lunes, 19 de mayo de 2008

Ese torito no es de Pucará


Es de Pupuja

Por Miguel Ángel Cárdenas M.

Diario El Comercio 18 de mayo de 2008

Puno. Un viaje a los orígenes siempre une los extremos: en las retiradas comunidades de Checca Pupuja y Santiago de Pupuja, donde viven los últimos artesanos originales del mistificado torito de Pucará, lo ancestral continúa en proceso de alumbramiento. Las manos de Mariano Choquehuanca Quispe, de 44 años -el más joven descendiente de la alfarera cultura preínca de los pupujas- siguen gestando con la sañu (arcilla) una chupa (cola) apretada y doblada sobre una grupa rolliza, deslizando en arco una qallu (lengua) hacia unas fosas nasales infantiles y estilizando unos propiciatorios waqras (cuernos) de becerro bravo. "¡Es mi torito de Pupuja!", enuncia Choquehuanca y los orígenes se dan a la partida.

Fue en los años 50 y 60 cuando mayor importancia adquirió la estación de Pucará, a dos horas de Juliaca. Era un punto de comercio especial donde pasaba el Ferrocarril del Sur, que recorría 261 kilómetros hasta el Cusco. Hasta allí llegaban los artesanos de las lejanías de Azángaro para ofrecer sus trabajos, en especial los de Checca y Santiago traían unos germinales toritos mágico-religiosos que causarían admiración en las ferias cusqueñas de T'iyobamba, en Urubamba y en la de Calca. La denominación popular se fue gestando con los viajeros y turistas que respondían a quienes les preguntaban por esos objetos que se decían auspiciosos: "Son toritos de Pucará".

La exitosa venta se convirtió en una moda en Pucará, donde surgieron avispados artesanos que, por la potente demanda, lo patentaron informalmente como suyo y usaron moldes masivos, lo que terminó saturando el mercado con piezas de baja calidad (aunque sobresalía el maestro Luis Arce que creaba los "toritos llanos": de íntegro color negro y muy gruesos). "Y el torito fue perdiendo su valor patrimonial", dice José Gutiérrez, responsable del proyecto Tika, que intenta revalorizar el proceso productivo manual de los auténticos pupujas y establecer alianzas con diseñadores, artistas y empresas privadas para salvaguardar la tradición con una oferta exportable por la "pieza única".

"Y también difundiendo talleres vivenciales con los reales artesanos y un museo de sitio en Santiago de Pupuja", afirma Gutiérrez. Felizmente que para esto el alcalde de Santiago, Jaime Yapo, es un inflamado impulsor: "Todos aquí, los 8.500 habitantes, hemos crecido con el torito en los techos de paja de nuestras casas para espantar a los malos espíritus, desde nuestros primeros abuelos". Lo malo es que en el distrito de Santiago --a 7 kilómetros de Pucará-- solo queda un artesano muy viejito e inubicable, "porque está muy enfermo".

A diferencia de ese distrito organizado, la vecina Checca Pupuja es una comunidad dispersa, en un área de 4 kilómetros, a 3.900 metros sobre el nivel del mar. Son casas de adobes enlucidos con barro para 70 familias, que limitan con los cerros tutelares Paqo Qhawana y Antaña. Pero aquí sí sobreviven tres ramas de artesanos: los Choquehuanca, los Roque y los Quispe. Decir 'ramas' es un anhelo, porque en realidad solo son cinco artesanos supérstites (nosotros ubicamos a tres muy recelosos y descreídos de que por fin sean valorados; uno de los cuales, Simón Roque Roque, el más antiguo y silencioso, debería ser nombrado con justicia gran maestro de la artesanía peruana).

Estos artífices del torito veraz sobreviven por amor al arte, al Ande y al hambre: quienes tercerizan su venta solo les pagan 10 soles por una pieza irrepetible que a ellos les cuesta un día entero hacer a mano. Y que Pucará sí explota, fabril y febrilmente, con el turismo. Sus hijos --la mayoría se ha ido a Juliaca o a buscar minerales en las minas-- han perdido el interés generacional y la herencia parece perderse.

EL NACIMIENTO DEL MITO

¿Pero cómo se originó el torito de los pupujas? El antropólogo Demetrio Roca, en un estudio de 1962, señaló que "deben tener su origen en la religión, pueden haber sido elaborados para reemplazar a las antiguas conopas, cuyo uso estaba prohibido y perseguido por los extirpadores de idolatrías". Las conopas eran figuras preíncas e incas de camélidos corpulentos y voluminosos con una concavidad en la espalda y el pecho abultado de lana, que se usaban en ritos propiciatorios (Francisco Stastny prefiere el término ulti o illa: cerámicas con golletes y asas puentes y esculturas de adoración que se encontraron en el palacio de Kalasaya por ejemplo). De acuerdo con Roca, frente a los curas extirpadores, los antiguos "comenzaron a dar forma a los toritos para no despertar suspicacias. Conservando la función originaria, pero cambiándole de forma".

Sin embargo, el sincretismo fue más poderoso (y lento, según Tauro del Pino) que la mera ocultación: Cuando los españoles introdujeron el toro en la sierra, este se adaptó a la altura, a la temperatura y al tipo de forraje con tal impactante fortaleza y fiereza que su imagen pasó a presidir --por derecho y deber propio-- los rituales de fertilidad como vasija ceremonial o paccha.

Por esto, desde el Virreinato, la conopa del torito se emparentó tanto con la católica festividad de la Virgen de la Trinidad como con el pagano señalacuy. La primera, en mayo, influyó porque se adornaba a un toro vivo con rosas y de ahí la tradición de decorarlo con rosetones alegóricos en la cerámica.

El segundo, en cambio, era un rito andino de marcación del ganado (que se efectuaba antes con llamas y alpacas), en que se ataba y tumbaba al toro para hacerle incisiones en la frente y el cuerpo y usar su sangre --mezclada con chicha fermentada-- como pago a la tierra. Y de ahí la figura retratada de su lengua salida en el torito ritual, porque al correr la sangre por sus fosas nasales el animal se lamía, inquieto. Y también, por esto, las membranas circulares y brillantes en la garganta y el pecho de los toritos conocidas como wallki, que se siguen haciendo con un mineral llamado escuria y que retratan los cortes filudos que trozaban sus pieles en el señalacuy carnal.

Mariano Choquehuanca, quien empezó a hacer toritos a los 5 años, lo rememora: "Mis abuelos dicen que con el señalacuy se atraía buen año y abundancias. Pero luego fue prohibido, porque era sangriento". Mariano afirma que hoy se mantiene otra costumbre: "Cuando alguien se casa le regalamos dos toritos para que tengan abundante ganado. La pareja los tienen que guardar hasta su muerte debajo de la tierra, en medio de su terreno".

El maestro Concepción Roque Chambi, de 54 años, es el experto en el proceso artesanal que narra sucintamente: "Yo sé desde los 6 años que primero se hace la cabeza, después los cachos, la frente y los rosetones, para terminar con los pies. Se hacen por separado y después se juntan para pasar al pampahorno, que está bajo tierra. Yo solo hago cuando hay pedidos, un torito es algo serio". En Checca Pupuja los orígenes todavía calientan. Concepción cuenta con 'conocimiento de casa' que "desde nuestros antepasados que se juntaron con las costumbres españolas ponemos toritos en los techos de paja o teja para que nos protejan la casa de las enfermedades y nos traigan buena suerte". (Hoy con la llegada de la calamina a las ciudades, esa costumbre solo se mantiene en los poblados primigenios del sur andino con la fiesta del wasi wasi).

A sus 73 años, el patriarca Simón Roque Roque, historia simiente de los toritos de Pupuja, rememora a su tatarabuelo: "Él me enseñó de viejito cuando yo tenía 8 años. Yo nunca fui a Pucará, siempre he vivido acá nomás, pero hasta acá hace 50 años llegaban clientes de Puno, Arequipa, Cusco. Pero ahora solo quedamos cinco que hacemos los toritos. Nuestros nietos no quieren hacer, si supieran que da dinero lo harían, pero se van. ¿Se puede hacer algo?". Simón puede vender, por desconocimiento, un torito genuino --que en el extranjero sería carísimo-- por empobrecedores 25 soles. Por esto, los inconformes jóvenes descendientes de pupujas abandonan su herencia. ¿Se puede hacer algo?

A la salvación del legado auténtico

La revaloración del origen de los toritos ha motivado que el INC desarrolle a partir de junio un proyecto de promoción y difusión de la cerámica de Checca Pupuja y Santiago de Pupuja, que incluirá un documental y un catálogo en castellano e inglés sobre las 12 piezas cerámicas más representativas de estas comunidades (tienen también caballitos pupujas y piezas únicas de sus fiestas y creencias milenarias de insondable valor).

Siguiendo con este redescubrimiento, el 7 de julio se inaugurará la muestra "El arte de los pupujas" en el Centro Cultural Raíces, en Lino Alarco 157, Miraflores. Y del 4 al 30 de setiembre se efectuará la Segunda Muestra Colectiva Mi Torito de Pukará en el Palacio de Túpac Yupanqui, en el Cusco, con la participación de artistas plásticos del sur andino (el año pasado se realizó la primera muestra en el Jockey Plaza, con artistas limeños como Shinki, Letts y Polanco).

NOTA DEL EDITOR: Santiago de Pupuja y Pucará, son distritos contiguos y entre sus capitales media una distancia relativamente corta (8 a 10 km). Si bien es en Santiago donde se hacen o elaboran los toritos, es en Pucará donde se distribuyen y ponen a la venta a comerciantes y público que transita por ésta localidad, por la que pasa el ferrocarril Juliaca-Cusco y es punto de encuentro de carreteras. Por tanto, puede presumirse que lo de “…Pucará” ha sido adoptado por ser este el lugar de su adquisición ordinaria.

1 comentario:

Katherine dijo...

Estimado Guillermo:

¿Se puede hacer algo? ¿Se puede hacer algo?. De momento ya estoy al tanto que no son de Pucará sino de Pupuja. Supongo que es algo, pero no suficiente.

Celebro que se tenga la intensión de rescatarlo, sin embrago celebraría más si hubiera actividad comercial alrededor de éste por los jóvenes en Pupuja. Nos los culpo, es comprensible que se vayan. Aquí en España, para que los pueblos no mueran se crea actividades lucrativas y se promociona a nivel nacional. Es una de las cosas mas rescatables que he visto.

Un saludo.

Canela