César
Hildebrandt
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M |
En HILDEBRANDT EN SUS TRECE Nº 775, 27MAR26
e pongo a tono con la retórica patibularia de los
debates: pena de muerte para los idiotas.
Pido más, guadaña en mano, babeando de gusto
anticipado: cadena perpetua para los candidatos que demuestren serias
deficiencias en su funcionamiento cerebral.
Pero no basta: campos de concentración de pan y agua
en remotos lugares de la selva para los que hagan propuestas esperpénticas.
Y más: jueces sin rostro, como los que reimplantará la Fujimori, para los que construyan
partidos que son siglas vacías y se presenten a las elecciones para hacer el
ridículo.
Largas condenas en prisiones sin ventanas para los que suden mientras hablan y organicen frases ininteligibles y lleguen a conclusiones falsas y recomienden soluciones inverosímiles.
Que mueran el Pacto de San José, la Convención de Palermo, la Corte Interamericana de Derechos Humanos la Corte Penal Internacional y hasta las Naciones Unidas con tal de encarcelar sin debido proceso y sin presunción de inocencia a quienes demostraron en los debates recientes que la crisis del Perú viene de abajo y décadas atrás.
Multiplicar cárceles, militarizar las calles,
disparar a discreción y sin rendir cuentas, crear un Estado lumpen: eso fue lo
que oímos. Y, con algunas excepciones, lo que vino después fue una lista de
prodigios que se harían en cien días, una retahíla de promesas enormes que
pacificarían el país y nos devolverían la grandeza que nunca tuvimos.
Para decirlo de una vez: me dio vergüenza ajena
escuchar tal avalancha de estupideces y mentiras. Me dio escalofríos imaginar
que el bobo que me hablaba, sin el menor propósito de convencerme, era fundador
de un partido que la autoridad electoral había acogido.
Claro que hubo excepciones, pero fueron muy pocas. Aun los mejor dotados se dejaron impregnar por la demagogia vociferante, aunque está claro que Marisol Pérez Tello, Alfonso López Chau y Jorge Nieto evitaron el abismo y mantuvieron posiciones coherentes.
Keiko Fujimori debe haber desilusionado hasta a sus adictos más duros. Y lo mismo debe haber pasado con Rafael López Aliaga, que se dedicó a leer con la cabeza gacha la paporreta de sus próximas grandezas.
Mesías Guevara hizo lo que pudo
y se enfrentó al fujimorismo, del mismo modo que Nieto, que situó el tema de la
corrupción en su justo marco: no se la derrotará si no se acaba con el pacto
mañoso y congresal, dominado por el fujimorismo, que nos gobierna de modo
clandestino.
Rafael Belaunde demostró que es
un avión que no despega y el decente Roberto
Chiabra entendió que el carisma es tesoro elusivo y que él es uno de los
desahuciados.
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| Roberto Sánchez sube sostenidamente en las encuestas |
En resumen, el debate sirvió para exhibir la miseria
de nuestra política y la poca seriedad de muchos de los que irrumpieron, desde
su merecida nada, en las elecciones. Nadie habló de las dificultades de la
gestión pública, de la necesidad penosa de concertar con quienes estarán al
acecho de sabotear al próximo gobierno y de los problemas que el tsunami de la
inflación mundial nos habrá de traer.
Yo preparo, mientras tanto, mi paredón, mi horca, mi
garrote vil, mi silla eléctrica, mi inyección mortal. Me voy poniendo a tono. ■


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