viernes, 4 de febrero de 2011

ALBA, ALBAZO, ALBAS




Escribe: Guillermo Vásquez Cuentas

Como se sabe, en 1532 se produce la invasión española al Estado tahuantinsuyano. Con ello, la influencia de la Iglesia Católica penetró con fuerza en el Perú de esos tiempos. Se inicia y desenvuelve un complejo proceso de modificación de la totalidad de la vida social de sus masas humanas originarias.

Hay quienes sostienen que las creencias religiosas y los cultos impuestos por el Imperio incaico empezaron muchos a desaparecer pero los más a transformarse mediante la fusión bicultural. En este sentido, como producto del sincretismo religioso cultural una suerte de nueva y sincrética religión andina hizo su aparición, teniendo como eje al culto a los santos patronos y las fiestas públicas en honor a ellos.

Otros señalan que se mantuvo un dualismo entre religión oficial cristiana y la religión autóctona clandestina, en el que ambas, coexistentes y yuxtapuestas, mantuvieron y aún mantienen su individualidad.

Hechos patentes de la realidad social apoyan una y otra tesis. El tema está lejos de dilucidarse y este no es el sitio ni el momento para incidir teóricamente en ellas desde una determinada posición.

Lo que sí se puede afirmar es que, en uno u otro caso, la antropología cultural, la arqueología y la etnohistoria han probado la aparición (desde los inicios del Perú colonial) de nuevas instituciones y prácticas, que en el campo de la religiosidad se expresaron, entre otros efectos, en las fiestas populares, públicas, en cuyas actividades celebratorias, ritos y ceremonias se acompañaba –tal como aún hoy ocurre- danzas, instrumentos musicales y vestimentas conforme a los usos y costumbres vigentes según el tiempo y en el espacio de nuestro país y su historia.

Se dice también con profusión, que muchas de las instituciones, prácticas y costumbres de corte religioso, tal como ocurrió en otros campos, provinieron de la metrópoli hispana.

En este pequeño trabajo queremos referirnos a las “Albas”, aquellas fiestas religiosas, mezcla de culto, danza y música, que se realizaban y realizan al rayar las primeras luces de la alborada, en distintas localidades americanas, peruanas y puneñas, como parte de las festividades de santos patronos marcadas por la influencia ibérica.

“Albas” en España

El alba o alborada, la madrugada, es el antecedente y parte del “rayar o despuntar el día”, el lapso “mágico” del amanecer, del momento previo de aparición del sol y del comienzo de un nuevo día. En todas las religiones, con mayores o menores diferencias, se ha tenido al alba como reinicio recurrente de la vida, como símbolo de renovación cotidiana de la permanencia individual y colectiva de la gente en el mundo.

En la España secularmente católica, es abundante la información abierta que ofrece la comunicación electrónica sobre la asociación entre culto y alborada. Encontramos que la más famosa de estas expresiones es la celebración del “Misterio de Elche” como la representación de la ascensión a los cielos de la Virgen María. Ese día (el 15 de agosto) se celebra por toda España, especialmente en Elche, la víspera, “una fiesta llena de fervor popular, con música y danzas, que empieza muy de madrugada con quema de fuegos artificiales por toda la ciudad”.

Las “Fiestas de Alba” en Tormes, provincia de Salamanca, son igualmente famosas por sus pasacalles con gigantes y cabezudos. En Liste, provincia de Girona, en Carbajales, provincia de Zamora en Castilla, en El Poyo de Aliste en Zamora, en Aspe, Valencia, y en muchos lugares más las fiestas en honor a la virgen (Asunción, De los Arboles, De las Nieves) son iniciadas hasta hoy invariablemente con albazos.

“Albas” en algunos países

En México es conocida la costumbre de visitar en grupo por la mañana muy temprano, a un amigo el día de su cumpleaños o a jóvenes casaderas, cantando la famosa pieza musical “Las Mañanitas”, ellos mismos o con “mariachis”.

En Ecuador, el “Albazo” es un género musical y al mismo tiempo una danza popular que tienen su origen en la costumbre de despertar a la población de una localidad, “a ritmo de una banda musical, cohetes, bombardas, quemaditos (tragos típicos) anunciando en el alba del día, el inició de una festividad”. Algarabía, música, baile y cohetería, se amalgaman en la ocasión.
Según los mismos ecuatorianos (el investigador Tobar Donoso) “la voz Albazo, es un peruanismo” originado en Huancavelica, mencionado ya en fuentes del siglo XVII. Señalan que el cronista Jiménez de la Espada, lo hace mención en 1881, como “El Albacito” aclarando que “con ese yaraví despiertan los indígenas a los novios al otro día de casados”.
Como danza presenta una modalidad indígena y otra mestiza. A ambas acompaña banda de músicos que recorren las calles durante el alba, sobre todo en los pueblos de Chimborazo, Pichincha y Tungurahua.

“Albas” en los pueblos altoandinos del Perú

La gran mayoría de las miles de fiestas que se celebran a lo largo del territorio del Perú, se organizan en torno de un santo patrón en fecha registrada en el calendario católico. Las formas de organización, los procesos de preparación y ejecución, el carácter mestizo o autóctono, difieren de región a región de distrito a distrito, de comunidad a comunidad.

En número, hay una evidente primacía de lo mestizo, de lo fusionado o sincrético. Ello se debe a que lo autóctono, lo originario, lo indígena, fue objeto de intensa persecución por el tiempo que duró la colonia y parte de la república.

Hacia la segunda mitad del siglo XVIII, con la llegada de la dinastía de los borbones al control del poder político hispano, el tratamiento de las fiestas y festejos públicos fue objeto de políticas persecutorias, debido a que los nuevos funcionarios borbónicos “ilustrados” y “modernizadores” que arribaron a las colonias americanas, vieron en la música y danza indígenas muestras de primitivismo y atraso, por lo que –en aplicación de sus juicios racionalistas- debían desaparecer.

Pese a la sañuda persecución de esas expresiones del arte popular, no obstante ser productos del sincretismo cultural, es decir tener parte de español, las fiestas de madrugada, las “fiestas del alba” pervivieron un tanto “a escondidas”. Indios, cholos y alguna capa de mestizos, hicieron de ellas en muchos pueblos altoandinos, ocasión para el regocijo a despecho de los controles de las autoridades coloniales.

Desde esos lejanos tiempos las celebraciones religiosas que han adoptado la denominación de “alba”, “albazo” o “albas”, han subsistido formando parte de las tradiciones festivas de nuestros pueblos.

“Albas” en la nación aimara

La costumbre de llevar a cabo estas celebraciones se ha dado básicamente, no exclusivamente, en territorios que pueden considerarse como ocupadas desde antiguo por pueblos diseminados en el amplio espacio físico de la nación aimara. Así, gran parte del altiplano boliviano, el norte de Chile, la zona de sierra de los departamentos de Tacna y Moquegua y el sur aimara circunlacustre del departamento de Puno, todos estos últimos en el Perú, han mantenido fielmente la realización de “Albas” como parte de los programas de festividades patronales.

Demás está decir que en la zona aimara de Bolivia, las “Albas”, con ésta u otra denominación sucedánea, forman parte del modo de ser del indígena, el cholo o el mestizo que se identifican como aimaras. Allí están los ejemplos de Huaycho, Torata, Achacachi, Carancas, Charasani y muchos otros ejemplos cuyo tratamiento descriptivo rebasaría nuestro cometido de situarnos básicamente en nuestro medio.

Lo mismo puede decirse de Chile, país en el que aimaras de las localidades particularmente serranas de Antofagasta y Tarapacá, no han perdido el deber innato de ser consecuentes con el cultivo y mantenimiento de mores o costumbres tradicionales que definen su legado y prosapia étnico-cultural aimara. No podemos dejar de señalar como ejemplo, entre las “Albas” de muchos pueblos desde Copiapó a Arica, a aquella que destaca nítidamente: la Fiesta de la Tirana, cerca de Iquique.

En el pedazo de mundo que acabamos de señalar, las “Albas” o “Albazos”, se han caracterizado siempre por una especial asociación entre creyentes religiosos reunidos en fiesta y “tropas” o conjuntos de Sikuris, es decir de tocadores del “siku” o zampoña, los cuales aportan a la reunión la música para el baile. Son pues, los encargados de llenar de ritmos y alegría los amaneceres.

Excepciones hay, por supuesto, ya que en algunos lugares, son bandas de instrumentos metálicos de viento, los que cumplen las tareas de amenizar esas madrugadoras reuniones.

“Albas” en Puno

En Puno la capital, las más esperadas “Albas” tienen tiempo en la madrugada del día de víspera de la “octava” de la Festividad de la Virgen de La Candelaria, desde las 3 de la mañana. Y tienen su lugar inicial, desde hace años, en el “Cerrito de Huajsapata”. Allí músicos, acompañantes y espectadores degustan los “Qoñis” y “ponches” que el respectivo alferado o “albero” invita con proverbial generosidad. En cierto momento, todos gozan de la hermosa visión del sol que nace y hace el nuevo día.

Desde este emblemático roquedal los sikuris Mañazos, Juventud Obrera, Zampoñistas Lacustre y otros (según devociones y compromisos anuales), luego de esperar el amanecer tocando y bailando (y haciendo bailar), bajan en medio del estruendo de cohetones que se expande por el cielo de la ciudad, y van al encuentro de las 6 de la mañana en que se celebra la primera Misa de Alba, en el Santuario de la Virgen Candelaria.

En el ámbito regional, una de las “Albas” de mayor nombradía, es la de Conima, distrito de la provincia de Moho, distinguida por la participación de varios conjuntos de sikuris, los cuales se caracterizan por el hecho de que cada sikuri acompaña la ejecución de su siku con su respectivo “bombo largo”.

En Yunguyo, la parte musical en las “Albas” de la festividad de “Tata Pancho” (San Francisco de Borja) es compartida por conjuntos de sikuris y bandas.

En Juli las “Albas” forman parte del programa de celebración de la festividad de La Inmaculada Concepción (8 de Diciembre). El desaparecido maestro Ubaldo Castillo Espezúa las describe así: “Son las primeras horas del día de vísperas y las notas musicales y armoniosas de las zamponas juleñas van des¬pertando de su sueño reparador a la apacible población. Los conjuntos van tomando su ubicación en la plazuela del Templo de San Juan. Ahora en el atrio de San Pedro. Conforme llegan las comparsas se oyen las notas de “Solteritos”, “Zampoñas”, “3 de junio”, “Bajada del Arco” y otras melodías que van ejecutando cada uno de los conjuntos. Los Misti Sicus, Juventud Juleña, Juventud Catacorina, 24 de Agosto, Zam¬poñas de oro, han empezado su contrapunto. En ciertas ocasiones no faltan los sicuris de llave u otros distritos que se han trasladado para rendir su tributo a la Virgen Patrona de Juli. Cada uno de los conjuntos va interpretan¬do los huayños más escogidos de su repertorio. Los característicos ponches van circulando entre los integrantes para contrarrestar el frío matinal...”

“Albas” en Ilave

En fiesta de San Miguel Arcángel, santo patrono del pueblo, cumplidos los actos religiosos conocidos como “novenas” que se inician a mediados de setiembre, se abren paso las “Albas ilaveñas” que se realizan en la madrugada del día 28 se ese mes. Es entonces cuando se da la amena emulación entre los conjuntos de sicuris que, como en ningún otro pueblo, ganaron justa fama como ganadores de muchos concursos departamentales de sikuris.

La amplia plaza principal da también constante bienvenida anual a conjuntos visitantes de Acora, Juli, Yunguyo, así como de Camilaca y Cairani de Tarata.
En esos tiempos no muy lejanos era el conjunto “Motorizada” –vigente hasta hoy aunque transformado- el que convocaba la mayor expectación. Personajes ya legendarios en el arte del siku, mistis y cholos, lo integraban. El conjunto mantuvo por años una interpretación única, vibrante, armoniosa del sicumoreno estilo Ilave, que hoy siguen algunos conjuntos como el de la Universidad Mayor de San Marcos.
Cuando la larga “tropa” seguida de numeroso acompañamiento llegaba a las cuatro de la mañana en punto a una de las esquinas de la Plaza San Miguel, provista de faroles y de un inmenso lienzo en el que aparecía una llanta o neumático con alas, pintada sobre un fondo blanco, el público madrugador no podía ocultar su beneplácito y aplaudía a más no poder. La hermosa conjunción de sonidos (sikus arca, ira, ch'ili, malta; tambor, bombo único, platillos y triángulo) inundaba los aires de la plaza, llenándola de huayños que ellos mismos compusieron y ensayaron con antelación y que más tarde serían difundidos por estudiantinas puneñas.
Con el tiempo aparecieron nuevos conjuntos. El “Sicuris 29 de setiembre”, que ganó varios concursos departamentales, el Conjunto Zampoñas Santa Bárbara, Conjunto Folklórico Cahuide, Zampoñistas Obrero, Los Choclos, “Cerros Nevados”, Juventud San Miguel, Conjunto San José, Agüita de Cusupi, Melodías. Tales agrupaciones que protagonizaron, cada una en su momento, las glorias del sikuri de esa tierra.
El Centro Cultural Melodías es el que más lauros ha dado al Sikuri ilaveño al ganar el primer lugar en los concursos departamentales de los años 1986, 1988, 1991, 1993, 1996, 1997 y 1999 y segundo lugar en 2000 y 2001, todos organizados por la Federación Regional de Folklore y Cultura de Puno. En 1989 obtuvo el Primer Puesto ganando el Premio Presidente de la República, en el Concurso Regional de Zampoñas Tacna-Perú.
“Melodías” en sus tres discos de larga duración, muestra los resultados de su trabajo innovador de la temática musical propia de los sikuris “con nuevas armonizaciones, contrapuntos, modulaciones y matices, además de imprimir fuerza telúrica del ritmo festivo y alegre de los viejos (y recordados) zampoñeros Ilaveños”.
Las “Albas” y los sikuris son la unidad llamada a permanecer en los tiempos actuales y en los venideros. Nada podrá contra ella.

Lima, febrero 2011

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