miércoles, 27 de marzo de 2024

MAS SOBRE LAS PANDILLA PUNEÑA

 LA PANDILLA PUNEÑA

EN EL TIEMPO

Por: Luzgardo Medina Egoavil[1]

E

n el presente artículo se pretende, de una manera especial, rescatar el valor intrínseco de esta danza que como ninguna otra es la creación mestiza a partir de los elementos culturales del viejo continente. Que esto no nos extrañe, pues en varias partes del Perú y América se han dado, basta decir que la música del centro del país se crea con instrumentos ajenos a una realidad (saxo, trombón, clarinete, corno, acordeón, arpa), y aquellas danzas (pasacalle, chonguinada) que pretendiendo ser oriundas son valorativamente mestizas. Dejo en claro que ser mestizo no es nada malo ni peligroso ni prohibido, el mestizaje viene de la fusión de características de identificación. En primer lugar, la Pandilla puneña deviene del huayno (o huayño) puneño, y como es sabido el huayno es una heredad cultural de las etnias que vivieron en esta parte del mundo como seres profundamente sabios. Con la misma voluntad y certeza debo afirmar que esta pandilla nació en el alma del pueblo, en su estrato popular, que algunos antropólogos y estudiosos han pretendido llamarla cholada; aunque ya, en alguna oportunidad, José María Arguedas y hasta el mismo Efraín Morote Best (maestros del folclor) dijeron que esta manifestación dancística no es sino la esencia del huayno con ciertos aderezos ibéricos, y coincidieron, de algún modo, en esta apreciación, ya que la vestimenta es una adaptación al medio geográfico e incluso a la idiosincrasia del pueblo. De ello y con mayor autoridad el folclorólogo José Patrón Manrique oportunamente señaló que “la coreografía de esta danza corresponde a la del minué francés y de la cuadrilla española”. Como fuere, esta danza tiene los argumentos de ser lo que siempre fue, desde su nacimiento: un carné de identidad de Puno (cumbre de las melodías autóctonas y tierra de la hospitalidad más franca).

Curiosamente el traje de la pandilla es aquel que suele usarse por un sector de la población, (no quiero indicar porcentajes porque detesto los números). Esta vestimenta parece mantenerse impertérrita, parece. Afirmo esto porque la última vez que asistí a un Festival pude ver más “minipolleras”, y al conversar con las danzarinas dijeron que “había que estar al ritmo de la modernidad”. Esta danza no ha nacido para adaptarse a la modernidad ni la modernidad debe meter sus narices en lo que le pertenece a Puno. Entendámoslo así. El traje corresponde, como lo había escrito a un sector de la población, el mismo que sirve como bien podría decirse de disfraz para interpretar la pandilla puneña. Para ejecutar las demás danzas la población tiene que usar de rigor, otros elementos identifícatenos, (danzas pastoriles, satíricas, guerreras, agrícolas, mistificadas e incluso de luces). En resumen, he aquí la danza más sencilla en cuanto a vestuario, porque sencillos son sus integrantes y sencillo es el espíritu del pueblo.

¿Cómo es el traje de la cholita? Para ello, in situ, y con el mayor de los respetos he tenido que indagar con mis propios argumentos. Antes les contaré que mi señor padre Don Leónidas Medina Morán, entre los años de 1963-67 trabajó en Puno como Escribano de Estado, y cuando me visitaba (aquí aprendí a vivir con mis abuelos paternos) solía traerme en su maleta una suerte de diablos y cholitas pandilleras, muñequitos que los tengo guardados en el mejor lugar de mis recuerdos. ¿Por qué me trae diablos? ¿Para qué me trae cholitas pollerudas? Por aquel entonces no supe el valor antropológico. Consciente o inconsciente, mi padre sembró en mí la semilla del folclor, quizás irás antes que muchos niños, ya que yo tenía diablos y cholitas pollerudas como juguetes, siendo el niño más envidiado de la comarca. Más adelante y en base a estudios de la folclorología me confronté con la realidad, vale aquí hacer una exploración desde los pies hasta la cabeza.

El traje de las mujeres comienza en su sombrerito de paño fino (o fieltro), globular en la parte superior, de ala corta y redonda pero arqueada graciosamente hacia arriba y con un ribete de color casi opuesto al color del paño. No quiero incidir en los colores, porque son variados, pero el común suele ser el negro y el marrón. En lo que corresponde a la copa va una cinta de seda, y por lo general es del mismo color de la generalidad, con un lazo al lado derecho. La parte inferior de la copa un cordón de hilo de seda que concluye en dos borlas. Nuestra pandillera tiene, con exigente disciplina, que llevar dos preciosas trenzas, las mismas que concluyen en otros dos lazos, pueden, ser quizás coincidentes con la cinta del sombrero. Está demás referirnos a los aretes, ya que éstos deben y tienen que ser soberbios y de oro (por si acaso, ahora, por los efectos de la recesión usan hasta de plástico), se les conocía con el nombre de “carabanas”. Paso al mantón se seda, bordados con un toque muy delicado que varían en cuanto al color, en algunos casos, sólo en algunos, hay coincidencia de temática en dicho bordado. Lo que aún recuerdo son flores y hojas bordadas con una indescriptible ternura (les confieso que aún vivo buscando esas manos incógnitas para besarlas y después irme no sé a qué infierno). El mantón lleva flecos de gran dimensión por los cuatro lados, se logra deshilachándolo. Se sujeta con un prendedor de oro (o algo que se asemeje, insisto, los tiempos han cambiado y es posible que la depreciación ha llegado a todo). Pasemos a la blusa de colores suaves, la generalidad usa el blanco, con puños alegremente recogidos; con cierta imaginación suelen colocarle encajes que, para el caso es permisible. Y llegamos a la parte inferior, lleva enaguas blancas. Las polleras van aumentando en vuelo de adentro hacia afuera, las que pueden llegar hasta cuatro, cinco o según la danzarina, pero tampoco puede ser menor de tres. Los colores de las polleras son vivos, en total contraste con el mantón, y éstas cubren las rodillas (creo que cubrían, pues ahora la “minipollera” se impone). Las pandilleras mayores aún tienen la voluntad de preservar y suelen usar debajo de la rodilla. Esto es cuestión, a veces de gusto, según la edad. El calzado, es típico del minué francés: botitas a media caña, con taco aperillado, tiene que ser blanco o una tonalidad parecida. Por su lado el varón usa también un mantón, el sombrero de paño fino de ala mediana, por lo general negro, saco negro de un corte común, camisa blanca, corbata de un color encendido y que contraste con el blanco, zapatos negros y medias blancas. Obvio, como es una danza de carnaval, y únicamente de carnaval, el varón tiene que llevar bastante serpentina alrededor del cuello. El manto en la mujer lo lleva cubriendo la espalda, y el varón lo lleva a modo de chal (chalina es otra cosa).

Espero que con el pasar del tiempo las características del traje no hayan variado tanto, porque el folclor popular también va cambiando, no tan aceleradamente, pero sufre mutaciones, muchas veces dañinas para la esencia de nuestra identidad. No quiero adentrarme en la columna vertebral de la pandilla que es, precisamente, la música. Sin embargo, dejo en claro mi discrepancia con varios estudiosos: el huayno puneño no es del zapateo, ni del jolgorio, es el huayno sentimental, cadencioso, elegante y filosófico. Basta interpretar una letra del poeta y bohemio Andrés “Pupa” Dávila o del padre del huayno puneño Castor Vera Solano o del nuevo valor del huayno existencialista y humano como es Raúl Castillo Gamarra. La pandilla puneña corporativa, eje comunal de alegría, centro del universo carnavalesco, alegría general, se puede bailar en la mañana, en la tarde y en la noche, en cualquier lugar y con todo sentimiento que, es lo más importante. Suelen usarse en sus desplazamientos corografías de calle (columnas o en fila), realizando círculos y/o semicírculos; se aprecia en continuo movimiento de pañuelos a partir de la muñeca, infaltables son los juegos de mantos. Es una danza de pareja, después de todo uno tiene que tener la suya para vivir y mejor soñar, pero en este caso uno baila para su pareja, saca de adentro lo que tiene guardado y lo dice a través de la danza. Todos están pendientes del bastonero, él dice “parejas”, “al centro cholitas”, “desecha”, “una entradita con su salidita”, “ahora”, “divorcio”, “acariciando a sus parejas”, “ese arquito” y etcétera y etcétera que otro mejor investigador podrá difundirlo con gran aplomo. Por ahora yo tomo a mi pareja y me pierdo en la inmensidad de la nostalgia, la ternura. Mi alma toda se introduce en la inmensidad del lago, donde moran los antiguos dioses de mis abuelos. <>

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[1] Natural de Arequipa, periodista y poeta. Ex coordinador Regional de Consejo Nacional de Folclor y Arte Popular. Autor de varios libros. Obtuvo premios del diario EL COMERCIO y la Municipalidad de Paucarpata, Arequipa.




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