viernes, 4 de septiembre de 2026

MIRANDO LA REALIDAD MUNDIAL CONTEMPORANEA

 LA DERECHA DEL FIN DEL MUNDO

César Hildebrandt

En HILDEBRANDT EN SUS TRECE Nº 796, 4SEP26

E

l neoliberalismo instauró el mundo brutal del sálvese quien pueda. Esa meritocracia impuesta por la naturaleza –decían- sincerará muchas cosas.

Los que se salvaron, claro, eran los que se lo me­recían. Los demás, las poblaciones de las galeras, siguieron igual o peor. Si se mantenían en la pobreza, era porque no tenían ímpetu para escalar. Si empeoraban hasta el charco y el mendrugo, era porque no pertenecían al mundo de las oportu­nidades. Un dios impío así lo decretaba.

A sus órdenes
Pero eso no les bastó a los insaciables. En la batalla cultural, decían, estaban per­diendo porque la izquierda mantenía sus banderas y la agencia de los desafectos seguía siendo atractiva para los jóvenes.

Los tiburones se reunieron en asam­bleas internacionales. Pensaron mucho y dieron en el clavo.

Por eso crearon las redes sociales. Todos los idiotas de todos los tumultos empezaron a aparecer como protago­nistas, estrellas fugaces, pensadores de vereda, locutores de una voz múltiple que conducía a la resignación y al desvarío con lentejuelas.

Poco a poco, con la tenacidad de una epidemia, impusieron la idea de que el mundo era divertido y que las edades eran breves y que, por lo tanto, no valía la pena luchar contra la corri

ente. Nos vendieron la idea de que el pesimismo era un invento de los rojos y que ellos se encargarían de restablecer el orden.

Pero eso no les bastaba a los tragal­dabas salidos del fascismo zombi. La neutralidad que babeaba en las redes era buena, pero no era suficiente. Había que barrer los bolsones de resistencia, borrar a los desafectos y maldecir a los aguafiestas.

Eso suponía proponer el odio. Y llegó el odio armado. Llegaron los nostálgicos de las soldadescas de Pinochet y Videla, los que reivindicaban las masacres de los militares peruanos, los que soñaban con recrear los crímenes de la guerra fría, y entonces vino una ola de exterminios.

El fujimorismo fue un ensayo pionero y exitoso. El hombre del 5 de abril hizo muchas de las cosas que luego se extendieron por América Latina: abolir el concepto del bien común, legislar para los poderosos hablando en nombre de los pobres, concentrar el poder y reclutar a un ejército de periodistas y doctrineros que nombraban a Milton Friedman haciendo reverencias.

Ni siquiera eso bastó. Los pobres se­guían allí, como en el cuento de Monterroso, dispuestos a sumarse a cualquier aventura, y de las universidades seguían saliendo cachorros sin domar.

Había que ajustar las cosas. Y eso fue lo que hicieron. Compraron la prensa que había resistido y centuplicaron el ritmo de sus mensajes, el calor de sus arengas, el miedo de los miedosos. Trillones de neuronas conservadas en naftalina idearon un paisaje en el que hasta era posible que el pop electrónico fabricado en Seúl fuese adorado por la adolescencia sin raíces. De eso se trataba: de hacer creer que la identidad nacional era una tara de vejez y del comunismo. La aldea global surgida del consentimiento parecía una realidad.

Pero no lo era todavía. La lucha debía continuar. La derecha necesitaba ponerse traje cruzado, prender un puro y pensar en Chicago. Ya no se requerían líderes pasmados por el orden internacional, las maneras de la diplomacia, las restricciones de una cierta decencia. La derecha ne­cesitaba bestializarse para lo que se venía: la inteligencia artificial, los despidos en mancha, el cambio de clima (que debía seguir negándose), la expansión de China, la disputa por los metales raros, el futuro angustio­so del agua dulce. La derecha debía vandalizarse porque lo que se venía eran las invasiones bárbaras y Roma, derrotada al final por la extranjería germánica, era el ejemplo a no seguir.

Entonces llegó Trump. El amigo de Epstein era suficientemente degenerado, mañoso y ladrón como para asumir el cargo de comandante en jefe de la nueva armada pirata que habría de dominar mares y estre­chos. Trump exhibió a los Estados Unidos en toda su lobreguez. El país que había derrocado a Arbenz con cierto disimulo, que había apoyado a los Somoza con sonrojo, que había querido reinvadir Cuba usando cu­banos del exilio y aviones disfrazados se convirtió en la banda nuclear más temida del mundo. Y con Trump llegaron a estas tierras desafortuna­das los Milei, los Asfura, los Kast, los De la Espriella y la señora Fujimori. Llegaron también los Cerimedo y el lumpen que saluda en inglés y cobra en criptomoneda.

Una derecha que consume fentanilo, es soda de Netanyahu y dispara sin asco cuando no la escuchan es la que está construyen­do el orden del fin del mundo. Un mundo gore donde casi todos los que sobramos somos nuevos apaches esperando lo peor. <>

 

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