CIEN DIAS Y ALGUNAS ALEGRÍAS
César Hildebrandt
En HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 805, 6NOV26
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H |
ay
buenas noticias en el mundo, esas que disgustan a la prensa que está hecha para
negar y mentir.
Seguimos hablando
de la victoria de Lula, de la fuga de Bolsonaro y de la desnudez carachosa de
esa derecha que reclamaba muertos, silencios y fraudes.
¡Qué alegría la
derrota de Donald Trump! Sé que los demócratas que lo han aplastado no
cambiarán significativamente la política exterior de los Estados Unidos, pero
el hecho de que este homínido deje de tener mayoría en ambas cámaras será un
freno para sus peores desmesuras. ¡Y qué goce produce imaginar el susto de
Milei, las murmuraciones de Fujimori, las tensiones de Kast, algunas de sus
mascotas preferidas!
¡Qué bueno que
Netanyahu no haya sido electoralmente confirmado y que el gobierno genocida de
Israel esté entrampado! Sé también que las opciones del futuro inmediato no son
las mejores, pero que los partidos árabes se yergan como hipotético fiel de la
balanza es un alivio en medio de la barbarie.
¡Qué estimulante
resulta que el ultraderechista y corrupto presidente serbio Aleksandar Vucic
haya sido derrotado en elecciones por una auténtica revuelta estudiantil!
¡Qué maravilla
que Santiago Peña, el presidente neoliberal de Paraguay que admiraba la
dictadura de Alfredo Stroessner, haya tenido que renunciar desde la bolsa de
basura donde fue depositado después de que quebrara el banco donde tenía amigos
e intereses!
¡Qué aleccionador resulta que en Países Bajos los liberales de izquierda se hayan impuesto a la derecha filofascista de Geert Wilders!
¡Y. qué
edificante es que a los cien días de ejercicio, el gobierno del fujimorismo se
debata entre la estupidez y la demagogia!
Durante años el
fujimorismo se vendió como la prometida resurrección pagana del dios padre, el
regreso del brujo que tenía fórmulas para todo, el ejercicio del pragmatismo
virtuoso que su hija predilecta había heredado y pondría en marcha junto a un
equipo enorme de tecnócratas. Iba a ser el gobierno de una mujer obstinada y
genial y una selección de especialistas en cada sector. Que Humala, Kuczynski y
Castillo impidieran ese paraíso con sus votos, fue sólo un retraso: el
fujimorismo llegaría al poder porque es el CEO de la felicidad, el orden y el
progreso.
Pero esa venta de
imagen escondía la letra pequeña del contrato: la señora es más bien burra, la
adulación prevalece a la hora de elegir ministros y funcionarios, todo se
atasca a la hora de las decisiones y lo que funciona es la foto pretenciosa que
entrega Palacio, la declaración que propala RPP, las descalificaciones a la
oposición que formulan los Torres y los Rospigliosi y el eco tintineante de la
plata que se reparte entre la prensa perniabierta. Es el fin del mito
fujimorista como eficacia de gestión. Es el verdadero entierro de Alberto
Fujimori. Lo que tenemos ahora no es la señora Thatcher del Naruto sino Dina
Boluarte con un mejor modisto.
La maquinaria que
sí está a todo andar es la de la mafia fujimorista. Lo que sí funciona es el deep
State. Porque Keiko Fujimori no tiene la inteligencia de su padre pero sí
es la legítima heredera del lado oscuro de ese gobierno que llegó a tener
naturaleza criminal.
Por eso el uso de
muladares de la prensa para desprestigiar a personajes que sigan siendo
incómodos, por eso el uso de la podrida Junta Nacional de Justicia para
destituir a jueces que se resisten a aplicar las leyes del Congreso anterior,
por eso es que alias Fiscal de la Nación ordena a sus subordinados armar
investigaciones nacidas del colon descendente de esa televisión que hace
recordar a los Winter y a los Crousillat. Por eso también es que la fiscal
suprema Teresa Wong ha solicitado este 3 de noviembre que se archive el proceso
por cohecho y tráfico de influencias en contra de César Hinostroza Pariachi, el
largamente prófugo cabecilla de Los Cuellos Blancos del Puerto. Por eso se
seguirá protegiendo el agio, el oligopolio, las exoneraciones tributarias para
Chlimper y sus amigos, la modestia relativa de los impuestos a la gran
minería. Por eso la señora que nos preside habla, cada vez que puede, rodeada
de policías y militares. No es que recuerde el rescate victorioso de Chavín de
Huántar. Lo que recuerda es a los Colina premiados y amnistiados por su padre.
Su vocación es tener una DINI como el SIN.
Lo que queda del
fujimorismo es el estilo procaz de hacer política: trampear con el pedido de
las facultades legislativas, burlarse de su propia Constitución, empujar al
Senado, que se domina gracias a un miserable desertor, a burlarse de la cámara
de diputados y terruquear a quien se pueda dándole voz y crédito a testigos
inverosímiles. Lo que queda del fujimorismo es la infamia. Y de eso sabe mucho
la señora Fujimori, como lo atestiguó su propia madre y lo confirmó años
después su propio hermano. ¿A alguien puede sorprender que una señora sin luces
opte siempre por la oscuridad?
Es curioso: en
esta parte del mundo, la izquierda parece haber aprendido de sus peores
errores. Por eso Lula es admitido en el centro y aquello del chavismo
energúmeno suena tan arqueológico como el sueño totalitario, con rublos a la
vena, de los Castro. Pero la derecha no ha aprendido nada. Es más: está peor
que nunca. Cree que el Perú es una casa-hacienda, que el planeta es un bien
inmueble y que a las plebes se les pondrá siempre bozal. Es una derecha que
bebe demasiado y tiene una pistola al cinto. Parece salida de una novela de Dos
Passos. ■

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