¿SE PUEDE ANIQUILAR UNA CIVILIZACIÓN
EN NOMBRE DE LA DEMOCRACIA?
por Thierry Meyssan
Red Voltaire | París
(Francia) | 24 de marzo de 2026
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A |
unque
nuestros medios de difusión nos llaman a creerlo, la República Islámica de
Irán no es un régimen totalitario, en todo caso no más que nuestros
propios regímenes occidentales. Irán es una civilización mucho más antigua
que Occidente. Sus habitantes tienen virtudes que nosotros
no tenemos. No sólo nadie debe sentir orgullo por tratar de
acabar con ellos sino que incluso deberíamos escucharlos.
Estamos
asistiendo, estupefactos, a una guerra de nuevo tipo y
sin entenderla. La intensa sucesión de fenómenos oscurece nuestro
entendimiento:
• Por un
lado, seguimos hipnotizados por la superioridad militar de Occidente, el factor
que hizo que nuestros países dominaran el mundo durante cinco siglos.
Somos incapaces de reconocer que pueblos que aún caminan descalzos pueden ser
más civilizados que nosotros. Pero a los iraníes no les interesan
nuestras comodidades ni nuestro lujo. No por ello dejan de ser lo que
son desde mucho antes que nosotros, un pueblo de ingenieros, con una
educación científica mucho más profunda que la nuestra.
La civilización de los iraníes se caracteriza, primeramente, por una voluntad individual de hierro, que no podemos ni siquiera imaginar. En los museos iraníes se ven obras que son fruto de toda una vida de trabajo. Eso no existe en Occidente, donde se suele creer que creación y concentración son incompatibles. Los iraníes perciben el tiempo sólo desde la perspectiva de la duración, nunca en su brevedad. La segunda característica de su civilización es más común: ellos organizan su vida alrededor de la percepción de realidades espirituales. Así estaban organizadas las sociedades occidentales al final de la Edad Media y en tiempos del Renacimiento. Hoy no es así y en Occidente creemos que en eso consiste el progreso. Ellos no. Esas dos características de su civilización, los hace valorar la conciencia más que la ebriedad.
Por
supuesto, entre los iraníes existen los mismos vicios que en Occidente.
Por ejemplo, en Irán hay tantos drogadictos como en Occidente.
La diferencia está en el hecho que, en Occidente, la
drogadicción se ve como algo tan banal que el público
ni siquiera reacciona cuando los políticos consumen cocaína, algo
inconcebible para los iraníes.
• Occidente
está tan imbuido de su supuesta “superioridad” que ignora la cultura iraní.
Pero Irán es una gran civilización, desde el primer milenio antes de
nuestra era, mucho antes de que existiera la Atenas de Pericles,
desde los tiempos en que los europeos no eran más que más que un
puñado de tribus dispersas. En cierto sentido, es incluso normal que
los occidentales ignoren esa civilización ya que en nuestras escuelas
sólo se habla de su cultura cuando se mencionan las “guerras
medicas”, o guerras “greco-pérsicas”. Hemos oído hablar vagamente de las
batallas de Maratón, de las Termópilas y de Salamina… y eso es todo.
Sentimos orgullo, con razón, cuando nos cuentan la victoria de
los griegos, por su unidad y su astucia, y no vamos más allá.
En el siglo
XVI, Irán era un imperio musulmán sunnita, pero la dinastía safávida quiso
dar a su imperio una identidad diferente a la de su rival, el imperio
otomano. Fue así como la dinastía safávida convirtió su población al islam
chiita. El reinado de Ismail I estuvo marcado por una guerra de
religión cuyo objetivo fue imponer el chiismo mediante el uso de la fuerza.
Para instaurar el islam chiita, Ismail I se apoyó en los ulemas
chiitas del sur del Líbano.
Eso
significa que la relación entre Irán y el Hezbollah libanés no es
lo que se cree en Occidente. Todavía hoy los estudiantes de
teología iraníes viajan a Líbano para perfeccionar sus estudios.
En Líbano, cuando el Hezbollah me albergó en una de sus residencias,
la mayoría de las personas albergadas allí eran ulemas iraníes.
Habitualmente
se explica la diferencia entre los musulmanes sunnitas y los chiitas como un
pleito por la sucesión, pero en realidad se trata de dos mundos
diferentes. En el mundo islámico, cada región tiene su propia
cultura. El islam africano no se parece al islam de China.
Los iraníes construyen sus mezquitas en lugares bajos y con pocas ventanas
abiertas. Dentro de ellas, en una semi penumbra, las paredes se recubren
de pedazos de espejos, creando una atmósfera que invita a la meditación, a la
reflexión sobre uno mismo.
• Tampoco
se entienden en Occidente los lazos que unen a los chiitas árabes
con Irán. El mensaje del imam Khomeiny, el padre de la
revolución islámica iraní, los transformó a todos. Algunos
no siguieron después al “sucesor” institucional de Khomeiny,
el ayatola Alí Khamenei, cuando este último redefinió el Velayat-e
faqih, o sea el papel de “los sabios” en el gobierno de
la gente. Contrariamente a una creencia muy extendida, hombres como
el jeque Mohammad Hussein Fadlallah, el padre espiritual del
Hezbollah, nunca siguieron al ayatola Khamenei en su sueño de
autoridad sobre todos los chiitas.
El Irán
revolucionario ejerció una verdadera fascinación, no sólo entre los
chiitas del mundo entero sino también entre los demás musulmanes e incluso
entre los no musulmanes. Su mensaje era que es posible, a fin de
cuentas, liberar a los pueblos del colonialismo y vivir con justicia, en
un océano de injusticia, sacrificando su propia vida por ese ideal.
A los chiitas que abrazaban ese ideal, Irán les enseñó a seguir
el ejemplo del imam Khomeiny. Bajo los presidentes Hachemi Rafsandyani y
Mohammad Khatami, Irán pensó en defenderse apoyándose en sus admiradores
extranjeros. Aquella fue la época de los “proxis”, como los llaman los
anglosajones. Pero aquel periodo terminó con la llegada al poder del
presidente Mahmud Ahmadineyad y, sobre todo, con el general Qassem
Soleimani. Hoy se puede decir que Irán ya no tiene “proxis”, diga lo
que diga la propaganda occidental. Aunque reciban armamento de Irán,
cada grupo es ahora independiente.
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| Conocemos muy poco del pueblo iranì |
• En
Occidente se acepta que los líderes iraníes sean asesinados.
Los occidentales ven esos asesinatos como un “mal necesario”. Ven a
Irán como un país “totalitario” que oprime a las mujeres. Pero esa es una
manera de interpretar una parte de lo que vemos sin tratar de
entender todo el conjunto.
No cabe
duda de que Irán está siendo gobernado por una generación que no entiende
a su juventud. Pero en Occidente interpretamos ese problema generacional
como una discriminación hacia las mujeres y creemos que el gobierno
les cierra el acceso a los cargos de responsabilidad. No se
tiene en cuenta que Irán sufrió una guerra impuesta por Irak y que
en esa guerra Irán perdió gran parte de sus hombres.
Como en la Europa posterior a la Primera Guerra Mundial,
Irán tuvo que aceptar una mayoría de mujeres en la administración. Hoy
las mujeres están presentes en todos los niveles de la sociedad iraní. Es
cierto que no dirigen los rituales religiosos ni las fuerzas armadas, pero
en Occidente las mujeres tampoco son precisamente numerosas en ese tipo de
actividades.
En
Occidente también se considera extraño que las mujeres tengan que usar el velo
islámico, pero no tenemos en cuenta que los hombres iraníes
también están obligados a dejarse crecer la barba. También ignoramos
el hecho que numerosos políticos iraníes –principalmente
el presidente Mahmud Ahmadineyad– trataron de dejar atrás esos
comportamientos y creemos que la imposición del velo a las mujeres es
lo que define al gobierno de Irán. Ignoramos que la indumentaria negra que
porta una parte de las mujeres iraníes –indumentaria por demás similar a
la que portan las religiosas cristianas– no es una muestra de
sumisión sino parte de un código. En la administración iraní,
las mujeres vestidas de negro son tan numerosas como los hombres
que portan traje de dos piezas y corbata en las administraciones occidentales.
Occidente
ignora el nivel intelectual de los iraníes en general. Por ejemplo,
lejos de ser un individuo obcecado por un diabólico deseo de oprimir el pueblo,
el asesinado Alí Larijani era un filósofo, especializado en la obra
de Kant, interesado en el estudio de los criterios –¿lógica o intuición?–
que llevan una persona a aceptar o rechazar una proposición.
¿Cuántos dirigentes así tenemos en Europa?
• Para terminar, digamos algo sobre la violencia en Irán. En todas las épocas, Irán ha vivido en una cultura sangrienta. Todas las organizaciones de defensa de los derechos humanos han reconocido que, en los años 1960, el régimen del shah Mohamed Reza Pahlevi era el más represivo del planeta. Pero, como pueblo, los iraníes siempre han sido contrarios a los castigos colectivos. Es cierto que la República Islámica ha recurrido con frecuencia a la pena de muerte, pero nunca a castigos contra familias ni contra grupos de personas.
En
Occidente se afirma que en Irán los homosexuales son enviados a la horca,
eso no es cierto. En cambio, los violadores de niños sí son
condenados a la horca. Y la cultura popular iraní sigue asimilando la
homosexualidad a la pedofilia, como sucedía en Europa hace sólo una
treintena de años. Yo mismo soy testigo de que algunos iraníes ven con
desprecio a los homosexuales iraníes, pero también soy testigo de que ese prejuicio
es menos frecuente en Irán que en Europa y de que los homosexuales
iraníes ciertamente no hacen ostentación de lo que son… pero tampoco se
esconden.
Los iraníes
son como nosotros. Capaces de mostrarse puritanos en el ámbito público siendo
liberales en privado, lo cual hace decir a quienes no los entienden que
son un pueblo de hipócritas. En realidad, sólo difieren de nosotros en su
definición de la libertad y de las conveniencias.
Cuando
Khomeiny, en reacción al uso de gases tóxicos por parte de Irak, declaró que
la moral prohibía que Irán recurriese al uso de armas de destrucción
masiva, no fue difícil para él lograr que los iraníes aceptaran
su fatwa en ese sentido. Y si la guerra duró
un año más fue precisamente porque la República Islámica se había
impuesto a sí misma aquella limitación. Ese hecho de la historia
reciente de Irán hace que sean absurdas las acusaciones de que los iraníes
esconden un hipotético programa nuclear de carácter militar. Además de que el
concepto de taqiyya (disimulación) no tiene absolutamente
nada que ver con el islam chiita, esas acusaciones occidentales ignoran otro
aspecto esencial de la cultura iraní: la responsabilidad individual.
Irán rechaza toda forma de castigo colectivo. <>



