miércoles, 27 de junio de 2012

LA PERDIZ, EL AHORRO Y LA AUTOESTIMA


Fábula
  Autor: Gamaliel De Amat Quiroz

M
i padre Carlos que tiene 96 años de edad, me contó un buen día de esos con pleno sol y ante un cielo azul, que en el Altiplano existe una pequeña ave gallinácea de color gris con pequeñas manchas blancas llamada perdiz y que con ayuda de algún dios tutelar tomó la forma de una hermosa mujer andina que se hizo llamar Lurpila, de la que se enamoró un apuesto y trabajador joven llamado Amador, quien la llevó a vivir a su casa en cumplimiento a una costumbre ancestral del “sirvinacuy” (matrimonio de prueba). Amador vivía con su mamá, quien se caracterizaba por ser bastante desconfiada, por lo que quiso someter, a quien pretendía ser la esposa de su engreído hijo, a algunas pruebas que según su concepto debía cumplir con ciertos requisitos que adornan a toda buena mujer.

Los días fueron transcurriendo hasta que la madre de Amador decide enfrentar a Lurpila a una primera prueba y le entrega una pequeña cantidad de granos de quinua (cereal andino de gran valor vitamínico y proteico) y algunos otros insumos y le pide que cocine algún potaje para su hijo. Ella dando muestras de laboriosidad logra preparar una agradable comida, llamada pesk’e (quinua cocida y batida con trozos de queso), que motiva los elogios  de su querido compañero quien asegura alegre y contento nunca haber comido tan rico plato, ante el silencio de la madre, que abandona el comedor sin haber concluido de almorzar.

Luego de unos días de observar el apasionado cariño mutuo que se profesaban los enamorados convivientes, la madre decide someterla a una segunda prueba, consistente en la entrega de una pequeña cantidad de fibra de alpaca (animal andino de lana muy fina) y le pide que le hiciera una prenda a su hijo, entonces Lurpila nada dispendiosa, mas bien hacendosa y gran artesana aimara, logra en pocos días concluir una hermosa y fina chalina que con mucho amor y una gran sonrisa, mostrando sus dientes blancos, coloca en el cuello de Amador acompañado de un beso, quien nuevamente la elogia y la llena de besos y caricias ante la rabia de la madre que no alcanza a comprender cómo era posible que con tan poca lana haya podido tejer tan fino y hasta haya hecho sobrar el material entregado que según sus cálculos no debía alcanzarle, pero más pesaba el orgullo y la sobre protección a su hijo que aún lo creía y trataba como su niño engreído, sin querer darse cuenta que ya era todo un hombre, que remplazaba a su esposo fallecido hace algunos años y que necesitaba una esposa, unos hijos y un hogar propio, sin descartar que su madre siga a su lado.

Lurpila, luego de someterse a muchas otras pruebas y cansada del maltrato, la desconfianza y los excesivos celos de la madre de Amador, a pesar de su profundo amor hacia él, mas pesó su autoestima y un buen día de esos delante de ambos y para su sorpresa retoma su forma original de una perdiz, lo cual era su secreto bien guardado, grazna y alza vuelo para no volver más a ese lugar y seguir viviendo con libertad y sin que nadie la maltrate como ave cordillerana que como único enemigo tenía a algún esporádico cazador que gustaba de la exquisita y sabrosa carne blanca de los de su especie.

Amador no salía de su sorpresa y con el corazón dolido emplaza a su madre y le hace notar los grandes valores de Lurpila, le dice que ella era hacendosa porque era solícita y diligente en las tareas domésticas, no era dispendiosa porque era ahorrativa ya que con lo poco que recibía cocinaba muy bien y tejía bastante fino como gran artesana, además cultivaba otros grandes valores como el aseo personal, la sinceridad, la correspondencia al amor que él le brindaba y era entendible su autoestima ante tanto acoso. Por lo tanto le dice a su madre que ella era la culpable de haber perdido al gran amor de su vida por sus celos infundados y su desconfianza extrema, buscando la perfección a cualquier costo, sin medir el daño que estaba causando en la extrañada Lurpila. Amador estuvo triste durante un buen tiempo extrañando a Lurpila, la vida ya no era la misma porque ya no estaba la mujer que había escogido para que fuera su esposa y la madre de sus futuros hijos.

 Esta fábula es narrada por las abuelas y madres a sus hijas en los fríos atardeceres puneños, a quienes educan y aconsejan que sean como Lurpila, una mujer hacendosa y nada dispendiosa, enseñándoles de esta manera con lo que se llama la Tradición Oral Andina, que en el área rural se trasmite de generación en generación, la enseñanza de valores como el ahorro, la calidad en el trabajo y la autoestima, entre otros.

Colorín colorado que la fábula ha terminado. 

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