martes, 29 de noviembre de 2016

UNA SÍNTESIS HISTÓRICA DE PUNO Y SU ENTORNO

EL ALTIPLANO DEL COLLAO
CAMBIO Y CONTINUIDAD
Hernán Amat Olazábal

Una sociedad, como la puneña, se define no sólo por su actitud ante el futuro sino frente al pasado; sus recuerdos no son menos reveladores que sus proyectos. Aunque los puneños estamos preocupados  con nuestro pasado, no tenemos una idea clara  de lo que hemos sido. Y lo que es más grave no queremos tenerla. Vivimos entre el mito y la negación, deificamos a ciertos períodos y personajes y olvidamos o desdeñamos a otros. Esos olvidos son significativos; hay una censura histórica como hay una censura psíquica.
Nuestra historia es un texto lleno de pasajes escritos con tinta negra y otros escritos con tinta invisible. Párrafos pletóricos de signos de admiración, para lo foráneo, seguidos de párrafos tachados. Uno de los períodos que han sido distorsionados, vale decir tachados, borroneados y enmendados ha sido la etapa sangrienta y genocida  de la  invasión española y su secuela de exterminio humano durante la denominada conquista y virreinato.  Hay dos versiones populares de la historia de Puno y del Perú en general y en las dos la imagen de la Conquista y del Virreinato aparecen deformadas y disminuidas, pero siempre exaltando al invasor y minimizando a las sociedades nativas andinas. Para algunos, esas deformaciones no son sino la proyección de nuestras deformaciones.
 La primera versión puede resumirse en lo siguiente: El Perú y el Altiplano en particular nacen con el Estado Inca o aun antes con Chavín, Tiwanaku y Huari; pierde su independencia en el siglo XVI (1532) y la recobra con la Proclama de
Chichillapi
San Martín en 1821. Según esta idea, entre el Perú incaico y el moderno no sólo hay continuidad sino identidad, se trata de la misma nación y por eso se dice que el Perú “recobra” su independencia en 1821. El virreinato del Perú llamado originalmente de Nueva Castilla es un interregno, un paréntesis histórico, una zona vacía en la que apenas si algo sucedió. Es el período de cautiverio  de los reinos altiplánicos y de la nación peruana en su conjunto. El régimen de los Incas, que salía de una cruenta guerra de panacas entre Huascar y Atahualpa, aunque haya sojuzgado a todas las naciones de esta parte occidental del  continente  de América del Sur, fue un régimen nacional mientras que el virreinato fue un régimen invasor, extranjero, de allí que la Independencia sea una restauración.
 La otra versión es un planteamiento, una metáfora a un tiempo agrícola y biológico: las raíces del Perú están en el mundo andino prehispánico; los tres siglos de oprobio español, especialmente el siglo XVII y XVII, son el período de gestación; la Independencia es la madurez de la nación peruana. Esta segunda versión es la más sensata, ve nuestra historia como una ininterrumpida evolución progresiva, subraya la continuidad del proceso histórico, deja en segundo plano las rupturas y las diferencias.
 En verdad la historia del Perú y en particular la historia del Altiplano del Collao es una historia a imagen y semejanza de su geografía: abrupta, anfractuosa. Cada período histórico es como una meseta encerrada entre altas montañas y separada de las otras por precipicios y despeñaderos. La Conquista sangrienta, devastadora,
Uros Chulluni
cruel, despiadada, ignominiosa, fue la gran ruptura, la que “puso el mundo al revés” según expresión de Guamán Poma de Ayala, constituye la línea divisoria que parte en dos nuestra historia: de un lado, el de allá, tras el Atlántico, el virreinato católico de Nueva Castilla; del otro lado, el de acá, el mundo andino y su rica tradición milenaria.
El segundo período comprende dos  proyecciones opuestas, excéntricas y marginales de la civilización occidental: la primera, el Virreinato, fue una realidad histórica que nació y vivió en contra de la corriente general de Occidente, es decir, en oposición a la modernidad naciente por el excesivo predominio eclesiástico y monacal.. La segunda, la República del Perú, fue y es una apresurada  e irreflexiva adaptación de esa misma modernidad. Una imitación, dicho de paso, que ha deformado a nuestra tradición sin convertirnos, por lo demás, en una nación realmente moderna, al contrarel período republicano dividió al país en dos segmentos disímiles y antagónicos: la “República de blancos”, privilegiada, rumbosa, esencialmente urbana, en casos opulenta, y la otra, lejana, despreciada, vilipendiada, marginada, explotada, empobrecida, embrutecida y mayoritaria “República de indios”.
 Es trastorno generalizado o el  pachacuti  que generó la Conquista es de tal modo contundente y profundo que casi todos (excepto los prohispanistas que adoran a la “madre patria”) sentimos la tentación de ver el mundo andino precolombino como un todo compacto y sin fisuras. No ha sido así. En ese mundo también hubo divisiones y discontinuidades. En primer término nos encontramos frente a una
Molloco, Acora
división de orden espacial, constante en toda la historia andina desde los lejanos tiempos del la revolución agrícola de hace ocho mil años. Esta división es -a un tiempo- geográfica y cultural. En el vasto escenario andino, nos encontramos con una gran diversidad de culturas, lenguas y Estados. Este mundo rico en particularidades, antagonismos y diferencias, está dividido, a su vez, desde el punto de vista de la historia de esas sociedades, en dos grandes períodos.
El primero es el de las “teocracias”, es decir, la época de Chavín, Paracas, y en el Altiplano Qaluyo y Pucara y las cuidades-Estado de Moche y Tiwanaku. Este período dura los siglos VIII a IX. Enseguida emerge el primer imperio andino con Huari y la pervivencia de Tiwanaku en el Altiplano, que deviene en un conjunto diversificado de reinos en los que destacan los Lupaqa, Colla, Canas, Collaguas, Pacajes, Charcas, Sicasica, quienes, a mediados del siglo XV serán incorporados  a la hegemonía del Estado Imperial de los Incas. Es claro que estos cambios se produjeron dentro de una civilización. El gran corte, el implacable trastorno y colapso, hay que reiterarlo, fue la Conquista y su terrible secuela.
Titilaca
No obstante que la Región de Puno es esencialmente indígena, aquellos habitantes citadinos del siglo XXI, sin excluir a los “cholos emergentes”, ven al mundo andino precolombino como a un mundo que está del  otro lado. Se les ve no sólo alejados en el tiempo, sino en la  otra vertiente. Es obvio –aunque la opinión oficial, por una aberración intelectual y moral, se niegue a aceptarlo- que hay mayores afinidades entre el Perú republicano y el virreinato que entre ambos y las sociedades prehispánicas. La prueba es que la reacción ante el mundo indígena no es muy distinta a la de los novohispanos.  El virreinato se esforzó por aniquilar todo vestigio de creencias religiosas andinas, sembraron por casi todo el Perú un ejército de curas fanáticos y furiosos, llamados extirpadores de idolatrías, quienes con el pretexto de evangelizar  y  ‘salvar almas’ cometieron excesos asombrosos contra los indígenas indefensos, inculcándoles creencias foráneas a sangre y fuego. 
 El Perú independiente y republicano, especialmente el del siglo XX, ha emprendido pálidas acciones orientadas a la reconquista del pasado andino, en muchos casos, con propósitos de autojustificación e idealización, postergando, hasta en la Carta Magna, la integración de los grupos indígenas en la sociedad peruana. Julio C. Tello, indio de raigambre, constituye el  Paradigma del rescate y el afianzamiento de nuestra identidad.. En cambio nuestro maestros bucólicos y citadinos no parecen interesados en esa tarea, pues reciben programas curriculares elaborados en Lima por personajes que tienen como estigma a la “madre patria”. Ha tomado fuerza un movimiento que se despliega en dos direcciones contradictorias y complementarias: a medida que el país racialmente se convierte más y más en una nación “mestiza”, social y culturalmente deviene en más y más occidental..  
 A continuación barruntamos una sinopsis del acontecer histórico del Altiplano.
 El Altiplano del Collao tiene una milenaria y relevante trayectoria histórica y un rico patrimonio cultural. Ello no consiste únicamente en su inmenso acervo
arqueológico y colonial o en la magnificencia de la  sensibilidad en las letras y las artes plásticas, en sus fastuosas festividades religiosas o en sus deslumbrantes expresiones del folklore nativo. Nuestro pueblo atesora también los signos de su historia en común, en su región, hoy denominada Puno, en la localidad de sus ancestros, en su  apacible vida cotidiana.. Los episodios de la vida colectiva en las dimensiones humanas de los pueblos son, así, una referencia tan sólida como el mayor de los macizos cordilleranos y tan profundos como el más penetrante razonamiento filosófico.
 La abigarrada región de Puno ha sido el escenario de grandes acontecimientos culturales, políticos y sociales  durante la dilatada historia del Perú. Desde los lejanos tiempos de las sociedades de Qaluyo, Pucará, Tiwanaku, de los Collas, Lupaqas y Umasuyos. Cuna del esplendor imperial de los Incas reflejados en los santuarios de las Islas del Sol y la Luna en el lago Titicaca, o en los silentes mausoleos de Sillustani; o como partícipes relevantes y sostén económico de las grandes campañas de expansión de los Incas hacia el Ecuador y Colombia; por el norte, y hacia el Maule y el Noreste argentino, por el sur.
En los aciagos tiempos de la Colonia jugó un papel económico preponderante con  la explotación de la minas de Laikakota. Suministró el flujo inconmensurable y constante de energía humana para las extracciones de las minas de plata de Potosí. Como mudos testigos de la administración colonial, queda en Chucuito, el temido “Rollo”la picota donde se ajusticiaba a los “culpables”, allí se sintetiza la política del oprobio. En la  “Memoria” del Virrey José de Almendáris, Marqués de Castelfuerte, se encuentra estas palabras que reflejan  en qué nivel se hallaban las provincias y sus habitantes:
“...las provincias son un compuesto de bárbaros y cristianos que se contentan  con lo segundo para el nombre y tienen lo primero para el uso... se producen los fatales sucesos que se han experimentado en la muerte de los corregidores y la que en éstos se han lamentado en las de Azángaro y Carabaya”.
 Cabe señalar que durante la Colonia, hubo en el Altiplano múltiples tumultos indígenas, silenciados por la historia oficial.  El Virrey Baltasar de la Cueva , anota en su Memoria que en 1676 “Los indios Urus y uruitos que se habían retirado a la laguna de Chucuito (léase Titicaca), y hechos fuertes en los totorales y las ciénagas del desagüe de ellas (El Desaguadero) pusieron por lo pasado en gran cuidado a aquella provincia y las circunvecinas por los continuos robos y muertes y atrocidades que desde allí en los parajes y pueblos cercanos cometieron”.
Fue el bastión aguerrido de la gran rebelión libertaria de Túpac Amaru y Vilca Apaza. Este caudillo azangarino, de 45 años de edad, tipo genuino del indio del Altiplano, digno heredero de la rebeldía y la entereza de los legendarios personajes de Hatuncolla, luego del vil asesinato y cercenamiento de Túpac Amaru, al mando de un ejército aguerrido de 30,000 hombres y mujeres, renovó con valentía  y denodado esfuerzo la causa libertaria, incursionó en varios pueblos del Collao, pasó por Huancané aplastando a los insurgentes, pasó a Tipuani y extendió la llamarada rebelde hasta Sorata, retornó a Azángaro repleto de tesoros que los hizo enterrar en galerías subterráneas. Vilca Apaza tiene el mérito valioso de haber despertado las consciencias oprimidas por los encomenderos, corregidores y órdenes religiosas en toda la meseta del Titicaca.. Se enfrentó al feroz corregidor de Puno, Antonio de Orellana, quien huyo hacia el Cuzco. Puno sufrió el asedio de los indígenas al mando del curaca Andrés Ingaricona, desde el 28 de marzo de 1781,hasta  el doloroso ´”éxodo de la cuidad de Puno” que se produjo el 26 de mayo, después de un largo y terrible sitio. Ocho mil personas, conformadas por hombres, mujeres y niños salieron a pié y condiciones
Amaneciendo
sumamente precarias rumbo al Cuzco y otro hacia Arequipa..En un documento de M. Odriosola se lee: “El cuatro de julio llegaron al Cuzco estos desgraciados después de haber sufrido los padecimientos más crueles, no sin haber quedado en el camino muchos hombres y mujeres muertos por los indios”.   Fue una de las épocas más aciagas en la historia de Puno.
   El siglo XX, se halla signado por las rebeliones indígenas de Huancané y Azángaro.
 Este vistazo a la historia del Perú y a la del Altiplano en particular, revela no tanto una continuidad lineal como la existencia de tres sociedades distintas. Muchos historiadores sostienen que nuestro pasado muestra “tres entidades históricas”  estrechamente ligadas. Primero, la autónoma, que culmina con el Estado Imperial Incaico; segundo, el virreinato; y tercero, la nación peruana (pluricultural, plurilingüe, multiétnica). Cabe destacar que cada una de estas sociedades está separada de la otra por una negación. La relación entre ellas es, simultáneamente, filial y polémica.

 La primera sociedad, la sociedad andina, conformada por un conjunto de naciones, lenguas y culturas, fue negada por el Virreinato. No obstante que este período es ininteligible sin la presencia del mundo andino, como antecedente y como presencia secreta en los usos, costumbres, las estructuras familiares  políticas y artísticas, las formas económicas, las leyendas, los mitos y las creencias. A su vez, la República peruana, niega al Virreinato, al negarla la prolonga y pervive en su seno. Cada negación contiene a la sociedad negada y la contiene, casi siempre, como presencia enmascarada, encubierta. Cada una de las tres sociedades tiene fisonomía propia y cada una se ofrece a la mirada del espectador (vr. gr.:Las chullpas de Sillustani, la catedral de Puno, las iglesias de Juli o Pomata, el Colegio Nacional San Carlos. Otro ejemplo son las peregrinaciones masivas a la Isla del Sol y de la Luna en el Titicaca. La evangelización de dominicos, franciscanos y jesuitas; el culto a la Virgen de La Candelaria en el noroeste de Lago y las peregrinaciones al Santuario de la Virgen de Copacabana, al sur del Lago.). Al mismo tiempo, muchos de los elementos constitutivos del mundo andino reaparecen en el virreinato; esos mismos elementos y otros propios del virreinato son parte del Perú republicano.

  Los elementos novomundistas hispanos, al parecer son los más numerosos y aparentemente decisivos en la actualidad. Dicen que entre ellos se encuentran el idioma, la religión y la cultura. Sin embargo, esa afirmación del Perú oficial, refleja  la concepción de las clases dominantes. La miopía de estas no les ha permitido ni les permite hoy, ver que los elementos de la cultura andina persisten en el tiempo, no obstante los siglos de oprobio y de opresión, con sus lenguas, sus costumbres, sus tradiciones, sus creencias,  en suma, su cultura.
En conclusión: hay continuidad, no obstante, interrumpida una y otra vez. A la continuidad debe agregarse la superposición. En lugar de concebir la historia altiplánica como un proceso lineal, deberíamos verla (como intentaremos mostrar en otro trabajo posterior) en su marco de continuidad en su esencia y en su  yuxtaposición de elementos foráneos. Las rupturas no niegan una continuidad secreta  en algunos casos y plenamente abierta en otros.

Setiembre 2003

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