viernes, 18 de octubre de 2019

ESCRITORES PUNEÑOS: LUIS ERNESTO MURGUIA SANCHEZ



Dr. Luis Ernesto Murguía Sánchez, etnógrafo puneño, nació en Ayaviri, provincia de Melgar. Magister en Antropología por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Formado en la Universidad Nacional de San Agustín UNSA. Con estudios en la Universidad ESAN, Instituto de Gobierno y Gestión Pública de la Universidad San Martín de Porres y UNESCO-CRESPIAL. Docente universitario con experiencia en trabajo de campo, etnografía, ecología, construcciones socio-culturales, tradición oral, ritualidad, simbolismo.

El material que se difunde, ha sido tomado 
del libro Q'IPICUENTOS, 
Amarilis Indiana Editores, Huánuco 2019, 
con autorización de su autor.
PROEMIO

Desde el viejo cajón de sastre la antropología horada las insondables experiencias humanas; registra, testimonia e interpreta las construcciones y elaboraciones socioculturales; aproxima tiempos y espacios en una conjunción múltiple, dialéctica y en espiral hacia la comprensión de lo otro en la mismisidad.
De las fuentes, la menos invasiva a la vez profunda, el mito y el relato oral constituye el mayor repositorio del enriquecimiento del pensar: de ellos interesa el sentido simbólico, recreativo y afectivo que pretende alcanzar.
A través de la cultura oral y la narrativa elaborada por hombres y mujeres de imaginación creadora forjada a lo largo del tiempo, pretendemos acercar al niño una pequeña parte del universo cultural cordillerano; el mismo, contempla una adyacencia al mundo de la creación y el origen de la humanidad a través de los animales o de los animales personificados en hombres; seguido, ingresar a las tierras del altipampa, el poder de los apus, la instauración del orden instituido a través de la fuerza invisible y omnipresente del amor en los andes representado en el símbolo dominante wallata; luego, la insurgencia de los ayaj – huayras en relación a la conquista y expansión del Estado Inca. Líneas adelante, explora la dimensión afectiva y humana de la rica y abigarrada creación y elaboración cultural naturalizada en la ternura y las prescripciones que hacen posible la instauración del orden en medio del aparente caos que es la vida. Sigue la entronización de los símbolos de la empresa evangelizadora y el dominio español, reinvención y resignificación de símbolos por parte del pueblo indígena; además, la ruptura del orden instituido.   
Los relatos corresponden al área cultural quechua del altiplano puneño, fueron recopilados por maestros rurales, ex hacendados, pequeños y medianos propietarios que conformaron la élite local. Las voces primigenias fueron transmitidas en lengua quechua, con el tiempo intertextualizaron con el español para conformar una polifonía de voces que en conjunto constituyen la urdimbre cultural de la sociedad ganadera del altipampa.
Las razones que motivaron la selección de los textos se hallan en la configuración del rostro nuevo de la sociedad rural puneña en particular de la provincia de Melgar, donde cada vez es frecuente la menor presencia de almas creativas debido a la migración de la élite local por efectos de la reforma agraria,  los procesos de integración con la sociedad mayor, la globalización que tiende a uniformizar, borrar la diferencias y diluir la diversidad: De otro lado, rescatar lo valioso de la buena escritura dado la claridad de la narración, argumentación y matización; herencia de prohombres de la “Tierra de escritores, poetas e intelectuales, músicos y artistas”; destaca Gabino Pacheco Zegarra 1846 - 1903, quien fue abogado, músico, dramaturgo, poeta, novelista, quechuologo, político, catedrático en la Universidad de San Marcos – Lima (1870) y Universidad de Salamanca España (1890), diplomático en Europa, publicó el diccionario y gramática de la lengua quechua, poemas, autos sacramentales, yaravíes, waynos, novelas, dramas, entre otros, destaca  “Ollantay” drama en verso quechua del tiempo de los incas, publicado en Madrid, Biblioteca Universal, año 1886.
Finalmente, los relatos pretenden mantener los rasgos esenciales de la oralidad, el disfrute, la libertad y el interés por avivar la inteligencia; en tal sentido, procuramos solazar un estilo oral a través de la escritura.                                                                                                                          
Luis Ernesto Murguía Sànchez

LOS CHUCHULAYAS
El origen de la vida y de los depredadores en el imaginario popular
En el paraíso junto a dios vivían los chuchulayas; unos depredadores (cóndores, ukumaris[1] y atuq). no lo dejaban tranquilo, entraban, salían, se comportaban mal, eran malcriados, groseros, protagonizaban escenas eróticas, comían insaciablemente y lo atormentaban demasiado. Dios cansado del su mal comportamiento ordenó que bajaran a la tierra. Los chuchulayas se resignaron y empezaron a phuscar: hilar, sogas de paja. Luego. Dios los soltó. A medida que bajaban daban vueltas y vueltas agarrados de la soga dándose de insultos y risas. De pronto miraron a todas partes y de miedo miccionaban por aquí y por allá a semejanza de los rollos de sogas que torcieron. Llegaron a la tierra y se multiplicaron en los mismos lugares y en la cantidad en que miccionaron.
Llegado a la tierra los insultos prosiguieron y subieron de tono hasta convertirse en gritos; el aullido del atuq, los gruñidos del ukumari y graznido del cóndor fueron tan fuertes que de pronto vieron surgir a hombres y mujeres y demás seres que acompañaron por siempre a los chuchulayas.
Para sobrevivir se dedicaron a cazar animales, con el tiempo se hizo difícil, los chuchulayas aumentaban mientras disminuían los animales que servían para alimentarse; el clima se volvió insoportable, las lluvias empezaron, luego, las nieves no cesaban, subían más y más, el frío era intenso que puso en peligro la vida de los cóndores, ukumaris y los atuq.
De pronto, la intensidad del frio fue disminuyendo gracias a la voluntad de Qoyllur riti (señor de la nieve resplandeciente), esto hizo posible que hombres, animales y chuchulayas se reprodujeran, tomaran nombres distintos y cada uno haga lo que tiene que hacer, es decir, pelear, llorar y reír; vivir juntos.
Al pasar el tiempo, los chuchulayas no podían seguir viviendo en el desorden y el caos, nuevamente estaba en peligro su existencia; en coincidencia con ese momento difícil, nuevamente vino una nueva ola de frio, esta vez para terminar con los chuchullayas, todo ello  a consecuencia que se  olvidaron de dios; resulta que esta vez dios estaba lejos, imposible de alcanzarlo y estar cerca de él; entonces, no tuvieron mejor idea que rogar nuevamente a dios, quién compadeciéndose  envió a la Virgen de las nieves para aplacar el sufrimiento y calme las desgracias. Desde ese entonces, en agradecimiento por los dones enviados por dios los chuchulayas empezaron a acompañar las novenas de la fiestas patronales.
A las fiestas patronales los chuchulayas no podían ir con las manos vacías, para ello tenían que hacer el chacu (captura de amínales con cerco humano); más tarde empezó la captura de animales al son de tambores, pinquillos, reventazones de warak’as (hondas), en medio del chacu  pelearon con los oscollos (gatos montés),  mataron a las chitas (crías de oveja), pero al retornar trajeron a sus zorros  muertos y  heridos, a los que murieron los disecaron para llevarlos a la fiesta y su espíritu reviva junto a la alegría.
Llegado la fiesta de la Virgen de las nieves, los chuchulayas vinieron de todas partes junto a sus animales, estaban presentes los machu (viejo), la paya, (vieja), uywa michej (pastores de ganado), los tocaq (músicos), varayok (autoridad tradicional), atuq (zorro), ukumari (oso de anteojos o del bosque de neblina), alpaca, llama, vicuña, cóndor, oveja y la vaca.
Los machus en sus espaldas cargaban chitas (crías de oveja), osccollos, (gato montés)  atuq (zorros); en las manos warakas (hondas) de guerra que las hacían reventar de cuando en cuando para asustar y tranquilizar a los demás; ellos eran los encargados de guiar y conducir a los chuchulayas por donde les da la gana haciendo figuras y mofándose de los demás. La paya (vieja) mujer del chuchulaya que eran hombres vestidos de mujer iban phuscando (hilando) alegremente. Los tocaq (músicos) llevaban sombreros cargados de plumas de wallata, pariguana, bandurrias y patos silvestres; además, llevaban enaguas desarrapadas, joyas preciosas con incrustaciones; en seguida aparecieron tocando mamas, uñas (pinquillos grandes y pequeños) imitando los silbidos, graznidos y cantos de las aves. En medio del tumulto encontraron al chaqra alcalde o varayok de campo (autoridad tradicional) para presidir la entrada de los chuchulayas; él llevaba un sombrero adornado con flores milagrosas uchuqhaspa, panti panti, jallu jallu, vara de San José con los cuáles calmaban sus males y curaban las enfermedades; también lleva la vara de autoridad para mandar.
El otro grupo lo formaba la uywa michij (pastora de ganado) vestía pollera y chamarra de color negro con vivos colores contrastantes, rojo, verde, naranja, morado. Los atuq que en el fondo eran los mistis (hombre blanco). También los ukumaris (oso del bosque de neblina) quienes son warmi munachi (lascivos), de afición inmoderada por la sexualidad y las mujeres llevaban la quilla (mancha blanca que lleva en la frente) para deslumbrar y seducir a las mujeres; no contento con ello, sacaban su lengua hasta la mitad para atraer y seducir; despertar la lujuria; encender el fuego y hacerse irresistible. También estaban las alpacas, llamas, vicuñas, vacas y ovejas.
Una vez que todos estaban juntos, emprendieron rumbo, alcanzaron el camino de herradura; seguido bordearon cerros y quebradas, atravesaron  chilliwares (pajonales)  y pampas; tras un largo camino llegaron al lugar donde hacían la fiesta de la Virgen de la nieves; dicen que ahí había una iglesia, se realizaba una misa con el taita cura; cuando llegaron a la puerta de la iglesia a los chuchulayas no los dejaron entrar  por  malcriados, ellos  no tuvieron más remedio que esperar en el atrio sin dejar de estar atentos a todo lo que ocurría al interior de la iglesia.
Terminada la misa y procesión, los chuchulayas entraron en escena, se pusieron a bailar, los tocaq (músicos) tocaron sus pinquillos, así las mamas y uñas vibraron; los demás chuchulayas decían: ana nayja, ana nayja, anayja, anayja en claro signo de cansancio; la música siguió y siguió con distintas e infinitas variaciones llamadas ascensia y pasión. De pronto aparecieron los  machus (viejos)  cargados con pukuchus (crías de ovejas disecadas),  imitaban el balido de las ovejas, decían  jai jai, jai, jai,  chutay, chutay (jala, jala), entretanto, los machos menorcitos cargaban atuq, osqollos gritaban hinaman, hinaman, (acá, allá),( acá, allá), aysiri, aysiri (levanta, levanta). La paya (vieja) de los chuchulayas se remangaba la pollera, mostraba el trasero y lanzaba pedos (ventosidades). Los machus hacían escenas eróticas y de zoofíla, unas veces como machos, otras como hembras, además, toda clase de perversiones. Así, los machus tenían relaciones sexuales con los cóndores, los  atuq  con los ukumari provocando la ira de dios.
En ese instante las autoridades presididas por el varayoq llegaron; a su lado izquierdo estaba el chana, en medio el qollana, a la derecha el segundo qollana, las  pastoras junto a sus llamas, alpacas, vicuñas, ovejas, vacas, toros, terneros se acercaron y participaron del quintu, ofrenda con hojas de coca dirigida a la pachamama (madre tierra)  para pedir permiso y el chacu resulte bien; en ese instante las pastoras recogieron a sus crías, las señalaron (marcaron) con taqu (resina roja), a los machos diseños en forma de poncho, a las hembras figuras de lliqlla (manta) para luego llevarlas  a un lugar seguro.
Se dice que pronto empezó el chacu, los chuchulayas dirigidos por los machus agitaron sus warakas (hondas) producían estruendos, los atuq se espantaron, corrían de un lado a otro perseguido por los machus y las pastoras, las chitas (crías de oveja) peleaban con los atuq para no dejarse comer, pero finalmente, los atuq mataron a las chitas y las dejaron tiradas en el campo; en ese entonces, desde su cueva el ukumari irrumpió, bajó y subió los cerros, corrió por las pampas, hizo gracias, rio incansablemente diciendo “jajai, jajai, luego, apareció desafiante, bailaba, reía, perseguía a las alpacas y vicuñas, sacudía las patas para ver si estaban muertas o vivas, de nuevo persiguió a las doncellas, las laceaba  y  arrastraba para la cópula.
En ese mismo instante del cielo el cóndor fue bajando poco a poco, conforme bajaba se escuchaba un sonido sordo que decía wichch wichch, estaba lujosamente vestido, llevaba una chalina blanca y una enorme cresta; al llegar se paró sobre las chilliwas, atacó del oqhoti (esfínter) a los toros y a las vacas, sacó las tripas, los tumbó y comió; lo mismo hizo con el caballo. Luego de haber comido se sentó, parecía una mujer con varias y grandes polleras; terminado su digestión, aleteó y aleteó para perderse por los cielos.
Los atuq se acercaron para atacar a las chitas (crías) y comer las sobras, pero a lo lejos son vistos y descubiertos  por las pastoras quienes de inmediato agitaron sus warakas, lanzaron piedras, enviaron a los perros para ahuyentar a los atuq; cuando las pastoras se acercaron vieron que unos animales estaban muertos, otros mal heridos, entonces  lloraron desconsoladamente, arrodillaron  e imploraron a dios y a los Apus; pero en ese instante, nuevamente los machus avanzaban  y avanzaban pronunciando aypatiquiña, aypatiquiña, jaiy, jaiy, lari, lari, taripay, taripay; phaway, phaway, taripay lari, taripay lari” /alcanza, alcanza, corre, corre, alcanza al zorro, alcanza al zorro) para terminar de espantar al zorro; pero sin embargo, luego de ver lo ocurrido, la muerte del ganado, el daño producido, los machus se embriagaron de pena hasta perder el equilibrio y la razón; pero aun así entre pastoras y los machus cargaron al ganado herido y muerto en un kallapo (camilla de entierro) para luego perderse y desaparecer de la escena.


[1] Oso de anteojos.



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