domingo, 10 de junio de 2018

SAN CARLOS, LEGITIMIDAD EN DISCUSIÓN

EL VERDADERO “SAN CARLOS”:
¿LA UNIDAD O EL “GLORIOSO”?
Hugo Zea Barriga
Revista de la promoción carolina de 1962, Lima 3/11/12
El debate
El hecho de que los dos principales colegios públicos de la ciudad de Puno lleven el nombre “San Carlos” ha generado una especie de debate endémico acerca de cuál de los dos es el que legítimamente tiene derecho al nombre. Este debate involucra a los alumnos y profesores de la Gran Unidad Escolar y a los del Colegio Nacional, así como a los círculos del área educativa y a los aficionados a la remembranza puneña, en su interés por definir el alma mater de los puneños que han destacado a lo largo de la historia del departamento.
El debate no ha sido positivo y, como otros que actualmente vemos en el país, a menudo se tornó agresivo, recurría argumentos falaces, distorsiones, medias verdades y hasta mentiras que no han contribuido al valor cívico, educativo o de sana competencia que un debate alturado y productivo debería tener. Este carácter negativo mayormente lo empezaron y adoptaron, como era de esperar, los del lado que no tiene la razón de su parte.
El objeto de este artículo no es echar más leña al fuego sino explicar la situación de manera desapasionada y en base a los hechos, en la esperanza de que los adversarios encuentren la respuesta y canalicen sus ímpetus juveniles a cosas más positivas, porque la verdad es una y, en este caso, no es tan difícil de establecer.
Vale la pena también referirse al estilo del debate que, a tono con el que aún pervive en Puno, a menudo usa un lenguaje grandilocuente y anticuado e invoca hasta grandes principios morales, como hace el profesor José Neira Puma en su reseña “Historia del Colegio”. Siguiéndola, en parte, vemos que el colegio fue creado por el Libertador Simón Bolívar el 7 de agosto de 1825 como “colegio de ciencias y artes” porque –dice el Decreto- “en Puno no había ningún lugar donde estudiar” - todavía no se le llamó “San Carlos” ni se ubicaba en el Parque Pino, se menciona como local “lo que era la Tesorería” en el jirón Ayacucho; es en 1856 que se le eleva a la categoría de universidad y recién se le da el nombre de “San Carlos”.
La reseña de Neira se refiere a sucesivos cierres del Colegio por motivos de fuerza mayor empezando con el que ocurrió en 1836 durante el conflicto de la Confederación Perú-Boliviana promovida por Santa Cruz, en 1841 con Agustín Gamarra durante la invasión a Bolivia, en 1866 por falta de fondos para su funcionamiento como universidad y en 1879, durante la guerra con Chile, cuando el local fue usado como cuartel chileno. Así nos quiere presentar maliciosamente el traslado de agosto de 1957 al nuevo local como si hubiera sido otro cierre temporal por motivos de “fuerza mayor”.


La Promoción de 1962
Los miembros de la Promoción 1962 de la Gran Unidad Escolar “San Carlos”, que este año celebramos (¿el ponernos viejos?) nuestro 50 aniversario, somos testigos de excepción del acontecimiento que define esa autenticidad: el simultáneo traslado del Colegio Nacional “San Carlos” a su nuevo y, entonces, moderno local en la Av. Del Puerto y su elevación a la categoría de Gran Unidad Escolar, que se dio el 20 de agosto de 1957.
Con nuestra participación podemos desmentir categóricamente ese supuesto cierre. Lo que ocurrió es que, con el paso del tiempo y el uso, el local –construido por el general Alejandro Deustua en 1851- era ya viejo, estrecho, obsoleto y, como Puno había crecido durante este largo periodo, se hacía necesario un colegio más grande y moderno que diera cabida a la creciente población escolar. La oportunidad de conseguirlo se dio durante el gobierno del general Manuel Odría, quien había dado un golpe de estado en 1948 y gobernaba como dictador y sin parlamento. Entonces se aprovechó la buena situación económica en la que se encontraba el país debido a la guerra de Corea lo que le permitió emprender, entre otros, un programa de construcción de lo que denominó grandes unidades escolares a nivel nacional. Para Puno –departamento alejado e ignorado- y con el propósito de aparentar, desde Lima, un conocimiento o consideración al lugar, en 1949, unilateral y burocráticamente porque en otros departamentos sí crearon nuevos colegios, dispusieron poner el nombre de un puneño ilustre como fue José Domingo Choquehuanca para el “nuevo” colegio. El problema fue que para Puno no se creaba uno nuevo sino que se le proveía de un nuevo local a “San Carlos”.
De lo que Odría y sus ministros no se percataron fue la reacción que se suscitó en Puno ya que, como se presentaba el asunto, “San Carlos” simplemente habría dejado de existir; en Lima no eran conscientes de cómo el Colegio era parte integral de la historia de Puno, de la que no se podía desligar. Al hacérseles notar esto es que el 24 de noviembre de 1953 se emite la Resolución Ministerial Nº 578 que establece que “debido a que el nombre de “San Carlos” está ligado a la historia de la ciudad de Puno y ante la demanda de la ciudadanía de que se conserve tal nombre se resuelve designar con el nombre de “San Carlos” a la Gran Unidad Escolar de varones”. Así el nombre de José Domingo Choquehuanca, al que permanentemente aluden en el debate, nunca estuvo vigente ni fue aceptado en Puno y no por razón de algún prejuicio con el apellido o la trayectoria de aquel azangarino ilustre, sino simplemente porque “San Carlos” no podía desaparecer.
Es así que los miembros de la Promoción de 1962 empezamos nuestros estudios en el Colegio “San Carlos” en 1956 cuando cursábamos el 4to año de primaria; entonces el programa de enseñanza en el Colegio empezaba sólo desde ese grado; los alumnos proveníamos, algunos, del Colegio particular “San Ambrosio” y otros de los centros escolares que, en esa época, eran los colegios más connotados de Puno.
El 20 de agosto de 1957, en nuestro caso a medio año del quinto de primaria, con ceremonias formales -Himno Nacional, presencia de autoridades, discursos, desfile- nos trasladamos, encabezados por el director y gran orador profesor Jorge Salazar Gonzales al nuevo local adoptando, al mismo tiempo, el grado de Gran Unidad Escolar y manteniendo la esencia del histórico colegio de Puno. El traslado se dio con todas las de la ley, no hubo conflicto alguno, no se dañaba ni quitaba algo a nadie. Se dejaba el antiguo local y pasábamos a uno amplio, con todas las facilidades que en ese entonces se esperaba en un centro educativo; pasaban la historia, las tradiciones, los símbolos, sus posesiones materiales los archivos, la biblioteca, los trofeos, los profesores, personal administrativo, alumnos, es decir todo; la continuidad era total. No hubo pues un nuevo “cierre” de “San Carlos” como quisieron hacer creer los “gloriosos” y sus promotores porque debe quedar claro que un viejo edificio y un lote de terreno no hacen una institución; la institución son todos los elementos que se trasladaron y que determinaron la continuidad de su vida, las cuales simplemente pasaron del viejo al nuevo local.
En 1962 nuestra promoción culminó el Quinto de Secundaria y cada uno de sus miembros tomó su rumbo personal. Para nosotros “San Carlos” permanecía, completo, mejorado, sin conflictos, con su reputación intacta o acrecentada.
El nuevo colegio
Al regresar después de 50 años y rememorar con cariño nuestro paso por el colegio nos encontramos con uno nuevo, la pregunta es cómo apareció este nuevo Colegio que pretendería reemplazar al legítimo “San Carlos”. Creo que hay por lo menos tres factores que determinaron esa posterior evolución:
- una ciudad en crecimiento y en la que la población aprecia cada vez más el valor de la educación, como era el caso de Puno, siempre podía hacer uso de una institución educativa adicional, mas aun si esta se podía conseguir sin costo para los demandantes. Así Neira cuenta cómo muchos de ellos ofrecieron aportar fondos que luego nunca concretaron.
- al percibir esa necesidad siempre hay gente comprometida con la comunidad que ayuda a promoverla y también hay otros, no tan altruistas, que aprovechan para figurar y aparecer como benefactores buscando su propio beneficio; es decir los espontáneos, ambiciosos o caprichosos a los que, negándolos, subconscientemente, alude Neira.
- en toda institución –“San Carlos” no era una excepción- hay grupos que están descontentos o se sienten postergados y tienen ambiciones personales que no pueden alcanzar en competencia limpia; había profesores, personal administrativo y alumnos que caían en esta categoría.
Estos hechos estaban en el fondo del trámite de la creación del nuevo colegio. Los promotores, sin embargo, vieron un elemento importante que podía darle mayor fuerza a su empresa, el cual era apoyarse en la existencia del viejo local abandonado en el Parque Pino y que, entonces, era usado
coyunturalmente por varios entes educativos de menor nivel. Desafortunadamente mucha gente confundió, en varios casos de buena fe, el local físico con el concepto del Colegio mismo. Los grupos promotores aprovecharon esta confusión para dar mayor fuerza a su demanda presentando, en la lejana Lima, la idea de que lo que promovían era la “reapertura” de “San Carlos” a pesar de que lo tenían, a la entonces ya Gran Unidad, frente a sus narices o incluso muchos de ellos pertenecían a la misma.
Estos factores contribuyeron a que las gestiones tuvieran éxito en conseguir apoyo para crear el nuevo colegio incluso considerándose inicialmente llamarlo Colegio “Simón Bolívar”, lo cual tampoco prosperó porque “el local del Parque Pino no podía cambiar de nombre” según sus promotores. Incluso se llegó a pretender que se le quitara el nombre de “San Carlos” a la Unidad para adjudicárselo al nuevo colegio.
En el país centralizado en el que vivimos –en esos años aun mas centralizado que ahora- lograron confundir a los funcionarios en Lima -donde tomaban incluso una decisión tan local como esta- aunque no supieran de ni les interesara la gente a la que ahora llaman “del interior” y aceptaron la propuesta. Como las autoridades de la Unidad y los verdaderos carolinos no podían permitir este despropósito también presentaron sus reclamos y, ante estas posiciones antagónicas presentadas con ardor, en Lima se dieron marchas y contramarchas y al final llegaron a una especie de compromiso que dejaba una situación potencialmente conflictiva disponiendo –gobierno de Belaunde, Ley 16251 del 9 de julio de 1966- que ambas instituciones se llamaran “San Carlos”; la Gran Unidad y el Colegio al cual, me imagino para calmar los ánimos de los demandantes, más tarde añadieron al nombre el término “glorioso”. Esto último resulta algo huachafo ya que glorioso no es un sustantivo sino un adjetivo que se tendría que ganar a base del mérito y, para que tenga sentido, debería provenir de terceros que aprecien los hechos que le dieran esa categoría y no ser un simple auto calificativo; el Colegio Guadalupe de Lima, con más mérito, no se hace llamar glorioso.
Los verdaderos carolinos
Entonces, el cuento que nos hicieron es que el 20 de marzo de 1964 el “glorioso” retornó con todas las ceremonias a su viejo local y, consecuentemente, se convertía en el legítimo “San Carlos”. Si esto fuera cierto los miembros de la promoción de 1962 que egresamos de la Gran Unidad Escolar “San Carlos”, reitero, con todas las de la ley, al volver después de 50 años nos encontraríamos con que se cuestiona nuestra calidad de ex carolinos; una promoción íntegra que no habría tenido alternativa. He explicado el error conceptual que es confundir un local y lote de terreno con una institución y eso es lo que se pretendería hacer.
¿Y quiénes eran los cuestionadores? Como digo más arriba había gente de buena voluntad que deseaba un colegio adicional para Puno. A éstos desafortunadamente se sumaron ya sea gente con intereses propios o gente que tenía resentimientos y se sentía postergada. Para empezar debo señalar que uno de los promotores y primer director del nuevo colegio fue el profesor de lenguaje Lizandro Iturry que no estaba entre los más destacados de la Unidad; en efecto solíamos bromear sobre un especie de dejo que tenía al hablar –siendo profesor de castellano- le decíamos el profesor quen, que es como pronunciaba la palabra quien; solía preguntar ¿Quen quere dar lección? Junto con él había otros profesores y auxiliares que no estaban satisfechos con su posición, además entre los alumnos –me cuentan- había, como en muchos sitios y más notorios, ahora que está de moda hablar del “bullying”, lo que habríamos llamado los “macucos”. Estos fueron los que regresaron a “reabrir” el viejo local.
La versión que da Neira en su reseña trata de presentar una figura distinta, se refiere a que el “retorno” se hizo en base a una encuesta entre los alumnos para ver quienes querían volver. Lo que no dice –pero lo sabe- es que los que se decidieron volver fueron unos 400 alumnos y los que se quedaban en el legítimo “San Carlos” fueron más de 1000. El número de los que retornaban hubiera sido aun menor si algunos padres de familia no hubieran caído en el error conceptual que señalo más arriba y obligaron a algunos buenos alumnos a “volver”. Para reclamar el nombre no tenían otro mérito que decir que volvían al viejo local, el que no sólo era un edificio viejo, obsoleto, estrecho, de adobe, medio arruinado y que ni siquiera tenía un valor arquitectónico que mereciera conservarse por lo que tuvo que ser reconstruido por partes o, como alguien dice, parchado.
Me cuentan que ese regreso fue mas bien sombrío, encontraron ambientes llenos de polvo e inadecuados, tampoco tenían los profesores de la calidad de los de la Unidad, ni materiales, biblioteca o equipos deportivos. El hecho de que Neira omita contar esto claramente demuestra que no está siendo transparente, que escribe de manera amañada y, a pesar de que invoca la verdad, no lo hace porque sabe que ésta no está de su lado. Para compensar recurre a un lenguaje agresivo, dice que hubo engaño y usurpación, que se crea una falsa ilusión a la juventud que estudia en la Unidad. Es decir que invoca principios morales y actúa de manera contraria a ellos, una forma de debate que prevalece en el país, pero que se debería abandonar por el bien de todos.
Competencia positiva
Hay que resaltar, sin embargo, que en efecto Puno podía utilizar y que era y es beneficioso contar con un colegio adicional, que ciertamente juega un papel positivo y tiene la capacidad de alcanzar logros. El problema es la forma como se llegó a la conformación del nuevo colegio lo que ha dado lugar a confusiones y conflictos prescindibles. No necesariamente hubo mala voluntad sino que se trató de aprovechar las oportunidades que se presentaban. En otras ciudades en efecto se crearon de partida nuevos colegios lo que evitó el surgimiento de situaciones similares. En Puno esa no fue una alternativa clara, el Colegio más importante de la ciudad requería de un nuevo local y eso es lo que se hizo. En retrospectiva el nuevo Colegio debió crearse en lugar más aparente –actualmente el “glorioso” funciona en dos locales que no dan las mejores condiciones- y ahora no tendríamos este conflicto.
Creo que más le convendría al “glorioso” abandonar esa actitud de negar la realidad y reclamar algo que no existe. Más positivo sería que se concentre en mejorar sus calidades y así competir con verdaderos logros. No creo que, como dice solemnemente Neira, se convierta en un “templo del saber” ni llegue a “señalar los caminos de la ciencia, la cultura, las artes, etc.”, eso está más allá de la capacidad de un colegio secundario, por muy bueno que sea. Sería suficiente que dé una formación excelente o por lo menos adecuada a una juventud sana y positiva, que alcance la preparación necesaria para que sus egresados puedan competir con éxito en todas esas áreas que señala Neira y que mas bien son materia de la formación superior y de la vida. La competencia entre los dos colegios, por el bien de nuestro querido Puno, debe dejar de hacerse sobre el nombre y concentrarse en logros reales.

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