miércoles, 9 de enero de 2019

ANTIGUOS PUNEÑOS LA DOMESTICARON


LA LLAMA
EL MÁS ÚTIL DE LOS ANIMALES ANDINOS
GEOMUNDO ENERO 1986
Compañera de las hincha­das nubes que flotan so­bre los picos de los Andes, la llama es parte integral del paisaje y de la vida cotidiana en las grandes alturas del sur del Ecuador, de Perú, y de partes de Bolivia y Chile, junto al resto de sus parientes dentro de la familia de los Camélidos:* el guanaco, la alpaca y la vicuña.
Este símbolo andino aparece a partir de los 2 285 metros de altitud y, al contrario de su antecesor, el guanaco (Lama guanacoe), a quien a veces se le ve deambular a nivel del mar, la llama (Lama glama) sólo logra sobrevivir felizmen­te fuera de su hábitat natural, por largos períodos, en el ambiente de cuidados especiales de un zooló­gico. (Debe mencionarse que al­gunos zoólogos estiman que el guanaco es la especie primitiva an­cestral de la que se derivan la llama y la alpaca.)
Por encima de todo, la llama es un animal de carga. Al contrario de la mula, animal que se deja sobrecargar y es obligada a recorrer difíciles caminos, la llama conoce sus límites. Por ello, sólo lleva la cantidad de carga que puede y, tan pronto se siente cansada, lo demuestra acostándose y "relinchando" en el medio del camino.

Sin dudas, Perú es el país andino que más se asocia con la familia de los Camélidos y, sobre todo, con la llama, el único animal de carga domesticado por los pueblos del Nuevo Mundo. Al igual que en la civilización preinca, la llama es hoy el animal de mayor utilidad para el serrano. No es de sorpren­der, pues, que sea tema central en el diseño de sus tejidos, cerámicas y ornamentos de plata.
De hecho, la presencia de este animal en la puna o altiplano andi­no es tan universal como su figura, que aparece en el escudo de la Re­pública del Perú[i], así como en las estampillas postales y monedas de ese país. Pero nada rinde mayor homenaje a la útil llama que la estatua de bronce que en su honor se levanta en pleno Paseo de la República, en la ciudad de Lima.
Aunque es posible ver alguna que otra llama por las empinadas calles de Arequipa, debajo de las cimas nevadas del Misti, es nece­sario subir por tren o automóvil hasta Puno, primer puerto lacus­tre peruano, a orillas del Titicaca.
La ciudad y el departamento de Puno se consideran el centro prin­cipal de la llama y de los Caméli­dos andinos en general. En esa zona, el número de llamas supera al de sus amos, los indios que­chuas y aymarás, descendientes directos de los incas y pobladores, mayoritarios del altiplano.
De cuello y patas largas, la llama (Lama glama) es un animal muy esbelto, cuyo hábitat natural lo componen las grandes alturas del altiplano peruano, algunas zonas del  Ecuador, y algunas regiones de Bolivia y Chile aledañas al  Perú. Es un animal de carácter. gregario, cuya domesticación data de la época de los antiguos incas o quizá desde antes de éstos. Resulta fácil verlas en grandes manadas, pastando o llevando carga de un sitio a otro bajo la guía de uno o varios serranos.
Pizarro, el conquistador del Perú, fue el primer europeo en sentirse deslumbrado por las llamas al lle­gar a la población de Tumbes (en el extremo norte de la costa perua­na). En tal ocasión describió a es­tos curiosos animales como “pe­queños camellos". Tan grande fue su admiración por ellos, que le llevó un ejemplar como regalo a su emperador, Carlos V, al regresar a España para rendir informes sobre sus descubrimientos. Otros histo­riadores de la época se refirieron a la llama y al resto de los Camélidos como las "ovejas peruanas", a las que describieron como criaturas del "tamaño de un venado gran­de, con cuellos largos como los de los camellos, pero con unos hoci­cos de color casi negro, con los que relinchan como caballos".
En la época de Pizarro, la pre­sencia de la llama era tan común en las costas peruanas como en Ecuador. Todo indica que durante el Imperio Inca la distribución de este animal debe haber sido mu­cho mayor aún, mientras que en la actualidad la llama apenas existe, fuera de la zona ya mencionada de Puno, al norte de la Sierra central del Perú, en los alrededores de Riobamba (al centro de Ecuador) y, muy raramente, en la costa pe­ruana y en las zonas de Bolivia y Chile aledañas al Perú.
Las elevaciones relativamente bajas de las cadenas andinas en el norte de Perú sirven de barrera natural para un animal que, en la actualidad, sólo sabe vivir y pro­crear en las grandes alturas.
Pizarro, al pisar tierra peruana, describió a las llamas como "pequeños camellos". Otros historiadores de la época se refirieron a ellas como "ovejas peruanas," a las que describieron como criaturas del "tamaño de un venado grande, con cuellos largos como los de los camellos, pero con unos hocicos de color casi negro, con los que relinchan como caballos".
Por un lado, a la llama le falta la antigüedad de su antecesor, el guanaco. Por otro lado, su burdo vellón no puede compararse con la gruesa y fina lana de su prima la alpaca, o con la exquisita textura sedosa de la lana de la vicuña (de esta última se deriva la lana más fina y cara del mundo, aunque la alpaca es el animal que mayor cantidad de lana produce en Perú). Y, por si todo esto fuera poco, el número de llamas siempre ha sido menor que el de ovejas importa­das. Sin embargo, a pesar de toda esta competencia, la llama sigue siendo el animal preferido por los pueblos andinos en las regiones donde aún existe. Y tal preferencia se basa en un hecho: la llama rin­de un 100% de utilidad a su amo.
Su carne seca y salada, llamada charqui, aunque bastante dura, sirve de alimento. Su burdo ve­llón, una vez tejido, da calor. Y su cuero, trabajado en rudimentarias sandalias, sirve de calzado. Si todo esto no fuera suficiente para com­probar la utilidad de la llama, pue­de añadirse que su sebo es muy importante en la confección de ve­las; sus largas cerdas, hechas tren­zas, se utilizan como cuerdas, y su excremento, una vez seco, se con­vierte en el importante carbón pe­ruano o tarquia, que sirve de com­bustible al serrano, ayudándolo a protegerse del frío del altiplano.
En la antigüedad, los incas ofrecían las llamas de colores puros: las negras, a los dioses en el Templo del Sol del Cuzco, y las blancas eran sacrificadas durante los festivales precedentes al comienzo de las siembras. En la actualidad, estos animales abundan mayormente en una variedad de tonos de crema y café.
Por encima de todo, sin embargo, la llama es un animal de carga para todo serrano. Como sólo los ma­chos de más de tres años y medio sirven para esta función (a las hembras se les reserva para la pro­creación y la utilización de la lana), es común ver al serrano inspeccio­nar la boca del animal para calcular su edad. Ésta se mide por la disten­sión del labio inferior: a mayor distensión, mayor edad.
Una llama grande y fuerte pue­de cargar un máximo de 68 kilos. Sin embargo, el animal medio sólo tiene capacidad para llevar 45 kilos sobre el lomo, la misma carga que lleva una mula de la región. Apa­rentemente, ésta es una razón muy lógica por la cual la llama, al contrario del camello en el Viejo Mundo, no es utilizada como ani­mal de transporte humano. Ade­más, hay un hecho muy curioso, que seguramente mantiene aleja­do del lomo de la llama incluso al más liviano e inofensivo de los ni­ños: al enfurecerse, este animal extiende el cuello hasta poner la fuerzas.
La llama (Lama glama) aparece a partir de los 2 285 metros de altitud en los Andes. Sólo logra sobrevivir felizmente fuera de su hábitat natural, por largos períodos, en el ambiente de cuidados especiales de un parque zoológico.
Pero, aunque no admita jinetes, mucho hay a favor de la llama como animal de carga. Sus patas, parcialmente rajadas, le permiten una pisada mucho más segura que la de la mula. Además, el costo de mantenimiento de la llama, a comparación con el de la mula o caballo, resulta mínimo. A la llama, por ejemplo, no hay que ensillarla, pues ella cuenta con un “sillín natural", gracias al vellón que le crece en el lomo y que la prote­ge del daño que pudiera ocasionarle la carga. Y los fardos de papas, granos o cualquier otro producto que lleve en el lomo sólo se atan con una cuerda, trenzada de las propias cerdas, largas y resistentes, del animal.
Otro elemento a su favor es su capacidad de almacenar suficiente alimento y agua para toda una travesía, durante la cual sólo pastará en las yerbas que encuentre a su paso por el altiplano. Igual que hace el camello, la llama retendrá el alimento y e! agua por períodos bastante largos.
Acompañado por manadas de va­rios cientos de llamas, cargadas sin exceso, el serrano puede pro­gramar travesías hasta de 20 días, cubriendo extensiones de unos 25 kilómetros diarios, reservándose intervalos regulares para dormir y descansar. Al contrario de las mulas, que resisten sobrecargas y se esfuerzan al máximo por mante­nerse en pie, aun cuando el agota­miento las rinda o el camino pre­sente grandes riesgos de caídas, la llama está muy consciente de sus posibilidades reales, tanto en lo que respecta al peso que puede llevar como a la extensión de cami­no que puede recorrer.
Así, tan pronto llega a su límite, la llama se detiene y se acuesta. Esa es su señal de total negativa a seguir, y ningún esfuerzo por par­te del serrano logra hacerla levantar y continuar el camino. Por el contrario acostumbrada a lidiar con ese animal sabe que, llegado ese momento de agotamiento, se le debe retirar su carga y dejarlo descansar tranquilamente. Esto es parte habitual de la relación entre la llama y el serrano. Muchas veces, cuando una se cansa, el hombre la deja descansando en el camino, libre de carga, y continúa con el resto de la manada hasta su destino. De regreso, casi siempre recobra al animal.
En travesías hacia tierras bajas, la llama suele llevar productos ani­males, típicos del altiplano, como pieles curadas, lana cruda y char­qui. En la plaza de mercado del lugar de destino, atadas unas a otras por resistentes cuerdas, las llamas descansan y esperan pa­cientemente a su amo mientras éste realiza sus trueques, para vol­ver a llevar una carga de regreso al punto de origen de la travesía, y que consiste básicamente en pa­pas, maíz, cebada, oca (tubérculo comestible, típico de la región) y hojas de coca.

Estos recorridos muchas veces hacen descender a las llamas hasta alturas poco aceptables para ellas, a largo plazo, pero esto no consti­tuye un problema, ya que se trata de meros viajes de ida y vuelta.
En el paso de los animales por poblaciones donde hay circula­ción de vehículos motorizados, es curioso observar cómo las llamas ceden el paso a los últimos, obe­deciendo a un tirón de la cuerda por la que están atadas. Cuando el vehículo desaparece, vuelven a ocupar las calles, tan pronto el amo les da un suave silbido.
Podría decirse que este silbido del serrano andino caracteriza su relación con el preciado animal, basada en una marcada delicadeza. Ver a un serrano maltratar a una llama es inconcebible. Por el contrario, su amo la quiere y la respeta; la toca y le habla, y le silba con la dulzura que podría transmi­tírsele a un ser humano. Nunca se verá al hombre andino llevar un látigo con que pegar al animal, pues a éste sólo se le levanta una cuerda en el aire, tejida de su mis­ma lana, y nada más que para pro­ducir un ruido, no para golpearlo. Su cuerpo, lejos de ser castigado, es adornado con cuerdas teñidas en colores brillantes y, en las fies­tas folklóricas, se le cubre el lomo con tejidos muy llamativos, de los que cuelgan campanas.
Al igual que en la civilización preinca, la llama es el animal de mayor utilidad para el serrano. Su carne seca y salada, llamada charqui, lo alimenta. Su burdo vellón le da abrigo. Su cuero lo calza. Su sebo lo ayuda a alumbrarse con velas. Y su excremento seco o taquia le sirve de combustible.
Para el indio andino, la llama es más que un animal. Es un amigo con quien él comparte largas tra­vesías a través de la desértica puna. Sin dudas, a ambos los une una íntima relación, que surge de la compañía que uno le ofrece al otro desde muy temprano. Tradi­cionalmente, el niño indio tiene que hacerse cargo del cuidado de las manadas de llamas mientras és­tas pastan por la mañana y guiarlas por la tarde de regreso a sus corra­les, limitados por muros de piedras, donde pasan el resto del día y toda la noche. (Es importante te­nerlas en territorios bien delimitados, para asegurar así la recogida de excremento abundante y la pro­ducción del carbón que del mismo se obtiene.)
Durante el Imperio Inca, toda familia de los Camélidos andinos constituía una importante fuerza de riqueza. En esa época, las manadas de llamas, guanacos, alpacas y vicuñas eran propiedad exclusiva de la realeza inca. Quien se ocupaban de cuidar a estos animales eran miembros de la nobleza, y los pastores que los llevaban a pastar eran expertos en cruce de animales. (Los camélidos
sudamericanos, aunque de distintas especies, son capaces de cruzarse y de producir descendencia fértil incluso hay zoólogos, aunque constituyen minoría, que consideran a la llama, el guanaco y la alpaca como razas de una misma especie, separando sólo a la vicuña como especie autónoma.) Debe aclararse, sin embargo, que sólo llamas y las alpacas llegaron a ser domesticadas, no así las vicuñas los guanacos.

Es sorprendente la organización a la que se sometían las llamas. Los incas las tenían divididas por edad, sexo y color. Con gran precisión de fechas, se efectuaba trasquiladura de las manadas y la lana se guardaba en almacenes pú­blicos, de donde las familias iban retirándola a medida que la nece­sitaban para la confección de prendas de ropa.
Entre la llama y el hombre andino existe una relación muy estrecha, que comienza desde muy temprano, cuando el niño del altiplano se responsabiliza con el pastoreo de las manadas. Sin dudas, la llama es más que un animal. Podría asegurarse que es el amigo acompañante de todo indio andino en sus largas travesías por la desértica puna. Y excelente prueba de ello es el monumento en honor de la llama, en el Paseo de la República, en Lima (der.).
Según un historiador del Perú, las llamas de un color blanco o negro puro eran objeto de sacrifi­cios en las celebraciones incas. Mientras las negras se ofrecían los dioses en el Templo del Sol del Cuzco, las blancas se sacrificaban durante los festivales precedentes al comienzo de la siembra.
El gran respeto que se le profe­saba en la antigüedad a la llama ha quedado claramente ilustrado por los ejemplares momificados que se han encontrado junto a sus amos, en las impenetrables tum­bas incas. Hoy en día, una de ellas reposa en el Museo Nacional de Arqueología de Lima.
Aunque la conquista española puso fin al Imperio Inca y, por consiguiente, a sus ritos y tradicio­nes, la llama no ha perdido su puesto prominente dentro de la cultura andina. Si bien su veneración está muy lejos de llegar hoy hasta el punto del sacrificio a los dioses o de la momificación, ella es el animal que más cerca se en­cuentra del afán cotidiano y del corazón del pueblo andino perua­no. Por lo tanto, la llama es el animal que mejor simboliza a to­das las regiones donde habita, y a la vida que en éstas lleva el hom­bre del altiplano.
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[1] En años recientes, ha habido cierta po­lémica entre los zoólogos respecto a la clasificación de estos animales. Mientras algunos, que parecen ser mayoría, se inclinan a mantenerlos dentro de la fami­lia de los Camélidos, otros estiman que debe incluírseles en una familia autó­noma, la de los


[i] No es cierto. Es la vicuña la que aparece en el escudo

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