miércoles, 26 de noviembre de 2008

LA PECERA O EL REINO DE LOS PE(s)CADORES DEL LAGO SAGRADO
WALTER BEDREGAL PAZ

“Si no nos inventamos cada día corremos el riesgo de acostumbrarnos a lo que somos”. G.M.I.
Las últimas revisiones de la literatura peruana nos han mencionado de un abanico increíble de producción literaria; especialmente se ha hablado de la literatura escrita en provincias, de pronto se ha dado una fiebre por publicar textos y textos que incursionan en la narrativa y en la poesía con mayor incidencia, de autores con los que inclusive se hacen reverendas antologías, se ha publicado en editoriales nuevas, algunas poco reconocidas y otras de gran prestigio (Cuadernos del sur, Matalamanga, Arteidea, San Marcos, Lago Sagrado, sellos propios, sellos artesanales, etc.), sin embargo, ¿Cuál es el trasfondo, por qué esos textos no tienen mayor repercusión?, sólo atraviesan, como logro máximo, por una o dos reseñas hechas por amigos muy cercanos y listo, de ese texto jamás se volverá a saber. Su destino será estar un buen tiempo en los estantes y después ser alimento de ciertos animalillos… Esto que ocurre en todas partes donde se escribe literatura, tiene una explicación, tiene una serie de sustentos valederos que explican esas enfermedades; solamente que pocos se han atrevido a mencionar esos motivos, todos se han callado; pero aquí en Puno lo diremos. En las líneas siguientes anotamos unas cuantas perlas que explican por qué un libro se publica y nunca más se sabe de él y su autor, obviamente, se arrepiente de no haber entrado al parnaso con semejante texto.
Es triste, pero cierto, la literatura puneña escrita en estos últimos años va adquiriendo un deplorable rostro que no pasará a la posteridad. Es obvio que una literatura que carece de una rigurosa competitividad y formación académica responsable, de una visión de búsquedas y encuentros que pueda asegurar un futuro con bases sólidas, no pueda ser considerada y menos trascendental o que hable por sí sola en cada texto, sea narrativo o poético, lo cierto es que no hay un norte trazado y, lo más elocuente es que la mayoría de los que vienen desarrollando este vano oficio están demostrando que no tienen mayores nociones de la herramienta básica que todo “escritor” debe tener: una buena escritura, acompañada, por supuesto, de las disciplinas escriturarias que se traslucirán en cada texto como soporte filológico y lingüístico, dotándolo de ese corpus comunicativo que no es otra cosa que la meta final de las obras de este tipo, (deberían centrar su interés, escasamente y si no fuera demasiado pedir, en un cursito de ortografía, al menos a distancia).
En Puno, algunas revistas y un diario local nos han permitido leer con asombro las inmensas incongruencias semánticas, gramaticales, sintácticas, lexicográficas y ortográficas que son reincidentes en algunos “escritores”; estos espacios lingüísticos nos dicen bastante sino todo de quienes pretenden escribir literatura. Claro, lo que sucede es que algunos de los títulos que hemos leído pertenecen a intelectuales que no deberían estar en las llanuras literarias y tampoco deberían publicar, porque simplemente deambulan en territorios que según ellos, y por sus lecturas ‘autoformativas’ más sus constantes visitas a Internet, creen conocerlo todo. Lo cierto es que aparte de hacerse un daño ellos mismos, también lo ocasionan a quienes leen estas publicaciones. En todo caso, una primera brecha que deberían traspasar quienes publican, es pulir su lenguaje escrito, tener nociones de redacción, de texto, de gramática; tal vez un remedio casero sea darle ese material a quienes demuestren saber de cuestiones de escritura y, en consecuencia, también sepan escribir, casi por extensión. Aunque lo cierto es que en nuestro altiplano, hasta ahora, no hemos oído o leído el nombre de un corrector de textos o algún personaje que pueda cumplir ese rol; esta colección de errores es el primer pecado reiterativo de nuestros intelectuales.
La literatura, creemos, es un mundo complejo que requiere una dedicación exclusiva si se quiere andar en paz con ella. No es un lugar al que se puede entrar y salir los sábados o los domingos o solamente al anochecer. En ciertos casos se le dedica un tiempo sólo cuando es feriado o cuando hay algún paro, y, en el peor de los típicos modos, si los “escritores” son docentes de matemática, religión, educación física, ciencia y ambiente, educación primaria y algunos de lenguaje y literatura; se meten de lleno en las letras, cuando están de vacaciones o, finalmente, cuando se ha anunciado algún concurso de jugosos premios (en los que no ganan, por supuesto, y todavía se preguntan por qué no figuran entre las menciones honrosas siquiera). Esta indisciplina es el segundo pecado de los que escriben poemas y cuentos especialmente; no quedan al margen los que redactan artículos, opiniones y otras “cosillas” que no tienen nombre, -por llamarlos de alguna manera- en esta zona del Perú ¿No sabrán acaso que hay escuelas de literatura en Arequipa y en Lima?, ¿No estarán enterados, siquiera, que podrían hacer otro cursito de Lingüística o Literatura contemporánea si quieren ser lo que pretenden? No hemos registrado ningún ensayo o novela que puedan ser considerados como tal, lástima; lo único que se ha encontrado, tal vez exagerando su valía, son algunos poemarios muy forzados y marcados por el padre.
Las furtivas visitas de estos “escritores” a la musa, nos han hecho comprender, gracias a sus sendas publicaciones, que tienen cierta labia o que se defienden con el uso del lenguaje hablado (los hemos escuchado, no oído), pero cuando esas ideas o discursos son llevados al plano de la escritura, las ideas parecen ser ahuyentadas por un extraño maleficio nacido de su ego. Entonces, las buenas ideas deberán seguir en alguna oscuridad prolongada, hasta que cierta noche de jarana se vuelva a desatar esa sarta de luces atadas que ocupan algún rincón de sus memorias y entonces las vuelvan a escribir, y queden para siempre ahí con una deplorable redacción y poca imaginación; ése es el tercer pecado de la pléyade de intelectuales puneños, no poder llevar al texto escrito su imaginación “literaria”.
Los últimos “libros” que hemos leído, (no daremos títulos para que los hígados duren un tiempo más y porque quisiéramos considerarnos sus amigos, todavía) pero sí hablaremos de poemarios oquendianos y mal corregidos que nos hablan en voz alta de la crisis del poema como forma poética, citaremos antologías vacías y absolutamente improvisadas, de balances que más parecen desbalances y que justamente por eso son inapropiados, de cuentos mal seleccionados, de textos completos copiados de Internet (¿Pensarán que son los únicos que tienen acceso a Internet?) y de otros malestares que son una señal clarísima de que los textos para una buena literatura de Puno, están lejos, tan lejos que apenas quieren parecer un punto en el horizonte y todavía no se les puede presentir. Nos da la sensación que se publica por una cuestión de dineros con padrinazgo o compadrazgo, simplemente por querer figurar o decir que son escritores y, no quisiéramos creerlo, pero hasta se podría pensar que publican para acumular file o lograr el cumplimiento de esa famosa frase que reza “producción intelectual”, y en este parágrafo, tal vez lo más inasible sea que algunos publican en formatos nada literarios pues son un auténtico derroche de material, tanto de papel, tinta y tapas (aunque tampoco tienen gusto para las tapas –incluido el título- pues las hacen con una antología de colores fuertes y con unas combinaciones carnestolendas); ése es el cuarto gran pecado de nuestros hombres en mención.
Los mal llamados jóvenes, que por el momento parecen ser los más activos, se han mantenido en un silencio literario trascendental y absoluto, su actividad radica en publicar revistas, publicar a ilustres desconocidos, publicar textos de la Internet o de “corresponsales”, en el peor de los casos, se concentran en publicar sus trabajos en proceso, en publicar poemas y cuentos sueltos, en hacer conocer su pensamiento leve y superficial que no pasa de la vuelta de la esquina, casi entre cuchicheos, sin mayores polvaredas o disloques literarios, no parecen haberse dado cuenta que están horadando descabelladamente los espacios que le pertenecen a un antólogo, a un editor, recopilador, un lector preparado, etc., (ojalá que aparezca uno siquiera en Puno) y es que una cosa es la creación y otra la labor desubicada que están haciendo. Ése es el quinto mayor logro erróneo que brilla en la literatura puneña.
Hay una convivencia y consecuente respeto a sus predecesores de quienes escriben ahora, tal parece que nadie se salva de este acto, quizá algunos estén siguiendo la ruta de sus maestros y amigos y la literatura de Puno esté signada a muchos años de permanencia en el vanguardismo donde los abuelos sí supieron hacer feria (Peralta, Oquendo, Churata), pero que por ahora no hay una ruptura, un rompimiento y un alejamiento de esos páramos ya visitados, gastados en donde se han detenido la mayoría, ahí se nota claramente que son unos reverendos repetitivos porque se puede escuchar el eco de sí mismos. Le sacan un mohoso lustre a los momentos idos que son cantos de niños, cantos neorrománticos que permiten que sea un discurso sencillo y sin mayores valías, como si esa época fuera una estancia plena de muros y limitaciones o fronteras infranqueables; esta convivencia escrituraria (la convivencia personal es necesaria) esa sombra terrible que resuena como arcaicos tambores es el sexto pecado de los escritores puneños.
Pero casi al final de esta enumeración, de una primera selección de pecados notorios, (anotaremos veinte, la mayoría con nombre propio) la intelectualidad puneña tiene ese don de cometerlos cuando menos deberían hacerlo, se hace uso de fechas importantes para sacar a luz algún libro, o a veces, se aprovecha una visita turística al altiplano y, con la pomposidad clásica, se dice de él una serie de adjetivos y sandeces que no corresponden al libro, pero que deben decirse pues las flores se marchitarían si no fueran mencionadas y recibidas para el florero. Los lugares comunes, casi de culto o adoración (¿…?) tanto en Puno y Juliaca, (Instituto Americano de Arte y El Club Kuntur en Puno; Salón de Convenciones y Salón Consistorial en Juliaca, inclusive los propios municipios están en la danza.) tienen que ser testigos mudos de las reverendas flores que los poetas y narradores se echan entre sí porque “escriben bien” y en consecuencia son los escritores o escritoras del siglo XXI, los nuevos paradigmas; ése es el sétimo pecado de los escritores puneños.
Es verdad que en la actualidad, quienes “practican” literatura tienen la pura emoción, las ganas y el coraje necesarios, que no son suficientes ni valederos; pero el gran vacío, la falta inmensa, es la crítica literaria, un lugar que no ha sido llenado (aunque llenado es mucho pedir) por nadie con una sólida sustentación de verbos válidos y que señalen una ruta para que los pecadores mencionados puedan entrar al buen camino corrigiendo sus crasas falencias. Se requiere una crítica literaria que no vea personas, sino más bien, textos, textos, solo textos; una crítica literaria como la de los maestros (Antonio Cornejo Polar, Alberto Escobar y José Miguel Oviedo, entre otros.) quienes dieron un norte a la literatura del Perú, marcaron el rumbo, la hora, para que existan esos libros que de alguna manera han alimentado la importante tradición literaria y el lugar importante del Perú en las letras hispanas. De alguna manera la crítica literaria trata de hacer conocer los puntos caóticos y las bondades del texto, o, lo que es mejor todavía, la crítica descubre los entramados, las acuciosidades existentes en la obra literaria para que el lector pueda tener una idea del territorio que está circundando. Pero tal vez el papel previo sea orientador, una especie de guía para los escritores y la obra sobreviva y a la vez su autor pueda virar su timón hacía la pista que lo llevará por un sendero sin altibajos, o que lo pueda salvar de esas neblinas que lo conducen a un abismo de grandes proporciones. Es por ello que hace falta con urgencia un ejercicio crítico que cuente con suficientes aparatos teóricos y que hable con un lenguaje claro y sencillo para que aparte de su rol esclarecedor de aquellos metalenguajes e ininteligibilidades, también pueda ubicar a la literatura en el contexto socio-cultural. Además, para que la crítica desarrolle una sesuda evaluación y valoración de los textos literarios; es decir, dejando a un lado -y esto hay que repetirlo- dejando al margen las amistades, las enemistades o servilismos e innecesarias presencias de lazarillos que demuestran una notoria inmadurez intelectual. No quisiéramos tener oscuros pensamientos y creer lo que recientemente se viene diciendo en las últimas y apoteósicas presentaciones de libros: hay, por lo menos, un par de críticos en Puno o Juliaca, pero que no dicen nada porque no existe, hasta el momento, un libro que valga la pena un detenimiento serio, una relectura, y, en consecuencia, un comentario, siquiera, pues, lo que se publica es pura emoción, cháchara y nada más. Nos parece un osado comentario de algún lector. Sin embargo, tampoco quisiéramos pensar que se trata sólo de un decir más, no. Los horizontes que vislumbre la crítica literaria en Puno, si existe, o algún día se llega a practicar, será la que marque los márgenes de tanta obra sin ton ni son, de tanto “escritor” desorientado que publica texto tras texto sin saber que nadie lo lee; sin saber que a su obra le falta la esencia, el rumbo, el norte: ése es el octavo pecado que hace que la balsa de la literatura puneña se hunda en pocas aguas.
Finalmente, el pecado número nueve, (para no enumerar más, por ahora) el error más imperdonable de nuestros hombres de letras, es que ejercen una influencia entre ellos mismos, se leen mucho entre sí, al margen de las flores, se leen tanto que a veces es un poco difícil distinguirlos porque se parecen demasiado en el lenguaje erróneo y su tenue discurso ¿Pepsi? ¿Coca-cola? Dijo alguna vez Chirinos. En sus poemas asoma la misma embriaguez del sonido reiterativo y la alusión de amantes eternos de las sombras de damiselas que tienen que sufrir el tormento de estar postradas en esas líneas inhóspitas y confinadas al más terrible de los olvidos, postradas en versos mediocres que solo pueden alcanzar a ser celdas de esponja. Esto es señal de que no tienen lecturas de valía y menos que buscan un objetivo literario, deberíamos oír aquella idea que menciona que la escritura y la lectura son mecanismos, operaciones productivas de significación, que se logran a través de un ejercicio serio y con iconos verdaderos, al margen de los inventores de la pólvora y la imprenta, aún existentes en estos días del siglo XXI en nuestro departamento.
Independientemente de la personalidad del autor, lo que se busca, quizá sea una literatura auténtica, sin deudas a nadie, con valor propio y rasgos de magnitud trascendental, una voz literaria que no vaya en desmedro de nada ni nadie, sino más bien que resalte por sus rumbos fijos, sus rutas marcadas con huellas de originalidad y lucidez imaginaria. Sólo así se estará consiguiendo lo que en otras épocas (años 20’, 30’) se logró para el Perú y Latinoamérica aquí en Puno. En estas líneas concluyentes, diremos que si hay algunas excepciones, es decir, algunos textos que no entran en esta lista, o que no son pe(s)cadores, autores que no van con todo lo mencionado, pues esos son los que fácilmente se pueden contar en los dedos de una mano, y todavía nos sobrarían unos cuantos dedos.
En una siguiente ocasión estaremos hablando de los once pe(s)cados restantes, especialmente de los encontrados en textos “cometidos” por escritores frustrados, de los que se han dedicado al periodismo, a la enseñanza escolar, a los que fungen de críticos literarios, de los que se han dedicado a escribir cuento y poesía como si fuera un mismo género, de los que han publicado en sellos reconocidos a nivel nacional sin tener un texto que valga la pena o que justifique esa osadía, hablaremos de los bibliófilos exagerados que hasta hoy no han producido un solo texto “bueno”, ¿lo intentarán?, subrayaremos los nombres de los aspirantes a vacas sagradas sin haber sido terneras siquiera, inclusive de los que dicen ser maestros de generaciones de escritores, citaremos a los memoristas de datos y datos historiográficos con un plausible esfuerzo mecánico, hablaremos de los prologuistas kilométricos, no nos olvidaremos de los que han ido más lejos todavía formando una lista para hacer antologías, leeremos los textos de los que han pretendido hacer talleres de creación literaria y, hablaremos, especialmente, de los imperdonables, los que creen que con lo que han escrito merecen el Nobel o el Cervantes; pero lo primordial de todo esto será que no escribiremos sobre sus vidas pasadas o actuales (no nos interesan), sino más bien de los textos que han creído escribir y publicar como si fueran de antología, anotaremos títulos, para no ser egoístas y ensalzar a un nuevo pecado en las letras puneñas.
LA CIUDAD QUE PEDRO SALINAS NO VIO

Escribe: Guillermo Vásquez Cuentas
gvasquezcuentas@gmail.com
Publicado en Los Andes 14 nov 2008
Un desafortunado (¿o clasista-racista?) comentario.

Hace poco más de un año, el 9 de agosto de 2007, bajo el epígrafe “Lampa” apareció en el diario capitalino CORREO la columna “Patente de Corso” que en ese diario habitualmente escribe el conocido periodista Pedro Salinas. Al parecer, la finalidad de la nota era ensalzar los nunca suficientemente mentados atractivos turísticos y urbano-paisajísticos de la ciudad de Lampa, pero el escriba, no contento con llenar de encomios a la “ciudad rosada” recurrió desafortunadamente a la figura de la comparación. Y lo hizo con la vecina ciudad de Juliaca, a la que describió como “…parida por el diablo, caótica e insufrible, cuna de contrabandistas, antónima de la estética, antesala del infierno, desde la que se yergue un huachafísimo monumento al carretillero, en la que a uno le asalta la sensación de Richard Kimble[1], donde lo primero que se piensa al entrar en ella es cómo escapar de ahí”. El comentario de compulsa termina al final del escrito con una violenta afirmación coprolálica: “Juliaca es una caca”.

La justa y legítima reacción.

Las reacciones se hicieron notar inmediatamente. Las protestas menudearon. Los canillitas se abstuvieron por unos días de vender el diario CORREO; distintas personalidades y organizaciones sociales de Juliaca –y también algunas de Puno- emitieron pronunciamientos de rechazo a las frases del periodista; se llevó a efecto una multitudinaria “Marcha de la dignidad” por calles y plazas de la ciudad de las calcetas con el alcalde a la cabeza; se declaró a Salinas “persona no grata, sin permiso para pisar la ciudad” y se dieron pasos para enjuiciar al columnista de marras.

La ola de comentarios y toma de posición alcanzó a periodistas y medios. La Federación de Periodistas Filial Juliaca, rechazó las expresiones de Salinas. En los Andes se publicó una nota bajo el título “Pedro Salinas el cacaseno que insultó a Juliaca”. Desde Lima César Hildebrant en su artículo “¿Juliaca es una Caca?"[2] preñado de ambigüedad, también denostó contra la imagen urbana de Juliaca al decir que es un “…menestrón de ladrillos que el apuro ha vomitado sobre el plato hondo de la autoconstrucción y la burundanga…” y luego se pregunta: “¿Se puede… ofender a cientos de miles con una sola palabra?" Y se contesta: “Claro, en medio está el asunto del racismo, del limeñismo respingado, del sur hirsuto y contestón, de la negación de lo aymara –negación más vieja y sañuda que la que pende sobre el quechua-, del prestigio de los impreso y de las legítimas susceptibilidades que hoy las regiones ascienden a estatuto y levantan como muralla”. Concluye insinuando la idea de que Juliaca no tendría por qué ofenderse, así como no se ofendería Castañeda Lossio si él (Hildebrant) dijera que la Lima horrible de Salazar Bondy es una M…

Aclaraciones sin disculpa ni rectificación

Las protestas y pedidos de rectificación y disculpa que surgían desde Juliaca, llevaron a Salinas a publicar en su columna[3] una especie de nota aclaratoria al señalar que: “El alcalde de Juliaca, el procurador de Juliaca y algunos ciudadanos de Juliaca quieren que rectifique mis impresiones sobre su ciudad, que ellos llaman cosmopolita, y yo describí como caótica e insufrible, antónima de la estética y demás símiles. Cometí además el lúgubre despropósito de compararla con Lampa… Lamento si herí alguna susceptibilidad, y si alguien se sintió afectado por mis opiniones. No fue mi intención. En serio. Pero, la verdad, la verdad, por mucho que galleen estos señores, o suavizando textos, o resistiéndome al juego de palabras, no sé muy bien todavía si Juliaca se merece una rectificación o un obituario”.

En el mensuario “Etiqueta Negra” que se edita en Lima, correspondiente a octubre pasado[4], en el articulo “Juliaca, Perú: Una ciudad prohibida para Pedro Salinas” el periodista hace un relato más extenso de su rauda experiencia pasada en esa ciudad, describiéndola más ampliamente y renovando los juicios que le merecieron en anteriores escritos. Dice, entre otras cosas que se trata de “una ciudad bulliciosa. Maloliente. Caótica. Las pistas eran intransitables. Las calles estaban atiborradas de carretillas. De vuelta en Lima, escribí apenas cuatro líneas sobre ese viaje en un periódico. Lo suficiente para que los juliaqueños me convirtieran en su enemigo... . Es una suerte de purgatorio que los viajeros deben recorrer obligatoriamente cuando se mueven entre Cuzco, Arequipa, Puno y Bolivia. Un pasadizo del averno… las pistas eran intransitables. Las calles estaban atiborradas de una turba de conductores de carretillas que se zurraban las luces rojas de los semáforos, como si hubiesen sido inmunizados contra ellas. Las señales viales, cuando aparecían, guiaban hacia ninguna parte…”

Presenta la reacción juliaqueña así: “… a Juliaca sólo le dediqué un párrafo. Apenas cuatro líneas. Lo suficiente para que los juliaqueños me convirtieran en enemigo de su ciudad y exigieran una rectificación. Querían que escribiera un nuevo artículo reivindicatorio, a página entera, bajo el título: «Perdón, Juliaca». El sindicato de canillitas no trabajó un día en gesto de protesta. Esgrimían que había ofendido a la «Perla del Altiplano». ¿Acaso se daban cuenta de la ironía?... Pero la cosa no quedó ahí. La Cámara de Comercio de Juliaca publicó comunicados para recusar mis opiniones. Los programas políticos de la radio y la televisión de Juliaca lanzaron incendios contra mí. La municipalidad de la ciudad me declaró persona no grata. El alcalde anunció que me demandaría por cincuenta millones de dólares. Los congresistas de la región presentaron una moción de protesta y reclamaron mis públicas disculpas. Cientos de pobladores salieron a las calles portando banderas y quemaron muñecos que tenían mi nombre. Un niño rabioso, con una mirada de ésas que cortan, recitó un poema coprolálico en medio de la plaza de armas y me retó a enfrentar a la turbamulta…”

El punto de vista en una “primera vista”

Deducimos del primer y desafortunado comentario de Salinas sobre su llegada a Juliaca, que era la primera vez que lo hacía. Y por minutos. Por tanto los datos e informaciones que personalmente captó fueron “a primera vista”, lo cual no permite sino un conocimiento muy superficial de una realidad de suyo compleja. Los apresurados juicios públicos de Salinas sobre la “Ciudad de los Vientos” en agosto del 2007, nos recuerdan a aquellos gringos pretenciosos que llegan a Lima en visita de dos días y a su retorno a USA escriben un libro sobre el Perú.

La óptica, el lente, el punto de vista de Salinas en esa “primera vista”, fue la de un limeño de clase media alta, cuyo mundo económico, social, cultural inmediato son Miraflores, San Isidro, Surco, La Molina, distritos capitalinos en los que la reducidísima población chola-india solo cubre labores domésticas, baja policía, jardinería y ocupaciones menores por el estilo. Entonces, no hace falta mucha imaginación para inferir esa suerte de repulsión muy característica de los limeños (y de los alimeñados) que seguramente sintió el periodista, al ver de sopetón en la urbe juliaqueña tanto peruano cholo-indio, viajando en tricilo o “trici-taxi”, vendiendo y comprando, produciendo bienes y servicios, llenado los espacios de una ciudad siempre agitada y bullente y por eso tal vez “caótica e insufrible”.

Es cierto, por lo demás, que el crecimiento urbano ascendente de Juliaca durante las últimas décadas, ha generado una configuración urbanística que dista de ser deseable y constituye sin duda, una agresión a la vista. Pero eso se debe justamente a la velocidad de ese crecimiento y a la insuficiente preparación de las autoridades para regularlo convenientemente. Ahora parecen existir nuevos vientos correctivos en ese tema, por lo que deben esperarse resultados que mejoren el paisaje urbano. Salinas no tuvo ni ojos ni mente comprensiva a ese fenómeno que lo vio desde un plano “superior” acostumbrado a la imagen de bellas urbanizaciones de gente rica por las que transita todos los días y de altos y nuevos edificios que hoy brotan por doquier en el suelo de Lima.

Los pueblos otorgan debido reconocimiento a sus propios héroes y a personas que han trascendido al tiempo por sus obras. El “Cholo” simboliza una historia, una identidad, un orgullo regional y por eso un monumento en Juliaca en donde los cholos son apabullante mayoría. De otro lado, el triciclista ha pasado a ser personaje típico de la ciudad. Su número va entre 30,000 a 50,000, al punto que algunos llaman a Juliaca como “Triclandia” o “TricicmarKa” o “Tricicpampa”. A ese personaje se le ha levantado un monumento (“huachafísimo monumento al carretillero”, Salinas dixit).

En esa “primera vista” Salinas no pudo percatarse de que la gente en la localidad juliaqueña está dada a una proverbial y consecuente laboriosidad; está empeñada en el trabajo cotidiano. Este, parecería constituir una generalizada consigna que nace en los hogares mismos de un pueblo en el que desde niños hasta grandes saben cómo se sobrevive día a día en un medio social siempre difícil mientras, de paso, se construye riqueza para la región y el país.

En la visita cuasi furtiva a Juliaca, Pedro Salinas no podía ver ni conocer la sobresaliente creatividad e inventiva de los juliaqueños para acometer la producción de diversos bienes de consumo y resolver los problemas infaltables que se presentan en las prácticas tecnológicas. Al decir del escritor Fidel Mendoza Paredes en su artículo “Juliaca: Puma de América”: “…Hasta hace poco desde Arequipa llegaban los calzados producidos por los medianos y pequeños empresarios, ahora la figura es al revés, de Juliaca salen los calzados hacia Arequipa; en Juliaca se produce la famosa tela polar a partir del reciclaje de botellas descartables; es en Juliaca, donde se carrosaron los desprestigiados buses camión; es en Juliaca donde se fabrican papeles higiénicos de diversas calidades; es en Juliaca donde los comerciantes del sur peruano realizan grandes transacciones económicas los días lunes y jueves, etc. La mayor parte de la banca comercial del país han aperturado sus oficinas en la ciudad de Juliaca, los créditos y ahorros superan enormemente las expectativas de los inversionistas; Las principales farmacias de capitales extranjeros igualmente despachan en Juliaca, es decir la ciudad es una urbe que mueve mucho capital.”

Salinas tampoco pudo ni podía ver el notable movimiento cultural que ahora distingue a Juliaca. Lo dice el número y calidad tanto de escritores como de publicaciones. Los certámenes de carácter cultural se propagan significativamente y la presencia de su intelectualidad en la región puneña es constante y edificante.

En suma: Pedro Salinas no pudo ver la realidad profunda de Juliaca, ciudad que pese a todo avanza y ahora también como Puno, danza. Y si no, que lo digan sus carnavales.

22 de octubre de 2008
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[1] Nota del autor de este artículo: El Dr. Richard Kimble es el personaje central de la serie de televisión “El Fugitivo” de la cadena de televisión norteamericana ABC, que en la década de los sesenta fue seguida por millones de personas en el. Kimble, interpretado por David Jensen, huía de todo lugar por estar perseguido por un delito que no cometió.
[2] Diario LA PRIMERA ed. 10 septiembre 2007
[3] CORREO, 30 agosto 2007.
[4] “ETIQUETA NEGRA” Nº 61, Junio 2008.