­ruano puede pasar la frontera.  Qué locura. La integración es una reverenda mentira y todo tiene como causa la corrupción de las autoridades peruanas que dejan pasar carros robados a los que se les cambia el número de motor en talleres clandestinos. Luego son revendidos en el Beni o en Santa Cruz de la Sierra. Sólo nos queda tomarnos un colectivo y visitar Tiawanaku, la sede religiosa de aquella civilización que entró en una extraña relación con la ciudad ayacuchana de Wari. Mi impresión es lamentable. La portada del Sol ha sido encapsulada en un recinto alambrado, en lugar de mantener el entorno natural sobre el que se erigía. Alrededor se levantan dos horribles museos que rompen el paisaje del páramo.
Volvemos de regreso a Desagua­dero y me salto el puesto fronteri­zo boliviano. No te dejarán entrar más, me dicen mis compañeros de ruta. Con esas computadoras es difícil tener un registro a mano de quién entra y quién sale, refiero. La experiencia demostrará que no me falta razón. Atravesamos los cam­pos de Yunguyo e intentamos en­trar a Bolivia por el paso de Kasani. La persistencia de Rosario Vera no tiene límites. Convence primero al oficial de aduanas del Perú y ense­guida enfila su persuasión contra el funcionario de la parte boliviana. Las tratativas demoran casi tres ho­ras. Al final nos muestra victoriosa una autorización para permanecer en Bolivia por 48 horas con carro y todo.
Playa de Copacabana a la luz de la luna
Copacabana es el balneario boliviano por excelencia. Miles de bañistas y botes refulgen contra sol de la tarde. En la puerta del san­tuario de la virgen, cientos de fieles hacen bendecir sus coches, tarea en la que se turnan los monjes franciscanos y los yatiris o sacerdotes nativos. Los carros salen decorados con flores, palmas y lazos.
RUMBO A LA PAZ
Cruzamos el estrecho de Tiquina y nos dirigimos raudamente hacia La Paz. Los campos del altipla­no boliviano rebosan de cultivos, mientras en el Perú languidecen y están abandonados. En el camino las vacas Holstein y Brown Swiss reemplazan a los escuálidos ejem­plares puneños. En la ruta los letre­ros de los programas agropecuarios se multiplican. Mejoramiento de semillas, canales de riego, progra­mas experimentales. Pero están asustados por el Fenómeno del Niño. Si no llueve en febrero las cosechas se perderán.
Es 31 de diciembre. La puna se ve bruscamente interrumpida por una enorme ciudad de un millón de personas, (El Alto) levantada a punta de autoconstrucción, pero donde se ve orden y uniformidad. Es una especie de anti-Juliaca. Modestos ladrillos caravista le proporcionan una calidez cromática que contras­ta con la aridez de esta parte del altiplano. Al fondo y al oriente se alzan los blancos y rosados picos de la Cordillera Real. Con la tarde resplandecen el Illampu y más al sur el Inti Illimani, nevado tutelar de La Paz.
La Paz al pie del Illimani
Llegamos a la ciudad sede del gobierno en el último atardecer del año. La calle Comercio bulle de compradores de calzones ama­rillos. La plaza Murillo y el Palacio Quemado lucen humildes frente a las altas torres del centro finan­ciero. Evo ya no despacha allí, me informa un paceño. Ahora la presi­dencia funciona en un enorme local enclavado en un barrio residencial del sur. Allí está el comando guber­nativo, que tiene al vicepresiden­te Alvaro García Linera como su pieza maestra. Este matemático y sociólogo de 50 años es el estrate­ga de Evo, su álter ego, el hombre que controla los resortes del poder, mientras el presidente es la cara pública del régimen.
Aunque Morales no es un aca­démico cada vez tiene un pensa­miento y un discurso más articu­lado. Su poca educación formal fue en su momento un problema. Basta recordar la anécdota de los pollos hormoneados y la virilidad debilitada. Pero Evo es inteligen­te y aprende rápido. La gente lo quiere. La mayoría de los paceños y altinos con los que converso dicen que logrará un nuevo mandato, lo cual significa una corrección a la constitución y un referéndum en febrero. Quizá para mantener el proceso, sería más conveniente que García Linera postulara y fuera la figura de recambio, pero el poder es adictivo. Ay, Evo, por qué no te retiras a tiempo. Quedarías como el mejor presidente que alguna vez haya tenido Bolivia, más grande incluso que el Gran >Mariscal Andrés de Santa Cruz. El Alto se llamaría seguramente
Ciudad Morales o Vi­lla Evo si no te amarraras a la casa de gobierno.
El año nuevo lo pasamos de casualidad en un restaurant en el séptimo piso de un edificio vie­jo pero bien mantenido. Minutos antes de las doce comienzan los petardos y fuegos artificiales que iluminan fugazmente la ciudad. Desde El Alto parece desplegarse el mayor número de bombardas y luces de artificio. El país crece con la más alta tasa de América Lati­na. El consumo se incrementa a pasos agigantados. Hay alegría en las calles. Ya algunos comentaris­tas hablan de una nueva burguesía aimara afincada en El Alto.
Evo les ha devuelto el orgullo a los bolivianos, y no solamente por el litigio con Chile. Las radios emi­ten mensajes antirracistas conti­nuamente. No a la discriminación. Todos somos iguales. La burguesía tradicional ya no se atreve a llamar macaco o indio ignorante a Evo.
La Paz tiene también algunos desaguisados urbanísticos como esos horribles pasos a desnivel que destrozaron la plaza de San Fran­cisco que hoy se muestra desolada porque son las diez de la mañana del primero de enero. Con una niebla serrana que invita a la tris­teza conocemos los confines de La Paz en un taxi. Conversamos con el conductor que dice tener madre puneña y nos muestra los puentes mellizos, que vinculan ambas que­bradas de esa hondonada perpe­tua que es la ciudad. Seguramente los altinos miran a los paceños con cierta condescendencia, mejor la puna que el barranco.
Teleferico de El Alto a La Paz
El sol se escabulle entre las nu­bes. Ya es hora del regreso a Puno pero antes vamos a probar uno de los tres teleféricos que cruzan el cielo: ¿el rojo, el verde o el azul? En las estaciones no hay turistas, sólo apurados viandantes que suben a El Alto en diez minutos. Observo los techos de la ciudad. Están limpios. Sucesivamente va­mos detectando como una estra­tigrafía de la ciudad. Los barrios más antiguos y tradicionales, el viejo cementerio, la expansión de los cincuenta y sesenta, y final­mente El Alto, como el renacer de una nueva Bolivia, mestiza, inte­grada, moderna. Quizá por eso los movimientos indigenistas pierden fuerza. Ya nadie habla de Felipe Mallku, el milenarista fundador del Movimiento Túpac Katari.

¿Es socialista Evo? No lo creo. Las fuerzas que ha liberado son las de un capitalismo popular en alianza con algunos sectores em­presariales que también ganan a manos llenas. El regreso a Puno es un tanto desconcertante. Pese a una década de crecimiento neo­liberal en el Perú, las fuerzas pro­ductivas están detenidas en esta parte del lago. Aquí no hay or­gullo ni muchas perspectivas de futuro.

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