GRANJAS DE BOTS, SILENCIO OLIGOPÓLICO Y CRISIS DEL ESTADO PERUANO
Por: Jorge Luis Choque
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a democracia
peruana no se destruye únicamente desde las instituciones debilitadas, sino
desde una invisible y perversa arquitectura de poder digital. La reciente
detención en Bolivia del consultor argentino Fernando Cerimedo —operador que
confesó manejar más de 50 000 cuentas falsas e inteligencia artificial para
distorsionar algoritmos— ha puesto al descubierto una red transnacional
dedicada a fabricar “relevancia artificial” y manipular la voluntad popular en
América Latina. Mientras el elector peruano acude a las urnas creyendo que su
voto cuenta, una infraestructura financiada por la ultraderecha internacional y
apadrinada por agendas extranjeras altera sistemáticamente las reglas de la
competencia política para garantizar que nada cambie y el statu quo
permanezca intacto.
Frente a esta grave
injerencia en la soberanía nacional, el comportamiento de la prensa oligopólica
en el Perú raya en la complicidad absoluta. Mientras el escándalo Cerimedo
abría portadas internacionales sobre el “colonialismo digital”, en el Perú los
principales grupos mediáticos optaron por un cerco informativo estratégico. La
prensa concentrada en el país ha dejado de cumplir su rol fiscalizador: no
investiga el origen de los recursos que financian estas campañas ni interpela a
los actores políticos salpicados por estas redes. Al guardar silencio, la
concentración de medios se convierte en un engranaje más de la misma maquinaria
que encubre la manipulación electoral.
En lugar de poner
en agenda los peligros que amenazan la legitimidad democrática, la corporación
mediática y la clase política prefieren recurrir a la sobreexposición del
espectáculo policial. El despliegue sensacionalista sobre cabecillas del crimen
organizado como “Los Pulpos” o la instrumentalización de la inseguridad
ciudadana sirven como la cortina de humo perfecta para solicitar facultades legislativas
y distraer a la población. Mientras el ciudadano vive angustiado por la
violencia cotidiana y el morbo televisivo, el aparato estatal y las élites
políticas se aseguran de que nadie examine la pudrición estructural del sistema
político ni el negocio de la desinformación.
Esta estrategia de
distracción resulta funcional para un Estado fallido que se muestra incapaz de
responder a las demandas vitales de su gente. Ni la prevención frente al
Fenómeno del Niño ni la contención efectiva de las extorsiones y asesinatos
forman parte de las prioridades reales de quienes gobiernan. La vulnerabilidad
institucional del Perú es instrumentalizada por una clase política que carece
de proyecto país y cuya única meta es la supervivencia en el poder, utilizando
el miedo social como mecanismo de control e inhibiendo cualquier atisbo de
fiscalización ciudadana.
Como advierten
diversos analistas académicos, el verdadero peligro de estas operaciones de
desinformación masiva es que distorsionan la realidad al punto de arrebatarle
al pueblo una base común para el debate. Cuando una acusación se valida por
simple repetición algorítmica y la mentira se viraliza con apariencia de
verdad, la ciudadanía pierde la capacidad de distinguir entre lo auténtico y lo
fabricado. En este contexto de postverdad promovida, el silencio mediático
actúa como un catalizador que acelera la erosión de los derechos políticos y la
degradación del sentido democrático.
La crisis actual demuestra que la disputa política contemporánea va mucho más allá de las fronteras nacionales: es una lucha por controlar las condiciones tecnológicas y mediáticas con las que una sociedad percibe su propia realidad. El Perú no puede seguir sometido a un modelo donde las decisiones públicas sean moldeadas por operadores cibernéticos, intereses geopolíticos externos y medios serviles al poder de turno. Es urgente desmantelar la complicidad entre la desinformación digital y la prensa concentrada; de lo contrario, el derecho del pueblo a elegir libremente seguirá siendo una trágica ilusión al servicio de los mismos de siempre. <>



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