miércoles, 2 de abril de 2014

KAUFFMANN SOBRE SILLUSTANI

LAS EXTRAORDINARIAS CHULLPAS DE SILLUSTANI

Federico Kauffmann Doig*
Artículo publicado en la revista “PUKARA” N° 92, La Paz, Bolivia, abril 2014 pp 9 y 10.

A escasamente 35 km al noroeste de la ciudad de Puno y a 20 de las orillas del Titicaca se encuentra Sillustani. El lugar es famoso por sus torres funerarias o chullpas, voz aimara que de- signa sepultura. Las de Sillustani son, sin duda alguna, las más grandiosas de todas cuantas se conocen en la meseta del Collao, y en general en el área andina. E. G. Squier (1877) quedó tan admirado al visitar estos monumentos que no vaciló en afirmar que, desde el punto de vista arquitectónico, estas chullpas debían figurar entre los “monumentos más notables de América”.
Las chullpas de Sillustani fueron levantadas sobre la península rocosa de este nombre, situada en el lago Umayo. La península está a poco menos de 4 000 m sobre el nivel del mar. Hay en los alrededores, sin la majestad de las de Sillustani, decenas de otras chullpas, solitarias unas y otras en grupos.
Las chullpas de Sillustani son estructuras cilíndricas, y en otros casos cúbicas. Algunas se elevan hasta alcanzar más de 8 m. Parecen descansar sobre una plataforma empedrada. En realidad se trata de una especie de vereda. Caracteriza a estas chullpas una cornisa, que se presenta en el tercio superior de ellas. El techo es abovedado. Curiosamente, las paredes van ensanchándose a medida que se elevan, en el caso de las torres circulares. Esta particularidad no es, sin embargo, exclusiva de la arquitectura de Sillustani. Tiene amplia difusión, y la encontramos incluso en Pajatén, donde fue advertida independientemente por D. Bonavia y por W. Wurster en los años sesenta (Bonavia 1968).

Una de las más impresionantes torres funerarias de Sillustani, conocida como Chullpa El Lagarto. 

Por su forma cilíndrica, tanto como por su techo abovedado y la presencia de una cornisa en la parte alta, pareciera que las chullpas de Sillustani reprodujeran los contornos de un falo. A todo esto se agrega una leve curvatura o ensanche perceptible en el tercio inferior de la torre, especialmente notorio en la chullpa llamada El Lagarto, una de las más logradas y grandes del sitio. Finalmente, es interesante constatar que el nombre de Umayo, del lago en cuya ribera se encuentran las chullpas, podría ser contracción de uma (cabeza) y de uyo o ullo (falo)**. En este caso el vocablo estaría referido al concepto “glande”, lo que concordaría, dada la forma convexa del extremo superior de la chullpa y la protuberancia originada por la cornisa. Todo ello permite formular la hipótesis de un simbolismo fálico contenido en las chullpas (Kauffmann Doig 1976, 1978), de tal manera que los difuntos habrían terminado por ser sepultados en una tumba en forma de falo gigante, alusivo al concepto de fecundidad-vida.
Aparte de algunas chullpas levantadas con piedras sin trabajar y unidas con arcilla, cuyas paredes finalmente eran revocadas y enlucidas, tenemos las que exhiben un aparejo de piedras labradas y pulidas con extremo aseo técnico. Pero debajo de estas piedras se descubre aquí también una estructura tosca, constituida por piedras sin trabajar y unidas con tierra arcillosa. Esta estructura nuclear exhibe, en su parte central, un techo abovedado que constituye la cámara sepulcral. Aunque varía de chullpa en chullpa, la cámara sepulcral es circular, termina en punta, exhibe hornacinas y paredes que originalmente tal vez estuvieron enlucidas.
La chullpa El Lagarto tiene 6 m de diámetro por otros tantos de alto. A la cámara sepulcral sólo es posible ingresar por una pequeña puerta o vano, de aproximadamente 0,55 x 0,50 m, tan estrecha que es preciso gatear para franquearla. Esta particularidad conduce a pensar que “el fardo funerario” no debió ser tan abultado como, por ejemplo, en el caso de Paracas-Necrópolis, aunque pudo habérsele confeccionado en la cámara sepulcral misma. Los vanos terminaban por ser tapiados, como advirtió Squier (1877) en el siglo pasado, pues halló algunos sepulcros de Sillustani “que nunca antes habían sido abiertos”.
Chullpa del Lagarto. corte
A juzgar por el tamaño de la cámara sepulcral, hubo en Sillustani torres funerarias individuales y colectivas. Las chullpas que halló Squier intocadas, resultaron ser sepulturas individuales. En cambio en otras, que ya habían sido violentadas, halló restos correspondientes a varios esqueletos humanos.
Noticias registradas en la Historia Apologética de Fray Bartolomé de las Casas permiten inferir que también en Sillustani pudo estar presente la práctica de abrir las puertas “al cabo de un año, cuando el cuerpo se reseca”. La andenería, al pie del grupo de chullpas de Sillustani, pudo tener acaso una función funeraria, de campos de cultivo cuyos productos habrían servido para ser ofrendados a los difuntos.
Llama la atención la pulcritud del trabajo de los picapedreros de Sillustani, que se servían de canteras de roca volcánica (traquita), que se encuentran en la propia península. Hay señales del acarreo de las pesadas piedras al lugar deseado y de cómo se lograba elevarlas, a fin de colocarlas en su emplazamiento definitivo en el aparejo. Los bloques eran canteados a medias en las inmediaciones de la cantera, dejándoseles dos salientes o espigas, que servían para sujetar las cuerdas con que arrastrar el pedrón. Con este procedimiento era posible emplear la fuerza de muchas personas a la vez. Hay un ejemplo notable de una piedra con espigas, situada en las inmediaciones de su cantera. En el sitio de la construcción se terminaba de cantear el bloque, se eliminaba las espigas, se pulía y, finalmente, se levantaban las piedras para colocarlas unas sobre otras.
Lo último se lograba deslizándolas sobre planos inclinados hechos con pequeñas piedras rústicas y arcilla. Estos planos inclinados eran elevados a medida que progresaba la construcción del muro, y, una vez concluida la torre, eran eliminados. En Sillustani se conserva hasta la actualidad un plano inclinado, testimonio elocuente del uso de este recurso.
Los llamados “círculos solares” de Sillustani, difundidos por Squier (1877), especialmente a base de un dibujo, no tienen el carácter mágico que se les ha atribuido. Al parecer, no son más que el producto de los primeros pasos efectuados en la construcción de la chullpa. El caso de las chullpas inconclusas puede seguirse en varias de sus etapas de ejecución, y las hay trabajadas sólo hasta la mitad. Aún existen dudas de si en la famosa chullpa El Lagarto se llegó a culminar la obra. Esta última también está partida y parcialmente derrumbada, por la acción de un rayo según indica la tradición.

Momias al interior de una chullpa de la cuenca del Titicaca,
según el viajero Paul Marcoy, siglo XIX. Ilustración proporcionada por FKD

En cuanto a los muros, debe agregarse que las piedras cortadas y pulidas con técnica depurada aparecen perfectamente unidas en el paramento, en hileras superpuestas, de tamaño por lo general regular. Los bloques llegan a alcanzar tres metros de ancho por dos de alto y uno y medio de espesor. Aquí hay dos aspectos técnicos que observar. Uno se refiere al recurso empleado para ensamblar una piedra con otra de manera efectiva, para lo cual se procedía a tallar cavidades en los lados laterales, que eran rellenadas con pasta arcillosa. Ocasionalmente, estas cavidades fueron ejecuta- das en la cara posterior de la piedra, lo que permitía adherirla fuertemente a la masa constituida por la estructura nuclear. El segundo recurso también tuvo por finalidad cohesionar las piedras exteriores con la fábrica nuclear. Pero en este caso se labraba en la parte posterior de la piedra, en sentido inverso de las cavidades, una especie de clavo o espiga, que se introducía en la estructura nuclear. Esta técnica fue utilizada en algunas piedras del sector superior de la chullpa que acaba en semiesfera.
A fin de aminorar su peso, este tipo de piedras fue labrado dándosele un espesor de apenas 0,15 a 0,25 m. El techo sólo en apariencia es una “bóveda”.
Durante mucho tiempo se estimó que las chullpas de Sillustani habían sido suntuosos sepulcros de los grandes jefes collas, y así fueron tenidas como construcciones anteriores al Incario. Si bien es cierto que no hay dudas sobre su carácter funerario, estudios emprendidos especialmente por Harry Tschopik (1946) mostraron que Sillustani debería ser
considerado más bien un cementerio predominantemente de tiempo incaico, sobre todo a juzgar por el examen de la cerámica asociada. Las láminas de oro halladas por A. Ruiz Estrada, al comenzar los años setenta, no registran diseños que hubieran permitido su datación. Además, siendo ofrendas, esto no habría aportado mucho a la discusión debido a que continúan haciéndose “pagos”. En todo caso, aun considerándolas del período Inca, no son típicas de la estructura arquitectónica Inca-Cuzco, por más que sus paramentos recuerden los del Cuzco. Chullpas como las de Sillustani son desconocidas en el área cuzqueña.
Muchos enigmas quedan por resolver, no obstante los estudios precursores y fundamentales de Squier, los analíticos de Emilio Vásquez (1937), los del ya citado Tschopik (1946), los más actuales basados a excavaciones arqueológicas realizadas por Arturo Ruiz Estrada y por Óscar Ayca Gallegos así como las que vienen siendo ejecutadas al presente.
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* Nota inédita, 2014. Pukara tiene el honor de publicarla.
** Uma, cabeza y uyo o ullo, falo, es en quechua. En aymara uma es agua y allu, falo. n.d.e.
 
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