LOS “UROS” DEL ALTIPLANO SURANDINO
(REGIÓN
QUE HOY COMPARTEN EL PERÚ Y BOLIVIA)
onstituyen un grupo minoritario indígena muy singular. 500 años
atrás formaban una importante minoría poblacional en esa parte de los
Andes. Vivían a orillas tanto del lago Titicaca como de los ríos y
lagunas altiplánicos, siendo alrededor del 30 por ciento de la población
indígena de la época. Su forma de vida en el siglo XVI, vinculada a los
recursos animales y vegetales del medio acuático, les resultaba sumamente
extraña tanto a los conquistadores Incas como luego a los invasores
españoles. Antes de la llegada de los Incas cuzqueños al Altiplano
(aproximadamente en el año 1450), los “uros” ya eran una población sometida a
la mayoría aimara de la región.
El nombre “uro” es un término peyorativo, pues provendría de una
palabra que en quechua y en aimara significa araña, gusano; es decir, un
insecto o bicho. Aplicada por los Incas a un grupo de seres humanos es,
sin duda alguna, un insulto. Por eso, tradicionalmente, la propia gente a
la que se le llama “uro” no ha aceptado el apelativo. Hoy en día, el
único lugar donde subsiste una comunidad descendiente de este grupo indígena
que aun habla su lengua ancestral es en Chipaya (departamento de Oruro, en
Bolivia). Según los estudios del lingüista peruano Rodolfo
Cerrón-Palomino, la gente de Chipaya se autodenomina “qhwaz zhoñi”, que
significa “hombres del agua”.
Las descripciones escritas sobre este pueblo indígena minoritario de
las que disponemos para los siglos XVI y XVII expresan frecuentemente ideas
negativas sobre los “uros”, originadas en la dominación incaica (entre
1450-1532) y aimara (antes de 1450), que los españoles aceptaron y reprodujeron
(a partir de 1532 en adelante). Estas ideas negativas son la expresión
del “mito etnográfico” que los estudios del etnohistoriador francés Nathan Wachtel han invalidado
categóricamente, desde sus primeras publicaciones sobre los “uros” en 1978,
hasta su magnífico libro de 1990, traducido al castellano en el 2001 con el
título de: ‘El regreso de los antepasados: Los indios uros de Bolivia,
del siglo XX al XVI. Ensayo de historia regresiva’.
La mayoría de los testimonios registrados por los españoles del siglo
XVI son bastante negativos respecto de los “uros” y su modo de vida. Una
descripción de 1586, escrita por el corregidor (gobernador local) de una
provincia altiplánica, señalaba:
“…cuando
los ingas vinieron conquistando esta provincia de los Pacaxes, hicieron salir a
estos indios Uros de junto al agua y les hicieron vivir con los Aymaraes y les
enseñaron a arar y cultivar la tierra, y les mandaron que pagasen de tributo
pescado y hiciesen petacas [= canastas] de paja […], y al presente tienen
pulicia [= orden], y viven en casas, y habitan en pueblos, y tienen sus
caciques y principales, y pagan tasa [= tributos], y sirven como los demás
indios Aymaraes” (Pedro Mercado de Peñalosa, “Relación de la provincia de
Pacajes”, en Jiménez de la Espada, ed., ‘Relaciones Geográficas de
Indias’, 1965, t. I, p. 336).
Otra descripción de 1588, escrita por el sacerdote Bartolomé Álvarez que evangelizó a los indios en la zona del lago
Poopó, afirmaba sobre los “uros”:
“Es
gente más rustica y grosera, más baja y torpe y sin policía [= organización]
que los Aimaraes: son tan torpes que con dificultad saben hacer una
cuenta. Son más sucios, peor vestidos, más pobres que los Aimaraes; más
perezosos, menos comunicables, más huidores, menos trabajadores, grandes
haraganes; más duros, menos sujetos, peores en las cosas de cristiandad, menos
disciplinables” (Bartolomé
Álvarez, ‘De las costumbres y conversión de los indios’, 1998, p.
390).
Finalmente, pueden citarse los comentarios del famoso jesuita José de Acosta, quien estuvo en los
Andes en las décadas de 1570 y 1580, y publicó un libro importantísimo en 1590,
titulado la ‘Historia Natural y Moral de las Indias’. Allí
afirmaba rotundamente:
“Son estos uros tan brutales que ellos
mismos no se tienen por hombres. Cuéntase de llos que, preguntados qué
gente eran, respondieron que ellos no eran hombres sino uros; como si fuera
otro género de animales” (1590, Lib. 2do., Cap. 6, pp. 95-96; ed. 2008, p. 49).
Sin embargo, más allá de este aparente consenso negativo, hay que saber
leer los testimonios históricos. Los documentos no nos “hablan”
directamente, pues hay que analizarlos en su contexto: quién dice qué, cómo y
por qué motivos. Así, veamos cómo analiza la afirmación del jesuita
Acosta el ya citado lingüista Rodolfo
Cerrón Palomino:
“…la supuesta inhumanidad de los uros,
aparte del profundo prejuicio que la subyace, era, en el mejor de los casos,
producto de un desencuentro lingüístico y socio-cultural, desde el momento en
que con dicha respuesta, en el sentido de que “no eran hombres sino uros”, lo
único que hacían era afirmar su identidad, negando ser quechuas (‘runa’) o
aimaras (‘haqui’), es decir grupos sometidos a la dominación colonial,
condición necesaria para ser considerados como “gente de razón” y de “policía”,
según la concepción de humanidad domesticada manejada por los grupos de poder” (‘El Uro de la Bahía de Puno’,
2017, p. 46).
En otras palabras, los “prejuicios culturales” del jesuita Acosta
afectan significativamente su descripción de las realidades andinas de las que
fue testigo presencial.
Otros testimonios del siglo XVI, fruto de una experiencia más
prolongada y directa en relación a la población andina, nos muestran que el
“mito etnográfico” en perjuicio de los “uros” no fue aceptado unánimemente por
todos los españoles de la época. En 1567 el visitador (inspector) Garci Diez de San Miguel entrevistó a Melchior de Alarcón, un “español entre
indios” (como dijera en 1974 el historiador norteamericano James
Lockhart). Este experimentado colonizador dijo de los “uros” que:
“son
gente no de menos entendimiento y capacidad que los demás aymaraes”.
Para él, la razón del “abatimiento” que podían mostrar los “uros” era
la opresión que los aimaras ejercían sobre ellos:
“el tenerlos los caciques en tanta
subjeción y tener tanto señorío sobre ellos y el no querer sea gente más noble
y de más posibilidad los abate en gran manera”.
Además, su modo de vida lacustre seguía otros ritmos laborales
distintos a los que imponía la agricultura:
“no están hechos al trabajo [y] son
holgazanes de su condición”.
Sin embargo, si se los trataba siguiendo las normas andinas de la
reciprocidad y redistribución de bienes por trabajo, eran buenos trabajadores:
“porque los ha visto ponerse muy bien al
trabajo y que ningunas sementeras [= cultivos] se hacen en la provincia que no
sean los primeros a trabajar o en la de los caciques y en éstas siempre o en
las de otros indios que les dan coca y de beber u otro género de paga”.
Que su forma de vida tradicional como pescadores los tuviera
acostumbrados a un ritmo laboral propio, diferente de aquel de los agricultores
aimaras, no les impedía, si eran bien tratados, destacar en el trabajo que era
considerado “más normal” en la época. Por eso, Melchior de Alarcón afirmaba categóricamente que:
“sabe y ha visito por vista de ojos que en
la chácara que trabajan harán mucho más que los aymaraes pues en otras cosas de
trabajo como es en ir a cargar carneros [= llamas] y en hacer paredes y en
tejer e hilar lo hacen tan bien como los demás” (‘Visita hecha a la provincia de
Chucuito’, 1964, p. 140).
Concluyendo en pocas palabras, fueron y son tan seres humanos como los
aimaras y los propios españoles del siglo XVI. Y como nosotros mismos, en
el siglo XXI. <>
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“EL URO DE LA BAHÍA DE PUNO”
SER
22/03/2017
En la
última semana de octubre de 1929 el investigador alemán Walter Lehmann se
detuvo en la ciudad de Puno. Venía, en buque a vapor, desde el puerto
boliviano de Guaqui. Habiendo recopilado información lingüística de los
llamados “uros” en Bolivia, buscaba hacer lo mismo en el sur peruano. Con
la ayuda como traductor del poeta juliaqueño Eustaquio Rodríguez Aweranka, se
dirigió a la aldea de pescadores de Chimu (aimara: Ch’imu, uro: Ts’imu), 8
kilómetros al sur de la ciudad, antes de Chucuito. Allí entrevistó a don
Nicolás Valcuna, alcalde vara del pueblo, y a su anciano padre, Florentino
Valcuna, quienes además de la lengua aimara todavía utilizaban algunas palabras
y frases de su ancestral lengua materna. Regresados todos a la ciudad de Puno,
la entrevista continuó hasta pasada la medianoche.
Con los
apuntes de esta febril recopilación, Lehmann continuó viaje a Arequipa y Lima,
y estuvo en Lambayeque, donde entrevistó a personas que todavía hablaban otro
idioma indígena, la lengua mochica. Lehmann regresó a Alemania en 1930,
pero no llegó a procesar estos materiales lingüísticos, falleciendo en
1939. Entre 1907 y 1929 había hecho estudios sobre lenguas indígenas
americanas, especialmente en México y Guatemala (Mesoamérica). Sus
papeles se guardan en el Instituto Iberoamericano de Berlín, donde los revisó
el lingüista peruano Rodolfo Cerrón-Palomino (en 1991 y nuevamente en
2001). Además, Cerrón trabajó en la localidad boliviana de Chipaya, donde
la lengua de los “uros” sigue en pleno uso, publicando El chipaya o
la lengua de los hombres del agua (2006) y, en coautoría con el
semiólogo peruano Enrique Ballón Aguirre, Chipaya: Léxico y
etnotaxonomía (2011).
Con esta
sólida preparación, Cerrón acaba de publicar un libro en el que evalúa el material
recopilado en 1929: “gracias al espíritu explorador de un investigador
experimentado como Lehmann, hoy podemos contar con el único material disponible
que permite que tengamos una idea, aunque fuera borrosa, de una variedad
extinguida como el uro de la Bahía de Puno. No fue difícil constatar que
la visita… a la localidad de Ch’imu se realiza en un momento en el que la
lengua nativa va cediendo irreversiblemente, en labios de sus pocos hablantes,
ante la poderosa lengua dominante de la región: el aimara. En tal
situación, fue prodigiosamente oportuna la visita fugaz que realizó Lehmann a
la ciudad de Puno para, de inmediato, trasladarse al campo en busca de la
información lingüística anhelada. No obstante el breve tiempo de que
dispuso el investigador en su diligencia, el material consignado, al margen de
ciertas omisiones, es realmente valioso e informativo. Si bien, como
todos los materiales de la época, el de nuestro viajero adolece de una serie de
problemas de registro que les resta confiabilidad, sobre todo a la luz de las
exigencias modernas, el escrutinio efectuado sobre él demuestra que, dejando de
lado ciertas sutilezas y dispensando algunas confusiones, el aporte documental
de Lehmann resulta ciertamente inapreciable” (pp. 121-122).
Es que
solo a fines del siglo XIX, y en el siglo XX, se registraron las variedades que
sobrevivían de la lengua de los llamados “uros”. A diferencia del quechua
y el aimara, que desde el siglo XVI fueron estudiadas y sistematizadas por los
evangelizadores españoles, el idioma de los “uros” carece de este tipo de
registros. Su estudio, por ello, ha sido más difícil. El libro no
solo presenta una historia del grupo (caps. II, IV.1-3), sustentada en el
magnífico estudio de Nathan Wachtel, El regreso de los antepasados (1990,
2001), sino que ofrece la historia de los estudios etnográficos y lingüísticos
sobre ellos (caps. IV.4, VI), así como el recuento crítico de las confusiones y
“mitos” que se les han abusiva y prejuiciosamente aplicado desde la época
incaica (cap. III).

De los
numerosos temas que el libro toca, centraremos este comentario, por falta de
mayor espacio, en los problemas en torno al nombre del grupo (etnónimo) y de su
idioma (glotónimo), que escribimos entre comillas. El término “uro”
provendría de una palabra quechua que significa insecto o bicho (p. 22).
Aplicada por los Incas a un grupo de seres humanos es, sin duda, un insulto, un
término peyorativo. Por eso, tradicionalmente, la propia gente a la que
se le llama “uro” no ha aceptado el apelativo. La gente de Chipaya, en
Bolivia, se autodenomina “qhwaz zhoñi” (“hombres del agua”), y su idioma
propio, que solo se conserva allí, tampoco era llamado “uro” sino “puquina” o
“bukina” (pp. 27-30, 135). Esto ha creado, desde el siglo XVI en adelante,
la confusión con otra lengua indígena del Altiplano surandino, el puquina, del
que si existen algunos textos escritos por los evangelizadores en la época
colonial, aunque el idioma se extinguió en el siglo XIX. Cerrón explica y
aclara las confusiones en que incurrieron los estudiosos del siglo XX con
respecto a este problema: pensar que el “uro” y el puquina eran lenguas
estrechamente relacionadas, cuando el estudio lingüístico de ambas ha mostrado
sus profundas diferencias (cap. V). También menciona el intento de
distinguir la lengua con el nombre de “uruquilla”, del difunto lingüista
peruano Alfredo Torero [n.1930-m.2004]; o últimamente, la propuesta de
investigadores holandeses de usar del término “uchumataqu” para nombrar al
idioma.
Lo más
interesante es que desde las décadas de 1960-1970 en adelante, los
investigadores que han trabajado en las comunidades peruano-bolivianas
descendientes de los antiguos “uros” (que según documentación del siglo XVI
vivían principalmente como pescadores a orillas de lagos y ríos de todo el
Altiplano, pero que a inicios del siglo XX subsistían únicamente en cuatro
lugares: Chimu, en Puno, y en Bolivia Iruhito, el lago Poopó y Chipaya), han
promovido la reunión de estos diversos descendientes. Así, en 1993 los dirigentes
indígenas de las comunidades bolivianas, rechazando las connotaciones
peyorativas y apropiándose orgullosamente del término, fundaron la Nación
Originaria Uro (NOU). En el 2001 se pusieron en contacto con los llamados
“uros de las islas flotantes” de Puno (de Ccapi, llamados “ccapillus”, y ahora
emblemáticamente “ch’ullunis”, en referencia a la raíz de la totora), para
integrarlos a su organización. Cerrón reflexiona sobre el rol de la
lengua ancestral en estos esfuerzos de “recreación étnica” (etnogénesis), pues
solo los Chipayas hablan el idioma, siendo los otros descendientes del grupo en
la actualidad aimara-hablantes (cap. X).
Como se
aprecia de estos abigarrados comentarios, el libro más reciente del prolífico e
incansable investigador Rodolfo Cerrón-Palomino es mucho más que un estudio
especializado en lingüística andina, pues sintetiza la información histórica y
etnográfica de este grupo humano del Altiplano peruano-boliviano y dilucida
muchas de las especificidades locales de sus descendientes en Puno.
Lectura obligada, pues, para puneños y puneñistas.
* * *Rodolfo
Cerrón-Palomino, El Uro de la Bahía de Puno, con la asistencia de
Jaime Barrientos Quispe y la colaboración de Sergio Cangahuala Castro (Lima:
Instituto Riva-Agüero, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2016). 238
páginas.