PRESENCIA DEL POETA PUNEÑO CARLOS OQUENDO DE AMAT EN HUANCANE
ALGUNOS DATOS BIOGRAFICOS
Por: Leónidas Cuentas Gamarra
En su libro PUEBLOS SIN NOMBRE, Huancané 1988
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calendario marcaba el año de 1929, cuándo hizo su aparición por esta comarca,
el Señor Carlos Oquendo de Amat aún no se sabía cómo ni de dónde venía. Era un
personaje misterioso de estatura regular casi alto, de ojos grandes y negros
como las profundidades del Titicaca, de mirada escrutadora y penetrante; de
hombros enjutos y cabello lacio vestido de plomo de pantalones anchos en el bota
píe a la moda de esa fecha, cubierto con un abrigo también plomo, que le caía
sobre Ies pantorrillas, muy largo para protegerse del gélido frío de las punas,
cubierto con un sombrero gacho y alón que hacía juego con su atuendo,
cubriéndole la cabeza hasta media frente. Se distinguía el cintillo negro que
lo contorneaba. Llevaba puestos zapatos de Charol lastimados por el tiempo.
Tiene su andar era lento pero cadencioso como el péndulo de un reloj de pared
que no se cansa de marcar el tiempo que pasa.
¿Quién
era y de dónde venía?. Solo lo sabían sus amigos. Los lugareños decían que lo
había transportado el "Payi", (leyenda de los bohemios noctámbulos
que estando en un sitio, inconscientemente se aparecían en otro lugar a veces
muy lejano de sus lares), hermosa leyenda larga de describir, pero no era así,
era precisamente el personaje de nuestra modesta descripción.
LA CASA DONDE VIVÍA
Era
una casona solariega en donde por las noches solo se oía el bronco y atronador
ladrido de un gigante mastín, en cuya puerta principal de entrada se leía hasta
no hace mucho un pequeño letrero en madera tallada que decía "Ricardo
Villalba". Más en esa fecha ya pertenecía a don Manuel E. Cordero, por haberla
heredado al contraer matrimonio con la viuda del lustroso tallado.
La
Casa está ubicada en el crucero de las Calles Lima y Arica, a una cuadra de la
plaza de Armas, techada toda ella de teja, podía decirse que era la Casa
Rosada, ocupando un cuarto de manzana. Tiene cuatro tiendas sobre la Calle
Lima, dos a cada lado del zaguán una de ellas destinada a la venta de abarrotes
en general, la que le seguía a la venta de telas de toda clase e importadas de
todas partes del mundo; luego entrando el pórtico, a mano derecha otra tienda
para la venta de menudencias provenientes de las haciendas del gamonal y
seguidamente, otra más pequeña que guardaba licores de toda clase, desde el
wisky más apetecido hasta el tremebundo alcohol de cuarenta grados para
emborrachar a la indiada, cuyas tierras iban a pasar a la propiedad del patrón
por una cuartilla de licor y un puñado de coca. El portón de pino oregón o
puerta de calle es el mismo que aún luce en la actualidad, pero con el
deterioro del tiempo que nada perdona.
La
casona se cerraba a las seis de la tarde y no se abría, para nadie sino para
sus dueños. Servía de portero el llamado (Pongo) uno de los
"esclavos" de la gleba, cuya obligación era pernoctar en el llamado
"zaguán" sobre cantos rodados sin más colchón que unos viejos
pergaminos y una cobertura de remiendos que semejaban un mapa de los tiempos virreinales.
Se abrían las puertas a las cinco de la madrugada, girando pesadamente sobre
sus herrumbrosos y chirriantes goznes de acero, para dar salida a la caballería
del, patrón que ocupaba las caballerizas del pesebre ubicado en el fondo de la
casona. A la misma hora salían los "muleros" con la caballada y los
demás "esclavos" portando latas vacías de alcohol para llenar el
barrigudo tinajón con las cristalinas aguas de la "Pajjcha"
(vertiente). Entre tanto la vestal cenicienta "Mitani" encargada de
mantener el fuego sagrado en la mugrosa cocina enhollinada con telarañas se
aprestaba a preparar el desayuno para la familia extensa. Churrascos, huevos
fritos, café con leche, pan, mantequilla y queso en abundantes porciones.
Seguidamente
se abrían las tiendas con sus respectivos dependientes y mancebos. Transponiendo
el zaguán se Llega al primer patio (las casonas antiguas tenían hasta tres y
cuatro patios). El principal, rodeado de inmensas habitaciones que servían como
dormitorios, salones, escritorio y comedores, sin faltar el famoso "cuarto
de alojados" que por algún tiempo le serviría de dormitorio a nuestro
personaje. Indudablemente por razones de amistad el dueño de la casona tenía
relaciones con el poeta, por tanto tenía su lugar para convivir con ellos y
participar de todas sus costumbres.
Por
las noches se le veía en compañía de sus amigos, fomentando tertulias en
pequeñas tiendecitas donde no faltaba el añejo pisco de uva. Se supone que allí
confabulaban para formar el partido comunista, dentro de cuyos personajes
podemos anotar al normalista don Humberto Valencia, de brillante trayectoria
profesional, Vicente Mendoza Díaz cuándo aún era estudiante universitario, sin dejar
de anotar a don Francisco Cuentas Gamarra, Julio Arce Valencia y otros cuyo
recuerdo se pierde en la noche de los tiempos.
En
tanto sus amigos cumplían con sus tareas profesionales u ocupacionales, don
Carlos, contemplaba desde los cerros Santa Bárbara y Pocco-Pacca que abrazan
tiernamente al poblado, su paisaje pintoresco de paleta de pintor; recostado
sobre sus roquedales que le transmitían el perdido mensaje de una tierra
olvidada o la sonrisa coquetona de la hermosa mujer lugareña, de negras trenzas
que se perdían como caminos de ilusión.
Sus
pensamientos se difuminaban en el infinito, columpiados de los picachos
andinos, donde solo habitan los cóndores.
Producida
la caída del Presidente Leguía, los esbirros del nuevo orden lo encarcelaron
vilmente con varios de sus amigos, dentro de una tenebrosa mazmorra ubicada en
la Plaza de Armas, bajo el pretexto de que pertenecían al partido comunista.
Dicen los testigos de esa fecha que fueron maniatados de pies y manos,
amordazados y tirados en el suelo pelado. Crueldad impía por el solo delito de
saber pensar. Dizque cuándo uno de los gendarmes le arrojaba su comida,
reaccionó el león herido, catapultándolo de un plantillazo en el pecho
tirándole al suelo, fuera del calabozo, para luego seguir siendo víctima del
sadismo de los guardianes.
Después
de una corta permanencia, siguió la ruta de su destino al Poblado de Moho
"La Perla del Titicaca "donde fue candorosamente recibido por los
familiares y amigos de su señora madre, la gran matrona doña Zoraida de Amat Machicao,
de hermosa estampa y distinguido abolengo.
Se
dice que allí estuvo alojado en varias casonas de propiedad de los vecinos
notables don Abdón Gálvez Olvea, Santiago Machicao, Miguel N. Angles y otras
personalidades de ese tiempo que se disputaban el honor de hospedarlo, gracias
a sus especiales dotes personales y su talento poético.
En
ese hermoso jardín del Altiplano, colgado del cielo cuál verde pañuelo, su
inspiración poética seguramente se profundizó mucho más, hasta alcanzar las
estrellas y transponer el infinito.
Allímismo
se dice que conoció, al amor de sus amores, la hermosa dama doña Angélica
Basulto, de alta estatura, de andar cimbreante, piernas contorneadas, tez
blanca cabellos rubios coma los de la mazorca del maíz, cintura de rueca y ojos
negros azabache. La cabellera suelta sobre sus hombros acariciaba su busto
escultural. Vivía esta beldad en la casona del distinguido caballero don Eloy
Angles, ubicada sobre la Plaza de Armas, haciendo juego con las flores más
hermosas del mundo.
Tuvo
la oportunidad de conocer varias "Quintas" (pequeños predios pintorescos
aledaños a la población). Tenía preferencia por la Quinta
"Milli-Milli",donde inclusive pernoctaba, por su encanto misterioso.
No
podía ser menos, ya que desde allí contemplaba el horizonte encendido de fuego,
saturado del perfumado ambiente que expelían las rosas, violetas, tulipanes,
orquídeas y los gigantes pensamientos de ropaje aterciopelado, rodeado del
néctar embriagador de los habales en flor.
No
podía ser menos, cuándo despertaba al compás de la sinfonía eterna del trinar
de los juguetones jilgueros, huraños gorriones y jacarandosos ruiseñores.
Cuánta inspiración para el gran poeta, magnificada por el embrujo de las notas
de las zampoñas expectoradas por mil años de esclavitud.
Su
estancia por estos lares, obedecía al invalorable deseo de conocer la tierra de
sus ancestros. Esto explica su estancia en, Moho, a la par que pretendía
detener cuándo menos los estragos de su dolencia, ya que para aquellas épocas
era común y corriente comentar a las gentes, que los tebecianos se curaban en
las alturas con el gélido frío de sus punas. De allí el dicho popular "a
Jauja”
Si
Carlos Oquendo de Amat había nacido poeta mártir, todo su cúmulo de
experiencias y otros sitios de la República, a través de su corta existencia,
apenas sí le dieron la oportunidad de cristalizar su estro en sus "Cinco
Metros de Poemas".
Huancané 3 de
Marzo de 1993

















