sábado, 24 de octubre de 2026

COREOGRAFIA POPULAR: HUAYÑO

 EL HUAYÑO PANDILLERO

EJE TRANSVERSAL DE NUESTRO MESTIZAJE

Javier Salas Ávila (*)

T

odas las manifestaciones culturales, siempre han estado construidas por las poblaciones de menos poder económico, político y social, en las diferentes colectividades de nuestros territorios.

Muchas veces en el Virreinato, la autoridad colonial ordenaba que los pobladores Incas participaran de diferentes actos culturales artísticos a pedido de la autoridad colonial que, a su vez disponía como debían de vestir y qué debían de bailar e interpretar.

Tras el advenimiento de la Republica, el poblador citadino de las recientes urbes, quien era al mismo tiempo el menos pudiente, fue quien generó las propuestas de una liberación cultural, aprovechando que las prohibiciones exageradas de la Colonia ya se habían retirado.

De ese modo, habiendo quedado muy arraigadas las festividades religiosas dejadas por los españoles: las clases medias y menos pudientes de las ciudades, empezaron a pragmatizar sus alegrías y sus devociones a través del canto y el baile; naciendo con esto, nuevas formas musicales y danzarías que de manera sincretizada, se fueron creando y permaneciendo en las nuevas colectividades urbanas del Perú republicano.

Con relación al Huayño Pandillero, residente vital de los carnavales puneños, sin duda, fueron aquellas bases menos pudientes, las que dieron los primeros pasos en la construcción de este baile, que en primera instancia se representaba en el caso de las mujeres con el traje acostumbrado de las Señoras que vendían en el mercado o traían productos de pan llevar a las antiguas casas coloniales puneñas.

Se tiene que decir que las mujeres puneñas, ya vestían el traje español pollera, sombrero y mantón, no solo para defenderse del frio si no para acomodarse a las nuevas costumbres de vestimenta.

La mujer campesina, seguía vistiéndose con sus ropas ancestrales pero la chola citadina, tomo la imposición de la fuerza social de entonces de agiornarse a los tiempos; y esa fue la clásica vestimenta de la cholita puneña citadina, que anduvo desde entonces con ese traje que la identifica a lo largo del tiempo.

Es ahí donde nace la pandilla y el “cholo” pandillero, para estar a tono con la elegancia de su cholita, luce saco y sombrero, a la usanza de los caballeros de entonces. Fue así como se configuró dicha Vestimenta a la hora de los Carnavales para bailar lo que luego se conoció, primero como sobrenombre desde las clases pudientes, LA PANDILLA.

Antes, hacia los años finales del siglo IX el huayño ya se tocaba con instrumentos llegados de España, se desechó la Quena y la Zampoña y por el contrario, se tocaban Mandolinas, precisamente con el aporte de las primeras familias Italianas llegadas a Puno, la guitarra también se hizo puneña y se empezó a tocar ese huayño “reaparecido” y que era más o menos homogéneo en todo el Sur. La prueba está en la grabación de 1928 de la Estudiantina Luis Duncker Lavalle que grabaría huayños cuyo tempo era rápido (92 ppm ) y que sin duda, a ese ritmo se acomodó el paso de la Pandilla de entonces, eso es irrefutable.

EL INGRESO DE LOS HACENDADOS

Añamuro Chambi
Cuando nace La Lira como agrupación organizada para bailar y festejar el carnaval puneño, a fin de poner más orden, elegancia y uniformidad, son los hacendados y grupos de puneños citadinos de prestancia social, que encontraron en la pandilla una bonita manera de cortejar y empezaron a entusiasmarse con dicho Baile.

Pero no querían bailar al paso de ese huayño apurado que interpretaba Alberto Rivarola con su Conjunto, a inicios del siglo XX, y se fueron forjando, ensayo tras ensayo, lo que yo diría, el paso de los señores encopetados, que querían lucirse con más elegancia, garbo y prestancia, de acuerdo a su posición social, y de esa manera, empezó a “ralentizarse” la velocidad (tempo) buscando en la música el respaldo necesario, y de ese modo y en esa búsqueda vienen los compositores como Víctor Masías, Eladio Quiroga, Cástor Vera, que le dan al huayño pandillero un tempo más lento (75 ppm) y más concordante al paso más garboso de los hacendados ya insertos en el Carnaval.

Lo interesante aquí, es que ese Huayño no pierde su esencia puneña, y por el contrario se aleja del tempo del huayño sureño (cusqueño, arequipeño etc.) y engarza sus ritmos sobre el pie rítmico y los compases del SIKURI, y aparece un huayño más lento, algunos dicen, más de salón y en esa coyuntura, Don Carlos Cornejo Roselló Vizcardo, como Presidente de la Lira, junto a otros distinguidos intérpretes del huayño, marcan con solvencia la textura y estructura de los pasos del huayño, para mostrarlo con más estética y uniformidad al público que se concitaba a las fiestas febrerianas.

A raíz de esta circunstancia social, y con el afán de alejarse de la cosmogonía rural y mostrar raíz eminentemente citadina, solo se permiten instrumentos de cuerda europeos, Mandolinas napolitanas (había muchas en Puno) guitarras, etc. se impulsó luego la construcción del GUITARRÓN PUNEÑO, para cubrir la parte más baja de las tesituras instrumentales. No se permitían instrumentos de percusión y aerófonos andinos como la Quena y la Zampoña. En alguna foto inserta en el libro CASTOR VERA “EL ALMA MUSICAL DE PUNO”, el Dr. Augusto Vera muestra una Estudiantina con un Clarinete, más pareciera, diría yo, de algún músico circunstancial o de la Banda del Ejercito, que apoyó en los Carnavales a fin de fortalecer la sonoridad del grupo.

LOS TIEMPOS CAMBIAN

 Los hacendados ya no existen, y la población se ha horizontalizado de alguna manera, y no lo digo con alegría, por el contrario, con la nostalgia que siento cuando ya no encuentro al Puno de los techos de teja con inmensos patios solariegos con piedritas de Amantaní, donde la pintura, la literatura, los pensamientos ilustrados y el arte en general, se combinaban con los manjares más exquisitos de las cocinas puneñas.

Ahora, con el crecimiento poblacional, en cierta forma se han homogenizado las posibilidades de participación en el baile del carnaval y con ello se ha favorecido el acrecentamiento -en la práctica- de dicha manifestación coreográfica.


No se puede dejar de mencionar un dato social muy importante; han migrado a la ciudad de Puno, olas grandes de jóvenes de las diferentes provincias, por razones de estudio y esos jóvenes, en lugar ir a marchar en favor del Hip hop, el reggaetón, la cumbia sureña y el huayño con arpa, etc. han logrado consubstanciarse con los encantos del Huayño Pandillero, vivo emblema de nuestra cultura, y ahora se baila pandilla, en Puno, Juliaca, Ayaviri, Macusani, Crucero y en otros lugares, justamente a cargo de jóvenes, que han tomado la posta para bailar la Pandilla con orgullo puneño.

Pero como sabemos, toda expresión coreográfica, es una respuesta a tu cosmovisión, tus costumbres, tus modos, tu lenguaje, tu ejercicio y manejo de la estética y en general, tu cultura y tu socio emocionabilidad.

Al paso de los años, hemos perdido parte del garbo de la Pandilla de los años 60 y hoy en día, el paso de la cholita se ha circunscrito a un giro constante, en vaivén y a un esfuerzo de batir la pollera, como si ese detalle fuera el más importante. Batir la pollera no tiene ningún sentido coreográfico, ni estético, por el contrario, le quita belleza al baile de la cholita. La pollera debe moverse acompañando el paso de la dama, su alegría, su disfrute al lado de su pareja, y entonces, los malos ejemplos cunden y se masifican y se distorsiona el marco teórico coreográfico de la pandilla, que es una danza eminentemente de cortejo y de enamoramiento, donde ambos, después de la marinera, disfrutan juntos, la unión de sus querencias y el amor por su tierra.

En los años 90, experimenté en carne propia lo que la música pandillera estaba forjando, buscábamos los huayños más alegres, para cantarlos con unción y disfrutar así, de nuestro acervo, en esa dirección y por esa razón, el año 2010 y para acompañar a la APAFIT, compuse “Pandillero Bandido”, y con esa entrega musical, se abrió una nueva etapa en el estilo interpretativo musical del huayño del Carnaval. Hoy en día, varios compositores han seguido la línea, y ahora contamos con huayños nuevos que están engalanando nuestras fiestas pandilleras, siendo cantados a todo pulmón inclusive por los danzarines.

Con relacion al Orgánico de las Estudiantinas de Carnaval (configuración instrumental) se han unido Aerófonos de madera y metal e instrumentos de percusión, lo cual ha enriquecido la sonoridad, a fin de atender la demanda, dada la presencia de muchísimas más parejas de baile, que necesitan de mayor volumetría para disfrutar en las calles de la música que les acompaña.

No es cierto que no deben de existir instrumentos de Percusión. Para que el mensaje musical sea pertinente y holístico, se deben de dar cabida a la mayor cantidad de familias instrumentales, cuidando siempre la cordofonía inicial y sin saturar de sonoridades extrañas al formato original, más bien recomiendo a los directores musicales que cuiden mucho la sobresaturación de Idiófonos que pueden llegar a inestabilizar, el sonido original del estilo puneño.

Larga vida a la PANDILLA.

-----------

(*) Pedagogo, Músico, Compositor e investigador cultural.

______________________________________________________

A propósito del Huayño, siguiendo la temática en que se inscribe el trabajo del músico maestro Javier Salas Avila, creemos que siempre es posible su reivindicación frente a actitudes despectivas que respecto a sus manifestaciones como música y danza, emanan de ciertas capas sociales. Nunca dejaremos de insistir que el Huayño como estampa coreográfica popular domina orgullosamente en el Perú y algunos países vecinos, a despecho de la agresión cultural que por obra de los medios de comunicación soporta en nuestra realidad social. Por eso traemos a colación -una vez más- un “Escrito por la puneñidad” sobre el asunto, de nuestro Director.

BAILE NACIONAL: ¿MARINERA O HUAYÑO?.

Por:  Guillermo Vásquez Cuentas

Desde hace algún tiempo, se advierte en algunos medios artísticos y “culturales” el esfuerzo por vender la idea de que el baile representativo del Perú es la Marinera.  Esta afirmación, que de entrada rechazamos por incorrecta, merece algunos comentarios. Pues es tan incorrecta como alguna norma administrativa oficial de rango menor, que anda por ahí otorgando a la Marinera un status de privilegio.

Creemos que un “baile nacional”, para ser considerado como tal, responde o debe responder con la mayor fidelidad posible a las esencias del ser nacional.

Al respecto y por ahora, nos referimos sólo a dos aspectos de la realidad peruana a cuya luz podemos examinar la situación de nuestra coreografía popular: En primer término, las profundas raíces históricas de colectividad nacional que nos hacen distinguibles en los pueblos del mundo; y en segundo término, la práctica consuetudinaria y permanente por las mayorías nacionales de la música y danza que podrían erigirse como representativas de esa colectividad nacional. 

¿Cumple la Marinera frente a ambos aspectos, los mínimos, naturales y lógicos requerimientos para ser considerada como “baile nacional”?. Pensamos que no y creemos, además, que es el Huayño la expresión musical y coreográfica que cumple largamente las exigencias para ser considerado el Baile Nacional.  Veamos por qué:

Desde el punto de vista histórico

La Marinera, al igual que las Cuecas boliviana y chilena, es hija de la samacueca o zamacueca, baile traído y desarrollado por los negros venidos en la época colonial. Se la conocía también como baile de tierra, tondero o mozamala. Esta cueca -que se denominaba “Chilena” por razones que francamente ignoramos- bailada en buques de nuestra armada en momentos especiales de nuestra conflictiva historia con el país vecino del sur, pasó a denominarse, por eso, como “Marinera” gracias a la propuesta de corte pariotico del escritor y periodista peruano Abelardo Gamarra Rondó, conocido con el seudónimo de "El Tunante", en marzo de 1879, tras iniciarse la guerra chilena de rapiña llamada “del Pacífico”.

Con el tiempo, esa versión ya peruana de la cueca, cada vez con renovados desarrollos, llegó a ganar ciertos círculos y salones de algunas ciudades de la costa peruana, sobre todo en Lima y en el norte, así como en algunas ciudades en la sierra.

El Huayño (según Bertonio el término vendría del aymara “huayñusiña”: emparejarse hombre y mujer enamorándose y alegrándose) se extendió por los confines del ámbito territorial que ocupó la cultura andina desde los tiempos preincaicos, pasó con perfiles nítidos por el incario, se consolidó y extendió aún más durante la dominación española pese a la persecución de los desfacedores de idolatrías, y llegó hasta nuestros días invicto, enriquecido, siempre vigente y diversificado en estilos regionales y locales.

En efecto, el Huayño puneño, “pandillero”, cadencioso (en el que los puneños tenemos a la Marinera como un agradable entremés), no es el cajamarquino rítmico y saltarín, ni el melancólico y sentimental Huayño ayacuchano, ni es el pletórico “huaylars” huancaíno; así como tampoco el alegre y pastoril “carnavalito” (nombre del huayño en el norte argentino) no es el brioso y a la vez amoroso “sanjuanito” ecuatoriano. Todas ellas y algunas otras, son variantes de estilo que sin embargo no pierden la línea característica fundamental del antiguo Huayño, bien metido en la historia sociocultural de esta parte del planeta.

En la práctica cultural

El pueblo baila Huayño
Objetivamente, la ejecución de la Marinera como baile, no ha podido superar un elitismo indudable y al parecer intencional, tal vez por algunas rigurosidades coreográficas que son exigibles en su práctica. Entidades de variado tipo y significación, identificables en Lima y ciudades del norte del Perú, así como circunscritos grupos de nuestra sociedad, cultivan esta danza. Lo masivo que podría presentar la Marinera estaría dado por los  públicos que concurren a expectar periódicos concursos en coliseos deportivos de esas ciudades o  que asisten a presentaciones en teatros y otros locales similares, lógicamente cuando los programas contienen demostraciones de Marinera.

En cambio, el Huayño es cultivado, practicado y desarrollado todos los días por millones de personas, en las casas, calles, plazas y campos de todo el espacio andino. En las mismas ciudades en las que se baila la Marinera, el Huayño, conserva e incrementa la adhesión mayoritaria del pueblo a contrapelo de la machacona aculturación extranjerizante. La producción discográfica y fonográfica en nuestro país, comparativamente hablando, es muy largamente favorable al Huayño, no sólo frente a la Marinera (sensiblemente mínima) sino también frente a otras manifestaciones musicales nacionales o foráneas, lo cual dice mucho de su arraigo en los más gruesos sectores poblacionales.

Por cierto, estos comentarios no desmerecen en absoluto la belleza coreográfica de la Marinera y todas las virtudes que se puedan adjudicar a esta hermosa expresión folklórica. Pero todo eso no basta ni bastará para erigirla en “Baile Nacional”, porque esa calificación no condice con la realidad histórica del Perú de siempre ni con la realidad cultural del Perú de hoy.

Por todo lo expuesto, resulta inconveniente para la forja de la identidad nacional –factor crítico de la seguridad integral de la nación- propugnar como propio lo que en puridad de verdad es importado, así como sostener la idea de que los actos culturales de circunscritas minorías puedan asumir la representatividad de una manifestación cultural mayoritaria, masiva y realmente popular.

 De paso, resulta impropio que en instituciones que proclaman una identidad cultural serrana o andina, ciertos presentadores de espectáculos promuevan y proclamen a la Marinera como baile nacional, porque eso no corresponde a lo que en verdad nos distingue a los peruanos.

EL HUAYÑO ES EL BAILE NACIONAL, QUÉ DUDA CABE.

No hay comentarios:

Publicar un comentario